viernes, 28 de noviembre de 2008
Rock para Satie
No en vano los funcionarios de la música llevan levita aún, hoy en día.
Unos por allá, disfrutando sus fox-trots. Otros por aquí, ensimismados en las sinfonías románticas. Algo tuvo que romperse, alguien tuvo que venir a proponer un acuerdo, un inapropiado matrimonio. Fue a finales del XIX. Una figura inclasificable, incómoda y desleal en todos los campos, se adelantó a los movimientos vanguardistas del XX que, de entre todas sus algaradas fundamentales, dispersaban el imperativo de sacar el arte a la calle. De devolverle la vida.
Eso lo vio Erik Satie ya por los 1880, y los 90. Fue muy tímido, fue paso a paso, tuvo que llegar la guerra y entonces las visiones que albergaba estallaron en inusitadas concordancias con gente veinte, treinta años menor que él (que se llamaban Jean Cocteau, Léonide Massine, Darius Milhaud, Georges Auric, Francis Picabia o Pablo Picasso). Satie, como nuestro infinitamente querido amigo Cocó, amaba la juventud. Su esencia.
Daba lo mismo qué atuendo llevara. Hasta con un enterrador muy compuesto llegaron a compararle. Él llevaba la juventud en el fondo de los ojos chispeantes.
Y, sin embargo, se candidateó varias veces a la Real Academia de Bellas Artes de Francia, porque así era como debía ser: romper el sistema desde dentro. Vanguardia antes de las vanguardias.
Esta noche asistí a la ejecución de una obra de Satie, el ballet Parade. Quince minutos de desfile primordial, fiesta de lo cosmopolita, grito de paz y sensualidad de Francia que, en 1917, vivía asediada por la guerra con Alemania. Pero seguía estrenando ballets y los detentadores del poder político, económico y cultural querían hacer más guerra dentro del teatro. Pretendían usurparles lo suyo.
No fue el único que se tuvo que enfrentar a esta carroñera clase: lo estaban haciendo Stravinsky y algunos otros. Los norteamericanos, sin embargo, tuvieron que tomar el relevo en este desaguisado.
Satie, aliado con un fab-four que quizá no entendía del todo sus pretensiones (escasas) en lo musical, trataba de pervertir el gran arte llenándolo de ritmos del cabaré, de sonidos negroides que nunca antes habían entrado en los sagrados templos del arte. Sí, antes que Stravinsky y que Ravel, ya había incorporado el ragtime a su música.
Desnudó de viejos símbolos, de vana sensiblería, de encallecida emoción la música de su tiempo y produjo algo como Parade. Que no es la única obra –ni la mejor- pero que hoy es mi excusa para dedicarle este rock.
Mientras la orquesta (RTVE, Teatro Monumental, 27 nov. 20 h. Madrid) acometía el Prelude du rideau rouge, enfatizando el vaivén y la cadencia de baile, yo quería levantarme y saltar y vibrar y lanzar un ¡hurra! por tamaña buena nueva: el arte salió de su escondite, la música es para todos, ya no son necesarios ocho años de conservatorio para apreciar una pieza musical, ¡Satie nos hace libres!
Mis esforzados funcionarios de levita llevaron para la ocasión un arsenal de instrumentos percutivos como los que, se cuenta, puso en escena Cocteau para amenizar la partitura: un bombo con bolas de bingo (muy apropiado dado el público), una máquina de escribir, una ¡pistola de fogueo!
Ah. No es así. Nadie gritó hurra. Se estremecieron en sus asientos y aplaudieron debilmente al director –nada que ver con aquella gloriosa befa de esta clase social que hizo Cortázar en Las ménades. Ha pasado casi un siglo desde su estreno. Todo sigue igual. El “gran arte” es sólo para unas pocas señoras con perlas colgando de las orejas larguiruchas y el sempiterno caramelito envuelto en plástico haciendo cric-crac entre los dedos. Satie sigue sin ser entendido. Agarran sus preciosas Gnosiennes o Gymnopédies para ilustrar escenas de películas que deberían desaparecer por ineptas (Elegy, The painted veil), tratando de hacer pasar sus acordes por música romántica: aquello que más detestaba el francés.
Se aplauden sólo las viejas formas. Aquello que no implica mi participación, no más que mi aceptación pasiva. Pero aquí, esto va de rock. No de ESE rock. Va de Frank Zappa. Va de romper la cara a las convenciones. Va de visionarios, como John Cage, el artífice de que algunos, cultos u (o)cultos, podamos apreciar a Satie hoy en día.
Me gustaría poder decir que Le sacre du printemps o Pierrot Lunaire son las obras cumbre de la música del siglo XX. Mi educación musical no da para tanto. Con Parade, tengo algo que está muy cerca del rock, de mi música, de esa que apreciamos sin entenderla: tengo estribillo, cut’n’paste sensual, pastiche estilístico, orquesta sinfónica involucrada en una performance como de los años 60, viejas saltando de sus asientos, pelos erizándose, apareamiento de lo elevado y lo popular como debe hacerse en las mejores familias. Como de hecho se hace en mi familia. Y aquí, donde mi corazón no entiende de etiquetas y adora en lo más profundo a Erik Satie.
Me olvidaba: un regalo que se llama Parade (sólo el preludio).
domingo, 16 de noviembre de 2008
Melancología 1: contra la tristeza

Me dijeron que el tal suplemento de hace ocho días –presto oídos constantes a muy pocas cosas, así me va- estaba dedicado a la melancolía y me alegré. Que esto suene contradictorio es mi objetivo. Más tarde, cuando lo tuve en mis manos, me sumí en la melancolía, porque estaba dedicado de una manera muy tibia a algo llamado “tristeza”. “Bienvenida tristeza”: la palabra “melancolía”, que no debe ser tomada como sinónimo de ésta y donde nuestros especuladores de la cultura deberían tener una más frecuente morada, aparece en la portada, en un subtítulo aclaratorio, y se lee muy pocas veces más, en razón de una por dos más o menos.
No le hago ascos. Me enredo en el artículo central y los despieces. Ramón Reboiras firma el primero de ellos, “Oleada de tristeza”. Su oportunismo no puede ser más ramplón ni peor sufragado. El texto de tres páginas parece girar en torno a la premisa “el otoño del 2008 viene cargado de obras que invitan a sumirse en la pena”. Que el otoño se preste a solazarse con piezas directamente recogidas del árbol de la sabiduría –origen de la melancolía- es un lugar común, el peor de todos.
Pero como hija de Saturno, feliz de poder contemplarlo a un par de palmos de Venus en las tardes luminosas de este fantasioso otoño, he de llegar hasta el final. Que ESTE otoño en particular venga cargado de obras que se nutren de pesadumbre, de negritud o abatimiento, es definitivamente moda crítica. El artículo pretende trazar unas ondas iso-anímicas entre ciertos productos de nuestra cultura reciente –pero echa manos de asuntos que nacieron hace algunas temporadas o que aún están por venir- y, traído con los ejemplos que está traído, el argumentario es absolutamente gratuito.
Porque: que el lado tenebroso inspire obras, ¿qué significa? La tristeza “acaba de desembarcar en la cultura”, se puede leer. Por dios, obras amalgamadas con esos materiales las ha habido desde que el hombre es hombre y no se trata de moda. ¿Lo nuevo es, pues, que el mercado prefiere a los corta-venas? ¿Que la “tristeza como actitud” está ocupando los ámbitos destinados a trabajos de liviandad orgiástica y escaso peso metafísico? ¿Que de pronto todo consumidor ha descubierto al gótico autoflagelador que lleva dentro?
Pues no va por ahí. Éste no es un otoño más negro, culturalmente, porque lo son todos los otoños. Sólo hay que estar atentos. Hacer coincidir el inicio de la argumentación con el suicidio lamentable de D. F. Wallace –y no para de hablar de suicidas, como si eso refrendase alguna de estas estupideces- no es sino un desafortunado desatino. Juntar en un mismo párrafo a Carla Bruni y a Sylvia Plath, otro.
Que los materiales de que se nutren estas supuestas obras tristes –habrá que creerle acerca de Los abrazos rotos o la película de Arriaga, The burning plan, pero me da que no va a ser más conmovedora que un galipo de pavo- sean el lado más turbio de la experiencia humana es simplemente lo que debe ser, porque cualquier creador medianamente consecuente ha de abominar de las disneylandias para alcanzar cierto éxtasis.
Puedo creerme la profundidad del último Murakami, pero aún me resisto a admitir la ciénaga en el último Auster (habrá que leerlo), quien suele dejar el pesar y la alegría fuera de las manos de los hombres y mujeres que pueblan sus historias. ¿Björk? Sí, se aleja de las fórmulas del pop con cada álbum, no necesariamente hacia lo hondo. ¿Nick Cave? Viene usando los mismos materiales desde hace casi treinta años. ¿Sigur Ros? ¡Pero si Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust es el disco más luminoso que han parido los islandeses en toda su carrera! Ah, pero, entonces, quizá el hilo conductor del artículo era el de atrapar obras “difíciles” por poco obvias…
La tristeza no es forjadora de nada, y como todo estado de ánimo, más bien malogra la creación. Pasa con este artículo que le faltó coherencia, pero sobre todo valentía. Lo que está debajo de las obras de arte es la melancolía, y básicamente está debajo de todo, en todas las vajillas descascarilladas, dentro de todos los jerseys baratos llenos de bolitas a la segunda puesta o por encima de cada emprendimiento humano. Emocionar es tarea fácil, se consigue con un buen caldo de pollo. Esther Ferrer nos lo dijo, a los asistentes a su última performance madrileña, privilegio de unos cuantos que asistíamos a un curso en el Goethe Institut hace pocas semanas. Lo verdaderamente complicado es invitar a la reflexión y a la procreación de obras, eso es otro cantar.
La tristeza, si de ella se quiere hablar, está en obras tan supuestamente alegres como el “Regreso al Futuro 4” de Muchachada Nuí.
Y, sí, podemos gozar así de bien de listas muy negras…Pero no de esta lista, desde luego. La verdadera tristeza tiene otro nombre. Bonjour tristesse bien podría haberse llamado "despertar a la melancolía". Y aquello de "Tristessa nao te fim" es completamente cierto, sólo que esa tristeza perenne es otra cosa. El libro, Melancolía, de L. Földényi se ha reeditado este otoño en Galaxia Gutenberg y no se menciona. Plath murió hace muchos años y la legión de admiradores no deja de crecer. ¿Qué pasa con Portishead, que firman el álbum más terminal del año, lleno de clicks rotos, de samples estropeados, de anorgasmia cualitativa? El caballero andante Avishai Cohen cantando Alfonsina y el mar, eso lo resume todo. Y Rembrandt, sí, sí es triste, pero sobre todo melancólico, de principio al fin. Los ojos de esa mujer central en Sansón y la boda hablan por sí mismos: ¿nunca te sentiste como ella en medio de una multitud regocijante y quisiste ametrallarlos a todos o bien administrarte una sobredosis que detuviera para siempre la facultad de sentir?
La tristeza no es arte, más allá de que sepamos nutrirnos de las experiencias que proporciona. La melancolía fecunda el arte y está agazapada en todo, pero mucho, mucho más allá. Sin embargo, no tiene buena prensa y se trataba de seguir alabando las liviandades orgiásticas, un poco más teñidas de negro esta vez (¿Tim Burton? ¡Ay! Valiente hubiese sido anotar una obra realmente dolorosa, quizá demasiado, como Tideland de Gilliam). No me como aquello que se escribe con “lágrimas de rimel”, prefiero El ardor de la sangre que corre debajo de todo esto. Lo demás es pose y estrategia.
jueves, 6 de noviembre de 2008
Melancolía (reseña)
"Melancolía"
László F. Földényi
Galaxia Gutenberg

Tenemos dos tipos de compradores potenciales para este libro: los que "adoran" el grabado de Durero y los que se sienten identificados con la palabra que le da título. A los primeros, el libro les defraudará. A aquellos que agarren el término cada vez que se les muere un canario o se levantan con resaca, también. Porque la melancolía es algo bien distinto de la tristeza, tanto como lo es del hastío, aunque participa de los dos. El concepto, en nuestra época, está teñido de un deje pusilánime, incluso mojigato, y si te atreves a llamarte a ti mismo melancólico atente a las consideraciones de posero que te aguardan. Pero el mal está ahí, desde muy antiguo. Para el autor, la historia parte con los griegos, que acuñaron la palabra tal como nos ha llegado, y con un exhaustivo, bello y erudito ensayo recorre las acepciones del término, los famosos afectados, los efectos de la melancolía en el arte, la música, la filosofía y, aún más importante, el desastroso encaje del fenómeno en las sociedades de cada época. Porque el melancólico es un ser que difunde su propia enfermedad en todos los órdenes, simplemente cuestionándose la buena marcha de las cosas, recordándonos la presencia de la muerte en cada espúreo acto de la vida. Es un libro que, de tan erudito, resulta incontestable. Y su amplísima colección de apuntes, reflexiones, análisis de la pintura o textos reseñados persigue un único fin: situar la melancolía como forjadora de algunas de las más importantes páginas de la cultura.
//Publicada en Go Magazine, noviembre 2008//
viernes, 14 de septiembre de 2007
Afterpop: la literatura de la implosión mediática (reseña)
Afterpop: la literatura de la implosión mediática
Eloy Fernández Porta
Berenice
Afterpop no es un libro. Es colección de artículos, conectados con hilo fino y sin apretar demasiado. Una exposición, a priori, de las falencias de la crítica literaria, la que se expele a diario desde los púlpitos periódicos, y una exhibición de las características de una nueva sensibilidad practicada, hoy, por muchos de nuestros autores. El campo de juegos literario está siendo puesto del revés, y es aquí que el crítico, aferrado a categorías caducas, rancias, se debate panza arriba. Crítica de la crítica y luz sobre lo oscuro. Afterpop no es una lección. Es una guía, abierta, amplia y acogedora, pero no sencilla de penetrar. Su mayor atractivo es, permítanme, su complejidad. Una idea no es mejor cuanto más enrevesada se presente, pero en el libro de EFP, ese elemento –la sobresaturación de nombres y referencias, la catarata expansiva de anclajes, ejemplos y citas- es una simple gozada. Ampliemos esto: en cada uno de estos ensayos hay sufiente material para sostenerse por sí solo; pero el armazón conceptual se afirma, se agiganta, mediante elementos que “narran” su situación geo-cultural, su “aquí y ahora”. Afterpop no es un ensayo. Es un hallazgo: de una forma de pensamiento reptante, sinuosa, aglutinante, incómoda, pérfida y pervertidora. No hay nada fijo, ni tesis ni leyes. Es un relato de ideas. Algo recorre su articulación: la voluntad de no dejar títere con cabeza. No es iconoclastia pura y estéril. Es salvaje y fértil iconoclastia. Y tan, tan brillante, que ciega.
miércoles, 25 de abril de 2007
Una vida menos vivida
No se enfatiza como se debería, en los análisis de la cultura, el papel del tedio como afección fundamental.
Lars Svendsen
Filosofía del Tedio
Traducción de Carmen Montes Cano
Tusquets
Probablemente no sea casualidad que una reflexión sobre la importancia del tedio en nuestra cultura llegue desde Noruega, uno de los países más ricos del mundo: la tesis sobre la que pivota este ensayo es que nuestras sociedades, que producen abundancia de bienes, proveen también aburrimiento en dosis descomunales. ¿Por qué el tedio? Svendsen no pretende explicarlo de una manera universal, sino que adscribe el fenómeno en un contexto filosófico y cultural: Occidente y la tradición de pensamiento posterior al Romanticismo. La “conciencia de pérdida” sobre la que se asienta la filosofía contemporánea parte de ese momento. El enfoque es restringido, pero admite así menor margen de error.
Por eso trata del tedio, y no de la melancolía (barroca) o de la acedia (medieval y privilegio de religiosos). De las muchas formas de aburrirse del hombre contemporáneo, desde el bostezo provocado por una historia mal contada hasta la parálisis que sucede cuando el tedio se convierte en un filtro que interrumpe la recepción de estímulos. El absolutismo del individuo que trajo la muerte de Dios y otros sucedáneos dejó al hombre en la tesitura de establecer él mismo sus límites, y este individuo sin asideros buscó desplazarlos siempre un poco más allá, en busca de un contenido propio para la individualidad. Eso hace el libro, recorrer esos límites.
El viaje, aunque algo tramposo, repasa formulaciones literarias y culturales, desde la poco conocida ‘William Lovell’ (la “novela clásica sobre el tedio”), hasta su paralelo post-moderno, ‘American Psycho’. Se detiene a analizar qué creaba el aburrimiento existencial de los inquietantes personajes de ‘Crash’ (en la novela y en la película de Cronenberg), así como de los personajes de Beckett, que parecen haber renunciado definitivamente a darse sentido. Y vamos adentrándonos, de la mano de Pascal y de Pessoa, de Cioran y de Warhol, en esa “borrachera de no ser nada”, esa “no-vida” que tan bien sabrían retratar los grupos goth de los primeros años 80 (véase ‘In the flat field’ de Bauhaus).
Puesto que el aburrimiento es una afección universal, el viaje contiene estaciones aptas para todos. Pero se ha de estar preparado para la descripción de algo que, más allá del aburrimiento situacional –producido por las circunstancias-, es capaz de tomar por asalto al individuo, toda su vida y su visión del mundo; es lo que llama, siguiendo a Heidegger, “tedio profundo”. Y todas las estrategias posibles (para combatirlo, obviarlo o superarlo) se revelan inútiles. Desde plantarle cara mediante el trabajo (Nietzsche) hasta la vía del esteticismo extremo (Schopenhauer), pasando por la respuesta decadente (lo nuevo) o la post-romántica: la transgresión. El tedio existencial, el tedio profundo, no sólo no tiene rival, sino que es una puerta a una forma de conocimiento “superior”, a una responsabilidad esencial con el yo. La afección es, en última instancia, una invitación a la filosofía.
Esta es, quizá, la conclusión de mayor peso que contiene el libro, donde toda la argumentación, sostenida sobre “autoridades”, es de un pragmatismo preocupante. Las experiencias descritas se yuxtaponen para demostrar que el tedio es un producto de nuestros tiempos, contra el que poco podemos hacer, y la “salida” que se nos ofrece como plausible es investigar en la afección, reconocerla, como haría un enfermo crónico con su enfermedad. Aprender, al cabo, de ella. Cuando la revolución del Romanticismo nos ha abocado a un callejón sin salida; cuando el individuo se encuentra en la encrucijada de procurarse a sí mismo sentido, encerrado en una sola vida que le demanda que se comporte como consumidor, que se adscriba a modas, que suscriba credos o que practique el fanatismo… Cuando hace presa el aburrimiento, sobreviene la gran indiferencia y acecha el relativismo, la propuesta de Svendsen es la filosofía. El popurrí bien dirigido (y digerido) de referentes intelectuales que es este libro se revela una útil herramienta para verle las orejas al lobo.
//Esta reseña no ha sido publicada previamente. Una versión breve aquí.//
lunes, 23 de abril de 2007
Filosofía del tedio (reseña)
“Filosofía del tedio”
Lars Svendsen
Tusquets
Esta es (¿verdad que sí?) la mejor época para enfrascarse en un delicioso ensayo llegado desde la fría Noruega, uno de esos países que, de tan avanzados, ofrecen una vida plena de posibilidades de tedio a sus habitantes. El tedio, más que un sinónimo de aburrimiento, y sin contar con la buena prensa de la melancolía, determina rotundamente nuestra época; constituye una de las afecciones privativas del ser contemporáneo y caracteriza a la cultura nacida a partir del Romanticismo. Eso intenta demostrarnos Lars Svendsen en este libro, que recoge y analiza de forma exhaustiva la tradición filosófica y la mucha literatura que el tedio ha suscitado. Cómo la desaparición de la colchoneta de la espiritualidad que nos sustentaba abocó a los románticos a centrarse en su individualidad, y cómo esa individualidad se reveló incapaz de darse sentido a sí misma; la creación incesante de necesidades artificiales y la satisfacción sin pausa de esas necesidades; la nada que nos erosiona la sensibilidad (a decir de Cioran) o la nada sin cualidad alguna (en el Bernardo Soares de Pessoa), el tedio es el maligno fundador de nuestra forma de entender el mundo y de algunos de los mitos más importantes de la contemporaneidad. Desde Thomas Mann a Andy Warhol, desde Beckett a Bret Easton Ellis, pasando por Kierkegaard y Handke, y hasta la objetivación del vacío que expresó Ballard en ‘Crash’. Cuando, entre polvorón y polvorón, los bordes del mundo se te difuminen, harás bien en acordarte de este libro.
