Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de octubre de 2009

Dissipatio humani generis (reseña)


Dissipatio humani generis
Guido Morselli
Laetoli

La “desaparición del género humano”: admítelo, has fantaseado con ello muchas veces. Aunque posiblemente no se te ha ocurrido que pudiera quedar atrás una sola persona. El personaje narrador de “Dissipatio humani generis” ha decidido quitarse la vida antes de cumplir cuarenta años. Se interna en una cueva para arrojarse al lago pero en la madrugada se arrepiente. Cuando regresa, el mundo se ha vaciado de personas, los humanos se han evaporado y queda toda su industria atrás, exacerbada de sentido. Se enfrenta entonces a su nueva situación: esa soledad, soñada tantas veces, arrastra la grandeza de convertirlo en único portavoz del fin de la especie y la miseria de no tener a quien contárselo. En medio de las torpes estrategias de subsistencia, está el diálogo con una realidad bruta, la necesidad de adaptación, el miedo, la constatación de la ausencia de Historia, la desintegración progresiva de la individualidad -ahora que sólo hay un individuo- y un turbio descenso a las capas bajas de la conciencia. No es una narración cómoda, no está vertebrada, se engancha al género diario, con toda su fragmentación, al mismo tiempo que al ensayo, con la psicología y la sociología como ingredientes; la cultura acumulada durante años como gesto cada hora más absurdo. La fábula escatológica del italiano, apenas degustado en nuestro país, es, además de provechosa para cualquiera, una de esas perlas imperdibles para los que indagamos tenazmente en lecturas rellenas de intelectualidad y morbo.

//Publicada en Go Magazine Octubre 2009//

domingo, 10 de mayo de 2009

Atrapada en la Zona (antirreseña)


Sin un solo punto. Leo, leo con avidez pero con exasperada lentitud. Cómo es posible que el punto, el signo ortográfico de la detención, sea en verdad lo contrario, un acelerador de los protones de la lectura. Cómo es posible que leer una novela sin puntos, cuyo discurso debería fluir como el pensamiento -y de hecho fluye- o el agua al que quitamos su embalse, sea al cabo un vagón deteniéndose en cada ciclo de biela. Es como si ese agua, una vez liberada, decidiese no moverse a ningún lado. Es lenta esta prosa, es lento su proceso de degustación, uno quisiera no dejarla nunca, pero cuando por fin encuentras el ritmo que te acoplaba a la perfección, el autobús llega a tu parada, el horno avisó que llegó al final de su cocción, la luz de la tarde se consumió del todo. Las detenciones no son naturales, el pensamiento puede ser difuso pero está siempre, discurriendo sin pausa. Acoplarse al pensamiento es lo difícil.

Es prosa lenta, que no aburrida, y leo absorta, queriendo comer páginas, pero las páginas me comen a mí. Pocas veces he pasado por las páginas de un libro que despliegue tal exhibición de atrocidades, de manera tan elegante. No es esteticista, simplemente es pura, literatura de la mierda humana que no necesita de lenguaje procaz, salvo en contadísimas ocasiones, que se abstiene de insuflar mayor gloria a la inmundicia porque el lenguaje no necesita más que llamar al pan, pan y al crimen, crimen. Me sobrepasa, como lectora y como escritora, Zona es todas las cosas que yo he querido transmitir en Monstruos y no sabré escribir, porque me falta la experiencia necesaria, el método, la constancia. O quizá me equivoqué y nunca quise escribir de las atrocidades humanas, quizá mi único tema, el único al que puedo aspirar por ahora, es la debilidad en todas sus formas. Me lo quedo, es para mí, es estimulante, es retador, no podré escribir nada ni remotamente así de enjundioso, de bien pertrechado, no ahora, no en estas, pero me guardo sus hallazgos, su osadía, como metas que algún día haré mías, me guardo el honor de haber sido lectora de su epopeya oscura, orgánica y hermosa. No ha lugar escamotear el horror, que es parte de nosotros. Mirarlo, contarlo de frente es lo único digno a hacer.

Más de un mes para leer este libro, mucho más de lo que suele consumirme este promedio de páginas. Lo pedí motivada por el texto de su solapa, esas breves fotografías de un objeto que tardó años en ser compuesto. Dificultad, reto, eso recuerdo haber pensado. Los libros exigentes no son fáciles de encontrar y a ver quién quiere una reseña de esta novela, pero yo necesito tenerla ya. Pasó varias semanas en el montón de los pendientes. Me intimidaba un poco. Lo abrí, por fin, ya tengo los encargos, y desde la segunda página me tenía boquiabierta, espantada y feliz a partes iguales. Ahora que lo he terminado, ahora me siento tonta para escribir sobre un libro así. No podrá conmigo, empero. Puedo no ser la lectora ideal de Zona, pero aún así tengo mucho que darle a este libro. Es exigente, no solamente porque el tiempo en recorrer los quinientos kilómetros (cuatro horas, según un sitio que acabo de consultar) que separan Milan de Roma en tren se multiplican por sesenta en su demorada lectura -mis trayectos, durante un mes, sola y exclusivamente con este libro, apenas me dejaban avanzar dos o tres páginas cada vez-. Un mes, un lujo enorme, dada la montaña de novedades que tengo aquí para revisar. Pero encontrar un texto de esta densidad, acicate intelectual, gordura humana y preciosismo tanto en la macro como en la microestructura sucede una vez al año, si sucede. Terminarlo. Cerrarlo al cabo de tantas horas acompañando este magnético fluido, esta prosa pegajosa, que se ha hecho tan natural y viva, que me ha hecho sacudirme de admiración y perplejidad unas doscientas veces en sus cuatrocientas páginas, acabarlo es lo difícil.

martes, 10 de febrero de 2009

Lo que arraiga en el hueso (reseña)


“Lo que arraiga en el hueso”
Robertson Davies
Libros del Asteroide

Entre las novelas de grandes ambiciones, las de Davies llenan un espacio hecho por él mismo de complejidad, astucia, coherencia, estilo y maldita-sea-la-buena prosa. Y entre las abocadas a ilustrar una vida humana, pocos (en la tradición anglosajona se juntan unos cuantos) han llegado tan lejos en la empresa de desmenuzar hechos y circunstancias integrantes de una sola existencia. El escritor canadiense está bien pertrechado contra el analfabetismo de los “límites de la conciencia”, que podría arrastrar un novelista más anticuado; y tampoco es de los que concede excesiva importancia al “viaje interior”. Así, la segunda parte de su Trilogía Cornish es otro ejercicio brillante de osadía en el trabajo imaginativo; de convicción para rellenar todas las zonas posibles de un personaje y de elegancia para descorrer el velo en cada una de las experiencias narradas, mostrando un matiz diferente que el lector, siempre, había pasado por alto. El pellejo de “Lo que arraiga en el hueso” pretende ser una exposición biográfica total, en pos de aquello que a duras penas rastrearía un investigador, ni el más dotado, cuando se trata de entender quién fue alguien ya desaparecido. La tarea es sobrehumana. La suma de intelectualidad vigorosa y sentido práctico hace que la lectura de este libro –y de los demás- se convierta en una fiesta de la inteligencia, una arrebatadora sesión espiritista hecha de puras palabras. Que sea otra novela de Davies es el menor de los alicientes para entrar en ella.

//Reseña publicada en Go Mag, febrero 2009. No complementa la antirreseña, es lo que es//

sábado, 24 de enero de 2009

Lo que decanta en mi sangre (de lectora)

Antirreseña de LO QUE ARRAIGA EN EL HUESO. Robertson Davies. Libros del Asteroide. Enero 2009


A la luz de la novela recién concluida, el trabajo en que me empeño es tonto, miserable, pero eso no me salvaguarda de asumir la más estricta disciplina en pos de producir el mejor de los libros posibles.

Me abruma pensar en la dosis de autoconvencimiento necesaria para abarcar esta novela –y es una parte de tres, de la Trilogía Cornish, y son tres las trilogías que este autor terminó durante su vida. Bien… no eres la primera flor tardía de la Historia, pero, -dice Tancred Saraceni a su pupilo- si crees que ya sabes todo lo que puedo enseñarte, recapacita. Técnica, sí, de eso has adquirido una buena porción; convicción interior, todavía no. Como no considero que haya adquirido por mi parte una buena porción de la técnica necesaria, he de continuar leyendo, porque en los libros están mis maestros.

El enfoque de Lo que arraiga en el hueso se enmascara de biografía. El hilo narrativo continuo, perfectamente trenzado y coherente, es el relato de la "vida" de "Francis Cornish" –y me son necesarias las comillas para expresar lo artificioso de hablar de esta historia y de sus personajes como si de cosas existentes, en el ahora o en el pasado, se tratara; es fácil caer en esa trampa. Ese meollo estructural se lleva hasta las últimas consecuencias: un río-biografía donde la inmensa cantidad de detalles no parece fortuita, ni antinatural, ni excesivamente forzada. Donde todo parece encajar en su sitio y el relato corre en pos de desentrañar "lo que arraiga en el hueso" de todo ser humano con una historia detrás, todo aquello que, observando con la más minuciosa lupa, no se podría entender porque está dentro de la "vida" con efecto pretérito, con profunda raigambre, y contiene el halo mítico de las edades sin registros.

Esta especie de investigación ficcional, hecha de prosa e imaginación acerca de cómo se construye un hombre, hace un libro increíble -por lo espectacular del resultado- pero creíble en grado sumo Porque es brillante la forma en que nos lleva hacia dentro, siempre hacia dentro, sin dejarnos escapar, pero no mediante la ocultación, el suspense narrativo o las tramas complicadas: sólo mediante un ejercicio de inteligencia que –sumado al verdaderamente asombroso trabajo de secuenciación, donde ni falta ni sobra nada- logra encontrar en cada asunto una serie de matices nuevos, insospechados, lúcidos y sorprendentes. Nada está dado en esta novela con un solo punto de vista.

¿De qué está hecha la "vida" de un hombre por dentro? No hay neutralidad en su acercamiento al "hombre". No deja de permitirse algún que otro juicio moralizante, pero desde todos los ángulos posibles. Todos esos ángulos van sumándose en este enorme fresco y están ahí por una razón. Sin embargo, la razón-motivo no preocupa mayormente –porque las "vidas" no tienen propósito, las apariencias de las vidas carecen de esquemas, de correspondencia o de equidad. Todos esos ángulos son fruto de la arbitrariedad imaginativa, y sin embargo no es posible cuestionar en ningún momento las decisiones del autor –quizá, porque el sentido común implícito en el libro, y que algunos llevamos dentro, nos dice que también en las vidas todo es arbitrario, fortuito, innecesario, pero se pega a uno como "lo que arraiga en el hueso".

La necesidad de cada pequeño fragmento, de cada giro a lo largo 470 páginas, brota sola. Todo está ahí con un peso y una naturalidad apabullantes.

No se trata de realismo en su vieja acepción. Dentro de la componenda magistral del libro no se cesa de advertir que el autor no busca la representación ilusoria de una realidad que lo respalde, que le dé cuerpo. Siempre es una "vida" y siempre es un "personaje", y están dentro de la ficción y del artificio. Es un mundo interior –por no encontrar mejor sintagma para referirme a ello- impregnado en objetos y cosas.

Entiendo esta novela si utilizo como metáfora la ambivalencia del personaje central respecto de la pintura moderna: así, en esa pintura que acompaña la trayectoria vital de FC (se habla a menudo de Picasso), los elementos puestos en juego son tan arbitrarios como los habitantes de cualquier "mundo interior". En la pintura tradicional, háblese del Renacimiento o el Barroco, a la que se adhiere estética e ideológicamente Francis Cornish, el mundo interior no está ausente, sino que el pintor debía articularlo mediante temas universales –mitos.

El mito mismo de la biografía es inextricable. Davies no se propone sonsacar el secreto de la "vida" a partir de su novela, pero terminamos de leerlo y quedamos con una entusiasta sensación de haber asistido a un verdadero concierto biográfico. El primor de su prosa, el tesón del artesano, la convicción en la necesidad de su trabajo son las bazas de un novelón que, por el argumento contado en su contraportada, no me habría llamado mínimamente la atención. La genialidad está en que, con materiales de todos los días, escogidos con un rigor casi científico, usando palurdos y señores llenos de fallas y trancas, organizando destinos desorganizados sin mucho brillo, con párrafos no siempre reseñables por su estilo, pero con prosa líquida, viva y casi de andar por casa, organiza una fastuosa fiesta de inteligencia deliciosa de leer.

Mi problema ético-estético con esta novela y con mi propio trabajo es que carezco de "convicción interior". Es la falta de fe -porque malamente entiende esa palabra una que se llama a sí misma atea- en que mi "mundo interior" sea válido, preciso, sagaz, amplio y esclarecedor, que su contemplación valga algo para alguno de los otros que están afuera. Cuando escribo no me pierdo en esas conjeturas. Y cuando escribo acerca de algo existente en el mundo –este libro- no las temo, no las percibo siquiera. Mi problema nace cuando tengo que trabajar a partir de mi "mundo interior", tan maltrecho el pobre, tan mal alimentado. Porque está ahí, vive conmigo, lo pongo a currar desde que tengo uso de razón, pero otra cosa muy distinta es hacerlo plasmarse en un objeto tangible. Si he de usar el mito para darle forma, me entra el ataque de relativismo, porque ya está "todo hecho". De lo contrario, la forma es libre. Abstrusa. Lenta. Pringosa. Irreal. La forma lo es todo, como decía Clarice Lispector, porque en nuestro interior no hay nada más que palabras. De eso estoy yo hecha, y por tanto no confío en los argumentos, lo dicho no vale por lo que representa, vale por lo que tiene de puerta cerrada, de concepto, o de insatisfacción eterna.

lunes, 12 de enero de 2009

La dulce envenenadora (reseña)

“La dulce envenenadora”
Arto Paasilinna
Anagrama

Abrimos un libro de Paasilinna para escapar de lo corriente. Encontramos sentido –y sentido del humor- a realidades del todo engorrosas. Disfrutamos con la acumulación descontrolada –aunque siempre bajo un riguroso control- de circunstancias y acontecimientos, de peripecias que, amalgamadas, hacen entreabrir los labios en sonrisa boba. Le pedimos que nos enseñe el lado liviano, colorido y caleidoscópico de la existencia, a veces tan mortalmente aburrida. Un poco de todo eso hace en “La dulce envenenadora”: pertrechado de su habitual ironía, se pone al lado de una anciana a la que, al final de sus días, le toca defenderse con uñas y dientes de la juventud, tres buenos-para-nada que abusan de su buena pasta. Al contrario que en “Delicioso suicidio en grupo”, sus protagonistas no pretender quitarse de enmedio, sino que se aferran absurdamente a estilos de vida de lo más inadecuado. Y ahí está la buena viejecita, que tampoco tiene el alma inmaculada, experimentando con la química. Justiciero al estilo Bronson, como le gustaba a mi abuela, cuya más mortífera arma es el azar. Tanto más es perseguida, tanto mejor le salen las cosas. Y quizás por esa concurrencia del azar, por desgracia, en este libro echamos de menos un pelín más de compromiso del autor y echamos de más la incomprensible –por vieja y obsoleta- utilización de ese azar como brazo ejecutor de lo divino. Los malos, al final, son castigados, y qué. Claro que ésta, reciente en español, es una novela de hace veinte años.

//Publicado en Go Magazine, enero 2009//

domingo, 19 de octubre de 2008

El hospital de la transfiguración

“El hospital de la transfiguración”
Stanisław Lem
Impedimenta

¿Qué peor cosa te puede pasar cuando eres un jovenzuelo recién licenciado de Medicina que ser polaco en el año de la invasión alemana? Quizá el destino de escritor de Stanisław Lem se escribió entonces, cuando se apercibió de que nada podría hacer como médico en ese contexto. Así nació “El hospital de la transfiguración”, una primera novela que habla de él sin hablar de él. Lem pone en juego a Stefan, un muchacho apocado y pusilánime, que apenas sabe cómo enfrentarse a un funeral entre familiares, para convertirlo –progresivamente- en un médico que se come el mundo con curiosidad y decisión, que transforma y se deja transformar por las circunstancias en que se ve envuelto: un hospital psiquiátrico como metáfora de toda la nación polaca en desintegración. Unos colegas médicos, a cual más desesperado y neurótico. Un poeta-loco en demostración permanente de la lucidez y la vergüenza del intelectual. Y, claro, la invasión nazi que, irremediablemente, llega hasta ocuparlo todo. Si puede parecer, bajo la mirada poco atenta, que aún está lejos de eclosionar el Lem-escritor-de-ciencia-ficción, aquí está, gigante, el Lem-divulgador de la ciencia dentro de la literatura, un intelectual concienzudo con la materia que trata, arrojando luz de puro sufrimiento en las zonas más temibles de la conciencia. Pasajes de colección hay aquí para regalar: me quedo con la infortunada operación de cerebro en el quirófano semiclandestino del hospital, una de las escenas más terroríficas que se hayan puesto en papel.

//Publicada en Go Magazine octubre 2008. Para los lem-maníacos, aviso que ya hay otro Lem calentito en los mostradores, Vacío Perfecto, a cargo de Impedimenta nuevamente.//

miércoles, 12 de septiembre de 2007

La Metafísica y el mono (reseña)

Publicada en Go Magazine, septiembre 2007.

“La Metafísica y el mono”
Carlos Eugenio López
Lengua de Trapo

Ya me dirán qué tiene que ver la metafísica con el mono. Lo mismo que el tocino con la velocidad. Lo mismo que ciertos insufribles mamotretos con la literatura, cuyo valor se otorga al peso o por las veces que hay que pasar página. Sobre estos libros y aquellos lectores de boca grande parece querer, este libro, hacer sátira: una monumental, inflamadísima sátira. Antes: “La Metafísica y el mono” es epopeya, “relato de formación”, narración autobiográfica de un griego, Alexandros, del siglo XIX; obra que, supuestamente, acumula una enorme tradición crítica: nada menos que 268 notas al pie, de una serie de críticos tan inventados como los personajes. Durante: un irreprochable caudal léxico que tan pronto es singularmente adecuado al momento y lugar de la acción como se carga de neologismos y voces peculiares; una cantidad tal de infortunios, desgracias, vueltas de tuerca del destino, sobre los cortos años de este chaval (narrados desde la madurez) que desalienta; un gusto por las reflexiones morales sin conclusión posible, donde la filosofía queda al nivel de la mierda de burro… Y la morosidad: el relato es desarrollado en una lentitud de acontemientos de tan baja frecuencia que acaba con la paciencia de cualquiera. Una hipérbole, una desmesura de fondo y forma que no hay manera de coger, ni en serio ni en broma. Al final de todo este viaje: la sensación de quien no lea en la entrelínea de la hipérbole será la de haber sido timado. Setecientas cincuenta páginas, amigos. Después.

domingo, 8 de julio de 2007

Amores Sicilianos (reseña)

Publicada en Go Magazine, julio-agosto 2007

"Amores sicilianos"
Vlady Kociancich
Seix Barral

A un planteamiento y un título como estos, les imaginábamos una base en la tradición de literatura romántica, probablemente un catálogo de formas del desencuentro. Quizá porque hay una mujer en el centro de la trama, y dos hombres: el marido descuidado y frío, y el amigo de toda la vida al que doblegar en pasión amorosa; quizá porque hay un viaje en pos de un escritor –Lampedusa-, una inesperada herencia, islas mediterráneas y volcanes de fondo paisajístico… Pero se reproducen los equívocos, como en una sala de espejos. Porque no podemos obviar que, además, están la muerte, la duda, la culpa, el asesinato por omisión, la traición, la infidelidad, la melancolía de los emigrantes, el sello de desgracia que arrastran los lugares -“el poder de los lugares” en palabras de Kafka. Y, al no ser lo que parece, “Amores sicilianos” se revela inesperadamente como un producto mucho más complejo, con su obsesiva acumulación de capas de sentido, de textos y subtextos; los personajes –Julia, Fenner, Cavani, Osorio- escriben, dejan huellas, actúan siempre como escritores, literalmente. Y, en todos los lugares comunes sobre los que parecía asentarse el libro, hay brechas, profundos intervalos, resquicios abiertos por los que se escurre cualquier posibilidad de certeza, dejando al descubierto la desasosegante trama de conceptos y miradas. El caparazón romántico que lo envolvía todo no es más que una engañifa, un pretexto para escarbar en negruras del alma que poco tienen que ver con el amor.

viernes, 11 de mayo de 2007

Un producto (colombiano) de nuestros tiempos

A ritmo tropical, una novela de visos punk que busca romper con los tópicos.

Antonio García Ángel
Recursos Humanos
Lengua de Trapo

Cómo construir una novela colombiana sin acudir a los tópicos: ni los de la geografía humana ni los de la literatura. García Ángel conoce perfectamente la tradición sobre la que se asienta, pero la pone a un lado. Si no la capitanea, al menos aporta un atisbo de renovación en la narrativa de su país. Para esta segunda novela ha contado con el mecenazgo de la Iniciativa Artística Rolex para Mentores y Discípulos, una especie de apadrinamiento al tutelaje; Mario Vargas Llosa ha oficiado de mentor. Sin salirse de Bogotá, sin perder de vista la reciente literatura de su país, García Ángel habilita un nuevo espacio narrativo, que se alimenta de referentes con cierta universalidad -el ambiente laboral- y los adereza cuidadosamente, con mesura y vocación de ciudadanía del mundo, de sabor local. Esta novela se desentiende de lo que esperamos de una ficción colombiana, de la “realidad de telediario”, para contarnos una historia más de andar por casa; con un ojo puesto en la internacionalización y una temperada mezcla de recursos narrativos: el humor, el absurdo y lo grotesco, como ingredientes principales de un “naturalismo” pragmático y tan, tan contemporáneo.

La voz narrativa de Antonio García Ángel no es muy singular; pero hay un ejercicio serio y profundo de interiorización para novelar esta peripecia: la de un hombre de mediana edad en un puesto de mediana importancia atrapado en una vida completamente mediana. El resultado es, cuando menos, digno. Y también muy, muy divertido. ¿Por qué importa aquí el humor? Porque la peripecia no carece de visos trágicos, pero el autor ha preferido que empaticemos con un tipo despreciable a base de ponerlo en situaciones cotidianas y extremas a un tiempo: nadie podrá odiar a cabalidad a este personaje, puesto que por más ruindad que despliegue, se nos recuerda constantemente que no es más ruín que cualquiera de nosotros, a diario, intentando sobrevivir en la jungla humana. Ricardo Osorio, como otros muchos empleadillos de ficción, es un jefe infame y grosero, apegado como lapa a la cuota de poder que le toca, rastrero con sus superiores y ordinario con todos los demás. Pero, además, la novela ofrece su dimensión familiar y sentimental: un matrimonio de monótona caída en picado y un affaire loco que lo solivianta. Pero, cuando las situaciones le son adversas, el jefe revela una mano izquierda insólita, una capacidad de imaginación que lo hace cercano y hasta un punto simpático. Es imposible odiarlo como se odiaba a “Didi” de Bella del Señor, ni transmite la desazón que produce el protagonista de Memorias del subsuelo. Ok, su ámbito no es la Administración, sino una empresa familiar, que ostenta empleados por décadas y los olvida en los sótanos. Podemos tomarnos la licencia. Osorio, el inicuo jefe, siempre reflota en nuestra consideración. En una Bogotá de ladrillo y especulación inmobiliaria (sólo una vez aparece mencionada, de pasada, la violencia climática del país), este jefe no es más que un pobre tipo sobrepasado por las exigencias, que se viene a dar cuenta, tarde, de la mortal previsibilidad de su vida.

Haciéndole la réplica, el otro protagonista es “la Empresa” –la presencia es tan enorme como la de “la Administración” en las obras mencionadas. Un monstruo inabarcable, de geografía humana y física deliciosamente desquiciada, un escenario de casas, oficinas, plantas de producción, puentes, pasadizos y túneles que el protagonista cree dominar, pero que esconde mucho más. La Empresa, el gran hallazgo de esta novela, funciona como metáfora para la hostilidad que el mundo arroja sobre cada individuo, además de ser un generoso laberinto donde Teseo-Osorio, acorrala al Minotauro. Alberga también una gran camada de secundarios, retratados a pinceladas gruesas, caricaturescas, a los que no se les escamotea un viso de ternura. La iconoclastia de esta novela es, como las soluciones propuestas, tibia y pragmática. A pesar de sus recursos “de libro”, a ratos demasiado evidentes, Recursos humanos pelea en la consideración del lector por una nota elevada.

//Esta reseña no ha sido publicada previamente. Una versión breve aquí.//

lunes, 7 de mayo de 2007

Recursos Humanos (reseña)

Publicada en Go Magazine (mayo 2007).

“Recursos Humanos”
Antonio García Ángel
Lengua de Trapo

Una novela punk del trópico en ambiente oficinesco. Jugando a las reducciones, podríamos calificar así a la segunda novela del colombiano Antonio García Angel: “Recursos humanos” (desafortunado título, pardiez) es un ejercicio de humor salvaje y desencantado al mismo tiempo –no te esperes la carcajada gruesa sino más bien el hilillo de risa fina, mezclado con la sorpresa y el desconcierto permanente. Ángel parece conocer bien la ortodoxia, pero se decide por romper las reglas a menudo. No tiene reparos en echar mano de lo grotesco, y hacerlo de modo que se ajuste perfectamente a la materia. Centra ésta en un personaje, Ricardo Osorio, o el jefe medio que todos hemos conocido alguna vez, con un concepto propio del poder, la eficiencia y los buenos modales, que vive inmerso en un mal disimulado complejo de inferioridad y una caballuna “midlife crisis”. En una Bogotá de ladrillo y apartamentos que promueven el anonimato (pero que podría ser cualquier ciudad moderna), y en una Empresa que oculta, en su imposible geografía física y humana, metáforas para todo. Al contrario que otros ejercicios de análisis del poder (de ese mediocre poder de las jefaturas intermedias), García Ángel se reserva un rinconcito para la ternura: la bajeza y la mezquindad de su personaje, puestas en el relato de una despiadada forma, no nos permite, sin embargo, odiarlo. El autor se guarda siempre una baza, y nos hace ver que el jefecito no es ni más ni menos despreciable que cualquiera de nosotros.

domingo, 22 de abril de 2007

Representar lo irrepresentable

Pat Barker hace lidiar a sus personajes con la violencia y el problema de su representación en el arte.

Pat Barker
La Doble Mirada
Traducción de Ana María de la Fuente
Salamandra

La doble mirada parece pertenecer a ese tipo de narrativa actual de apariencia amable, con una historia sencilla y digerible, agradable ambiente extra-urbano, y personajes sensibles e inteligentes; dotados de complejidad, pero no raros. Anécdotas y tipos humanos que le sirvan al lector de fórmula de escapismo, que lo lleven a espacios alejados de las archisaturadas ciudades y aún así no pierda la facultad de reconocerse en ellos. Parece ser ese tipo de narrativa pero, afortunadamente, hay más. Se sobreentiende, en todo caso, de una autora que tiene entre otros el premio Booker. En la novela, acompañamos a una escultora, ya madura, que ha perdido a su marido; se recupera de un accidente automovilístico mientras tiene que acometer la creación de un Cristo desnudo de gran tamaño. Un hombre, periodista en corresponsalías de guerra hasta hace bien poco, abandona los campos de batalla mientras su matrimonio lo abandona a él; se refugia en la campiña del Norte de Inglaterra para escribir. Allí se conocen Stephen y Kate, en una trama de esas que no ponen sobre el tapete grandes acontecimientos, sino leves y sinuosos movimientos internos, vitales; el paralelismo de los dos protagonistas es una muletilla, una cortina de humo, que dejará las opciones obvias al margen. Nada es lo que parece, a simple vista, en esta novela.

Entre ambos, encallado, Ben, el marido de Kate y ex compañero de fatigas del periodista, fotógrafo que ha muerto víctima de la violencia que se obligaba a capturar en sus imágenes. Porque, en la presencia-ausencia de Ben y en su legado, que los dos alimentan a su manera, reside uno de los temas centrales. La apariencia versus lo que hay más allá, la cantidad de capas que se interpone entre lo real y nuestra percepción, la representación ocupando el sitio de lo real. Stephen encarna la cara “grandilocuente” del asunto, queriendo reflexionar en su libro acerca de cómo son representadas las guerras en los medios de comunicación (con la muerte de su amigo como sarcástico hilo argumental); pero el tema de fondo recorre cada pliegue de la trama: cuánto juzgamos a las personas por sus apariencias, cuánto de lugar común y formulismo hay en nuestras relaciones, cuánta responsabilidad llevamos en el fracaso de éstas, ofuscados por “lo aprendido”, “lo aceptable” o “lo cómodo”… La escasez de acontecimientos sólo esconde, a la vista directa, la capa subterránea de maldad, el avasallamiento de la crueldad; que está, parece decirnos Barker, tanto en lo que hacemos como en lo que dejamos de hacer.

El gran problema ético y estético que se encuentra en la cita de Goya (“No se puede mirar. Yo lo vi. Esto es lo verdadero.”) habla de la difusa línea divisoria aplicable a la representación de lo atroz, lo horrible o lo cruel; pero, del layer del arte, la autora nos conduce a otro nivel, a la siempre injustificada irrupción de la violencia en nuestras vidas, a la forma en que ésta borra de un plumazo lo que creíamos cierto y mancha en adelante las experiencias. Con un pulso narrativo firme y ágil, sin abusar del suspense innecesario o del golpe de efecto, sucede que, a ratos, la acción se recarga de una discursividad que hace escaso favor al avance, los razonamientos de cada personaje ralentizando la narración. Es así que los bordes entre las situaciones dispuestas y las tesis que nos quieren transmitir se difuminan. Junto al gran sustantivo, los pequeños detalles, y el contraste produce una sensación anómala. Pero aquí, otra vez, las apariencias poniéndose a la altura de lo real, y jugosos momentos de clímax y anticlímax para aplacar las iras. El lector vivirá en un perpetuo desplazamiento “moral”, pero en especial sufrirá esa confusión respecto al personaje de Peter Wingrave, un misterioso exconvicto del que nadie parece saberlo todo: de él se espera, por principio, que gatille cierta acción. Sin embargo, todo está en suspenso, y la media docena de brillantes secundarios nos llevan a lomos de la incertidumbre y el desamparo. En La doble mirada hay que mirar, ciertamente, dos veces, para obtener una impresión menos engañosa, aunque nunca verdadera.


//Esta reseña no fue publicada previamente. Una versión breve aquí. //

jueves, 19 de abril de 2007

La doble mirada (reseña)

Publicada en GO magazine (abril 2007)

“La doble mirada”
Pat Barker

Salamandra


“La doble mirada” parece pertenecer a ese tipo de narrativa amable, construida sobre una sencilla anécdota, agradable ambiente no urbano y personajes sensibles e inteligentes; complejos, pero no raros. Narrativa que sirve al lector como vía de escape, pero en la que no deja de reconocerse. La autora de “Línea difusa” pone en bandeja algo de apariencia “light”, para colar por debajo mucho más. Afortunadamente.

Kate es una escultora que debe sobreponerse a la pérdida de su marido; se recupera de un accidente automovilístico mientras acomete la creación de un Cristo desnudo y majestuoso. Stephen, corresponsal en el extranjero, abandona los escenarios de guerra a la vez que su matrimonio lo abandona a él. Hasta la campiña de los alrededores de Newcastle lo persiguen los fantasmas de víctimas a las que ha visto morir en todas partes del mundo. Busca un reencuentro con la realidad, pero choca contra los prejuicios. El verdadero envés de la novela es la hegemonía de la representación como sustituto de lo real. Entre Stephen y Kate, media docena de personajes, portadores de dramas como la posibilidad de reinserción de un delincuente, la pérdida de la fe, los dilemas morales de la experimentación con embriones o la lucha diaria que supone acarrear ternura-oxígeno a un matrimonio. Entre ambos, también, Ben, el marido muerto, encarnando en su absurda caída la catastrófica irrupción de la violencia que lo altera todo, en un solo segundo.

miércoles, 11 de abril de 2007

Un hombre: Klaus Klump (reseña)

Reseña publicada en Clone, enero-febrero 2007.


Un hombre: Klaus Klump
Gonçalo M. Tavares

Mondadori

Qué le sucede a un hombre fuerte en un contexto de guerra. El portugués Gonçalo M. Tavares –autor aún por descubrir aquí- se propuso esta cuestión como fondo en la primera novela que le han traducido al español (lleva cuatro años publicando sin pausa en su país). Este libro debe, por tanto, tomarse como aperitivo, como una degustación (breve e intensa) de lo que está por llegar. Con “Un hombre: Klaus Klump” (perteneciente al ciclo llamado de “novelas negras”) el autor investiga en la materia ausente de la naturaleza, en la violencia que produce la guerra sobre los hombres, en la forma maleable de las conciencias y el tejido social. La lectura de esta novela es de una intensidad no apta para cómodos. Hay algo de destilado en esta prosa, una cualidad de decantación que la hace espesa y consistente, y mucho más compleja de lo que podría uno esperarse. Se trata de una literatura –alta, por las miras, por la ambición - que apuesta por concentrarse en las cosas, por usar lo material del mundo (perros, ruidos, olores, manos, pelos, llagas, cuchillos y balas), al tiempo que fomenta el pensamiento. Con una cualidad analítica propia de la filosofía, con fervorosa confianza en la palabra, pero al mismo tiempo, desde la humildad, evitando como la peste entregar respuestas cerradas, Tavares se sitúa en la mejor tradición europea que hace hermanas a la narrativa y la ética. Pocos se atreven hoy por hoy a abrir con el bisturí del lenguaje la sustancia moral de los tiempos y de los hombres.