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viernes, 22 de julio de 2011

Acrítico género cultural

Estoy harta de tener que justificarme.

Echad un paso atrás y veréis que no es tan terrible lo que decimos los y las feministas. Bajaros de vuestros podios y dejad de tener miedo de perder privilegios, porque son privilegios muy insignificantes. Sopas con hondas nos van a dar a todxs.

Estos días he tenido un compañero de piso, un inquilino en la habitación que tengo libre. Es escritor, latinoamericano, y lo considero persona con mentalidad abierta. Así y todo, he tenido con él largas conversaciones sobre lo que significa ser feminista en el "primer mundo precario" de este principio de siglo XXI.

En una de éstas tuve que utilizar mi mejor arma: "Hace cuatro siglos, el paradigma mental nos permitía tener seres humanos debajo de nuestros pies y utilizarlos como esclavos. Ahora nadie podría considerar a un ser humano de otro color un ser inferior. Con las mujeres sigue sucediendo, subrepticiamente. Se nos paga menos en los empleos, se nos relega al espacio privado, a las tareas domésticas y a los cuidados, y nadie parece darse cuenta del terrorismo que eso supone".

Aún existen muchos de vosotros que no os habéis parado a reflexionar del lugar de privilegio absurdo que habéis heredado y que os gustaría perpetuar. No detectáis en el aire la constante sangría de la presencia de mujeres en todos los espacios del intercambio, la cultura, la política o los negocios. Las que consiguen estar tienen que renunciar a mil cosas y pelear -el doble- con prejuicios estancados. Y eso tampoco se nota.

Por centrarnos en lo cultural, podemos mirar, por ejemplo, los datos de esta nota aparecida en El País hace ya muchos meses. Los del suplemento se hacen unas listas y, en lo literario, se recogen 180 nombres, con sólo un 13% mujeres. Algo después nos cuentan que, de 18 críticos, sólo 3 son mujeres. ¿Por qué tendría que ver un dato con el otro? ¿No he leído yo misma, indistintamente, a escritores y escritoras durante los últimos treinta años?

Hay que reconocer algo y es que a las escritoras hay que buscarlas más. Sentir interés. Pero una vez que empiezas (contradecidme) ya no puedes parar.

El feminismo como pensamiento político de primer orden. Esta semana me he encontrado (vía @hijotonto), con regocijo, esa frase en un texto en dos partes. Escrito por Andrés Neuman, personaje de nuestras letras recientes a quien no tengo mucha simpatía. Aquí el texto uno, aquí el texto dos.

Lo primero que pensé fue: bien, si uno de "ellos" se atreve a decir: "Su escritura (de los escritores) omite de entrada las relaciones entre ficción y patriarcado" es: vamos por buen camino. Más: en realidad, la escritura de las mujeres (muchas) también la omite, el pensamiento feminista y la crítica cultural con signo de género está completamente doblegada y subvalorada debajo de la enorme producción/edición literaria a cascoporro. La perpetuación de los estereotipos es lo que mola, al parecer, y vende. Y, en eso, no he dejado de estar de acuerdo con el Lector malherido y viejas reseñas suyas.

Más adelante, he de leerle: "Los escritores hombres heredamos una doble laguna" y empiezo a sospechar. No es éste el espacio para hacer un análisis muy concienzudo; pero, como no tengo otro...: los escritores y las escritoras heredamos todas esas lagunas, las mismas, porque la sociedad es la misma para vosotros y para nosotras. Dejémonos de monsergas. Los micromachismos nos los han inoculado las abuelas (y los abuelos) a ti y a mí, Andrés. Sólo escribiendo, sólo leyendo, sólo pensando, sólo abriendo la mente podemos llegar a darnos cuenta de la losa tan enorme que el heteropatriarcado nos lega, aún, hoy, todavía, cada día, cada minuto y segundo que nace un nuevo niño y lo vestimos de azul, nace una nueva niña y la vestimos de rosa.

Es urgente y necesaria la introducción de una perspectiva de género en nuestra crítica cultural, como ha sucedido a través de los siglos con el colonialismo o, más cerca en el tiempo, con las migraciones desde el "tercer mundo". Y, si bien el gesto de Neuman se aprecia por valiente, a priori, por ser una voz que se pone de parte de una tendencia con muy poquita buena fama, también tuve que admitir (después de leer sus textos cuatro o cinco veces) que adolece de una mirada paternalista de la que tenemos que librarnos de una buena vez, vosotros y nosotras, todxs.

No puede ser que señalemos, por ejemplo, un libro que pudiera tener una perspectiva racista, pero nos parezca normal que dentro de una novela publicada en 2010 todos sus personajes femeninos sean la madre del protagonista, que le prepara los cocidos, y una novia que no hace nada salvo esperar que llegue el día de la boda (el ejemplo lo acabo de inventar, pero podríamos encontrarlo con un poco de trabajo). Bien es verdad que este tipo de argumento podría darse para, por su medio, criticar ciertas realidades. Es el caso de un librito que he leído recientemente, El camino que va a la ciudad de Natalia Ginzburg.

En mi trabajo como crítica literaria, tengo que encontrarme de todo y también con personas que no entienden que siempre elija libros de mujeres o que resalte las características "de género" que se desprenden de alguna ficción. Hasta hace bien poco no era un objetivo, ahora lo es todo el tiempo que desarrolle crítica cultural. ¿Por qué? Para contrarrestar. A riesgo de, por ejemplo, perder espacio de crítica para señalar algunos de estos desequilibrios.

En otro momento de este blog me quejé en voz alta de la estúpida lectura de la serie Mad Men escuchada en una conferencia, en la que prácticamente se atribuía toda la personalidad esquiva y descomprometida del protagonista a la cualidad de "puta" de su madre. En fin.

De regalo, una viñetita que lo resume todo:

Un pelín de esfuerzo y todos tendríamos una vida más compleja. Más feliz, justa y equilibrada, también.

viernes, 17 de junio de 2011

Microfeminismos

Estoy muy calladita sobre el tema feminismos estos días. Estoy muy calladita sobre casi todos los temas. Acumulación de trabajo, no mucho más que el que tiene cualquiera en una situación de empleado laboral, sólo que no soy empleada y tengo, además de clientes, una jornada a tiempo completo de madre y ama de casa.

En torno a las acampadas, el #15M y los grupos de trabajo feministas han existido una serie de polémicas que han puesto de relieve algo que vengo pensando desde mi -más o menos reciente- toma de conciencia: que en algún punto, entre los setenta y los ochenta del siglo XX, se perdió el empuje; hombres y mujeres -sobre todo éstas- hemos crecido recibiendo una información del todo sesgada. En mi generación (podéis contradecirme los nacidos en los setenta), se nos dijo que habíamos avanzado tanto, tanto, que ya accedíamos a casi todas las profesiones imaginables; que la lucha feminista estaba consumada; que el campo de batalla estaba, quizá, en las interrelaciones domésticas y en esa eterna cantinela de la "violencia de género", amplificada hasta la saciedad, y probablemente con razón.

Pero esa violencia se ejerce a diario en aspectos de apariencia inocente, y es ahí donde se ha de trabajar. Niños y niñas están siendo programados desde que nacen. Estos días, en el blog que mantengo en Yahoo, escribí sobre una familia canadiense muy curiosa, que había decidido no contar a nadie, ni siquiera tíos o abuelos, si el bebé recién nacido en casa era niño o niña: absolutamente shocking.

Hoy mi hija pequeña (5 años) me trae el discurso que tiene que leer frente a todos los compañeros del colegio en la "graduación" que se celebra con motivo del fin de ciclo, Educación Infantil. Y hallo esto: "Esta nueva etapa que vamos a descubrir es uno de los primeros avances que tendremos en nuestra vida hasta que seamos peluqueras, abogados, médicos, camareros, ingenieros, mecánicos, profesores...".

He hablado con las profesoras que están organizando la "fiesta de graduación": No me parece de recibo que la única profesión que incluya el femenino sea la de "peluquera", una profesión absolutamente respetable; pero el mensaje es muy falaz.

Me han mirado con cara rara, condescendiente, y les he dicho que de aquí al lunes V. se va a aprender una versión un poco diferente del discurso.

Uno de los talleres organizados en Acampadasol por la asamblea feminista se llamaba "micromachismos". Entre nosotras y por nosotras, por nuestras hijas e hijos, es urgente y necesario trabajar dentro y fuera, hoy y mañana, en los microfeminismos.

Como nos recuerda Pedro Jiménez en el programa 82, el uso del masculino englobando a todas las personas es una convención más, cargada de machismo, por mucho que se nos diga que es el "genérico". "Genérico" del 50% para el 100% bien puede ser decir "abogada", "ingeniera".
Es urgente y necesario generar microfeminismos desde la más pequeña escala (o escuela).

lunes, 2 de mayo de 2011

Je suis seule

Hace algunos días, estando libre y suelta por Madrid, y habiendo dejado a unos amigos que ya se marchaban a casa, marcaba el número de teléfono de mi primo (acudiendo a la representación de su Radio Ficción en La Casa Encendida, curiosamente donde me encuentro ahora mismo tecleando en un terminal, previo pago de un euro, porque ni soy cliente de Caja Madrid, ni estudiante, ni jubilada, ni discapacitada, etc, etc.). Marcaba su número pero no me contestaba y quería verlo al muy querido mío. Como andaba en el barrio, y por dejarle tiempo a consultar sus llamadas perdidas, entré en un bar a tomar la penúltima.

Nunca he tenido problemas con tomarme una caña sola en un bar. Y desde, por lo menos, mis años de estudiante, he reivindicado mi derecho a tomarme una caña sola en un bar, como y cuando me diese la gana. Allí, en Sevilla, lo más divertido era la condescendencia, indiferencia fingida, de los camareros, siempre hombres, de los bares en los que entraba (Alameda, Alfalfa, Plaza de San Pedro...). No es algo que me preocupe por hacer, es algo que no me preocupa en absoluto hacer.

Excurso: la última vez que estuve en Sevilla, después del último acto (sesión de Hextatic) del Zemos98, cuando el cuerpo ya no me daba más de mí, salí hasta la avenida Torneo a buscar un taxi. Me tocó el taxista-chapa. El taxista-chapa se creía con el deber/derecho de darme la chapa durante todo el trayecto a mi barrio (de mis padres) en las afueras de Sevilla, porque mis amigos "me habían dejado ir sola a buscar un taxi"; porque una mujer no debería andar sola por la ciudad a las cuatro de la mañana; porque lo mínimo era que me acompañaran. Estaba demasiado cansada para pegarle o gritarle. Lo peor, lo peor, fue tener que pagarle la carrera.

Vuelvo a la noche de hace siete días. Entré en una tasca madrileña, barrio Lavapiés, donde los camareros también eran todos hombres. Me senté en la barra, esquina, y pedí una caña. Ojeaba un ejemplar de la recién cocinadita revista Madriz. Anotaba alguna cosa en mi cuadernillo de tapas azules. Al cabo de, quizá, un cuarto de hora, una voz me sacó de mi ensimismamiento:

Pardon... pardon... ecoutez-moi... Je suis seule...

Me volví para ver que me hablaba una mujer (a la que ya había fichado al entrar en el bar) rubia de unos cincuenta años. Siguió hablándome en francés, que como estaba sola, y ella estaba sola, y estaba hasta las narices de beber sola, y estaba ya como una cuba (fueron sus palabras), ¿por qué no hablábamos? Yo le contesté en francés, todo el tiempo, y eso que hace quince años que no lo practico.

Me contó que llevaba cinco años largos sin un trabajo en condiciones. Que había empezado, hacía un mes, en un taller de restauración -que era su pasión, y lo hacía mejor que nadie- pero estaba muerta de asco y de vergüenza, pensando que en el mes de agosto, cuando se agotara su contrato temporal, volvería a quedarse en la calle.

La escuché durante mucho rato y le di, hasta donde pude, palabras de ánimo. No recuerdo cómo apareció el nombre "Zaragoza", y tiré del hilo para averiguar que la que me hablaba en francés me tomaba por extranjera (qué sé yo, el corte de pelo, la gabardina) pero ella era más española que las torrijas. Me tuve que reir lo mío intentando adivinar por qué llevábamos media hora hablando en otro idioma, en aquel bar de Lavapiés; quizá fue todo una estrategia de mi amiga para que el camarero, rumano, no entendiera sus quebrantos.

He escrito "mi amiga" y es así como sucedió. La mujer, al cabo de un rato, me tomaba la mano y me decía "amiga, amiga", cuando yo le decía: "Tú no estás sola, no te mueras de la angustia pensando en el verano, piensa en el trabajo que ahora tienes y lo bien que lo estás haciendo, piensa en las cosas tan bonitas que sabes hacer con las manos, no vivas en el futuro colgada de una incertidumbre, vive en el día de hoy". Y seguía sobándome la mano, llamándome "amiga, amiga". Me habló de cuánto le gustaban los hombres y de cuántas veces la habían dejado tirada. Me habló de que no tenía hijos por no haber querido tenerlos. Hasta llegó a enseñarme una teta, asegurándome que no le había tocado un bisturí, y era menuda teta bien hecha.

Pasé dos horas sentada en esa barra, hablando con esa mujer, de la que tengo su nombre y su número de teléfono. Je suis seule, je suis seule, volvía a decirme una y otra vez. Desesperado canto de seducción, por un rato le funcionó, me funcionó, tuvimos compañía. Después, viendo que se me acababan las opciones para volver a mi casa (seule), la tuve que dejar (seule). Durante esas dos horas la quise desesperadamente, fue mi nueva heroína, fue la personalización de toda la marginación silenciosa, nada escandalosa, poco comprobable, que sufren las mujeres, y sobre todo aquellas que ya están dejando de ser jóvenes, que han dejado de serlo hace rato. A mí, mi amiga, me echó cuarenta y cinco años y me dio mucha risa (las gafas, la ropa negra, me dijo): la cuestión es que yo ya sé lo que me espera, lo que está a la vuelta de la esquina; acumular incertidumbre, experimentar precariedad y hacerme vieja. Seule. Complètemente seule.

- - -
Actualizo,
un día después. Esta entrada también podría haberse llamado "I'm lonely. I'm old". Watch this : http://youtu.be/i3OK0KgXjmk

viernes, 22 de abril de 2011

Il corpo delle donne

Leo y escucho en textos de signo feminista la alocución "reapropiación de los cuerpos" y pienso en ella a menudo. Estuve hace unos días en la exposición Heroínas (sólo vi la mitad que está en el Thyssen) y los temas que me vienen dando vueltas parecieron confluir a través de la narración propuesta.

Como dice su presentación, revisa representaciones de la mujer "fuerte" y "poderosa", alejada de estereotipos (aunque me tuve que encontrar, en la tienda de souvenirs, inexplicablemente esto:)


Mientras recorría esas salas, me di de frente con la evidencia de que me molestaban aquellas representaciones (también en el cuarto "Amazonas" o "Atletas") que giraban en torno a la belleza. El resumen de mis sentimientos estaba inscrito en la mirada y la actitud de las bellas "segadoras" de Jules Breton. Se me aparecía evidente que esas mujeres (las tres, al menos, escogidas en la exposición) llevaban encima sus atributos físicos a pesar de ellas mismas, como una carga.


Y supongo que lo que me hacía algo irrespirable el conjunto, a pesar de sus buenas intenciones, es el hecho de que buen número de esas representaciones no están hechas por las propias mujeres. Son honestos intentos, desde luego, de descolgar a la mujer de los epítetos más obvios, aunque si miramos un poco más de cerca, con lupa, algunas de las representaciones más transgresoras están basadas en la mitología griega (esto habría que pensarlo más despacio, pero los veinte siglos de cristianismo no han sido más que un entorpecimiento, en muchas cosas).

Belleza y defecto: ni son absolutos ni están dentro de los cuerpos; los presta la mirada del otro. Y tanto mirada como narrativa han venido hechas por los hombres a través de los últimos siglos. La mirada propia versus la mirada extraña, la que nos desarrolla versus la que nos codifica, eso está en la exposición aunque hayan pretendido ignorarlo. Y los estereotipos de belleza no serían lo que son si no viniesen dados por una narrativa escrita por hombres desde que el tiempo es tiempo.

Vengámonos a las representaciones más contemporáneas, hechas por las propias mujeres. Vi obras que repensaban los esquemas dados: se tomaban el esfuerzo de recodificar las conceptos, a través de mitologías y símbolos de la cultura. ¿Cuál es el problema? La artista contemporánea pierde el tiempo tratando de desmontar siglos de códigos hechos (como, pude comprobar hace poco y dejaré caer por aquí en cuanto tenga un minuto: las críticas literarias perdiendo nuestro tiempo en señalar los vicios de la crítica literaria heteropatriarcal y masculino-capitalista, es un gran lastre). Mientras el divorcio del público con el arte contemporáneo es ya un tópico kitsch, la mercantilización del cuerpo avanza, y el concepto de belleza se desarrolla a modo de imposición seductiva en los discursos comerciales y publicitarios.

Y todas, todas, todas nos los comemos con patatas.

Tómense un respiro en esta larga entrada (que ya es demasiado larga) para ver este documental cortito:



Si habéis dejado de vomitar ya, os recomiendo otra pieza, que creo que presta la dimensión adecuada a lo que acabáis de ver: esta otra película se llama Videocracy y está producida por la factoría sueca ATMO. Sin estar contada desde el feminismo en forma directa, su relato es todavía más desangrante, en lo que toca a la política de los cuerpos. Podemos -no debemos- quedarnos con la obviedad de que el relato concierne a Italia. No se puede separar, en este mundo globalizado, el alcance de esta mercantilización, y de hecho el invento de la televisione di Presidente no sería lo que es sin la industria de los cuerpos asociada al marketing y la publicidad. Y eso no se ha inventado en Italia.

A donde yo quería llevar este texto es a la necesidad, que asalta a Lorella Zanardo, la narradora de Il corpo delle donne, de retomar lo nuestro. Reapropiación de los cuerpos debería querer decir la obligación de reescribir, entre otros, el concepto de belleza, impuesto desde fuera sobre nuestra fisicidad. Empoderarse, a expensas de cualquier cosa, incluso del dinero y del trabajo, de nuestras narrativas.

Y en este punto, aún, no tengo más que preguntas, puesto que esa reapropiación tiende a materializarse en una vuelta de tuerca que lleva exactamente al mismo sitio. No dejo de verlo y todavía me queda mucho por dilucidar, pero podría resumirse en: "No es él el que me dice que me desnude, me desnudo yo". Y así millones de muchachitas en el mundo entero, sin necesidad de ser abducidas por las mafias ladronas de cuerpos y explotadoras de mujeres, se someten sin aprensión a, exactamente, las mismas lógicas capitalistas. Aquí no cierro nada, pero esa vía de empoderamiento no surte, a priori, más efecto que el de hacer pipí en un río.

O follamos todos...

Soy muy dada a contar los pequeños pasos dados en cualquiera de mis proyectos, aunque no signifiquen gran cosa, quizá sólo por manifestar algo como "hey, chicos, estoy trabajando". Puesto que pasan semanas y hasta meses entre mis ratos de trabajo en esos "proyectos que me dan la vida", los avances son mínimos, siempre, la consecución de los mismos está constantemente lejos, y ponerlos de manifiesto sirve para créermelos un poco más. En definitiva, se me hace infantilmente necesario mostrar el resultado de un par de horas de trabajo, por tonto que sea, y activar mínimamente este blog.

Hoy he dado vueltas al documento donde recabo todo lo que podría servirme, eventualmente, para un ensayo que-todavía-no-sé-qué-es y que lleva por título provisional La vida sin hombres. He reorganizado la información y los datos, pero el más nítido logro ha sido "fijar" los epígrafes del libro (y casi, casi, un índice de contenidos):

"... que las mujeres no valíamos para ninguna actividad seria, ni siquiera para la costura o la cocina (...). Y el llamado trabajo intelectual era decididamente horrible y ruinoso."
Franziska von Reventlow - El complejo de dinero

"What will liberate women, therefore, from male control is the total elimination of the money-work system, not the attainment of economic equality with men within it."
Valerie Solanas -Scum Manifesto

"O follamos todos, o la puta al río"
Dicho popular

domingo, 27 de marzo de 2011

Puta mierda nuestra

Desde hace ya mucho tiempo me pregunto: ¿quién nos ha enseñado a limpiar? ¿Está inscrito en nuestros genes, como pretenden los biologistas y deterministas, o se trata de una enseñanza directa de la cultura mamada, como nos dicen los otros? Llevo desde el sábado (y no cuento las tareas diarias de control de la mierda) a las 11 am de sitio en sitio, viendo basura por doquier, recogiendo pedazos de vida, comprobando que somos polvo. No soy una obsesa de la limpieza, ni mucho menos, pero en alguna parte de mi estructura mental está inscrito que se desarrolla mejor la persona si lo hace en un entorno ordenado, libre de mierda. Conste que no limpio para ningún hombre, pues ninguno pone el pie en mi casa desde hace casi veinticuatro meses.

He puesto lavadoras, he puesto lavavajillas, he limpiado habitaciones, he hecho (a base de peleas) que mis hijas ordenen la suya, he quitado polvo, limpiado el suelo, limpiado el baño, hecho la compra, cocinado, recogido restos, ordenado mi habitación (porque los montones de papelotes no me dejaban pensar)... Son las siete y media de la tarde del domingo y todavía me quedan por planchar aproximadamente siete kilos de ropa, dos lavadoras amontonadas en un rincón del armario. Me da a mí que van a quedar para otro día.

A menudo me pregunto qué nos hace así y debe de ser esto lo que ellos llaman "ser brujas". ¿Sexismo nada más? ¿Programación de género, como lo llama Elisa, que traspasa generaciones y edades? Tengo tremendamente claro que es cosa de mi abuela el que yo ahora, el fin de semana, sienta que mi obligación es limpiar. El sábado tempranito no me dejaba ver La bola de cristal y me ponía el trapo y la escoba en la mano. Y no lo hacía así con mi hermano, diez años menor, que viéndonos a sus hermanas pretendía contribuir, colaborar en la limpieza, y la buena mujer lo trataba de mariquita y le quitaba los artilugios mágicos (la escoba) de sus garras.

Esto no va de géneros, o no sé de qué va. Hace dos semanas mi hija de 5 años vino con el siguiente cuento a casa: "Mamá, los hombres de las cavernas son los que salían a cazar porque eran más fuertes y no tenían miedo". No hay derecho a que una niña de cinco años reciba esta información de los roles de género en un contexto en que no necesita, en ningún caso, contar con diferencias, validaciones ni programaciones. Cuando nadie sabe con certeza (ni siquiera los antropólogos, y sigo aquí a Natasha Walter en su ensayo Muñecas Vivientes, Turner, 2010, pero comprenderéis que éste es un artículo escrito con sangre y no me voy a poner a buscar las citas correctas), si las mujeres realmente eran las que se quedaban al abrigo de las cuevas, cuidaban de la prole y aseguraban la morada limpia y ordenada para cuando los machotes terminaban sus tonterías allí afuera.

Insisto en que esto no va de géneros sino de quién coño me invitó a mí al club de las mujeres pulcras, que no da réditos en ninguna parte pero donde si no estamos nos ponemos negras. Hay algunas que no están, que sueltan quinientos o poco más euros a una amiga de otro país (sudamericano, por ejemplo) y ya se sienten limpias.

Insisto en que esto no va de géneros, pero hoy a las ocho de la tarde no he tenido un fin de semana normal con mis hijas, no he ido a ver la exposición Heroínas que tengo que ir a ver con ellas, no he preparado mi programa ni leído la mitad de los libros que debía, no he escrito las reseñas que debo ni puesto en orden mi vida, sólo me he dedicado a quitar mierda y a inocular en las mentes de mis hijas la idea absurda de que quitar mierda es una de las tareas ineludibles, básicas y satisfactorias de la vida. En este minuto me pesa una barbaridad, pero algo dentro de mi mente no puede eludir esa responsabilidad que no paga absolutamente nada.

Puede que esté exagerando, no sé, estoy cabreada conmigo, con la programación de género, con mi abuela y con todos los que viven felices entre bendita la basura. Quiero saber, ciertamente, si Alejandra (Pizarnik) limpiaba su espacio (que no), si Virginia Woolf (que no) limpiaba su espacio, si Leonora Carrington (que no) limpiaba su espacio, si Marguerite Duras (que no) limpiaba su espacio. Quiero saber si hubiesen sido mejores poetas, artistas, novelistas (que no) limpiando sus espacios. Puta programación de género.

La imagen está tomada prestada de aquí.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Después del 8 de marzo

Este texto no es mío. Es de Arancha León, es decir, mi hermana. Lo ha publicado en su facebook y, dado que es una red cerrada, le he pedido permiso para sacarlo de ese baúl. Es lo más acojonante que he leído en las últimas cuarenta y ocho horas sobre la "celebración" del 8 de marzo. Es el texto que yo no he tenido tiempo de escribir.

Tenía algo que me rondaba en la cabeza desde ayer, pero no me cabría en unas líneas. Hoy ha sido el día de la mujer trabajadora. El día ha sido bonito. Muchos cambios y no me he movido de casa. Sólo quisiera decir algo a los hombres y a las mujeres:

No nos confiemos. No pensemos que hemos ganado mucho porque no hemos conseguido nada. Ahora mismo, somos mucho más objeto o tanto o más que antes. Y no nos damos cuenta. Sólo nos han caído unas estructuras para sustituirlas por otras, las que a ellos más le interesaban.

Ahora que no tienes necesidad de ser un objeto sexual, en vez de disfrutar de tu belleza y tu cuerpo te siliconas los labios, las tetas, los mofletes, la vagina, los cachetes del culo... Mujer: eso no es respetarte a ti misma.Todas esas redondeces no son más que una caricatura depravada y amorfa de tu propia feminidad.

Ya no creemos en los príncipes azules ni nos convencen las ranas. Este tema es laberíntico e imposible de resumir en dos palabras. Pero a lo mejor deberíamos dejar de ver príncipes y ranas dónde sólo hay hombres. Nos quejamos de soledad pero hacemos un montón de cosas por atrincherarnos en ella. Acabamos entendiendo las seducciones como amenazas. O usamos el sexo como arma creyendo que podemos anular emociones que al final nos golpean. O que el sexo, y tu aceptación, nos va a devolver la autoestima que en otro momento nos quitaron. Aceptación que se diluye como pis por el retrete. O como mujeres nos creemos que debemos ser los seres amorosos que nos dijeron que éramos, cuando en realidad ni amamos tanto ni falta que nos hace.

Si en los sesenta Simone de Beauvoir escribió La Mujer Rota, ahora haría falta un libro que se llamase algo así como La mujer desubicada. Porque en el tema relaciones-sexo-afecto, y aún siendo libres de elegir lo que queremos, que me levante una sola la mano diciéndome que sabe lo que quiere y que es feliz con ello. Yo no lo tengo tan claro...

Siempre nos han ganado por la adulación. Y nos han vendido la moto de la mujer perfecta. Y hemos caído como moscas en la miel.

Nos dicen que somos las mejores y nos lo creemos. Las más listas, las más guapas, las que mejor organizamos las finanzas y los muebles de la cocina... Somos tan perfectas que tenemos el don de aunar opuestos: familia-trabajo, marido-independencia, putón-princesa... Al final acabamos estresadas y angustiadas e infelices e histéricas... un ansiolítico y p'alante. O una copa de ron. Después de siglos de machaque una vez que nos dicen que somos las mejores no es cuestión de ponerlo en duda.

Como somos libres estamos atadas a todo un tamizado código de comportamiento. Leemos revistas, miramos la tele: cómo hacerle flipar con el sexo, glúteos perfectos, baila salsa, mascarillas para el pelo, los labios siempre carnosos e hidratados, pestañas ultra largas, uñas siempre perfectas, look ahumado en los ojos, gimnasia facial antiarrugas, no combines tus mosqueteras con minifaldas... y si no te ha salido bien, es que nunca supiste organizarte, ¡pecadora!

y todo para... ¿qué? ¿para quién?

Todo es mentira. Como somos libres podemos organizar una orgía entre tú, tu prima y el frutero y colgarla en youporn. La mentira siempre le ha gustado de ser exhibicionista para ser creíble.

Al final, la postura más feminista, la única postura feminista válida, es conocernos y reconocernos. ¿Parece sencillo? Ponte a quitarte de ti misma todas las etiquetas que te han ido colocando, a ver cuánto de ti misma queda y cuánto de ti misma reconoces.

Precisamente porque somos libres, debemos ser muy vigilantes a todo lo que escuchamos y pretenden vendernos. Sólo están aprovechando que se han caído algunas estructuras para imponernos las que más les interesa. Pero si alguna mujer te dice sentirse orgullosa y satisfecha de la situación de la mujer actual, no le escuches. Te está mintiendo. No tiene ni puta idea de quién es. Está de mierda hasta las tetas.

lunes, 6 de diciembre de 2010

SCUM Revival Week


El lunes pasado publiqué una reseña en notodo.com sobre la novela Escuela de sueños, de Sara Stridsberg (451 Editores). En estos mismos días, apareció otra crítica del libro en el número 160 de Qué Leer. El miércoles 1 de diciembre colgué por primera vez mi firma en el suplemento cultural que más me gusta de todos los que salen en la prensa española (¿debería decir catalana?). Y el tema de esa pieza también estaba sacado de la misma novela, en la que la autora sueca reconstruye imaginativamente la vida de un personaje anómalo y fundamental del devenir feminista del siglo XX: Valerie Solanas. (Si alguien siente curiosidad, tiene el texto aquí y aquí para su lectura).

He de decir varias cosas: que tuve conocimiento de Escuela de sueños a través de Elisa G. McCausland (recomendación personalizada, no se equivocó); que Solanas y el Manifiesto SCUM estaban anotados entre mis intereses desde hace ya muchos años (no sé cómo llegué a él, a través de alguna disquisición de la época 1.0 de este blog, me parece); y que el título de la entrada me lo dio JC, quien es también el responsable de que hoy pueda tener una carpeta "Cultura/s" en los documentos de "Colaboraciones".

A riesgo de ser cansina, puedo continuar: buscaba "nuevos modelos masculinos" en el programa de hace dos semanas. Aquí el post en el blog del programa, aquí el texto en Periodismo Humano. Caprichosamente, tal vez, me interesaba indagar cómo se ven a sí mismos algunos "jóvenes" escritores, y qué modelos hacen encarnar a sus personajes masculinos en sus novelas. Una bonita bofetada conceptual me llega en ese espacio:

"A ver si va cuajando la idea de que somos ya muchos y muchas los que no vamos buscando “modelos”; ni masculinos, ni femeninos, ni todo lo contrario."
Comentario de Luis.

Si bien no hace mucho era de las que pensaba que las categorías femenino/masculino debían de estar superadas y que de poco nos iba a ayudar a la "normalización" la existencia del mayor dedo apuntador de todos, el reabsorbido Ministerio de Igualdad, hoy no soy de esa opinión, en absoluto. Me crecen los enanos del circo cada día, y el documento "La vida sin hombres" aumenta en longitud con referencias que debo constatar. Iremos tras ellas poco a poco, básicamente porque estamos llegando a un punto en el que las mujeres (de mi generación y más jóvenes) están olvidando lo que les corresponde, por puritito cansancio o por la muy postmoderna actitud de "estamos de vuelta"; yo no busco el feminismo por decreto en las aulas, sino aniquilar el adocenamiento.

Por un mundo sin categorías
El Manifiesto SCUM hay que leerlo y aplicarlo: no, no me refiero a aniquilar al sexo masculino. Quisiera, de veras, aniquilar el concepto, la categoría epistemológica. Si desaparece uno de los sexos, desaparecerán la lucha, la tensión, la desigualdad y el abuso. Algo de lo que digo en ese artículo del Cultura/s es que Solanas debería haber escrito el Manifiesto en formato de ficción: habría colado como con vaselina.

Que ni quiero ser hombre ni quiero ser mujer (por algo me coloco el burka de trabajadora), que quisiera dejar de saber el sexo del que ha escrito aquello, ha producido tal película, ha emitido tal barbaridad; que la última de las cosas que me importa en lo creativo es qué tiene entre las piernas su autor/a: es un hecho. Pero que en el mundo aún son categorías -puede que más que nunca- y etiquetas de mercadeo: son dos hechos.

A esto dedicaré otro post, otro día, con ideas y diálogos socráticos (sí, a veces, también de eso hay) que surgen espontáneamente en twitter. Os dejo una bonita anécdota de ayer mismo: mi hija de cinco años anda aprendiendo rudimentos gramaticales. Y me señalaba el género de las palabras que tenía en una ficha fotocopiada:

vaca: femenino; sol: culino.

Después de corregirle, me di cuenta de que le sucede con otras palabras (sobre ese magnífico plato italiano de láminas de pasta y salsa boloñesa, piensa que la primera sílaba es el artículo y dice "me encanta la saña"); y me di cuenta además de que -la etimología ahora no viene al caso- la palabra mas-culino lleva un aumentativo impropio, cargante e indecente. Y que es fea de cojones.

jueves, 25 de noviembre de 2010

El día trece


(tomada prestada de Irreverendos)

Lo de Just a working girl deviene de etiqueta y título de canción en mantra omnímodo. Voy a intentar no ser demasiado llorica en esta entrada y hacer, como hace a menudo mi socia Elena, periodismo desde las circunstancias privadas.

Trabajo desde las ocho de la mañana (hora en que salgo de la ducha) hasta las doce o una del día siguiente, todos los días, de lunes a viernes; sábados y domingo trabajo, con un horario un poco más relajado: comienzo a las diez y acabo a las tres. Pocos admitirán que lo que hago durante esas catorce o quince horas sea exclusivamente trabajar. Es lo que hago. Pongo desayunos, recojo la cocina, acompaño a mis hijas al colegio, me dedico a mis tareas profesionales, busco nuevas salidas, recojo a las niñas del colegio, pongo meriendas, me sigo dedicando a mis tareas profesionales, busco nuevas salidas, otra vez, leo y tomo notas durante la pausa del cigarrito, pongo lavadoras, las acompaño a sus clases extraescolares, paso la escoba por el suelo, paso el plumero por los muebles, pongo orden en su cuarto, pongo orden en mi mesa, voy a la compra, baño a mis hijas, contesto sus preguntas, les ayudo con los deberes, cocino algo para la cena...

Me obsesiona un tanto mi gestión del tiempo y sobre todo el aprovechamiento monetario del tiempo. De esas catorce o quince horas, apenas seis o siete son de trabajo remunerado diariamente. Dado que, además, mi sector está absolutamente por los suelos en tarifas profesionales, no me llega ni para pensar en contratar ayuda.

A mí esta situación no me incomoda, pero por mi forma de ser y mis enfoques no tengo más remedio que planteármela, a ser posible desde el punto de vista filosófico. Por ver si encuentro algo a lo que agarrarme. En el pasado, una mujer que se quedaba sola con sus hijos tenía a su alrededor una red -más extensa o más reducida- de conexiones y ligamentos familiares. Tampoco existía una presión social sobre la madre para ser, además de cuidadora y alimentadora total, compañera de juegos, amiga, cómplice. La madre autoridad, la madre alimento, la madre criada, la madre colchoneta.

Hoy hemos de ser todos esos roles del pasado, además de unos cuantos más del presente. Si la figura paterna desaparece, habitualmente -salvo en los casos críticos- deja una estela económica en forma de "pensión de alimentos". Sin embargo -y, otra vez, salvo en los casos de burguesía aguda- nunca esa pensión de alimentos permitirá una vida cómoda a una familia monoparental, no sin el trabajo de la parte femenina.

Y es normal que así sea.

Existe algo llamado “pensión compensatoria”, diseñada por las eminencias juristas para paliar en cierta forma la situación de deterioro económico en que queda la madre cuando ha abandonado durante cierto tiempo su labor profesional para atender la crianza de los hijos. Yo abandoné mis tareas durante, exactamente, cinco meses.

Estamos hablando, además en mi caso, de un ejemplo transparente de precarización de la clase media profesional. Cuando volví de Chile, hace ahora ocho años, no tenía ni idea de que el título que allí me había servido para obtener cierta consideración en el incipiente mercado laboral de las nuevas tecnologías, aquí me iba a servir como mantel individual para recoger las migas de pan -duro- de las cenas. Como, además, llegamos a Madrid en pleno alzamiento nacional de la santa Burbuja (yo espero que los del ladrillo sigan como Sísifo, eternamente, atados al vil material y descendiendo a los infiernos con su peso), tampoco pudimos optar nunca a una casa en propiedad. Matizando: no quisimos atarnos a ninguna propiedad por la cantidad de renuncias que implicaba. En el caso de haberlo hecho (hubo, en su momento, docenas de entidades bancarias que nos habrían prestado, amablemente, el triple del valor real de la vivienda cochambrosa a la que podíamos aspirar), tampoco tendríamos nada, salvo algunos intereses pagados, ocho años después.

Éste no es el tema. Tengo la custodia exclusiva de mis dos hijas, una pensión de alimentos y dos fines de semana (cuarenta y ocho horas cada quince días) en que ellas disfrutan de la compañía de su padre y yo de soledad. ¿Qué pensáis, buenas, nuevas, futuras, viejas madres? Porque tengo entendido que la mayoría de las mujeres que se divorcian hacen todo lo posible para alejar al padre de sus hijos. No es mi caso. ¿Qué pensáis, buenos, nuevos, futuros, viejos padres? Porque también me cuentan que la mayoría de los que se divorcian prefieren veinticinco años pasando dinero que ocuparse personalmente de las pequeñas minucias cotidianas, trabajosas y no remuneradas que implica criar a los hijos.

Por supuesto que existen circunstancias mucho más horribles. A una persona que conozco, su ex pareja le arrebató la custodia de su hija, aportando un diagnóstico no contrastado de enfermedad mental, con tal de no tener que pasarle pensión de alimentos a la madre. De su depresión ha nacido un despido, de su despido ha nacido una mujer en una situación aún más precaria que la mía, y obligada además a vivir sin su hija.

En mi trabajo/investigación/aúnnoséquées La vida sin hombres anoté estas dos direcciones con las que me he topado recientemente: ProJusticia parece ser una asociación medianamente organizada, que convoca actos periódicos en pos de la “custodia compartida”. Los descubrí con una pegatina llamando a la movilización en una señal de tráfico. Busqué su página. En primerísima línea de blog se puede leer: Custodia Compartida sí / Denuncias falsas no / Síndrome de Alienación Parental no / Derogación de las leyes de género (sic).

No me voy a detener en el análisis textual de lo que proponen pero se trata de una “asociación” de padres que busca promover la conciencia social en su causa. Si miro un poco en su interior -“la mayor maltratadora de niños, con enorme diferencia, es la madre. O mejor dicho, algunas madres”, matizan- me empieza a dar náusea. ¿Quieren estos señores la custodia compartida para no pagar una pensión de alimentos?

Pero nunca, nunca llueve a gusto de todos. Algunos jueces y algunas comunidades autónomas están amagando con imponer la custodia compartida cuando se separan los progenitores y surge: No a la custodia compartida impuesta. Estos otros (no sé si hombres, mujeres, o mixtos) también tienen datos, estudios de toda Europa y resto del mundo civilizado; ellos también ondean la bandera “por el bienestar de nuestros hijos”. Hacen manifestaciones y convocatorias. Sálvese quien pueda.

Yo cobro para mis hijas una pensión de alimentos, que no es poca cosa, pero nadie tiene ni la más remota idea -padres divorciados que tengan la custodia de sus hijos, cuéntenme qué equivocada estoy- de lo que es trabajar sin descanso desde las ocho de la mañana hasta la una de la madrugada. Cuando llega el día trece, el día previo a que el padre aparezca en el colegio para recogerlas, ellas no pueden más de echar de menos a su padre y yo no puedo más de trabajar quince horas al día. Quienes no me conocen, no pueden contradecirme. Quienes me conocen saben que no me ven jamás, entre otras cosas porque jamás estoy depilada ni presentable. Yo tengo que ganarme mi pan, él el suyo. Pero mis hijas no son campo de batalla.

sábado, 13 de noviembre de 2010

(Thank you very much and a very) goodnight

viernes, 12 de noviembre de 2010

Tercera vía

"La destrución total del sistema basado en el trabajo y en el dinero, y no el logro de la igualdad económica en el seno del sistema masculino, liberará a la mujer del poder masculino"

Saco esto del SCUM Manifesto de Valerie Solanas y trazo un puente hasta Franziska von Reventlow y el artículo que le dediqué bajo esta etiqueta. (No iba yo tan desencaminada).

Lo que más risa me da es que tampoco está lejos de lo que se puede leer en los libros de Esther Vilar, pero eso ellas (dos) no lo saben (y otro día lo explicaré por aquí).

//Esto forma parte de apuntes en pos de algo. Los textos que publique al respecto caerán bajo la etiqueta "la vida sin hombres". La-vida-sin-hombres quiere decir la-vida-sin-la-noción-de-hombre, y que cada cual se rasque donde le pique.//

domingo, 5 de septiembre de 2010

Reaccionaria, feminista, anticapitalista

Sacando ideas de contexto de El complejo de dinero (1917), Franziska von Reventlow.

Estamos en un sanatorio, o clínica privada para enfermos psiquiátricos, en algún lugar del Norte de Italia, en algún momento de la segunda década del siglo XX. La protagonista y narradora de este libro llega allí con la esperanza de liberarse de su “complejo de dinero”, pero sobre todo de sus acreedores. Contada en forma de cartas a una tal “Maria”, en el tercer capítulo pasan estas cosas:

Lukas es un personaje masculino, profesor de economía política, que apoya la incorporación de la mujer al trabajo. De acuerdo con la narradora, “tiene ideas extravagantes sobre la capacidad de trabajo de la mujer”. Ella, en la conversación, reivindica:

...que las mujeres no valíamos para ninguna actividad seria, ni siquiera para la costura o la cocina (...) Y el llamado trabajo intelectual era decididamente horrible y ruinoso”.

- Pero si usted es escritora...

Santo cielo, ¿cómo lo sabe? Ya sabes, Maria, que no lo soporto, que la mera palabra me produce verdadero repelús. De modo que, también esta vez, salté de mi silla como picada por seis tarántulas y dije que no, que yo no era nada. Pero de tanto en tanto tenía que ganar dinero y entonces me ponía a escribir, qué remedio, no había aprendido otro oficio. Como los desempleados que en invierno quitaban la nieve. La animé a preguntarle a uno de ellos si se identificaba con esa actividad y si le gustaría que le importunaran durante toda su vida con un "ah, usted es un hombre quitanieves" No lo entendió y dijo algo sobre la satisfacción que otorgaba toda creación intelectual.


- No la conozco, pero he oído hablar de eso -me atreví a comentar-. Lo único que me da aliento en esos trances es la idea de los honorarios
” (páginas 28-29).

Y dice más: “Creo absolutamente en la debilidad mental de la hembra, por dolorosa experiencia propia” (30).

El libro El complejo de dinero es de 1917. Su autora, Von Reventlow, nacida en 1871, no es ajena a los cambios que está sufriendo su sociedad. Es pobre, aunque de buena familia, aristocracia prusiana a la que no tiene empacho en abandonar en cuanto puede. No tiene educación alguna para el dinero, y probablemente tampoco ninguna educación formal. Muchos años ha pasado haciendo trabajos precarios y mal considerados (traducciones, colaboraciones en prensa, ¡chistes! en periódicos de la época) y viviendo gracias a la ayuda de amigos. Tiene un hijo de un primer matrimonio. Cuando está cerca de los 40, urde una única salida a su vida de penurias económicas. Se casa con un viejo noble del que piensa heredar una importante suma, y continuar su escritura con respaldo económico. Sin embargo, como cuenta el libro, el banco donde deposita la herencia quiebra en vísperas de la I Guerra Mundial. En El complejo de dinero, con inteligente y modernísimo ojo crítico, divide el mundo: no entre los que tienen y los que no; sino entre los que deben y aquellos a los que les debemos.

Leo el capítulo 3 (donde están las citas de arriba) y me pongo a la defensiva. Termino el libro y ¿por qué creo que es no una posición feminista, sino ultra feminista, reivindicativa y súper moderna? El personaje narrador es la única mujer del grupo "contracultural" que se forma en el sanatorio. Todo el tono de la obra es jocoso-irónico, en sus sentencias acerca del dinero, la aristocracia, la psiquiatría, etc, y con el mismo barniz ha de ser leído el vertido de ideas de ese capítulo. La mujer que escribe esas líneas está a punto de degustar, y luchando con todas sus fuerzas contra, lo que significa convertise en carne de capitalismo.

Es una propuesta de pasividad la suya, pero al mismo tiempo es política y combativa como pocas cosas vistas de esa época. Lo que está tratando de evitar en la segunda década del siglo XX, con estas declaraciones, es precisamente lo que ocurrió: que la mujer se convierta en el siguiente objeto de explotación capitalista.

...por dolorosa experiencia propia”: también quiere decir que entrar en la máquina capitalista es una trampa, dolosa y humillante, y encima -no se expresa directamente, pero no es difícil leerlo entre líneas- la mujer tiene enemigos dobles: no sólo está en posición de desventaja por su sexo; a lo que realmente se enfrenta la mujer que busca la “liberación” es al capital, a sus desigualdades y arbitrariedades.

El que von Renventlow no crea en el "cerebro femenino" quiere decir, en realidad, que no está dispuesta a entrar en la lucha. Está reivindicando la total y absoluta emancipación de la mujer, frente al hombre, pero sobre todo frente al capital.

Esto se me apareció claro más adelante, cuando el mismo interlocutor hombre contraataca:

"- Y entonces, con esa arena y esas piedras, quizá tenga mayores posibilidades de conseguir un respaldo económico -dijo Lukas con alevosía-, porque pudiera darse el milagro inverso, es decir, que por fin despertara su voluntad. Piense una sola vez en las tantísimas mujeres y muchachas que, inmersas en la vida profesional, se ganan el pan por su cuenta en lugar de filosofar sobre las razones por las que no tienen patrimonio".

Ella le contesta:

"- La profesión de la mujer es, en primer término, la de esposa y madre -declaré no sin solemnidad patética-, y yo he cumplido con ella como buenamente sabía y podía. Estoy casada por segunda vez y tengo un hijo de mi primer matrimonio. (...) Pero claro, usted eso no lo reconoce como aportación social, prefiere meditar en cómo puede ayudarme a encontrar cualquier espantosa colocación profesional. Siento el máximo respeto por aquellas mujeres y muchachas que se valen por sí mismas, aunque considero que es una lamentable aberración de la Providencia el que estén obligadas a hacerlo. Además, usted es la persona más injusta que se haya cruzado en mi camino porque debería admitir que he resuelto mi problema económico a mi manera... Nunca he tenido ingresos fijos ni una profesión determinada sino sólo ocupaciones momentáneas que no dieron para mucho. Y sin embargo he “vivido” un buen número de años, quizá incluso mejor y de forma más agradable que otros con su profesión y todo lo demás". (84)

Vivir un buen número de años, incluso mejor y de forma más agradable que otros con su profesión. Atados a nuestra profesión, a los demás nos toca sobrevivir.

//Esto no es una reseña literaria. Quien quiera saber más sobre el libro de Von Reventlow debe buscar reseñas muchas que hay en la red, o ésta que escribí en notodo.com / Esto forma parte de apuntes en pos de algo todavía sin forma ni objetivo. Los textos que publique caerán bajo la etiqueta, discúlpenme los biempensantes, "la vida sin hombres". Las negritas en los textos citados son, evidentemente, mías. //