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martes, 6 de abril de 2010

Escrito a mano


Si mi madre supiera...

Domingo 4 abril 2010
Ciudad Aljarafe

¿Tengo una historia con N.? ¿Tengo una historia con B.? Lo que definitivamente sí tengo es una historia con Mario Levrero. A veces me identifico con la bruja de su mujer, pero la mayor parte de las veces soy él. ¿Qué significa ser él? Tener las mismas (similares) angustias en relación a la gestión del tiempo, a los procesos interiores y a la pérdida de escucha de la voz que nos habla y que nos hace nosotros mismos -esa pérdida de contacto de la que vengo hablando (*), esa falta de temas que es, también, una muerte de la imaginación (**). Él habla de la memoria (ML) como única fuente de sus fantasías, y quizá así deba ser. Yo hablo de que ninguna historia parece canalizar los temas que me importan, si es que están en alguna parte. Él (ML) está profundamente preocupado por el dibujo de su letra y yo escribo amanuensemente desde hace un siglo y no creo que eso haya hecho que sea mejor persona en ningún sentido -a pesar de mi defensa, hace unas horas, de la escritura a mano, y la caligrafía, como herramienta de un proceso mental más fino, acotado, certero, vertebrado y verdadero. Para escribir a mano, necesito las ideas de antemano, necesito su arquitectura dibujada en mi cabeza, necesito que existan esas ideas y se dispongan delante de mí, inmanentes, independientes, absolutas, para que mi mano las transe por palabras. Sé que, en cierta medida, esto es diametralmente opuesto a lo que defiende (pero imposible hablar de algo parecido a defensa en relación a este libro) ML -El discurso vacío-, en el que la creación del discurso es un fin para el que el medio es la prosa, la escritura.

Pero yo, que escribo a mano desde que era niña, y que he redescubierto escribir a mano, persigo otra cosa: que el discurso aparezca, exista-en-sí a la vez que mi mano lo descubre; que se haga en acto a través del pensamiento, que necesita de un tiempo y un ritmo concretos, desacelerados, y que la palabra pierda en velocidad al mismo tiempo que gana en demasía. "Doña Mencía, sepa usted que es dueña de mi corazón", declamaba aquel infame actor de la representación -visita guiada- al Castillo de Cuéllar. La palabra escrita tiene que conservar la candidez del habla y servirse del flujo de pensamiento que posibilita a aquélla. Por eso creo que no hay nada más pervertido que domesticarla con la posibilidad de la edición absoluta, de la re-edición omnipresente, y que las ideas que no saben ser desarrolladas con el golpe de la tinta sobre el papel no merecen ser consideradas. (***)

(*) No aquí, en mis propios apuntes, y mis apuntes son los depositarios de la escritura a mano, d´habitué.
(**) De la muerte de la imaginación hablaba in extenso Catherine Millet en Celos, y quizá sea lo más rescatable del libro.
(***) Este texto está transcrito tal cual del original a mano, no he cambiado ni una coma. Como le dije a un amigo hace pocos días, creo que sólo a mano se escribe de verdad. Y el libro del que hablo se llama El discurso vacío, Mario Levrero, Caballo de Troya 2007.
(y) escribo esta entrada escuchando obsesivamente una canción.

domingo, 28 de febrero de 2010

Yo no soy Catherine M.

La rue Philippe-de-Metz, en Bois-Colombes, donde nací, donde pasé mi infancia y mi adolescencia, tiene la extraña configuración de una fortaleza rectilínea en medio de una barriada de casas individuales. Corta, estrecha, se compone de inmuebles de ladrillo altos y robustos, casi idénticos. (En Celos, p. 16)

La casa en el séptimo piso del bloque 15 de Ciudad Aljarafe fue una atalaya en lo alto de la colina más alta, al suroeste de la vega llana y deprimida que es la ciudad de Sevilla. Allá, tras la "cornisa", la primera construcción importante entre los olivares fue ese barrio donde pasé mi infancia y adolescencia: una mole de veintitantos bloques de diferentes alturas, plantados brutalmente en medio de los campos. Sólo mucho más tarde la "ciudad" fue rodeada de muchas otras "ciudades", urbanizaciones poco o nada articuladas entre sí, pero el resto de ellas creció casi a ras de suelo, en forma de chalecitos unifamiliares, idénticos y tan poco envidiables como mi propia ventana en el séptimo piso, abierta al cielo de todos los atardeceres.

¿De qué esperanza te alimentas cuando el círculo familiar no tiene las relaciones sociales ni la capacidad de prever los medios que puedan contribuir a realizar una ambición intelectual o artística -sencillamente porque no se concibe que existan determinadas actividades, ciertas maneras de ocupar la vida y aún menos de ganártela- cuando uno mismo no ha salido todavía suficientemente de ese círculo para tener una idea de las iniciativas que deben tomarse y todavía está lejos de haber producido el objeto que las justificará? Sueñas, aguardas el encuentro fabuloso en una encrucijada. (En Celos, p. 21).

Solía bajar las escaleras, porque aún no me habían dado permiso para utilizar sola el ascensor, desde el séptimo hasta la calle, y lo hacía cantando. Solía soñar, al mismo tiempo, que mi bloque era casualmente visitado por alguien (para mí, incluso entonces, era evidente que ese alguien no podía vivir allí): un cazatalentos, un manager, un productor -su ocupación aún no formaba parte de mi léxico- que me escuchaba canturreando escaleras abajo, se maravillaba y me hacía un contrato discográfico.

Para intentar ser más precisa, diría que me siento como si dispusiera de dos cuerpos. Uno es el que habito o más bien el que transporto, como un molusco su concha, sin haber sabido nunca apreciar correctamente su ubicación en el espacio (no sé conducir, no sé nadar; tengo miedo de bajar una escalera en la oscuridad, me tuerzo los pies continuamente), y del que tengo que satisfacer lo mejor posible las necesidades y apetencias y aliviar las molestias y dolores. (En Celos, p. 50)

La primera representación de mi cuerpo de la que tengo memoria fue una especie de caricatura apresurada que, quizá teníamos doce o trece, me hizo una compañera de clase. Cuyo cuerpo yo, por otro lado, envidiaba. Es aquella imagen, de culo, tetas y barriga exageradas, la que tengo todavía a ratos como autoimagen. En el terreno de las ensoñaciones que he aprendido a considerar mi otro yo (o, incluso, mi verdadero yo, algo inaprensible para todos incluída una misma), siempre he querido dar otro/s uso/s a este cuerpo habitáculo, ponerlo a bailar, ser campeona de esgrima, experimentar el aire contra él en un salto en paracaídas, o el peso de muchos metros de agua al sumergirme en un arrecife marino.

La ambición se había hundido en las arenas movedizas del inconsciente a medida que me agitaba en el trabajo y, olvidada, seguía insatisfecha sin que yo pudiera determinar las causas de esa insatisfacción. (En Celos, p. 186)

Para el tiempo en que yo debía ser ambiciosa, me conformaba con soñar realistamente. Para el tiempo en que a mí me tocaba abrazar la certeza de que no vendría ningún manager a descubrirme (ni por casualidad, ni siquiera perdido y desorientado, viajando a pie desde la capital del éxito), tomé lo que estaba a mi alcance: una carrera de periodista. Creyendo -creo hoy, o es la trampa de hoy- que a la gente de mi edad, los del montón, sin la red de sustentación y empuje familiar de otros mejor situados, no le quedaba más remedio que intentar ser honesto y jodidamente pesado con los dos talentos y medio que tenía en la mochila. Luego, el tiempo destiló urgencias, machacó el martillo de la precariedad, nos hizo olvidarnos hasta de los sueños más realistas. Nos dieron siete nombres, dos crisis económicas y una burbuja inmobiliaria. Nos pusieron un techo de un metro y medio sobre la cabeza y un letrero tan patético como el que colgaba de las mujeres del siglo XVI quemadas en la hoguera: mileuristas.

Y la insatisfacción volvería, lo sabíamos entonces y lo sabemos ahora.

jueves, 15 de octubre de 2009

En una plaza pública me senté -leí- y lloré

Me he venido a una plaza pública, como han de ser todas las plazas, a aprovechar este sol tardío y terminar el libro de Gabriela. Me planteaba entrar a la biblioteca pero me tienta más aquí. Me quedaban tres o cuatro capítulos cuando partí, y me quedaban poco más de dos cuando me senté en este banco duro como que es de piedra. Al sol, al de antes, que ahora se ha ocultado y me ha dejado envuelta en frío, me he puesto a leer. Siempre leo en lugares públicos, o a veces en mi habitación de cortinas blancas y luz dispersa, pero son los lugares públicos sitios ideales para leer y algún día escribiré/haré el programa de radio sobre los que leemos al fresco.


He pasado las páginas disfrutando, bebiéndolas en cuanto el asunto es demasiado familiar para mí, esforzándome con mandíbulas apretadas en mantener esa distancia crítica que, de todos los vestidos que he probado en mi vida, es el que mejor me sienta -o aquel en que menos artificios he de hacer para estar bien-. No podía quedarme desnuda frente a este texto. Demasiado peligroso.


Pero fue consumiéndose la tarde mientras avanzaba la lectura de estas páginas, y yo saboreaba esa forma de contar entre la histeria y el desapego, prosa tranquila y bien organizada, y al mismo tiempo cercana y plagada de giros orales. Tan pronto podía pasar por ensayo como se anegaba de anécdotas y lírica de andar por casa. Siempre atinada.


Recorrí, como recorre la autora, las fases, las lunas de su embarazo, y me fui acercando con ella al momento “x”. Que no por ser el mismo previsible final -o principio- que hemos tenido todos, iba a ser menos emocionante. Era como leer la peripecia de Samsagaz Gamyi y Frodo Bolsón por quinta vez. No deja de conmover.


Hacia el octavo mes, todavía conservaba yo mi traje puesto. Y la leemos ingresar al hospital con una falsa alarma, y volver a casa, y llenarse de miedos y dolor, dejarse invadir por la incertidumbre, perder la compostura; y seguía yo muy bien vestida; la vemos abrirse de piernas varias veces ante desconocidos, cada párrafo más hundida en la indefensión, y quebrarse; todo el tiempo conseguí leer con mi traje de amianto, pero éste por dentro se iba acidificando, pudriendo, porque la corrosión venía de dentro, y dentro las protecciones son de chiste por más que yo pase el día haciéndome la dura.


Y llega Gabriela y explica sin explicar; narra con infinita sequedad y mastodóntica ternura -al mismo tiempo- el segundo en que el bebé ya no es más parte de ella.


Y me sumí en llanto, allí donde ella, dice, no pudo llorar. Menos mal que estaba en una plaza pública y no en la biblioteca. Las distancias cortas.


Vi su infinita generosidad escribiendo este libro -uno que parece muy fácil a simple vista, uno que no lo es en absoluto- y vi mi gruesa mezquindad. La que gasté en todos estos años precedentes. Me entró frío en el alma. Al constatar cuán inmadura, egoísta, enferma, apocada y mentecata he sido conmigo misma y con los demás. No es algo que me haya dicho el libro de Gabriela, es algo que la lectura de este tipo de libros me grita en los oídos como grita un niño pidiendo merienda por octava vez a su mamá deprimida.


Soy rica en el alma por la fuerza de mi voluntad. Soy pobre en todo lo demás. Vi la pobreza de mis propias experiencias, por no haberlas sabido dar. No haberlas sabido recoger con perspicacia y distancia, por haberme dejado avasallar por los flujos hormonales, por haber atendido a un caos emocional de código propietario, hecho de espasmos, de huecos y odios, de saturación y bestialidad, tan dictatorial, tan subyugante que a ratos me maravillo de que mis hijas sean dos personas preciosas y parezcan preparadas para todo lo que se les viene.


He visto lo que ha hecho Gabriela y he visto lo que no he hecho yo. Objetivar desde la subjetividad por no verse sepultada por esa miasma de hechos rotundos, desconocimiento, intuición amedrantadora, atavismo, sangre palpitando, sexualidad a bocajarro, penas traídas por años y traspasadas por la placenta, como los nutrientes, animalismo feroz que es preciso corromper, exprimir y trascender. Para generar algo distinto.


Todo me lo podía haber ahorrado.


Pero ahora lloraba en una plaza pública y cerraba el libro sorbiéndome los mocos. He sentido su aliento de verdad. Las experiencias de primera mano junto al dibujo sólido de la escritora dando forma al caos, derribando falsos mitos y explicando sin explicar. Eso es la verdad.


Desnuda, llorosa, salí de la plaza.


//Esta antirreseña habla de libro Nueve lunas, de Gabriela Wiener//


domingo, 10 de mayo de 2009

Atrapada en la Zona (antirreseña)


Sin un solo punto. Leo, leo con avidez pero con exasperada lentitud. Cómo es posible que el punto, el signo ortográfico de la detención, sea en verdad lo contrario, un acelerador de los protones de la lectura. Cómo es posible que leer una novela sin puntos, cuyo discurso debería fluir como el pensamiento -y de hecho fluye- o el agua al que quitamos su embalse, sea al cabo un vagón deteniéndose en cada ciclo de biela. Es como si ese agua, una vez liberada, decidiese no moverse a ningún lado. Es lenta esta prosa, es lento su proceso de degustación, uno quisiera no dejarla nunca, pero cuando por fin encuentras el ritmo que te acoplaba a la perfección, el autobús llega a tu parada, el horno avisó que llegó al final de su cocción, la luz de la tarde se consumió del todo. Las detenciones no son naturales, el pensamiento puede ser difuso pero está siempre, discurriendo sin pausa. Acoplarse al pensamiento es lo difícil.

Es prosa lenta, que no aburrida, y leo absorta, queriendo comer páginas, pero las páginas me comen a mí. Pocas veces he pasado por las páginas de un libro que despliegue tal exhibición de atrocidades, de manera tan elegante. No es esteticista, simplemente es pura, literatura de la mierda humana que no necesita de lenguaje procaz, salvo en contadísimas ocasiones, que se abstiene de insuflar mayor gloria a la inmundicia porque el lenguaje no necesita más que llamar al pan, pan y al crimen, crimen. Me sobrepasa, como lectora y como escritora, Zona es todas las cosas que yo he querido transmitir en Monstruos y no sabré escribir, porque me falta la experiencia necesaria, el método, la constancia. O quizá me equivoqué y nunca quise escribir de las atrocidades humanas, quizá mi único tema, el único al que puedo aspirar por ahora, es la debilidad en todas sus formas. Me lo quedo, es para mí, es estimulante, es retador, no podré escribir nada ni remotamente así de enjundioso, de bien pertrechado, no ahora, no en estas, pero me guardo sus hallazgos, su osadía, como metas que algún día haré mías, me guardo el honor de haber sido lectora de su epopeya oscura, orgánica y hermosa. No ha lugar escamotear el horror, que es parte de nosotros. Mirarlo, contarlo de frente es lo único digno a hacer.

Más de un mes para leer este libro, mucho más de lo que suele consumirme este promedio de páginas. Lo pedí motivada por el texto de su solapa, esas breves fotografías de un objeto que tardó años en ser compuesto. Dificultad, reto, eso recuerdo haber pensado. Los libros exigentes no son fáciles de encontrar y a ver quién quiere una reseña de esta novela, pero yo necesito tenerla ya. Pasó varias semanas en el montón de los pendientes. Me intimidaba un poco. Lo abrí, por fin, ya tengo los encargos, y desde la segunda página me tenía boquiabierta, espantada y feliz a partes iguales. Ahora que lo he terminado, ahora me siento tonta para escribir sobre un libro así. No podrá conmigo, empero. Puedo no ser la lectora ideal de Zona, pero aún así tengo mucho que darle a este libro. Es exigente, no solamente porque el tiempo en recorrer los quinientos kilómetros (cuatro horas, según un sitio que acabo de consultar) que separan Milan de Roma en tren se multiplican por sesenta en su demorada lectura -mis trayectos, durante un mes, sola y exclusivamente con este libro, apenas me dejaban avanzar dos o tres páginas cada vez-. Un mes, un lujo enorme, dada la montaña de novedades que tengo aquí para revisar. Pero encontrar un texto de esta densidad, acicate intelectual, gordura humana y preciosismo tanto en la macro como en la microestructura sucede una vez al año, si sucede. Terminarlo. Cerrarlo al cabo de tantas horas acompañando este magnético fluido, esta prosa pegajosa, que se ha hecho tan natural y viva, que me ha hecho sacudirme de admiración y perplejidad unas doscientas veces en sus cuatrocientas páginas, acabarlo es lo difícil.

martes, 14 de abril de 2009

Los guardianes durmientes (antirreseña, o por qué me hacen esto mis descubrimientos)

Los guardianes durmientes
Luis Rodríguez Rivera
451 editores

Íñigo de Amescua me ha dicho en un par de ocasiones -nos veíamos una vez al año, antes de que el FIB prescindiera del Fiber, periódico oficial-: “Ése que lee con un lápiz en la mano, ése es un intelectual”. A mí me hacía mucha gracia tal afirmación. Yo, por mi lado, copio: “Ese libro que no quedó anotado a lápiz en todos sus márgenes con signos de exclamación, ese libro no me ha gustado”.


Leo con un lápiz en la mano, no me acuerdo desde cuándo, desde mucho antes del minuto en que empecé a comentar libros en la prensa. Dejo muy pocos libros a medias y, desde que leer es lo que hago, no me dejo ninguno. Al conocer la existencia de un nuevo libro de Luis Rodríguez Rivera -y no es el segundo de su lista, como creí, sino el tercero- salté de contento. Tengo a su novela debut, Memorias del hombre buitre (Lengua de Trapo, 2005), por uno de mis descubrimientos más salados. Lo conté hace cuatro años en Go Mag.


Ahora pienso que, quizá, yo era una lectora más hambrienta o más ingenua o más proclive a la idealización. Pero no. Entre ese primer libro y este tercero hay una diferencia: la cantidad de párrafos subrayados. El segundo, Serás vapor antes que lluvia (451 editores, 2007), que también empecé estos días, lo habría seguido de no ser porque se lo llevó mi madre, en un acto de traición.


Y tomé Los guardianes durmientes, que una vez concluido me estoy pensando si comentar en Go o dedicar el espacio que mensualmente me guarda Philipp en la última página de su sección a otra cosa. No porque no merezca un comentario, sino porque no podré guardarme la decepción en mi crítica. La letra impresa deja una huella no correspondida jamás con las tarifas que llegan a los colaboradores. Y sí, mi trabajo puede ser criticar los libros, pero prefiero tomármelo como una guía de lectura para otros, y tiendo a reseñar aquellos libros que sí quiero recomendar. La reseña mensual de Go no es algo tan serio. Como tampoco lo es una antirreseña, que es donde yo me enseño a leer.


A decir primero, no es un libro para tirar. Se lee con gracia, con velocidad y hasta con diversión a ratos, aunque está lejos de la delectación que yo le pido a un libro. Que yo le pedía a otra novela de Rodríguez Rivera.


A decir también, meterse en un libro de fantasía ciencia-ficcional, al estilo distópico ya bastante transitado, es un empeño hermoso por sí mismo, un gesto de arrojo aplaudible. Pero hay que dar mucho más para estar en esa liga. Se apoya, dada su escasa longitud, demasiado en los imaginarios de otros, en las herencias, a través de la novelería que vaticina mundos enfermos, desastres ecológicos, planificación demográfica enfermiza o corporaciones empresariales al frente de los gobiernos. Da demasiadas cosas “por sabidas”, como si la ciencia-ficción no fuese un corpus de mitos modernos sino historia del pasado cuyas lagunas podemos ir a consultar a la enciclopedia.


Se pueden enarbolar otras cosas a su favor: habilidad para la trama, resabios del thriller que animaba su primer libro, urdimbre episódica bien atada. Pero esa trama y esos personajes, ya puestos a danzar, creo yo que daban para más. Porque tienen fuerza: Neus, Hadam, Protos. Sin embargo, en las cortas 200 páginas, cediéndose el protagonismo de capítulo en capítulo, quedan vagos, algo amorfos. Mi único empeño de construir una novela pecaba en mil otras cosas, y también en ésa.


Pero, al final de todas las cosas, vista buena parte de la literatura del siglo XX y la trituración de estructuras y desarrollos, lo que siempre me queda como diamante final es la prosa. El micro-nivel, la célula de la palabra. Para algunos, bastan cuatro frases, a mí me gusta ensanchar el cernidor hasta las veinte primeras páginas. Y, sin ser mala en ningún caso -Rodríguez Rivera es solvente de sobra-, ésta es prosa utilitaria, que hace avanzar los sucesos pero recorta mal las situaciones, a la que le falta impronta, imaginación y ambición para los momentos de mayor tensión y con la que, a la vista de una primera novela cargada de buenas ideas, podría decirse que ha cesado de buscar la perfecta mordida: la prosa ha de hincar los dientes en la literatura -que no en la realidad- buscando el ángulo que no encontró ningún otro narrador anteriormente.


No soy cáustica por serlo. Habrá lectores a los que le parezca buena. Se lee bien, entretiene, pero no me hace abrir la boca y enseñar las tripas, en ninguno de sus párrafos, como ante una epifanía de ésas que da la buena prosa.


Pequeños desperfectos acaban por hacérmela casi intolerable. Neus, la mujer, vive en plena nostalgia por un siglo XX que no ha conocido, sobre todo por las artes y el cine. Se espanta de lo que llama “Arte Actual” -el del futuro-: “Estoy convencida de que la Corporación también está detrás de las vanguardias artísticas”. Si son vanguardias y son artísticas, eso no se puede escribir. Argumento de apocalíptico. En otro punto, Neus, nostálgica otra vez, se queda en éxtasis escuchando “el revoloteo sabio y pausado del saxo de Miles Davis” (SIC). Por no mencionar las autocitas. Dos, exactamente. Mis hornos no están para estos bollos.


“Un lunes de noviembre se levantó de la cama con la sensación de que durante el sueño se le había roto el hueso de la identidad. El tipo que le devolvía el espejo era un desconocido con una expresión de desamparo tan crítica que parecía suplicar que alguien lo viviera. Martín sintió que aquel lunes se había despertado al final de su primer cuarto de existencia, y que todo era mentira. Ni él ni el tipo del espejo fueron capaces de recordar la última vez que habían sido felices.”


No he podido resistirme. Releeré su primer libro. Soñaré que Rodríguez Rivera recupera en alguna cantina su amor por destripar realidades a fuerza de prosa, más que por montar bonitos escenarios para personajes que, perdónenme, lo más fácil del mundo es ponerlos a follar en la página 140.

martes, 3 de marzo de 2009

Sal gruesa (una antirreseña)

Me enfrenté a Sal -Manuel García Rubio, Lengua de Trapo, 2008- sin saber nada de su autor, quien sin embargo ya tenía siete novelas publicadas, amén de algún libro de relatos. En esta pseudo profesión que he elegido, el tiempo es un bien escaso y las páginas por leer un montón. He de confesar que Sal habría quedado por ahora en la estantería, arrollada bajo otro puñado de novedades que se van depositando, de no ser porque tuve que sacarlo para hacerme cargo de una reseña. La reseña contuvo aquello que, como lectora, creo que debo a otros lectores. Esta es la antirreseña, aquello que se me queda a mí, y sólo a mí, dentro.

Me preparé con ahínco y revisé -porque no he leído- algunos de sus libros en la biblioteca. Todos ellos -en especial el que se titula El efecto devastador de la melancolía- me apetecen mucho, y sospecho que se esconden muchas lecciones en ellos. Sal es una novela gruesa, abundante en hojas, de las que, según a qué lectores, puede minar la confianza necesaria para ser abierta. Y para pasar la primera página, y la segunda. A pesar de su extremada longitud, es una novela de pequeñeces que, con paciencia y mucho meandro narrativo, encuentra su verdadera dimensión poco a poco.

Y muchas otras veces debería ser así, porque las novelas de eficiencia total, las que parecen estar hechas con pespunte invisible del que tanto gustaba a mi abuela, me dan para sospechar. Me gusta de ella su situación comunicativa: la primera persona, el hombre común casi en desespero por hacer algo con su vida, la redacción de una novela que comienza como ejercicio de taller literario y se convierte en el colofón vital de alguien sin muchas cartas para ganar la partida. Esto es, una situación plausible, una escuadra de la vida que demanda literatura. Muchos de mis cuentos están construidos desde ese tipo de situaciones, unas más exitosas que otras, pero es algo que siempre me ha parecido crucial y que la tercera persona no permite.

Sin embargo, la mezcla de recursos del guión cinematográfico -la primera vocación del personaje-narrador es la de guionista- me deja bastante fría. No está de más, es coherente, pero de mi formación académica "audiovisual" he pasado a rechazar la literatura que no se contente con la literatura. Soy una pedante, lo sé. Sin embargo, si el personaje fuera un abogado frustrado, aceptaría que escribiese con el estilo de un recurso de alegato. Así, Urbano explica sus escenas como secuencias y, sobre todo, desarrolla los diálogos al modo del guión. Pero es, al mismo tiempo, un aprendiz de escritor, y ahí se genera un precioso juego de códigos.

Otra cosa que me gusta: Manuel García Rubio ha dedicado, en su bonito blog de "apostillas", varias entradas a explicar el porqué de los nombres que sus personajes, así que yo me limito a la piel, a mi piel. Me quedo con el nombre del personaje central, Urbano. Es un nombre de mi familia, de la familia que primero te arrebatan, y está cargado de emociones como todos esos nombres asociados a mi infancia, equiparados a cierta mitología no urbana, muy rural, de mis difuminadas vacaciones "en el pueblo".

Entre titubeos de principiante -de la ficción- y delicatessen de gran escritor -de la realidad-, en esta novela se esconden varias novelas. Urbano quiere contar su historia, y comienza por sus orígenes, que es un padre desconocedor de su propia base. También está su lucha personal por no fracasar -no puede llamarse una lucha por el éxito precisamente-, o por no ser arrollado por las circunstancias que le han tocado. Ésa es la que más me interesa a mí, la novela del don nadie, del "hombre común" anegado de extravagancias, que sabe que puede, que trata de anclarse en su pasado para arrancar un bocado al futuro, cualquiera que éste sea, que tiene que aprender a vivir consigo mismo, y que tiene que contarlo.

De otra manera, lo he dejado en la "crítica": es una actitud de riesgo darle voz durante quinientas páginas a un ser humano cualquiera: un tipo corriente, con ambiciones de pobre, pequeñas y sensatas, con complejos y ningún regalo de nacimiento. Es un trabajo de artesanía primorosa lograr captar y mantener la atención y, a pesar de la pseudo novela de intriga que se entremete en la segunda mitad -o gracias a ella-, hacer que el lector quiera correr por las páginas en pos de ese sentido, inútil y fatal pero necesario sentido, que es el premio último. Para el personaje, Urbano, y para el que lo acompañó.

//La reseña de Sal ha aparecido en el número 141 -marzo- de Qué Leer. A mí me gusta así. Este mes es mi cumpleaños. Casi culmino mi libro. Estoy feliz, casi, como Urbano, que logra todo en el último minuto.//

sábado, 24 de enero de 2009

Lo que decanta en mi sangre (de lectora)

Antirreseña de LO QUE ARRAIGA EN EL HUESO. Robertson Davies. Libros del Asteroide. Enero 2009


A la luz de la novela recién concluida, el trabajo en que me empeño es tonto, miserable, pero eso no me salvaguarda de asumir la más estricta disciplina en pos de producir el mejor de los libros posibles.

Me abruma pensar en la dosis de autoconvencimiento necesaria para abarcar esta novela –y es una parte de tres, de la Trilogía Cornish, y son tres las trilogías que este autor terminó durante su vida. Bien… no eres la primera flor tardía de la Historia, pero, -dice Tancred Saraceni a su pupilo- si crees que ya sabes todo lo que puedo enseñarte, recapacita. Técnica, sí, de eso has adquirido una buena porción; convicción interior, todavía no. Como no considero que haya adquirido por mi parte una buena porción de la técnica necesaria, he de continuar leyendo, porque en los libros están mis maestros.

El enfoque de Lo que arraiga en el hueso se enmascara de biografía. El hilo narrativo continuo, perfectamente trenzado y coherente, es el relato de la "vida" de "Francis Cornish" –y me son necesarias las comillas para expresar lo artificioso de hablar de esta historia y de sus personajes como si de cosas existentes, en el ahora o en el pasado, se tratara; es fácil caer en esa trampa. Ese meollo estructural se lleva hasta las últimas consecuencias: un río-biografía donde la inmensa cantidad de detalles no parece fortuita, ni antinatural, ni excesivamente forzada. Donde todo parece encajar en su sitio y el relato corre en pos de desentrañar "lo que arraiga en el hueso" de todo ser humano con una historia detrás, todo aquello que, observando con la más minuciosa lupa, no se podría entender porque está dentro de la "vida" con efecto pretérito, con profunda raigambre, y contiene el halo mítico de las edades sin registros.

Esta especie de investigación ficcional, hecha de prosa e imaginación acerca de cómo se construye un hombre, hace un libro increíble -por lo espectacular del resultado- pero creíble en grado sumo Porque es brillante la forma en que nos lleva hacia dentro, siempre hacia dentro, sin dejarnos escapar, pero no mediante la ocultación, el suspense narrativo o las tramas complicadas: sólo mediante un ejercicio de inteligencia que –sumado al verdaderamente asombroso trabajo de secuenciación, donde ni falta ni sobra nada- logra encontrar en cada asunto una serie de matices nuevos, insospechados, lúcidos y sorprendentes. Nada está dado en esta novela con un solo punto de vista.

¿De qué está hecha la "vida" de un hombre por dentro? No hay neutralidad en su acercamiento al "hombre". No deja de permitirse algún que otro juicio moralizante, pero desde todos los ángulos posibles. Todos esos ángulos van sumándose en este enorme fresco y están ahí por una razón. Sin embargo, la razón-motivo no preocupa mayormente –porque las "vidas" no tienen propósito, las apariencias de las vidas carecen de esquemas, de correspondencia o de equidad. Todos esos ángulos son fruto de la arbitrariedad imaginativa, y sin embargo no es posible cuestionar en ningún momento las decisiones del autor –quizá, porque el sentido común implícito en el libro, y que algunos llevamos dentro, nos dice que también en las vidas todo es arbitrario, fortuito, innecesario, pero se pega a uno como "lo que arraiga en el hueso".

La necesidad de cada pequeño fragmento, de cada giro a lo largo 470 páginas, brota sola. Todo está ahí con un peso y una naturalidad apabullantes.

No se trata de realismo en su vieja acepción. Dentro de la componenda magistral del libro no se cesa de advertir que el autor no busca la representación ilusoria de una realidad que lo respalde, que le dé cuerpo. Siempre es una "vida" y siempre es un "personaje", y están dentro de la ficción y del artificio. Es un mundo interior –por no encontrar mejor sintagma para referirme a ello- impregnado en objetos y cosas.

Entiendo esta novela si utilizo como metáfora la ambivalencia del personaje central respecto de la pintura moderna: así, en esa pintura que acompaña la trayectoria vital de FC (se habla a menudo de Picasso), los elementos puestos en juego son tan arbitrarios como los habitantes de cualquier "mundo interior". En la pintura tradicional, háblese del Renacimiento o el Barroco, a la que se adhiere estética e ideológicamente Francis Cornish, el mundo interior no está ausente, sino que el pintor debía articularlo mediante temas universales –mitos.

El mito mismo de la biografía es inextricable. Davies no se propone sonsacar el secreto de la "vida" a partir de su novela, pero terminamos de leerlo y quedamos con una entusiasta sensación de haber asistido a un verdadero concierto biográfico. El primor de su prosa, el tesón del artesano, la convicción en la necesidad de su trabajo son las bazas de un novelón que, por el argumento contado en su contraportada, no me habría llamado mínimamente la atención. La genialidad está en que, con materiales de todos los días, escogidos con un rigor casi científico, usando palurdos y señores llenos de fallas y trancas, organizando destinos desorganizados sin mucho brillo, con párrafos no siempre reseñables por su estilo, pero con prosa líquida, viva y casi de andar por casa, organiza una fastuosa fiesta de inteligencia deliciosa de leer.

Mi problema ético-estético con esta novela y con mi propio trabajo es que carezco de "convicción interior". Es la falta de fe -porque malamente entiende esa palabra una que se llama a sí misma atea- en que mi "mundo interior" sea válido, preciso, sagaz, amplio y esclarecedor, que su contemplación valga algo para alguno de los otros que están afuera. Cuando escribo no me pierdo en esas conjeturas. Y cuando escribo acerca de algo existente en el mundo –este libro- no las temo, no las percibo siquiera. Mi problema nace cuando tengo que trabajar a partir de mi "mundo interior", tan maltrecho el pobre, tan mal alimentado. Porque está ahí, vive conmigo, lo pongo a currar desde que tengo uso de razón, pero otra cosa muy distinta es hacerlo plasmarse en un objeto tangible. Si he de usar el mito para darle forma, me entra el ataque de relativismo, porque ya está "todo hecho". De lo contrario, la forma es libre. Abstrusa. Lenta. Pringosa. Irreal. La forma lo es todo, como decía Clarice Lispector, porque en nuestro interior no hay nada más que palabras. De eso estoy yo hecha, y por tanto no confío en los argumentos, lo dicho no vale por lo que representa, vale por lo que tiene de puerta cerrada, de concepto, o de insatisfacción eterna.

martes, 16 de diciembre de 2008

Yo también soy una caja (de sorpresas)

Me vas perdonar, Natalia, los tontos juegos de palabras con el título de tu (precioso) libro. Libro que habría de ser de lectura obligatoria para los aspirantes a escritores, para los asistentes a todos los talleres de narrativa del mundo, para los profesionales del quejido. Claro está, para ninguno el proceso de encontrar la voz se presenta del mismo modo que para el vecino -os fijáis, ¿verdad? En lo que hace, y lo que expresa, y en la postura, y en el titubeo del vecino de pupitre del taller de aspirantes a escritor. Esto de escribir -como aprender a caminar, como traspasar el muro de la crítica del mundo, como empollar huevos- no es algo que se pueda enseñar, así, en general. Pero hay en tu libro un manual de aproximación a la lectura que es el primer paso para acercarse a la creación de todo, de cualquier cosa escrita.

No, ya sé que no pretende ser un manual. En realidad, pretende ser muy poco. Tan poco como una caja.

Y escribo esto para no dejar pasar las páginas de otro libro sin expedientar qué me aprovechó de él. Porque leer es el primer tramo de este viaje.

Tu libro me gustó desde la dedicatoria. Mantengo el secreto sueño de estar al menos a esa altura cuando por fin alguien confíe en mis relatos lo suficiente como para hacerlos publicar. Me gustó desde su excusa literaria: una obra, la obra de un escritor, es más, de una escritora, y no de cualquier escritora: la de Clarice Lispector.

Me gustó porque es una historia de amor. No de cualquier amor, sino de amor a los libros. Es, también, a ratos, la historia del amor a una misma, la de la osadía de encontrar la propia voz hundida.

De todas las cosas de que está hecho tu libro, me quedo con ésa. La embriaguez que lo viste –y mira que yo me embriago- es un río de búsqueda, un paulatino (¿por qué para algunos resulta tan endiabladamente fácil?) desbrozar el camino hacia la tarea ineludible:
“Claro que lo haría, algún día, mañana, mañana… pero no hacía nada parecido a lo que se llama esfuerzo y que ahora sé que es el peaje ineludible tanto para ser madre de un libro como de un hijo de cualquier otra índole” (11).

Porque yo también amo a Lispector, pero eso no viene al caso. Yo también he pasado años diciéndome a mí misma (y a todos, lo cual es infinitamente más cruel y terrible) que quería escribir. Como si “escribir” fuese un asunto milagroso, como si esperase que, un buen día, al despertar con los restos de maquillaje del día anterior y sin haber empuñado un pilot, me hubiese convertido en escritora por los efluvios de algún pedestre aire nocturno.
Me gustó por los balbuceos.
“Escarceos con la idea de ser una artista, en el sentido más moderno, desenfadado y superficial, de tener en la punta del pie el salto hacia una fama secreta, incluso instantánea, de usar y tirar”… (14).

Así que tu personaje, Nadila, o cuánto de ti hay en un nombre, se lanza, despacito, a tientas, dando tumbos, desguarnecida, sin método, sin alambre y sin red. La funambulista deliciosa. Sin saber bien qué debía sacar de un nombre, de una recomendación. Unos tienen mentores de carne y hueso, otros tienen autores de cabecera. Lo importante de tu libro es que el autor no está en la cabecera, sino que está dentro. Convertido en algo más, en otra cosa, en un proceso de (i)respetuosa apropiación. Entender mejor a esa autora te hizo entenderte a ti misma. Y no hay milagros de por medio.
“Qué doloroso y lento, qué tortura puede resultar la adquisición de menos de un gramo de conocimiento” (50).

Buscar la voz resulta ser un proceso de desemascarar la identidad. Ahí es donde la gran mayoría de narradores del mundo me causan perplejidad, y un poquitín de asco: ya venían con el bigote puesto.

Porque, ¿por qué asentimos al cocinero de fama internacional cuando intenta develar los secretos de un solo ingrediente y desmantelar los procesos de la elaboración, y le admitimos en cambio, le exigimos, al escritor que monte con sus materiales un argumento con el que todos podamos seguir creyendo en la función utilitaria de las palabras, y a nadie se le ocurre que éstas son, en suma, ingredientes? Perdón, no me he expresado bien.

Importa el proceso, el recorrido que hacemos machete en mano, tanto o más que el resultado. En eso tu libro me parece valiente. Basta ya de historias. Las palabras, ésas, son el material y el protagonista, son la garantía de la escritura. A veces nos esconden, pero haciéndonos sus amigas nos revelan.

Podría decirte que me confundió la mezcla de géneros. Nadila se enfrenta un poquito a la realidad, pero después se olvida de ella. Lee y rebusca en los datos biográficos de CL. A veces tuve la sensación de un quiero y no puedo. Más Nadila, más forma de personaje, o menos, ninguna realidad en absoluto. ¿O buscabas ese despojamiento?
“Estrella tras Estrella, todo me subía a la cabeza, y entonces sentía que comenzaba a ser” (63)

El escritor es siempre un escritor más sus circunstancias, eso pareces dejarlo claro desde el principio. Rebanaste el mito poco a poco.

En tu libro, hay una historia de misterio. El misterio de encontrarnos. El de haber redondeado los decires, mágicamente, por uno mismo. El de habernos puesto nombre. Pero este proceso es algo que sucede una sola vez. Más tarde llega la interiorización, el qué hacemos con ello, en definitiva. La imagen de Nadila huyendo, cara blanca y ropa negra, con la música de The Cure en los oídos, extrañada y expuesta, vacía por dentro, es algo que no quiero volver a leer. Quiero, a continuación, leer aquello que Natalia Carrero sabe que tiene que escribir.

Gracias, en fin, Natalia. Ahora me toca a mí.

lunes, 22 de octubre de 2007

Siete excusas innecesarias para leer a Carson McCullers (antirreseña)

Al hilo de la preparación de una reseña (que publicaré en su momento) sobre el libro El aliento del cielo (Seix Barral).

1. Lo que trastorna, entusiasma, sacude de dentro a fuera, resquebraja la voluntad más fría en la lectura de la narrativa breve de Carson McCullers no es pensar en el estado de pérdida personal, enfermedad, quebranto y dolor en que se gestó gran parte de esta obra. Aunque no deja de alarmar que algunos de estos relatos fuesen confeccionados durante o inmediatamente después de una convalecencia, mientras arrojaba esputos en una bacinica o recogía pesadamente el cuerpo después del penúltimo ataque de toses, al tiempo que se peleaba con su marido y sucesivo ex marido. Todo lo anterior se puede obviar frente a

2. El tremendo arrojo de alguien que no desperdicia ni un segundo del tiempo que le ha sido concedido vivir. Alguien que abraza esta suerte de “misión”, sin petulancia, enamorada no sólo de la escritura, sino del valor de la imaginación, de la prosificación respetuosa y responsable. No hay descanso, no hay respeto. Ávida por saber más, por hacer más, por confabular más monstruos y fantasmas. McCullers es una narradora-río, hecha de pura vocación, un ejemplo permanente de lo que la perseverancia, la actitud trabajadora y el genio logran, no sin una dosis descomunal de esfuerzo. Léanse las primeras narraciones, cualquiera de ellas, escritas a unas edades que harían sonrojar a más de un aspirante a revelación literaria. Pero tampoco el río de composiciones arrojado y ciego sería una razón, si

3. Esas narraciones per se no conformaran un estilo y una sensibilidad nueva, jodidamente peculiar: una forma de penetrar en la realidad y de escarbar en los sentimientos, totalmente ajena al sentimentalismo. La prosa de McCullers es MODERNA, desde el mismo minuto en que habla del complejo mundo de las relaciones humanas y soslaya, a todas horas, esa formulación manida de la literatura hecha por mujeres o para mujeres, evitando de un solo volantazo lo consabido, el lugar común y el arreglo floral. Se aferra a las cosas, hace hablar a las cosas y las cosas definen a los personajes, y por eso es tan, tan moderna. Entrega absoluta en su papel de madrina de los desheredados y los disminuidos emocionales, en encontrar la belleza de los personajes más estrafalarios, en manejar sin sonrojos las miserias humanas, en creer a duras penas en la redención, en no dejarles escapar de su destino…

4. La curiosa, persistente y enriquecedora influencia de la música en sus narraciones. Como rasgo de los personajes, de la trama o de la estructura. Herencia de una primera vocación rota, o de algo que simplemente no fue. Lo que no fue, la gnoseología interna de aquello que no existió (amor, familia, felicidad, matrimonio, hijos, vejez) es un tema recurrente.

5. Su particular cercanía, tendencia quizá, a los niños y adolescentes, la intuición soterrada de que pocos como ella han leído en las almas infantiles y han construído narraciones creíbles y nada sonrojantes, desde la edad adulta, sobre tan delicados –y escurridizos- sujetos. Como si hiciese dos días que acabara de abandonar tal estado o… como si nunca hubiese dejado de pertenecer a su mundo.

6. Los borrachos, o los que lo parecen. Los matrimonios en ruinas. Todo junto.

7. Y la prosa. Su sabiduría enconada, de mujer sin terminar, de enferma ególatra, de hiriente observadora del circo del mundo, de personaje estrafalario ella misma, siempre a punto de caer una vez más, siempre deseosa de obedecer al gen de la adicción. Reponiéndose, y escribiendo. Esa actitud como bofetada. Esa sabiduría y todo lo demás, al servicio de la prosa. Prosa que nace siendo, que no pide permiso y fermenta despacio… Prosa que aparece como NECESARIA. Las cosas, en aras de esa prosa, parecen estar sucediendo, allí mismo, delante de tus narices. No tienen adornos innecesarios, no son más mezquinas de lo que en realidad son. No son más puras. Y no tienen vergüenza alguna de nacer. Las cosas en las palabras y las palabras en las cosas. La pequeña gótica, de la forma más natural del mundo, regalaba a manos llenas las criaturas vivientes, sufrientes, de su prosa.