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jueves, 12 de noviembre de 2009

Las mañanas transversales


Una de esas mañanas. Dispersión total. Trabajo en siete cosas, todas a la vez, y trabajo sobre todo en encontrar trabajo. Me asusto del mundo, pero estoy en mi centro. Si uno sin conocerme revisa mi curriculum, pensará que soy una estrella del periodismo cultural. Pero en esto no hay estrellas. Plumillas valorados peor que un señor que pegue ladrillos, que una señora que limpie escaleras. No estoy exagerando.

Uno detrás de esta pantalla se encuentra con solicitudes de personal del más alto descabello (un redactor con varios años de experiencia, alemán e inglés, a jornada completa, por 12000 euros al año, ejemplo absolutamente cierto y visto esta mañana). Pero, claro, los jóvenes no pueden elegir. ¿Qué hay de los que no lo somos?

El caso es que lo hacemos con gusto. Y los que pagan -los que deberían pagar- se dicen aquello de sarna con gusto no pica... Como en el medievo, se llevan las especies. Te quedas el disco que comentas y te das con un canto en los dientes. A veces, la especie es una entrada que a otros les ha costado 40 euros o una noche en una cola. No me siento privilegiada por ello, ni mejor pagada.

Por aquí se lleva darle los escasos presupuestos a los que tienen "firma", aunque periodistas no sean. Y los periodistas seguimos engrosando las colas del paro (aquí y en todas partes). Puede que el paro no. Yo no me paro. Sólo he de seguir aceptando las reglas del juego. Donde cuatro ladrillos valían siete, ahora valen tres. Lo tomas o lo dejas.

Mientras tanto, la firma. Este fin de semana lo pasaré muy metida en un festival protagonizado por aquellos que ya se han hecho una firma. Y pondrán muchas en los libros de sus fans.

Ayer tarde, la firma. A un escritor le pedían, en la fila de delante, que firmara su cuento. Uno de los doscientos que se presentaban como parte de una antología de microrrelatos. Casi 200 mini ficciones, en los que algunos de sus autores se quedan 3 o 4 de los textos.

En todas partes, la firma. Iban Zaldua -uno de mis escritores favoritos- presenta su nuevo libro, que afortunadamente encuentra un hueco en la nueva encarnación de la editorial Lengua de Trapo. (Será en el Hotel Kafka en Hortaleza, a las 19,30 h.).

Lo bueno de estas mañanas (que antes, en otra época, podían sumirme en un abismo, que hoy también, pero que ya sé que del abismo se sube, tarde o temprano) es que las dejo estar. No lucho contra ellas. Ni contra este estado precario. Me adapto a la situación y braceo, pero sin desespero. Los hilos de los que puedo tirar para mover las circunstancias cuelgan a una distancia estratosférica y yo soy Alicia después de haber ingerido el bebedizo empequeñecedor. Salto y corro nerviosa de un tema al siguiente, de una web a la otra, de un asunto al de más allá. Pero lo importante es saltar y correr.

Alguien como yo tiene muchas maneras de suicidarse (metafóricamente). Por ejemplo, momificarse en un solo espacio mental, olvidarme de lo fácil que sería no tratar de reinventarme de cualquier forma posible, petrificarme. Que otro sea estatua de sal.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Una costumbre menos

Maté mi Flickr. Después de tres años y pico. No me voy ni a explicar ni a disculpar. Lo más divertido es que me liberó. No hay resentimiento, más bien ligereza. Tuve muchos momentos de odiarlo. Las redes sociales son seres peligrosos, amorfos, discontinuos, peludos, llenos de tentáculos: uno es solo un individuo frente a una ingente masa. Flickr fue, probablemente, la primera de estas redes que abracé con siete pares de brazos. Me regalaron una cuenta "pro" y luego me la pagué yo. Descubrí a increíbles fotógrafos. Me entusiasmé haciendo fotos, aprendí mucho. Todo habría estado bien, si no hubiera jugado con el reverso de la imagen. Uno ha de saber muy bien quién es para pulverizar de esa forma la identidad. He ido desapareciendo paulatinamente de todas las redes sociales. La reconstrucción se hace offline. Pero borrar tu rastro es mucho más complicado que crearlo. Flickr avisaba, histérico, "vas a borrar tu perfil y TODO EL METADATA". DIOS, el metadata, sobre todo el metadata. Como dicen Altocamet -grupo argentino-, "una costumbre menos".

viernes, 26 de octubre de 2007

Las mañanas

Hay mañanas que no. Hay mañanas en que necesitas conjurar las ganas. Hay mañanas en que resuena la casa como si la hubiesen vaciado del aliento. Hay mañanas en que el frío se instala entre los pliegues del pensamiento. Hay mañanas en que no sirve ninguna estratagema para escapar al tedio.

Pruebas con la música. Pruebas con el silencio. Pruebas con la cama. Pruebas con tareas simples. Pruebas con medicinas. Pruebas con el remedo de la pasión. Pruebas con el café a litros. Pruebas con hacer manualidades. Pruebas con la limpieza y el orden. Pruebas con cambiarte de ropa. Pruebas con las zapatillas cómodas. Pruebas con un cigarrillo. Pruebas sin el cigarrillo. Pruebas a no pensar. Pruebas con el amargor de la saliva y con alimentos caducados.

El tedio siempre puede más.

miércoles, 25 de abril de 2007

Una vida menos vivida

No se enfatiza como se debería, en los análisis de la cultura, el papel del tedio como afección fundamental.

Lars Svendsen
Filosofía del Tedio
Traducción de Carmen Montes Cano
Tusquets

Probablemente no sea casualidad que una reflexión sobre la importancia del tedio en nuestra cultura llegue desde Noruega, uno de los países más ricos del mundo: la tesis sobre la que pivota este ensayo es que nuestras sociedades, que producen abundancia de bienes, proveen también aburrimiento en dosis descomunales. ¿Por qué el tedio? Svendsen no pretende explicarlo de una manera universal, sino que adscribe el fenómeno en un contexto filosófico y cultural: Occidente y la tradición de pensamiento posterior al Romanticismo. La “conciencia de pérdida” sobre la que se asienta la filosofía contemporánea parte de ese momento. El enfoque es restringido, pero admite así menor margen de error.

Por eso trata del tedio, y no de la melancolía (barroca) o de la acedia (medieval y privilegio de religiosos). De las muchas formas de aburrirse del hombre contemporáneo, desde el bostezo provocado por una historia mal contada hasta la parálisis que sucede cuando el tedio se convierte en un filtro que interrumpe la recepción de estímulos. El absolutismo del individuo que trajo la muerte de Dios y otros sucedáneos dejó al hombre en la tesitura de establecer él mismo sus límites, y este individuo sin asideros buscó desplazarlos siempre un poco más allá, en busca de un contenido propio para la individualidad. Eso hace el libro, recorrer esos límites.

El viaje, aunque algo tramposo, repasa formulaciones literarias y culturales, desde la poco conocida ‘William Lovell’ (la “novela clásica sobre el tedio”), hasta su paralelo post-moderno, ‘American Psycho’. Se detiene a analizar qué creaba el aburrimiento existencial de los inquietantes personajes de ‘Crash’ (en la novela y en la película de Cronenberg), así como de los personajes de Beckett, que parecen haber renunciado definitivamente a darse sentido. Y vamos adentrándonos, de la mano de Pascal y de Pessoa, de Cioran y de Warhol, en esa “borrachera de no ser nada”, esa “no-vida” que tan bien sabrían retratar los grupos goth de los primeros años 80 (véase ‘In the flat field’ de Bauhaus).

Puesto que el aburrimiento es una afección universal, el viaje contiene estaciones aptas para todos. Pero se ha de estar preparado para la descripción de algo que, más allá del aburrimiento situacional –producido por las circunstancias-, es capaz de tomar por asalto al individuo, toda su vida y su visión del mundo; es lo que llama, siguiendo a Heidegger, “tedio profundo”. Y todas las estrategias posibles (para combatirlo, obviarlo o superarlo) se revelan inútiles. Desde plantarle cara mediante el trabajo (Nietzsche) hasta la vía del esteticismo extremo (Schopenhauer), pasando por la respuesta decadente (lo nuevo) o la post-romántica: la transgresión. El tedio existencial, el tedio profundo, no sólo no tiene rival, sino que es una puerta a una forma de conocimiento “superior”, a una responsabilidad esencial con el yo. La afección es, en última instancia, una invitación a la filosofía.

Esta es, quizá, la conclusión de mayor peso que contiene el libro, donde toda la argumentación, sostenida sobre “autoridades”, es de un pragmatismo preocupante. Las experiencias descritas se yuxtaponen para demostrar que el tedio es un producto de nuestros tiempos, contra el que poco podemos hacer, y la “salida” que se nos ofrece como plausible es investigar en la afección, reconocerla, como haría un enfermo crónico con su enfermedad. Aprender, al cabo, de ella. Cuando la revolución del Romanticismo nos ha abocado a un callejón sin salida; cuando el individuo se encuentra en la encrucijada de procurarse a sí mismo sentido, encerrado en una sola vida que le demanda que se comporte como consumidor, que se adscriba a modas, que suscriba credos o que practique el fanatismo… Cuando hace presa el aburrimiento, sobreviene la gran indiferencia y acecha el relativismo, la propuesta de Svendsen es la filosofía. El popurrí bien dirigido (y digerido) de referentes intelectuales que es este libro se revela una útil herramienta para verle las orejas al lobo.


//Esta reseña no ha sido publicada previamente. Una versión breve aquí.//

lunes, 23 de abril de 2007

Filosofía del tedio (reseña)

Publicada en la sección libros de la revista Go magazine (diciembre de 2006).

“Filosofía del tedio”
Lars Svendsen
Tusquets

Esta es (¿verdad que sí?) la mejor época para enfrascarse en un delicioso ensayo llegado desde la fría Noruega, uno de esos países que, de tan avanzados, ofrecen una vida plena de posibilidades de tedio a sus habitantes. El tedio, más que un sinónimo de aburrimiento, y sin contar con la buena prensa de la melancolía, determina rotundamente nuestra época; constituye una de las afecciones privativas del ser contemporáneo y caracteriza a la cultura nacida a partir del Romanticismo. Eso intenta demostrarnos Lars Svendsen en este libro, que recoge y analiza de forma exhaustiva la tradición filosófica y la mucha literatura que el tedio ha suscitado. Cómo la desaparición de la colchoneta de la espiritualidad que nos sustentaba abocó a los románticos a centrarse en su individualidad, y cómo esa individualidad se reveló incapaz de darse sentido a sí misma; la creación incesante de necesidades artificiales y la satisfacción sin pausa de esas necesidades; la nada que nos erosiona la sensibilidad (a decir de Cioran) o la nada sin cualidad alguna (en el Bernardo Soares de Pessoa), el tedio es el maligno fundador de nuestra forma de entender el mundo y de algunos de los mitos más importantes de la contemporaneidad. Desde Thomas Mann a Andy Warhol, desde Beckett a Bret Easton Ellis, pasando por Kierkegaard y Handke, y hasta la objetivación del vacío que expresó Ballard en ‘Crash’. Cuando, entre polvorón y polvorón, los bordes del mundo se te difuminen, harás bien en acordarte de este libro.