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jueves, 2 de octubre de 2008

Gigante entre pigmeos

El libro se llama El marqués y el sodomita y aún no está en las librerías. Por lo pronto, unas biennacidas fotocopias me lo sirven para que pueda acompañarme las siguientes noches y correr hacia la fecha de entrega de una reseña. Escrito por su nieto, es el relato del primer juicio de Oscar Wilde o, mejor dicho, la reunión de los documentos nunca antes publicados con tal exactitud, que relatan cómo Oscar Wilde, queriendo limpiar su honor por una "calumnia" vertida por el padre -marqués de Queensberry- de su famoso amante Bosie, interpuso una querella penal y, tres meses después, era el propio Wilde el que salía con una condena a trabajos forzados y su vida hecha pedazos para siempre.

Mientras todos los diarios londinenses -y algunos extranjeros-, todavía con los juicios en curso, daban a Wilde por culpable y poco menos lo trataban como la inmundicia personificada, un pequeño semanario llamado London Figaro los ponía en su sitio: por asquerosos, por cebarse con vehemencia de perros en un artista procesado enarbolando la bandera de la moralidad. Pero, de la larga cita incluída en la página 35 del libro, me quedo con esto:

"Gigante entre pigmeos, el señor Wilde ha sido naturalmente odiado por todas las personas bajas y mezquinas, que intentan aumentar en tamaño e importancia rebajándolo".

Lo tuve claro. Todos esos que, amparados en el vil anonimato de las comunicaciones digitales, opinan acerca de la cualidad personal o artística del amigo que nos quitaron -hoy sí diré su nombre, Cocó, y Cocó, Cocó, ¡con acento siempre!- ni aumentan en tamaño ni crecen en importancia. Son basura. También esos medios "oficiales" y "serios" que redactaron reseñas tratando a una persona asesinada como, poco más o menos, "culpable" de su muerte. Comemierdas.

A nosotros, sus amigos, más breves o más longevos, no nos quita nadie el privilegio del gigante.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Ser

Cuando se supone que tengo que responder a algo, me paralizo. Tomo la vía tangente. Cuando cualquiera espera cualquier cosa de mí -y quizá tan sólo yo misma espero-, me escabullo. Quiero escribir sobre ti, para opacar las palabras idiotas que se vierten. Huyo todos los días de hacer propaganda fácil, de colocarme en el ojo de los buscadores de signos. Trato de hacer relevante lo que no es relevante, pero es el aire que yo necesito respirar. Lo que es radicalmente -de raíz- importante. Lo que no tiene parangón. Trabajo a diario con miedo. Porque las palabras son unos seres tan infieles, tan bastardos en las bocas y los dedos inadecuados... La aparente libertad digital nos ha revelado una muy cierta estupidez real.

Quiero escribir sobre ti no porque sienta que yo puedo hacerte justicia o esté capacitada para dar con tu esencia. Cómo podría pretenderlo, si cuando escribo no consigo ni siquiera acercarme a mi propia esencia. Quiero escribir sobre el perseguidor que nos ha sido arrebatado. Y llevo todo el día pensando en ti, en como acercarme a ti sin hacer el ridículo, sin caer en el panegírico vacío, sin coquetear con los géneros periodísticos. Quiero escribir sobre ti sin decir tu nombre, para que nadie encuentre este blog tratando de conocer las circunstancias de tu muerte.

Quiero tocar lo que has sido para mí, yo, que habitualmente vivo de espaldas a los recuerdos. Hoy tú me haces falta. Y digo tocar con todo el conocimiento de causa, quiero ejecutar estos sentimientos como si se tratasen de una sonata transgresora, cariñosa, valiente y radical -de raíz. Aquí delante del teclado-sintetizador-máquina-mediador-lenguaje. Te toco esto para decir cuánto me marcaste en mis años de formación. Cuán falto de prejuicios estabas y cuánto aprendí a ser prejuiciosa contigo. Cómo me empujabas a ser más arriesgada, a olvidarme de las palabras y de sus significados, a ser más coherente. Cómo descubrí esta ciudad de tu mano, y de la de tu hermano.

Pero no, tú no empujabas a los demás; tú habías recorrido un camino propio, sólo dejabas ver a otros que había una cantidad infinita de opciones entre las que definir las señas personales. Te llamábamos la atención, por ser curiosos. No tenías las más mínimas ínfulas de pigmalión. Tu forma era ser. Y perdona que me ponga aristotélica, pero he hallado esta tonta fórmula de nombrarte y me la quedo. En todos estos años en que ya no te rondaba, siempre sabía que tú eras. Si me llegaba cualquier noticia sobre tus nuevos pasos, esos eran los tuyos y no tenían contestación posible. Radicalmente eres. Contigo, cuando sí te rondaba, cuando escuchaba todas tus formulaciones de perseguidor infinito, nunca hube de temer a las cosas no dichas, todo aparecía. Nadie te marcaba el paso, a nadie imitabas salvo la inimitabilidad de los inimitables. No necesitabas una imagen, porque tú eras esa imagen.

Recuerdo tu pelo. Tu pelo negro, morado, rojo, azul. Tu no pelo. Tu mechón. Recuerdo tus encarnaciones y siempre eras tú. Recuerdo palabras y sonidos. Recuerdo que me enseñaste -queriendo o sin querer- a escuchar a Cocteau Twins. Y a My Bloody Valentine. Y a Seefeel. Y a Brian Eno. Y a Autechre. Y a Scanner. Y a Isan. Y a tantos. Sólo hace un rato, mi amado Jorge estaba tocando música de Kraftwerk. Él dice no gustar de tu música, pero estoy segura de que lo hará. Tu radicalidad es mucha. Es la nuestra. Aunque tu coherencia es sólo tuya.

Ser y no parecer. Ninguna necesidad de pontificar. Pero ninguna intención de adular. Tú decías y actuabas. Los demás mirábamos, escuchábamos, atontados. Apenas comprendiendo esos pasos que señalaban un trayecto tan abstracto o ambicioso, difuminado y etéreo como una desobediencia ciega a la geometría, a la perfección, al barro inmundo. No pretendías provocar. Pero lo hacías. La coherencia de todas tus palabras y todos tus actos desfiguraba con un soplo la cara de la idiotez imperante, todos esos que se quedan con el lado "under" del "underground", todos los que se vuelven estatuas de sal, o se retuercen cual gatos escaldados, ante la maravillosa disparidad de tu estética. Lo tuyo -y te veo ahora en la piscina del hotel, cantando en el oído de los que quisieran escucharte- era ser. Ser, y ser, y no pedir permiso, para ser, no doblegarse jamás, no abandonar nunca la curiosidad ni la actitud cuestionadora, desbrozando las verdades dadas y superponiendo a la grisura un mundo de respuestas propias. Respuestas estéticas, porque sólo mediante la belleza podemos responder. Sólo por la absoluta certeza de la belleza, a ser posible sin lenguaje.

Y, en todo, la generosidad de quien permanentemente busca y encuentra. No dejabas de admirar a los más jóvenes. Así, te acercaste a la pequeña y furiosa generación que representaba el grupo de mi hermana, y a muchos otros: sé que podías reconocer en ellos el entusiasmo y la no profanación de una fuente, la inagotable fuente de la creatividad que reside en la juventud que tú adorabas. No hablo de la edad, sino del concepto más concreto del mundo. Juventud era tu palabra. Era tu actitud. Tú eras eso. Puro ser.