lunes, 28 de abril de 2008

Comet (reseña)

(Publicada en Go Magazine, abril 2008)
“Comet”
Pablo Díez
Lengua de Trapo

Nos gustaría pensar que Manuel encontró el camino para desembarazarse de la vida de cabeza agachada que llevaba en una Cantabria contemporánea y antigua. Que se ajustó a lo que se le venía encima o bien rompió con todo de la forma más impulsiva. Que supo cómo evitar su extinción y la declinación de una raza de hombres pasivos, orgullosos de su transitoriedad, apegados al terruño, desgajados tanto de su generación como del sexo opuesto, irrealizados e irrealizables: como esos misteriosos hombres-ave que dan pie a una tesis nunca comenzada, por la cual Manuel es invitado a una universidad norteamericana llamada Comet. Estaría bien creer que hubo redención en algún lugar de lo no escrito, pero es muy palpable el “fuera del tiempo” total del personaje que conduce el relato. En el centro de todo, en la puesta en escena de esta representación bastante osada y poco luminosa del fracaso: una prosa con tanta porosidad, con tanta podredumbre, con tantos filamentos que llega a resultar molesta. Construída sobre larguísimos episodios donde un paseo por el bosque húmedo es convertido en un infinito hilo de reflexiones y plañidos, un soliloquio grueso y magmático de un ser rendido, la novela avanza con lentitud y esfuerzo, la luz no se vislumbra, el canto de sirena desde la Universidad carece de eco. Muchos temas, no todos igual de exitosamente dispuestos, y un personaje demoledor, sin alas ni futuro. Pablo Díez, sin embargo, tiene de ambas cosas, o eso nos hace pensar esta primera novela.

martes, 8 de abril de 2008

Una de monstruos

Monstruos hay de muchos tipos. Están los monstruos pequeños, los ínfimos, aquellos que uno desdeña por su tamaño y no se molesta ni tan siquiera en aplastar. Hay que tener, sin embargo, mucho cuidado con ellos, porque algunos no son tan inofensivos como da para pensar su aspecto. Poseen una arrebatadora habilidad para destripar las cosas desde dentro: ya sean sentidos, coliflores o miembros viriles. Muy parecido, sé en lo que estás pensando, al monstruo hecho leyenda en aquella película de 1979. Dominan con su escuálida presencia los momentos más decisivos de la historia: léase, las lombrices que sufría Napoleón, y otras tantas leyendas. Pero no hace falta irse tan lejos para encontrarlos, para sufrirlos.

Están los monstruos grandotes, tipo montaña milenaria o tipo torre de apartamentos o tipo generador nuclear o tipo agujero de gusano. Como elijas. Soy un narrador muy condescendiente. Éstos son enormemente ubicuos y tranmigran de un universo al siguiente, de tal forma que pueden estar dejando dos cagadas (¡o más!) al mismo tiempo. Los lugares no son para estos monstruos realidades a respetar. Defecan por doquier, estropean nuestras cosechas, alienan civilizaciones, dan al traste con las leyes físicas. Son verdaderos monstruos. Cuando piensas en la palabra monstruo son éstos los que te vienen inmediatamente a la cabeza. Son los que coronaban la imaginación del desgraciado de Lovecraft, pero él sabía muy bien de lo que hablaba. Son los que esparcen las enfermedades epidémicas, son los que garantizan el hambre el en Tercer Mundo, son especies sin posibilidad de extinción, maduras para imberbes como nosotros. Infatigables. Poderosos. Monstruos de los que todo el mundo huiría, salvo esos monstruos pequeños, ínfimos, que se pegan a sus entretelas como ciertas damas a ciertos cabrones peludos.

Entre ambos tipos de monstruos hay una historia de amor y desamor que merece la pena desentrañar. Déjenme ahora decir unas cuantas cosas que parecerán carentes de sentido, a veces los narradores han de poner a un lado las más elementales leyes de la lógica y la causalidad, en aras de atenerse a algo más verdadero. Déjenme, les plazca o no, ser tan aventurado como uno de estos seres que dominan el mundo con su sinrazón. Hay otros tipos de monstruos, los más interesantes, que caminan entre nosotros sin hacerse notar. Ni mordisquean, ni eyaculan, ni fomentan el desprecio. Simplemente, hacen daño, pero cómo. Hoy me crucé con unos cuantos de estos (debería decir “con unas cuantas”) y, a diario, en nuestro deambular desbaratado, tenemos encontronazos casuales y decisivos con esta subespecie. Con las de esta subespecie. Los monstruos y monstruas de los que tengo que hablar aquí no parecen tales. Se parecen a ti y a mí. Son ordinarios.

martes, 1 de abril de 2008

Indie, Latinoamérica, Aira, las debilidades, el ego

Cada día encuentro más difícil y con menos propósito contar qué hago, a qué me dedico, o qué pienso. Es que la grosería inscrita en el acto de publicar lo que YO hago y lo que YO pienso se me atraganta no sabéis hasta qué punto. Los blogs se me atragantan. Pero tengo un blog. No, dos.

En el último gran libro que leí (YO leí), Las aventuras de Barbaverde de César Aira, hay un personaje que aparece en la cuarta aventura, la que transcurre en "el Gran Savoy" (¡qué libro tan fantástico! YO opino), muy fugazmente: una señora sesentona que edita un "periódico local" con sus opiniones, sus pensamientos, sus aleccionamientos a la comunidad de la que se cree guía espiritual y benefactora moral, y se enemista con aquellos vecinos que ni se interesan por su panfleto y no quieren leerlo ni regalado. Ella es una blogger de la Argentina profunda.

Doce Notas (ese trabajo que me ha caído del cielo) acaba de ver publicada su nueva edición, la revista número 61 (segunda en la web) y el Día a Día número 2. Esto quiere decir que cualquier cosa que te interese al respecto de la música (clásica, contemporánea, lírica, la más transgresora, YO digo) y la danza, lo puedes encontrar ahí. Y, si no lo encuentras, es porque alguien se olvidó de contárnoslo. De más está decir cuánto me estoy divirtiendo y cuánto estoy aprendiendo aquí. Voy al Auditorio Nacional y le doy la mano a Josep Pons. Asisto a un concierto de Rachmaninov y me dan los hipos como sólo me ha provocado un directo de Nick Cave.

La otra parte de mi esfuerzo, en el último mes y medio, estuvo dedicada a este artículo: el Indie Latinoamericano, una peregrina idea/excusa bajo la que reunir a los artistas que más me interesan en la actualidad. Gepe, Lisandro Aristimuño, Javiera Mena, Coiffeur y unos cuantos más. Aparece en las páginas de Calle 20, en el número de abril. Sólo espero que sirva a alguno para abrirle las orejas un poco más, para emborronar prejuicios y predisponer a los incautos. Sólo espero que Javiera consiga una discográfica que le distribuya en España, que Coiffeur venga pronto a hacer gira, que Quiero Club sustituya en los anaqueles a los soplagaitas esos de Maná.

Y, me pregunto YO, ¿por qué llevo dos años rebuscando denodada en estos países, como si en España no hubiera grupos y cantautores? ¿Por qué siento que es más auténtico, me llama más, me otorga más forma y me reinventa la música de estos que están al otro lado del Atlántico? Sí, he oído grupos españoles de estos últimos dos años, y no me quedo con casi nadie. Mucho mimetismo y poca autenticidad. Un capote aparte para Señor Chinarro, el mejor cantautor de mi generación.

Esto es, al cabo, lo que YO pienso. Qué grosera.
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