sábado 7 de noviembre de 2009

Sam, Nico, Ben, Valgeir

No sabía muy bien a lo que iba. Había escuchado música de algunos de ellos, de Nico Muhly sobre todo, al que considero un compositor contemporáneo con una gran intuición pop. Una estrellita por nacer. Un nuevo Michael Nyman sin la ampulosidad ni el recargo. Fresco, insidioso, directo.

También había escuchado lo que Ben Frost regala en las redes sociales y lo que publica en su myspace. Artista sonoro, dicen de él. Creo que le aciertan de lado a lado, su trabajo se enfoca a la generación orgánica (electrónica, por sus fuentes, pero de resultados muy físicos) de ruido.

Después estaba el más conocido, y quizá aplaudido, Sam Amidon, un cantante de neo-folk norteamericano. Y un productor y compositor islandés, Valgeir Sigurðsson, que suena, entre otras cosas... islandés.

Era la noche, esta noche, del Whale Watching Tour en Madrid (que recala mañana en Sevilla) y, si bien sus productos por separado me parecían todos personales e interesantes, no podía esperarme que el concierto de los cuatro fuese tan, pero tan grande.

Nico, portavoz, arreglista de muchos de los temas de los otros, se lo ha pasado en grande. Nos ha explicado una y otra vez que "no vendemos los cds, que no podéis comprar los cds", riéndose posiblemente de alguna prohibición por parte de la organización. Sam, delicado, tímido, el que llegó al primer tema con más nervios, en la tercera entrega se soltó: nos contó que habían estado en el Prado, viendo los Goya. Estaba impresionado.

Ben es distinto. Quizá hiperactivo. Quizá un poco borracho. Lo acompañaba una botella de Alcorta que entraba y salía con él del escenario y en cada ocasión volvía más vacía. También regaló cierta anécota que alguien le contó en una anterior visita a Madrid, sobre Dalí esta vez.

En la música, nada era ni regalado ni obvio. Lo único que podía entrar medianamente bien en las orejas de un público acostumbrado a lo popular son las canciones dulces y agrias de Sam Amidon. En lo demás, experimentación, compases truncados, violas y violines con tratamientos de shock, electrónica, giros cabareteros, graves retumbantes y zumbidos desasosegadores. Pero al cabo tuve que rendirme a la evidencia: las seiscientas (a ojo) personas que llenaron la Casa Encendida esperaban exactamente eso. Quizá estamos mucho más preparados de lo que algunos piensan.

A Nico le molestó una chica con aspiraciones de fotógrafa y le dio una regañina en público. Alguien llevaba un niño y Valgeir se acercó a saludarlo. Se fueron desgranando bromas y canciones y la botella de vino iba mostrando su verdadera esencia. Alguien se acercó, a la hora y cuarenta minutos de actuación y avisó de que ya estaban fuera de horario. Decidieron tocar una más.

Con el trombonista acompañante haciendo de voz solista, se marcaron un desarrollo teatral de quince minutos largos, Nico al piano, Valgeir con una maza, un bombo y sus ordenadores. Terminaron, salió el resto de la troupe que había bajado del escenario, saludaron, Frost decía con los dedos y los morros "una más, prometemos una más", y descendieron nuevamente.

Supongo que cada cual entre el público tendría sus motivos para pedir una más, después de dos horas. Ni dos minutos después, Ben, Valgeir, Sam y los músicos acompañantes ocuparon sus puestos, se colgaron los instrumentos. Pero Nico tuvo que poner orden en el asunto: "Alguien parece ser que se va a poner muy muy triste si tocamos una sola canción más".

Ninguno quería abandonar el escenario. Frost, él solito, se quedó con cara de "no me la dan con queso", sentado, con la guitarra sobre las rodillas, creyendo que todavía él podría remontar el concierto contra las normas y la burocracia. Lo hicieron salir.

Whale Watching Tour es una de las cosas más hermosas, desquiciadas, cálidas, fuera de norma, ofrecidas con sencillez y profesionalidad y buen humor que he visto en mi vida. Aún ocuparon el escenario durante cinco minutos sólo recibiendo aplausos. Y recordando que, en la esquina, estaba el chico de los discos "que nadie podía comprar".

//Pasó el 6 de noviembre en La Casa Encendida de Madrid, Whale Watching Tour en concierto//

miércoles 4 de noviembre de 2009

Sakamoto & me


No todos los días aparecen en mi buzón propuestas para entrevistar a un personaje tan relevante en lo suyo. Ryuichi Sakamoto es uno de los músicos más inquietos, inclasificables y creativos que hay vivos en el mundo. Dotado de una vastísima cultura musical, amigo del piano, cercano a la escena pop y tecno, investigador de nuevas texturas sonoras... Desde 1978, el japonés no ha parado de trabajar en algo que viene a ser un estilo que suma todos los estilos, destrozando prejuicios.

Así, me acometió un remezón interior cuando supe que uno de mis medios favoritos (Calle 20) me solicitaba esa entrevista, amén de otras piezas para ilustrar la oferta musical del Festival de Otoño madrileño, que empieza ya (hablamos de Whale Watching Tour de Nico Muhly y Hanne Hukkelberg).

Poco menos de diez días después, un sábado, había de marcar un número de teléfono de un hotel de Roma.

- Buongiorno, sonno Giuliano.
- Buongiorno. My name is Carolina. Can I speak to Mr Sakamoto, please?


Sin temblor vocal, adentro tenía una docena de palomas reventando por escapar. Al otro lado, un silencio, y al cabo una tranquila voz dijo: hellooooo.

Para ese momento, el teléfono ya me sobraba y lo que realmente hubiese querido es haber podido volar hasta el hotel y poder completar esa pausa y calma en la voz con los gestos que imagino de monje sabio.

Y accedió a responder mis torpes preguntas con actitud humilde y colaboradora que, a la vista de un impresionante curriculum como el suyo, siempre me sorprende. Hubo silencios, rumiaba las palabras un rato, bromeó incluso y explicó llanamente esa forma de entender la música en donde las fronteras de estilos no existen y sólo hay lugar para el buen gusto y la verdad estética.

Hay mucho donde elegir en su carrera y, lo mejor de todo, él no se regodea en lo logrado. El reciente out of noise (2009) es uno de sus trabajos más experimentales y hermosos que he escuchado nunca.

Después de otro par de semanas, llega el momento. La satisfacción de ver lo escrito en hermosas hojas satinadas. He subido el pdf por si alguien tiene curiosidad. La revista Calle 20, ya sabéis, es de distribución gratuita en los locales y tiendas más selectos de la ciudad. También se puede visualizar completita aquí.

sábado 31 de octubre de 2009

Quiero ser un personaje de Yuri Herrera

He contado esta mañana veintidós libros recientes sobre mi escritorio, esperando que les hinque el diente. Muchos de ellos no serán leídos del todo, a pesar de que trato todos los libros que me llegan con el mismo cariño, consciente del esfuerzo puesto detrás de cada uno. La semana pasada entregué muchos textos, reportajes, críticas. Acabé bloqueada y malsanamente cansada.

Trato de poner el orden en los pocos aspectos materiales por mí domesticables, y parto por mi lugar de trabajo. El control es necesario en mí, persona de escasísima pericia con las ideas, para así dejarles espacio a ellas. A la formación de ellas. No funciono en los ambientes caóticos. O, quizá, ha de ser un caos por mí dirigido. No es tanto el espacio como el tiempo indomesticado: las listas de tres o cuatro tareas a completar, en grupitos cómodos, me canalizan.

Cuando no es así, se me desbarajusta la vida, y las ideas se me constriñen: por el súbito cambio de estatus (de mucho a poco, de entregas inmediatas a planificaciones a largo plazo), o por la demasiada entropía de mi hábitat, o por la incertidumbre plena del porvenir (me detengo y pienso, ¿no es constante y absoluta y terminal la incertidumbre y habría que manejarla como tal, y estaríamos incurriendo en un colosal autoengaño cuando nos comportamos ciegos a esa simple evidencia, como si de verdad existiese algo medianamente cierto en el día de mañana, en el segundo posterior a éste?)...

Soy un animal creador de excusas para no poder trabajar.

Mi relación enfermiza con lo que yo llamo trabajo.

Siento que hay momentos así. Y siento que los haya. Salgo de estos periodos como un náufrago que pasó demasiados días a la deriva sin poder echarse al gollete un poco de agua dulce, hastiada por haber dado tantísimas respuestas. Con la cabeza vacía y la necesidad de beber litros de bourbon. En esa clase de días -que, a veces, se concatenan como la oruga procesionaria y yo lo siento y más me ahogo-, evito exigirme demasiado. Me escondo un poco de mí misma. Pongo la actividad al ralentí, tomo aire, busco perder el mínimo de células de la piel -mira que ya, a estas edades, no regeneramos tan fácilmente y nos vamos convirtiendo en el polvo que recogemos con la escoba, cada día.

Pero guardarse o gastarse, darse o reservarse, he ahí la cuestión. No me puedo permitir un segundo de tedio. Una mala tarde. Un devaneo de irresponsabilidad.

Dicen por ahí que pienso demasiado y quizá por eso se me esté cayendo el pelo. Debo hacer más, pensar menos. O debo pensar mucho más para hacer mucho más.

Uno de los momentos más gratificantes del mes que se cierra fue la visita de Jack Mircala al programa de radio (¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?, tiene un nombre tan complicado que ni nosotras lo decimos bien). Nos ayudó con el programa acerca del gótico, el día 19 de octubre, y realmente nos ayudó porque su forma de estar fue creativa y reflexiva, cómplice y voraz con nuestras propuestas locas. Fuera de micrófono, caminando hacia el metro, nos dio una de esas frases con las que me gusta decorar mi pizarra blanca. Respondía a nuestra pregunta de si ser ilustrador de preciosos volúmenes (con cartulinas y tijeras) complementaba algún otro "trabajo de civil" (Elena dixit): "Hace tiempo que sé que esto es lo que tengo que hacer y el tiempo que tengo para hacerlo es limitado". Y nadie lo va a hacer por él. Nadie, tampoco, lo va a hacer por mí.

Pero hoy cerramos un mes que ha sido para mí intenso en muchos aspectos, que me ha tenido al borde de precipicios personales y también me ha dado toneladas de satisfacciones (si alguien me oye quejarme, que me pegue en plena calavera, como dice mi hija menor). Tuve delante mío durante cuarenta minutos al escritor mexicano Yuri Herrera, que estaba realizando la promoción de su segunda novela, Señales que precederán al fin del mundo (Periférica).

Dos libros ya imprescindibles, el mencionado y Trabajos del reino (editado en 2008, también por la editorial cacereña). La satisfacción vino de encontrar que los productos exquisitos -filigranas sobrias de palabra, historias donde no sobra ni falta una coma, parquísimas descripciones, capas y capas de sentido concentrado en pocas páginas- venían acompañados de un hombre lleno de cosas que decir. Sin estúpida modestia, pero con toda humildad. Dijo cosas como que el escritor debe saber muy bien cuándo y para qué manchar la página en blanco -y defiendo desde hace tiempo la idea de la responsabilidad en esta actividad, y no va hacia lo social sino hacia la intrínseca necesidad del trabajo, y la prohibición del vertido diarreico-. Que escribe pocas páginas, pero piensa mucho sus libros previamente. Que no quiere ni necesita controlar todos los sentidos que puede llegar a encerrar un producto suyo, que el lector debe ser autónomo e inteligente para sacar lo que más le plazca. Que no quiere "regalos", que sus textos deben ser exigentes y que él apuesta a un lector exigente con los textos.

Jack invierte todo su tiempo en fabricar maquetas/escenarios bellísimos, cargados de detalles, para luego fotografiarlos y poder contar sus historias. Yuri estudia hasta la saciedad el lenguaje de todas las extracciones posibles -las lecturas, la tradición, la oralidad de México- para generar un idioma propio contenido en sus libros, justificado en su interior.

Me gustaría que la habilidad de Mircala me hicieran un personaje, recortándome lo accesorio, y me quitara sobre todo las mareas de autocomplacencia, la turbiedad y la pereza que me asedian en cuanto me descuido. Me gustaría que las vivencias intensas del idioma me vistieran al modo de Yuri Herrera, y pasar a ser Carolink-Makina, resuelta y precisa heroína de Señales, que va en busca de su identidad, actuando mucho y sin pensar demasiado.

Pero sé algo. Aún no sé el cómo. Todo consiste en buscar mis propias respuestas y escuchar dentro mío lo que, quizá algún día, sepa pronunciar.

//Mentí. La entrada número 200 es ésta//

domingo 25 de octubre de 2009

Desmelenarse

Mientras me como un yogur -primera comida oficial del día- y subo el programa de hoy para que Elena lo edite, hago mi entrada número doscientos, en la versión 3.0 de Carolink Fingers, este diario de trabajo. Hoy me tocó, por primera vez, hacer el programa sola, pero no del todo.

Doña Elena tenía una cita importante y me quedé con uno de mis temas favoritos y un colaborador especial, Miguel Ángel Maya, al que invitaré en más ocasiones inventándome múltiples excusas. Pasé la noche de ayer soñando que todo iba mal, que tenía a un amigo colocado a los controles y que no dábamos pie con bola.

Nos ha salido un ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? un tanto caótico, porque los sueños siempre tienen razón. Pero, a la vez, al menos en la segunda media hora, empecé a desmelenarme y a pasarlo realmente bien. Incluso he canturreado al micrófono, y he contado un relato (muy micro) frente a la esponjita negra.

Hubo un tiempo, muchos años atrás, en que llevaba yo sola locución y controles de dos horas diarias de radio. Algo de eso se debe de haber quedado conmigo. Los ciclos existen. Y en alguna parte habitará aún aquella que se creía superheroína del micrófono y sentía que era casi casi invencible.

miércoles 21 de octubre de 2009

Javiera Mena

Como no me puedo ir a dormir, y continúo girando por las turbulencias de esta pantalla-oráculo, recibo vía Martín Crespo una estupenda noticia: por fin Javiera Mena viene a España, como telonera de la parte "ibérica" de la gira de Kings of Convenience.

Me enamoré de Javiera Mena hace tiempo, por carambola, porque nació al mundo pop casi a la vez que otro músico que adoro, Gepe, y porque han colaborado y hecho música juntos durante cierto tiempo. Javiera tiene un solo disco publicado por el sello argentino Índice Virgen.

"Esquemas juveniles" es una intensa y melancólica canción de amor imposible. "Sol de invierno" es la melodía exacta del olvido y el fracaso. "Cámara lenta" es como lo que hubiesen hecho Belle and Sebastian de haberse acostado con St Etienne ("...aquí en el borde, baja luego y así yo puedo acercarme y ver el límite en que tu rostro conserva su figura de adolescente..."). "Cuando hablamos" es exactamente el house industrial altiplánico que hubiera hecho Madonna de haber nacido de aquel lado de la cordillera. Su disco entero, con altibajos, tiene puntos calientes inolvidables para quien quiere y se empeña y se da cabezazos por no dejar atrás para siempre la juventud.

Y sobre todo: "Al siguiente nivel" es un hitazo capaz de marcar una generación y -aunque hace tanto que no voy a Santiago de Chile-, estoy casi segura que por el paseo Huérfanos las chicas se cantan una a otra "no lo analices más, esto va más alla, se puede comparaaaaaaar".

Una vez me dio una entrevista, de esas por e-mail. Me costó dios y ayuda conseguir sus respuestas, a lo mejor mis preguntas eran muy tontas. Pero sigo teniendo unas ganas tremendas de escuchar el nuevo disco (¡ya van tres años!) de Javiera Mena. Sólo espero que las intuiciones de quien tenía cuatro nociones de música y un sentido innato de la melodía no se hayan marchitado en este tiempo. También sé, porque lo leo, que su sophomore tendrá ilustres invitados. Yo quiero a Javiera, la misma Javiera de "Al siguiente nivel":