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jueves, 14 de julio de 2011

Hitos


Tengo unas ganas que no os las imagináis de parar, cerrar la tapa del portátil y no abrirlo en cuatro semanas. Algo quimérico cuando una es autónoma, freelance, y depende exclusivamente de su trabajo. Tanto haces, tanto ganas, y ganas poco por cada tanto.

Stop complaining.

Hoy sólo vine a recoger uno de los pequeños grandes hitos de todo lo sumado durante el curso. Evaluación final, me pongo un notable.

Comenzar a colaborar en el Cultura/s de La Vanguardia, como ya dije por aquí, ha sido algo realmente grande: por primera vez me colaba en un suplemento cultural, y no uno cualquiera (quizá el que más me gusta de toda la prensa española).

Aquí os dejo los dos últimos artículos -hasta aquí he podido fabricar-.

En febrero salió el titulado Linchamientos 2.0, sobre la muy extendida costumbre de montar ejecuciones públicas digitales, esa cosa.

Hace un mes largo apareció Macarena: patrona del procomún. Me gustó infinito escribir sobre la investigación y la música producida en el entorno del ZEMOS98 sobre las derivas de una canción tan horrenda, tan mítica y tan ladrona.

De regalo os dejo un disco estupendo, que podéis descargar sin culpa.

domingo, 8 de mayo de 2011

El trepanador de cerebros - Sara Mesa

Hace mucho tiempo que no pego por aquí las reseñas que voy publicando en diversos medios (notodo.com, Go Magazine, Qué Leer). Y el motivo de reabrir este blog hace ahora cuatro años (sí, tuvo una primera vida, ya inexistente) fue el de "mostrar" el trabajo. Si ese trabajo de reseñar en medios es subterráneo, aún tengo otra capa más escondida, más underground, que es la que dejo ver por aquí últimamente. Precisamente, la capa que no tiene existencia en ningún otro lugar, más que mis carpetas privadas.

Sigo reseñando, a trompicones, en Estado Crítico. Pego esta reseña porque me gusta especialmente cómo quedó.

Sara Mesa
El trepanador de cerebros
Tropo Editores, 2011

La idea de una mujer que vive rodeada de seres extravagantes e inadaptados que le hacen de familia. La idea de tener una familia de seres exageradamente normales, ausentes por completo. La idea de montar una orgía-fílmica hecha de puras palabras en torno a una “nalga”, con un enano por protagonista. La idea de no encontrar acomodo en este mundo, ni en los alerones periféricos ni en las catacumbas de los locales céntricos; ni comportándose como un asimilado al sistema ni extrayendo sin pasar por caja objetos de lujos de los grandes almacenes. La idea de una ficción que se desarrolla aquí al lado, con elementos reconocibles pero, eso sí, extraídos de los contenedores de desechos de nuestra sociedad. La idea de que la melancolía se arraiga y no permite pasar a la acción ni deja resquicio para la ternura o la más remota salvación. Sara Mesa ha jugado con estas ideas, y otras más, para componer una novela sin pretensiones, bien resuelta, narrativa y definitivamente sepia: no se decantó por un relato de signo rosa, por un argumento negro o por el análisis social amarillista; de esto, análisis o denuncia, también hay en El trepanador de cerebros, pero agradecemos que lo transmita a través de una gran confianza en la literatura. Y digo que sus tonalidades son sepia porque esta narradora sabe bien que no hay certezas tangibles ni verdades absolutas. Con algunos pasajes menos interesantes que otros, sin embargo llegar hasta el final reporta un buen balance de momentos lectores.

//Publicado en Go Magazine, mayo 2011//

jueves, 28 de octubre de 2010

Código fuente


Abrelatas es el maestro del código fuente. Lo conocí (él a mí no) en el Festival Zemos 98 del 2009. Cantaba con buena voz: "Código fueeeente... La remeeeezcla" y oficiaba de pastor del corta y pega. El festival se celebraba en Sevilla justo en el fin de semana en que yo viajaba a despedir a alguien muy querido. Otra persona querida estaba trabajando, casualmente, allí, y pasé algunas horas de aquel sábado en los actos del Zemos.

Esta mañana recibí un correo: me invitaban a enviar críticas quincenales a un diario sevillano. Sin ánimo oneroso y con honestidad, se decía en ese mail que aquellas colaboraciones serían "gratis, por supuesto".

Sin mentar al pecador, lo envié tal cual a twitter. El ejemplo, de tan extensivo, ya duele.

(Podría explicar aquí que mi primera colaboración periodística sucedió en el mismísimo periódico, hace ahora unos dieciocho años, y todavía estoy esperando cobrarla).

Abrelatas, Felipe, toma el entrecomillado y lo convierte en un microrrelato. En un #microrrelatos12. Esa etiqueta es una de sus muchas experiencias (de las muchas que desarrolla el equipo de Zemos 98) en twitter. Y es un microrrelato que, como le he dicho a él, lo tiene todo en tres palabras: amor, pasión, ambición, venganza.

Muy poquito a poco, estos muchachos salidos de mi misma facultad han ido penetrando el tejido cultural, no ya de la ciudad, sino de todas las redes. Trabajan codo con codo con otros muchos colectivos de creación, activismo y gestión cultural repartidos por el país y el mundo y crean cada año un concepto nuevo, un espacio de conversación e intercambio, que además se desarrolla durante todo el año con blogs, con publicaciones, con un programa de radio.

Estos chicos no paran quietos. El festival 2011, la décimotercera edición, ya tiene nombre y fechas. Deberías reservarte esa semana para pasarla en Sevilla y enterarte de qué es Zemos 98, aunque ni yo a estas alturas lo pueda explicar muy claramente. Es educación, es comunicación, es pasión por el intercambio y la reflexión, por la generación de narrativas para nuestras actividades, por la búsqueda de puntos de anclaje en la contemporaneidad distópica que nos ha tocado experimentar.

Es, en mi propia experiencia, un sueño de trabajo colaborativo. Tengo el honor de contarme hoy, tímidamente, entre las personas que forman parte de sus redes. Porque también he caído.

Y no voy a pedir derechos de autor. El microrrelato, cojonudo, es de Abrelatas.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El mal que nos ocupa

(La foto se la pido prestada a Gaelx)

Hace pocos días escribí que el #mal me había pagado, por fin, un proyecto (100 días de espera para ello). Si reflexiono sobre mis propias palabras, tengo que admitir que en un gran número de casos, es el mal el que me emplea.

Vivo de trabajos de todo tipo en el ámbito de la comunicación digital. Un poco menos, vivo de colaboraciones periodísticas. No formo parte del colectivo de periodistas en paro porque soy periodista de manera colateral -aunque orgullosa. Comencé a trabajar con dieciseis años y no ha parado hasta hoy (van veinte), pero si repaso el historial, realmente nunca he vivido del periodismo (ni cuando llevaba un programa de radio de dos horas diarias ni cuando era becaria en una redacción tipo “guía del ocio”). Quizá por eso esta “crisis del periodismo” (de los moldes económicos que lo sostienen, pero también de los cambios metodológicos y la aceleración desproporcionada en la producción de contenidos) me pilla un poco por fuera; soy espectadora, más que sufridora.

Quizá por eso no me afecta demasiado.

Todos trabajamos para el #mal: lo hacen los músicos que, en cuanto tienen cierto público, fichan por alguna discográfica; lo hacen los artistas que, nada más alcanzar algún renombre, aceptan encargos polémicos de empleadores turbios. Lo hace la empleada de hogar cuando entra a trabajar en casa de cualquiera y ese cualquiera la explota a ella y a doscientas inmigrantes sin papeles a las que obliga a trabajar en sus burdeles.

Todos trabajamos para el #mal y todos podemos seguir haciéndolo sin perder el norte, y aprovechar la más mínima oportunidad para instalar, ahí mismo, la maquinaria derribadora.

Con esto quiero entonar otro tipo de cantos. Como, por ejemplo, que no termino de entender a los cientos -o miles- de periodistas que se han quedado fuera de las redacciones, sin saber cómo reaccionar y tomar el toro por los cuernos (perdonen el lenguaje taurino, tan demodé).

El periodista, en un medio, también trabaja para el #mal.

Casi casi en todos los medios están más allá del "límite del bien". Cada cual dibuje su línea propia.

Cuando digo que me emplea el #mal quiero decir que quien me paga (malamente) las facturas son grandes corporaciones. Como, por supuesto, necesito que las pague alguien (no me puedo permitir el lujo de vivir de patrimonios inexistentes, como mi amiga Franziska von Reventlow), acepto todo tipo de trabajos. Y, tal como sé que mañana o pasado me he de morir, sé que en cualquier empresa que me dé trabajo, encontraré, sin necesidad de rascar:

- condiciones laborales de pena y explotación de su personal
- cero conciencia social
- delitos contra el medio ambiente o los derechos civiles, y muchas cosas más

Pero todos queremos trabajar. A ratos suspiro por un hueco en una redacción. Pero esto no lo tienen siquiera personas mucho más preparadas y curtidas en redacciones que yo. Stop del suspiro. Y sigo con mis proyectos.

Sé que trabajo para el #mal y sigo buscando el modo de hacer cosas para lo contrario. A costa de irme a dormir dos horas más tarde de lo que corresponde. Así que, sin ningún tipo de derecho, pero con el que me da ser de los vuestros, a vosotros, a los periodistas que sí estáis en una redacción, y a aquellos que perdieron su podio y engrosáis las filas del paro, como comunicadores sociales, creo que os puedo pedir algunas cosas:

- No comulgaremos con el #mal: una cosa es que pague las facturas, otra muy distinta que abanderemos su ideario

- Evitaremos en las redacciones escribir de lo que de verdad está pasando si lo que está pasando implica a personas físicas o jurídicas que pagan nuestro salario. Qué importa, tenemos otros medios para contar las historias verdaderas.

- Trabajaremos creyendo en lo que decimos, pero no por ello dejaremos de pensar lo que pensamos. Mantengamos la independencia necesaria para movernos como personas, periodistas que somos, al margen de la corporación, sus intereses y especulaciones, de la irrealidad que se nos pide alimentar.

- En los estrechos márgenes en los que nos podemos mover dentro del #mal, colaremos toda la información valiosa, socialmente importante, que se nos permita.

- Pero jugaremos fuera de esos márgenes y nos quitaremos horas de sueño para contar las cosas como merecen ser contadas.

- Inventaremos proyectos. Actuaremos con iniciativa. Dilapidaremos la herencia paterna en asuntos que eduquen al mundo. No esperaremos que la corporación nos cuide hasta el último día de nuestras vidas. Demasiadas veces hemos visto cómo un trabajador, que pensaba jubilarse tranquilamente en cierta empresa, es despedido sin contemplaciones. Haremos cosas gratis. Haremos cosas por nosotros mismos sin esperar retribución en dinero. ¡Nos autopublicaremos!

- Seremos generosos. Compartiremos lo que sabemos. Algún día la corporación, por esto o por aquello, no nos necesitará más. Ese día pondremos una tienda para coleccionistas de trenes antiguos o un hotel rural, y seguiremos contando lo que de verdad importa.

- El comunicador no puede esperar que ninguna empresa le ponga los medios para difundir su trabajo. El periodista debe esperar poder contar con una tribuna pública coherente y veraz, y hacer honor a ello. Pero si el medio de producción no es del periodista, el periodista no puede garantizar su independencia.

- Dejémosnos ocupar por el #mal, mientras éste resista. Que ya encontraremos otra forma de sobrevivir. Como escribe Milo J. Krmpotic' en Las tres balas de Boris Bardin: Siempre se conjunga en futuro, el verbo sobrevivir.



"Viva el mal, viva el capital", mira que nos lo repitió veces nuestra amiga...

domingo, 15 de agosto de 2010

Chicharras


Un día cualquiera de mitad de verano. Me dicen que en Madrid no se solían escuchar chicharras, ellas amenizando nuestro paseo por un parque en ese minuto. Como esos tipos humanos en los que nunca habías reparado (hombres con chanclas, mujeres de piernas velludas...) y basta una primera vez. Desde el minuto en que me lo hacen notar, las chicharras se hacen presentes.

Estamos en la segunda mitad de agosto y el balcón de mi casa familiar es el único sitio que hoy, a las cinco de la tarde, permite la presencia humana. El aire que viene de fuera arde, el aire de dentro de la casa cruje. La sombra de los árboles, de pronto, expele la canción desquiciada de las chicharras invisibles.

Sábado de julio. Madrid. Decido desprenderme de un poco de lastre e ir hasta uno de esos lugares en que compran lo que uno ya no necesita. Me saco veinte euros y me como un bocata en una picá de Atocha. No quiero meterme en casa, prolongo la tarde con la Historia argentina de Fresán y el suelo “fresco” del Retiro. Las chicharras cantan a pleno pulmón, yo envío un sms.

Hace pocos días. Sevilla. Los dos pianistas se afanan por hacer sonar sus notas en el Templete de la Isla de los Pájaros, Parque de María Luisa, concierto al atardecer y gratuito en un espacio que no deja verdadero lugar al disfrute de Schumann, Grieg o Debussy. Nubes de mosquitos se desquitan sobre algunas cabezas escogidas (la mujer con un peinado subido de laca, el chico dibujante con un cuaderno lleno de tinta y acuarela). Son los ¿elegidos? La distancia desde el escenario al público está poblada de cantos: las chicharras no se resignan a ser secundarias y, en ciertos pasajes, suben el volumen de una canción completamente descerebrada. La “música de mobiliario” definitiva, la que hubiese enamorado a Satie. Una rata espectacular, para asombro de los pocos que no se han dormido, recorre el borde del templete.

Cinco días en una isla del sur de la Península. No hacer nada. Trabajo constante. Apuntalar la tienda cada mañana y cada tarde porque el suelo es arenoso y las piquetas rebotan como si se tratara de goma. Avituallarnos, organizar bultos, mantenernos aseadas y no quemarnos con el sol, la sal, la arena y las caipirinhas. Mucho trabajo.

Saliendo de la isla, último viaje en el barco de regreso al pueblo. Sólo son las seis y quedan dos barcos más. Nos fletamos pronto, no quiero quedarme en tierra. Atestado. La última en subir es una mujer que parece un chico con perro. No uno, dos. Ocupa el sillón del fondo en la bodega, donde nadie ha querido sentarse. El perro obedece a su dedo y se sitúa debajo del banco. El otro, negro, pequeño, tipo felpudo, lo sigue. Ella también es negra y salvaje. Pelo corto y rulos naturales, los que aparecen después de muchos días sin agua. Delgadísima, las clavículas victoriosas bajo las tirantas de la camiseta, la funda de la guitarra que porta abulta más que ella: una de esas duendecillas sin sujetador, ojos verdes y piel ennegrecida, que podrían enamorar a simple vista a un Don Draper en busca de clientes portugueses. Según se coloque, la camiseta negra le deja ver los pechos. ¿Qué tiene? Tiene un dedo en la boca. Pone el resto de su mano al través de su cara y sonríe a veces -el espectáculo humano alrededor lo merece- mientras se chupa tranquila su dedo pulgar. Narices, cuando se quita la mano de la cara es insultantemente bella y ya no tengo ganas de escribir más. Entonces ya entiendo por qué el resto del pasaje me interesa tan poco y por qué ser chicharra también puede consistir en estar callada. Cantar sin motivo no quiere decir cantar sin ton ni son.

Cualquier día de estos, tratando de trabajar después del almuerzo. Los chorros de sudor me caen por los costados, y no me estoy moviendo. Los dedos machacan pero suavemente, un botón, otro botón, todas las teclas; aparecerá una rata en mi escenario, me digo. Cantarán más fuerte que yo las chicharras. Ellas no descansan a la siesta. Ellas apoyarán mis tesis tanto si están como si no. Sé que hay una vieja fábula que equipara a las pequeñas bichejas con el elemento antisistema, el desestabilizador e improductivo holgazán de todo grupo humano. Nada más lejos. Su producción es inmaterial, ni se vende ni se compra, no la podemos equiparar a algo tan grosero como el dinero. "La productividad", me gritan monocordemente, "es una falacia capitalista y nosotras sólo tenemos un objetivo en la vida: convenceros. Y qué si no tenemos empleador ni contrato de trabajo, ni seguros sociales ni prestación por desempleo, ¿vamos por ello a dejar de cantar?"

jueves, 15 de julio de 2010

Just a working girl (episodio 6)

Cap. 6 y final. Esclavos del siglo XXI

“La autogestión es una cárcel de otro signo“--- nuestra protagonista está dentro de sus pensamientos, viéndose a sí misma en sus jornadas que comienzan tan pronto deja a sus hijas en el colegio, que se interrumpen cuando va a buscarlas, que continúan cuando ya ha despachado meriendas, que se vuelven a interrumpir para dar un paseo o hacer la compra hacia el final de la tarde, que continúan después de que las ha acostado, hasta las doce, la una, las dos de la mañana, que siguen temprano tan pronto deja a sus hijas en el colegio...

Se despierta bruscamente, otra onda sísmica recorre su interior: la mayor parte de estas personas allí reunidas son treintañeros como ella. Se han educado en los ochenta, en la época de la egb y el bup, han pasado por la Universidad. Es gente que sabe hacer el corte, que se autogestiona en medio del dolor de la falta de recursos y re-emprende una y otra vez, resurgiendo de sus cenizas. ¿Serán posibles estos proyectos, ese espíritu crítico y esas ansias de encontrar mejores atajos dentro de quince o veinte años? Quiere creer que quedarán.

Queda la última parte del asunto: tres de los colectivos/empresas van a contar cómo se organizan. Los casos, en la voz de sus propios hacedores. Los proyectos, la política, la autogestión, los problemas diarios, la amistad, las retribuciones no dinerarias, los asuntos de la liquidez, la precariedad otra vez, la maldita precariedad.

Aquí todos estos se habían juntado para hablar de “disfrutar trabajando”, a eso venía nuestra mujer de mediana edad sin nombre ni ocupación exacta, nuestro minúsculo punto en la escala de la producción cultural, más consumidora que productora, más lectora que escritora, más oyente que ponente, más aprendiza que otra cosa. Siente que ha aprendido mucho más de lo que ha podido aportar. Por eso decide que recogerá todas las notas del día y medio y tratará de hacer algo con ellas.

Ve cómo uno de los dinamizadores de la jornada se retuerce de desagrado en su silla.

Algunos fuegos se encienden.

Todos están muy cansados.

Desde el exterior llega un gran reclamo. O un gran silencio.

España esta 0 a 0 con Paraguay.

El trabajo está hecho, y con placer.

Ahora toca ir al bar.


Títulos de crédito: http://paraquienesdisfrutamostrabajando.net/.

Agradecimientos:

Amasté

Atravesadas por la cultura

Aula abierta

Barra diagonal

Basurama

Creadores invisibles

Dabne

Derivart

Eguzki Bideoak

Exit

Hackitectura

Hormiga atómica

Investic

La Casa invisible

Liquidación total

Medialab Prado

Proyecto Traficantes de Sueños

Ptqkblogzine

Reu08

Serpica Naro

Transductores

Universidad Nómada


Exgae

YProductions

Zemos98

Los que ya son realidad. Por existir.

miércoles, 14 de julio de 2010

Just a working girl (episodios 4 y 5)

Foto prestada de suburbe, porque la etiquetó para ello.

Cap. 4 Placer en el trabajo

Empieza lo difícil. Detectar los problemas es casi pan comido. Proponer soluciones no lo es tanto. O estrategias, como allí se las llama. Este grupo, uno de los seis o siete que trabajan separadamente, tiene que examinar dos problemas: “la distancia entre los discursos cooperativos versus la realidad de la competencia” entre las unidades productivas, es decir, cómo conjugamos el espíritu colectivo con las prácticas neoliberales; y la “ausencia de espacios de politización y la falta de asociacionismo” en esta industria, cuando estamos hablando de trabajar desde la colectivización y contra lo mercantil.

Este grupo es distinto del primero. Aquí están mezclados de otro modo y casualmente hay tantos hombres como mujeres en el think tank. Tiene frente a ella a una mujer muy bonita, cuya boca grande y sonrisa y timidez le resultan familiares. No participa apenas.

Se habla de la visualización de estos trabajo en la sociedad: por qué se nos ha de pagar, en qué somos realmente útiles, qué tipo de cuantificación tienen nuestras labores, y cuál es el verdadero monto que significa la producción cultural en el seno de las economías urbanas. Discuten ideas pero es difícil dar con auténticas propuestas de acción. Llegan a varias que le parecen, a nuestra prota, importantes: ser honestos (aporta Iñaki) acerca de los presupuestos, las capacidades y los curricula, al menos con el fin de no pisotearnos unos a otros por una irrisoria cantidad de euros; la otra tiene que ver con el “presupuesto de los intangibles” (y es Javier Rodrigo quien lo entrega): las competencias en acto no son privativas del “talento individual” que permite elaborar el proyecto "x", porque éste se nutre de un capital extraído (y devuelto también, en alguna medida) al procomún, y en el presupuesto se debería contemplar el valor de la red en funcionamiento.

Todos allí han pensado mucho más que nuestra prota sobre estas cuestiones, previamente, y ella sólo sabe escuchar con la boca muy abierta, disimulando.

Y tras la deliberación, atraviesan el barrio de Lavapiés hacia un lugar que se llama Ésta es una plaza. Donde un colectivo de inmigrantes marroquíes les esperan, en un solar reutilizado como huerto urbano, con ensalada, cous-cous, refrescos, vino y pastelillos árabes. De pronto, aquí, se está desprendiendo de la mayoría de sus complejos y se siente a gusto: sin formar parte de ninguno de esos colectivos, con ellos hay lazos en las formas del trabajo autónomo, en la pretensión de depender exclusivamente de su creatividad para subsistir. Y el cous-cous está tan bueno...


Cap. 5 Jodidas pero contentas
Vuelven los participantes, cargando una silla de plástico al hombro, hasta el local donde se hacen las reuniones. Es la recta final: queda poner en común las soluciones delineadas, y las dos mujeres irán apuntando las propuestas de cada grupo en un telón de papel que se va llenando, a medida que la tarde avanza.

Perdió de vista a la de la sonrisa y la timidez. Buscándola, de pronto, se acuerda del motivo por el que le resulta familiar: hace casi un año, estuvieron las dos sentadas en el mismo espacio, dentro de una de las aulas de La Casa Encendida, compartiendo taller de literatura. Aunque, si ese recuerdo es verdadero, la chica no estuvo más que un día o dos.

Son muchas las mujeres, tantos como los hombres, en la reunión. De alguna manera siente que ellas, en todo caso, guardan más rabia. Más descontento. En algún momento, ha hecho una pequeña broma en voz alta: cuando se quería anotar, como problema, la existencia de un “falso autónomo” en las tareas creativas (no nos contratan, nos mantienen aparte, nos privan de los pocos derechos sociales del asalariado, pero estamos sujetos a las mismas obligaciones de horario y dedicación que estos), alguien dijo que también se podía hablar del “falso becario”: traigamos a alguno de los miles de millones de recientes licenciados sin experiencia laboral que le vamos a tener aquí ocho horas y se va a llevar lo mismo que si estuviese en prácticas, una palmadita en el lomo. Al hilo, desde el foso, ella dice: “¡y el falso esclavo!”. Algunas la miran y asienten. En realidad, quería decir, “el nuevo esclavo”. Pero ya no era la hora de las quejas, sino de la búsqueda de salidas. ¿Hay salida, alguna, de esta precariedad?

Nuestra protagonista se ha presentado voluntaria, como portavoz, para explicar las estrategias halladas en su grupo. Sabe que le costará, porque no cuenta con las mismas herramientas, carece de reflexión, le falta vocabulario. Los compañeros le echan una mano en el planteamiento. Todos los grupos hacen sus aportes. La pizarra de seis metros por dos se está llenando. Las mujeres trabajan a destajo. En el primer día, previo a la jornada de trabajo, las ponentes de Y Productions contaron que el patrón es bastante recurrente: las mujeres en las empresas/colectivos de producción cultural hacen más gestión; mientras que la visibilidad, la relación pública y la presencia en el ruedo, también aquí, se la llevan los hombres. Tal cual.

martes, 13 de julio de 2010

Just a working girl (episodio 2 y 3)

Et quoi que tu fasses? La foto se la tomo prestada a Alé.

Cap. 2. Saberes inútiles


Once y media de la mañana. En la puerta del local hay personas que conoce. Seis desconocidos entran en un local frente a la puerta del local de Traficantes de Sueños (tiene un nombre, que no puede recordar nuestra protagonista, pertenece a una asociación de mujeres del barrio).

Comienza la charla, su misión es delimitar los problemas que afectan al trabajo creativo. Dos personas, uno y una, hacen de directores de función. Participa, sintiéndose siente parte de, al mismo tiempo que extraña.

Le gusta lo que escucha. Le gusta la “dinamizadora”, que forma parte de un colectivo. Le gusta la atención tranquila que pone en todo lo que dicen los demás, y cómo va tomando notas en su portátil. Hay una botella de agua. Queremos trabajar y que nos guste. Casi siente la excitación, pero aquí no existen ni egos ni sexos. Tanto él como ella se dirigen al grupo (cuatro hombres, dos mujeres) como “las trabajadoras culturales”, las “productoras de la cultura”. Tiene todo el sentido, si hasta hoy hemos pretendido englobar al común de la gente bajo el masculino...

Se habla de problemas. Nuestra prota no tiene mucho que aportar, como colectivo, porque está claro que es una y no tiene mayor enredo con otras capacidades productoras (aunque le gustaría), pero sí es o se considera una trabajadora cultural. Le hace gracia la etiqueta, la hace sonreir. Le recuerda a esa otra de “trabajadora sexual”.

En nuestra teleserie, el lenguaje audiovisual ha sido sustituido por un lenguaje transversal, desarrollado desde el pensamiento. Nuestros telespectadores pueden recibir, sintonizando la frecuencia adecuada, qué es lo que pasa por la cabeza de los personajes. Así que vuelve a recordar uno de los leit motivs de estas jornadas: “trabajar y que nos guste”. Es muy complicado todo: estar en el mundo, ser productiva sin sentirse esclava, obtener un rendimiento suficiente y digno por las capacidades de cada cual sin sentirse vendida. Y son sólo las doce y media de la mañana.


Cap. 3 Matar la noción de trabajo

Dos preciosas mujeres están ahí detrás de los ponentes -portavoces de cada grupo- tomando notas sobre papeles dispuestos en la pared. Es la primera puesta en común, todos a la vez viéndose las caras.

Hay militancia, hay seriedad, hay sensación de que todo tiene un sentido. Eso es precisamente lo que buscaba nuestra protagonista. La legitimización a su soledad. Se trata de trabajar a todas horas. Uno no se hace creativo, uno ha nacido creativo, no tiene más remedio que seguir los dictados. ¿Qué es creatividad?

Creatividad puede ser no saber cambiar una casquillo de lámpara.

Nuestro personaje no puede imaginarse haciendo otra cosa que lo que hace, estar dentro de su cabeza, discurrir, imaginar mundos posibles. Sabe que los tiempos están duros, que puede necesitar bajarse los pantalones, o las bragas, para introducirse en una estructura económica la-que-sea. El telemárketing, le han dicho, tiene un convenio más o menos bien atado. Que puedes sacar 900 euros por ocho horas de trabajo y tienes todas las prerrogativas de un asalariado formal, bien protegido. La divagación se detiene.

Salen los portavoces, uno tras otro, y tienen que explicar los problemas que se encuentran las trabajadoras de la cultura en su día a día. Semi-intermitencia económica... Situación perenne... Falta de profesionalización... Dependencia económica de las administraciones... Canibalismo entre nosotros mismos. Porque se trata de subsistir.

Y ¿si fuésemos albañiles? ¿Si nos dedicáramos a colocar productos en los estantes del hipermercado? ¿Habría menos canibalismo? ¿Qué saben los vendedores o los mudancistas del procomún? ¿No tiene ninguno de ellos la sensación, a veces, de trabajar con intangibles, de dominar técnicas y saberes que no tienen ningún valor en la sociedad?

Todavía está un poco perpleja por el contexto en el que necesita insertarse para no sentirse (¡no, otra vez, no!) una alien: muchas de estas personas han puesto en marcha proyectos que dependen única y exclusivamente de la subvención o el contrato público. O es el Estado el que te permite ser, o es el Estado el que te permite existir.

Sin embargo, ninguno de ellos desea ser funcionario. Está en el último escalón de su escala de deseos. Como ella, lo que quieren es que su trabajo sea remunerado. Que sea remunerada su creatividad. Bien consista en realizar festivales, instalaciones o novelas.

Está muy lejos de sus aspiraciones profesionales, pero las reconoce. Cree que ha llegado la hora del café. De hacer networking.

domingo, 4 de julio de 2010

Just a working girl (la teleserie: Piloto)

Empiezo a escribir, recopilando apuntes de una larga jornada, y no sé si es este será un post o dieciséis. Pongamos que éste es el piloto de una teleserie.

TÍTULO: Just a working girl.

CREDIT TITLES:
Just a working girl... Schemes and missed appointments... Just a working girl... Dreams and disappointments...

Una mujer de mediana edad (me encanta la indeterminación de los lugares comunes, tan detestables) avanza por una calle, reconocible para quien viva en Madrid. Se imprime, sobre los planos generales, el rótulo: “Trabajo, todo es trabajo”.

Podríamos seguir con la cita, pero la dejo ahí. Queda más misterioso. Es un mantra para ella, no sabe bien qué es trabajo en términos marxistas, en términos de explotación capitalista, en términos de sentimentalidad. Sólo sabe que, desde la mañana a la noche, intenta rentabilizar los cuatro saberes acumulados en los cinco años de Facultad (eso da a menos de un saber por año) y los diez de práctica profesional, criar a sus dos hijas, subsistir en la gran urbe.

Toma el metro, la mujer, sabe que persiste la huelga pero entra, Colombia - Nuevos Ministerios - Plaza de España - Lavapiés. Algo la lleva. Algo persigue. No sabemos qué prisa puede tener un sábado a las diez y media de la mañana. Nada en su aspecto lo dice. Es una periodista. Periodista cultural, para más inri. Sus aspiraciones podrían estar delimitadas en esta cita:

"Una tarde, al despertar de la siesta, descubrí que todos aquellos con los que había hablado en la última semana tenían aspiraciones artísticas, el apetito de la cultura o la inquietud de hacer cosas. Aquello era muy empobrecedor."
Fernando San Basilio, Mi gran novela sobre La Vaguada.

Apetito. Inquietud. Morriña. Migraña. Hambre. Desde la pasión por lo que uno es y lo que ha decidido que es su profesión se llega al hambre. Hambre literal, no metafórica. Le ha costado muchas derivas personales, pero hace ya algún tiempo que sabe lo que quiere: demasiado tarde. El mundo no necesita sus saberes ni sus capacidades. No hay periodismo cultural. Prácticamente no hay periodismo. Los grandes medios mueren y hacen morir la profesión. Sabe muy bien -le vemos chasquear la lengua contra los dientes, cerrar su libro con desgana- que sus opciones han mermado: las redacciones blindadas, las colaboraciones, cuando aparecen, pagadas a la mitad de su valor. Escribir historias no cotiza.

La mujer está aterrizando en un local de la calle Embajadores. Vive en soledad profesional, remeda el intercambio vital con otros colegas a través de las redes sociales, y aquellas de pronto un día le dieron un dato: vamos a hacer unas jornadas "para quienes disfrutamos trabajando". Los que allí están, imagina, tienen medianas estructuras montadas en torno al trabajo creativo y la producción cultural. Ella es una mera contadora de historias que quiere dejar de sentirse tan sola en su trabajo. Empuja la puerta. Entra.

No se pierdan los próximos capítulos de “Just a working girl”: una telenovela de la esclavitud moderna.

Just a working girl (2)

Qué me queda de contar antes de meterme en otros fregaos... Colaboraciones recientes en Notodo.com, que han pasado sin pena ni gloria, en lo que respecta a este blog (y el porqué, si es que hay uno, tiene que ver con otras cosas que quiero contar en otra oportunidad).

Después del textito del amigo Zweig, publiqué esto sobre Mansos de Roberto Enríquez.


La reseña sobre el bestiario de amantes de Josan Hatero:

Y hace pocos días esta otra sobre Diario de las especies de Claudia Apablaza. Un libro del que todavía quiero hablar más.


Y hay muchos más libros, hay muchos más proyectos, hay muchas lecturas atrasadas y otras en curso. Hay mucho más.

martes, 23 de febrero de 2010

Idilio


Lo mío con 20 minutos viene de haber conocido a una persona del equipo hace ya tiempo, cuando comenzaba a ofrecerme seriamente en colaboraciones dispersas por publicaciones de todo tipo. No me valía con tener una hija de cinco años y un bebé de meses. Yo quería hacer.

Es esa persona la responsable de que me haya tocado una pequeña participación en un "especial", celebración del 10 aniversario del periódico, que se puede recoger hoy en los puntos de distribución del diario. No he dejado de preguntarme, mientras duró su preparación, si no podrían hacer los encargos que a mí me hicieron a alguno de los muchos que han sido despedidos de la plantilla. Todo el mundo sabe cómo está el patio del periodismo.

(También me contestaba: muchos "despedidos" no tienen necesidad de correr tras los trabajos, a veces realmente "migajillas", no es el caso, que se dejan al colaborador).

Puedo decir que, como nunca he trabajado en una redacción, aquí he tenido que recabar nuevas experiencias (como conté en esta entrada). También puedo decir que, hasta donde yo sé, nunca había contado mi trabajo con una difusión tan grande. Pensaba, mientras se me helaban las manos recorriendo el centro de Madrid y solicitando opiniones a los transeúntes..: ¡esto va a ser lo más parecido a la sensación del escritor que se encuentra, en un transporte público cualquiera, con un lector o lectora enfrascado en su libro! ¡Podré ir en el metro y ver cómo los sufridos y madrugadores disfrutan con mi trabajo y el de los demás! Porque me consta que un montón de gente ha tenido parte y ha arrimado el hombro para que esto saliera.

En cambio: he ido a mi parada de metro y he pedido dos ejemplares (uno para mamá, claro). He entrado en una cafetería. Llego allí sonriendo porque el señor de la cazadora de cuero verdoso está ojeando el "especial". Me paro allí, a su lado. Mientras abro mi especial y pido un café, el señor imitación jabalí ha doblado en cuatro el cuadernillo ("¡qué bien, se lo va a llevar!") y lo ha tirado a la papelera, a sus pies.

(Ahora sé, no cómo se siente el escritor en su turbia imaginación autobombística, sino cómo se sienten todos los que trabajan en el diario al pasear por un vestíbulo de páginas impresas flotantes).

Quien no pueda encontrarlo en papel (a estas horas del día, poco quedará), lo puede revisar online, aquí. Hay diez grandes reportajes (inmigración, sociedad del miedo, tecnología y ciencia, cultura, nuevas familias...) para tratar de pintar un cuadro sobre los diez años de cambios, desde la existencia de 20 minutos.

Mi grano de arena está en las encuestas a famosos.

El reportaje de los repartidores (¡gracias por ser tan majos!): en el papel se ve mucho más bonito, tengo que admitir.

Y las preguntas en la calle. Las diez, como ya expliqué. Están repartidas por los diferentes temas del especial, impreso, pero también están en estos videos.

Un idilio es siempre algo breve, intenso, sólo a veces hermoso. A mí me gusto mucho éste.

domingo, 31 de enero de 2010

Silencio


La verdadera crítica se acerca a su objeto con la misma ternura con que un caníbal se guisaría un recién nacido
Walter Benjamin
"No tengo ningún interés en pasar a la leyenda / Ni en morder las flores mientras hago el amor"
Esclarecidos

Tanto miedo vertido. Escondido. Agazapado. Sacando los colmillos.

Hace ya varios años que hago críticas. Las publico en Go Magazine (tan breves que no se pueden llamar así) y en Qué Leer; hace pocos meses en Estado Crítico. Y aquí. Soy una completa advenediza en esto de la crítica, las letras las llevo en la sangre sin haber pasado por la susodicha facultad, pero vivo en el mundo y consumo y produzco cultura desde mi humilde rinconcito.

Soy una lectora concienzuda y sé que, incluso sin las bases que muchos tienen y no usan, aprendo según lo practico. Nacieron las antirreseñas para dialogar de una forma muy íntima con los libros, seccionar el qué vale (para mí, como creadora) y el qué no vale. Se puede estar en todos esos mundos sin desfallecer.

Criticar no se puede parecer a arrojar flores al paso de un desfile. Hay que coger ese desfile y destriparlo cuando no exponga más que globos rotos. Criticar no debe ser dar palmaditas en la espalda porque una noche tuviste que sentarte a cenar con el autor y ya le conoces las muecas. Hay que ponerse una lija en la mano y frotar muy fuerte el hombro.

Los que producen no pueden esperar que el mundo absorba sus productos sin contestarles. No se puede esperar el silencio. Cómplice. Cobarde. Constante. Criticar debe ser como follar: o se hace con pasión, a gritos, o no se hace.

El problema está en ese silencio (como ha dicho Elena sobre este cómic). Muchos esperan que la crítica baje la cabeza, borre las señales, se lama las heridas (como pensaron que haría Echevarría en aquel famoso caso). Los hemos (mal) acostumbrado al silencio y no a lo contrario. Callar es tan desastroso como mentir, poner una sonrisita formal, emitir el terrorífico "no está mal".

Me arrogo el derecho de hacer críticas negativas, cuando los productos atentan contra la inteligencia del lector/consumidor al que se dirige.

Mi primer novio: estuve casi cinco años con él. Para cuando terminé la relación, aquello era como la cuarta parte de mi vida. Recién en ese minuto mis amigos y familiares se acordaron de decirme que les parecía un sumo gilipollas. Es que no hay derecho.

//'Tú me quieres callada... Y yo quiero que grites' 'Que no me acaricies' dicen Esclarecidos. Benditos.//

Más: Nuestro último programa, dedicado a la Nueva crítica.
La bienvenida del Sr. Brea, a quien le he robado la cita de Benjamin.
Y esta entrada va para Demonios tus ojos (autor de la foto que quiero que sea portada de mi libro, del que espero durísimas críticas), R (único crítico que he tenido), Manolo, Ale y todos los estadistas.

viernes, 22 de enero de 2010

Caritas


Muchos de los que me conocen no saben que soy, en realidad, alguien bastante tímido que se lo piensa siete veces antes de entablar una conversación con un desconocido. Algo bastante absurdo cuando se pretende ser periodista (pero siempre dije que yo era periodista sin vocación).

Así, uno de los últimos encargos recibidos me pilló de través cuando me dijeron que debía salir a la calle a interceptar la opinión de la gente. No tres o cuatro, sino cinco opiniones diferentes sobre diez temas diversos. Para sacar cincuenta he pasado cuatro o cinco mañanas con el cámara en el centro de Madrid (a través de las ventiscas, los temporales y las nieves de estas últimas semanas) y he tenido que saltar encima de casi cien personas. O de doscientas, si contamos a todos los que no me dejaron terminar la frase "perdona, buenos días, estamos haciendo una encues..."

Muchos creerán por prejuicio que es el tipo de trabajo que se le encarga a los becarios. Puede ser. Pero sería un error. En estos días he aprendido que para que la gente se detenga contigo un minuto, te deje grabar sus opiniones con una cámara y sacarles una foto hay que echar mano de toda la psicología del mundo. Al cabo de las primeras negativas y de sentirme terriblemente mal por ellas, descubrí que esto era parecido a ligar en un bar. No te acercas a todos los tipos que están solos, sólo a aquellos que en principio parecen tener ganas de entablar. Gran palabra ésa.

En estos días, también por primera vez, me daba lo mismo si la gente hacía o no hacía cosas bonitas. Si sabía pintar con el pie o escribir poemas en braille. No los entrevistaba por hacer cosas especiales, tan sólo por ser especiales. Miraba la cara de una mujer, de un hombre, elegía el tema (tenía diez distintos para recopilar respuestas), los asaltaba, les pedía permiso. En estos días, mis objetivos sólo debían disponer de medio minuto para quedarse conmigo, y detenerles no fue tarea fácil.

Por eso, por la gigantesca amabilidad del gesto de prestar la opinión de uno que vive y lucha a otro que vive y lucha (que eso es un periodista hoy día) y regalarle un poquito de su tiempo, escribo esta entrada hoy y ya me voy a dormir. Espero que ninguno se reconozca en las fotos porque por supuesto no tengo permiso para ello y por eso están en quince píxeles cada uno. No porque no sean importanes, sino porque son súper importantes.

Sin embargo, tras la timidez y la lucha, venía lo más extraño. Cuando terminaba las mañanas de grabación y persecuciones callejeras, decía adiós a mi compañero y me metía al metro rumbo a casa. Me costaba al menos un cuarto de hora darme cuenta de que ya no les necesitaba, de que ya no debía estar escrutando sus rostros en busca de una esperanza de respuesta ni seguir parando a la gente que me cruzaba en el camino.

Y el veneno, sin embargo, ya estaba inoculado. Ahora no puedo parar. Necesito saber los nombres de todos vosotros y lo que pensáis todos vosotros, sin excepción, de todas las cosas.

miércoles, 13 de enero de 2010

Ese asunto del curriculum

Me he dado cuenta de que me paso el día escribiendo de los demás. Los artistas, ilustradores, escritores, actores, fotógrafos, cineastas y creadores a los que dedico una parte de mi labor profesional, la de "periodista cultural".

Y de que necesitaba dedicarme algunas horas a escribirme a mí misma.

Ese asunto del curriculum.

Cuando se han dado tantas vueltas por el mundo -y por el mundo laboral- es difícil hacer ver a otros que tienes una experiencia concreta.

He hecho de todo. Aunque no todo ha valido. He dejado fuera de mi relato aquella etapa en la que dirigí un restaurante de un club social junto a mi madre y otras socias, así como la temporada en que di clases particulares a niños desde los 6 a los 18 años. Y les ayudé bastante, me dieron a entender.

Mi verdadera habilidad es salir adelante. Cuando terminé la carrera, sabía que los códigos audiovisuales no me iban a alimentar. En cambio, la comunicación, en un amplio sentido, era mi verdadero ámbito. Entré en internet y no he salido. Por eso sé que sé y puedo dirigir proyectos de comunicación digital y ayudar a las empresas y/o instituciones a que su presencia online sea eficiente, bien considerada por el nuevo prosumidor y coherente con el otro mundo.

Así que vuelvo a dejaros mi vida contada en un par de páginas de word.

sábado, 31 de octubre de 2009

Quiero ser un personaje de Yuri Herrera

He contado esta mañana veintidós libros recientes sobre mi escritorio, esperando que les hinque el diente. Muchos de ellos no serán leídos del todo, a pesar de que trato todos los libros que me llegan con el mismo cariño, consciente del esfuerzo puesto detrás de cada uno. La semana pasada entregué muchos textos, reportajes, críticas. Acabé bloqueada y malsanamente cansada.

Trato de poner el orden en los pocos aspectos materiales por mí domesticables, y parto por mi lugar de trabajo. El control es necesario en mí, persona de escasísima pericia con las ideas, para así dejarles espacio a ellas. A la formación de ellas. No funciono en los ambientes caóticos. O, quizá, ha de ser un caos por mí dirigido. No es tanto el espacio como el tiempo indomesticado: las listas de tres o cuatro tareas a completar, en grupitos cómodos, me canalizan.

Cuando no es así, se me desbarajusta la vida, y las ideas se me constriñen: por el súbito cambio de estatus (de mucho a poco, de entregas inmediatas a planificaciones a largo plazo), o por la demasiada entropía de mi hábitat, o por la incertidumbre plena del porvenir (me detengo y pienso, ¿no es constante y absoluta y terminal la incertidumbre y habría que manejarla como tal, y estaríamos incurriendo en un colosal autoengaño cuando nos comportamos ciegos a esa simple evidencia, como si de verdad existiese algo medianamente cierto en el día de mañana, en el segundo posterior a éste?)...

Soy un animal creador de excusas para no poder trabajar.

Mi relación enfermiza con lo que yo llamo trabajo.

Siento que hay momentos así. Y siento que los haya. Salgo de estos periodos como un náufrago que pasó demasiados días a la deriva sin poder echarse al gollete un poco de agua dulce, hastiada por haber dado tantísimas respuestas. Con la cabeza vacía y la necesidad de beber litros de bourbon. En esa clase de días -que, a veces, se concatenan como la oruga procesionaria y yo lo siento y más me ahogo-, evito exigirme demasiado. Me escondo un poco de mí misma. Pongo la actividad al ralentí, tomo aire, busco perder el mínimo de células de la piel -mira que ya, a estas edades, no regeneramos tan fácilmente y nos vamos convirtiendo en el polvo que recogemos con la escoba, cada día.

Pero guardarse o gastarse, darse o reservarse, he ahí la cuestión. No me puedo permitir un segundo de tedio. Una mala tarde. Un devaneo de irresponsabilidad.

Dicen por ahí que pienso demasiado y quizá por eso se me esté cayendo el pelo. Debo hacer más, pensar menos. O debo pensar mucho más para hacer mucho más.

Uno de los momentos más gratificantes del mes que se cierra fue la visita de Jack Mircala al programa de radio (¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?, tiene un nombre tan complicado que ni nosotras lo decimos bien). Nos ayudó con el programa acerca del gótico, el día 19 de octubre, y realmente nos ayudó porque su forma de estar fue creativa y reflexiva, cómplice y voraz con nuestras propuestas locas. Fuera de micrófono, caminando hacia el metro, nos dio una de esas frases con las que me gusta decorar mi pizarra blanca. Respondía a nuestra pregunta de si ser ilustrador de preciosos volúmenes (con cartulinas y tijeras) complementaba algún otro "trabajo de civil" (Elena dixit): "Hace tiempo que sé que esto es lo que tengo que hacer y el tiempo que tengo para hacerlo es limitado". Y nadie lo va a hacer por él. Nadie, tampoco, lo va a hacer por mí.

Pero hoy cerramos un mes que ha sido para mí intenso en muchos aspectos, que me ha tenido al borde de precipicios personales y también me ha dado toneladas de satisfacciones (si alguien me oye quejarme, que me pegue en plena calavera, como dice mi hija menor). Tuve delante mío durante cuarenta minutos al escritor mexicano Yuri Herrera, que estaba realizando la promoción de su segunda novela, Señales que precederán al fin del mundo (Periférica).

Dos libros ya imprescindibles, el mencionado y Trabajos del reino (editado en 2008, también por la editorial cacereña). La satisfacción vino de encontrar que los productos exquisitos -filigranas sobrias de palabra, historias donde no sobra ni falta una coma, parquísimas descripciones, capas y capas de sentido concentrado en pocas páginas- venían acompañados de un hombre lleno de cosas que decir. Sin estúpida modestia, pero con toda humildad. Dijo cosas como que el escritor debe saber muy bien cuándo y para qué manchar la página en blanco -y defiendo desde hace tiempo la idea de la responsabilidad en esta actividad, y no va hacia lo social sino hacia la intrínseca necesidad del trabajo, y la prohibición del vertido diarreico-. Que escribe pocas páginas, pero piensa mucho sus libros previamente. Que no quiere ni necesita controlar todos los sentidos que puede llegar a encerrar un producto suyo, que el lector debe ser autónomo e inteligente para sacar lo que más le plazca. Que no quiere "regalos", que sus textos deben ser exigentes y que él apuesta a un lector exigente con los textos.

Jack invierte todo su tiempo en fabricar maquetas/escenarios bellísimos, cargados de detalles, para luego fotografiarlos y poder contar sus historias. Yuri estudia hasta la saciedad el lenguaje de todas las extracciones posibles -las lecturas, la tradición, la oralidad de México- para generar un idioma propio contenido en sus libros, justificado en su interior.

Me gustaría que la habilidad de Mircala me hicieran un personaje, recortándome lo accesorio, y me quitara sobre todo las mareas de autocomplacencia, la turbiedad y la pereza que me asedian en cuanto me descuido. Me gustaría que las vivencias intensas del idioma me vistieran al modo de Yuri Herrera, y pasar a ser Carolink-Makina, resuelta y precisa heroína de Señales, que va en busca de su identidad, actuando mucho y sin pensar demasiado.

Pero sé algo. Aún no sé el cómo. Todo consiste en buscar mis propias respuestas y escuchar dentro mío lo que, quizá algún día, sepa pronunciar.

//Mentí. La entrada número 200 es ésta//

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Suite 101 vs Qué Leer 147

Me resisto a renunciar al verano. Mientras lloraba como una magdalena, también aprendí a disfrutar de mi llanto. En el trabajo, que es de lo que se habla aquí, se me iban las fuentes de ingresos de vacaciones, pero encontré un sitio donde, en vez de dormir, trabajaba a escondidas. Los chicos de Suite 101 desembarcaban en septiembre para la comunidad latinoamericana y me dejaron ser uno de sus colaboradores en la sombra de la web beta.

Éste el sitio original, canadiense. Aquí, desde hace pocos días (que ya estoy tardando en contarlo) puede verse la edición en español. Participamos con artículos originales, sobre todos los temas posibles, y mantenemos la autoría de ellos a cambio de cobrar, eventualmente, por los clicks que los usuarios realicen en los anuncios.

Un modelo extraño pero en el que me embarqué con ganas de: 1) escribir mucho. 2) retarme a mí misma en ese periodo oscuro. 3) utilizar las posibilidades que el medio me daba. 4) ganar mucho dinero.

Por lo que sé, mis artículos difícilmente me darán buenas retribuciones. Intento salirme de mis habituales ítems culturales, pero no me resulta fácil escribir sobre consejos de belleza o prácticas aberrantes de sexo. Los días se están poniendo más oscuros, en lo que a clima se refiere, y yo he tenido que parar las colaboraciones pero seguiré en ellas en la medida que el resto de cosas me lo permita. Todos los artículos que alcancé a escribir este verano están en este link.

Y apareció el otoño con su temporada voraz y algunas cosas han empezado a caer sobre mí en forma de encargo. Uno que, como todos, recibí e hice con mucho cariño es la crítica de Matar en Barcelona, que supone mi regreso después de varios meses a Qué Leer.

El libro se defiende solo. Pero me salió así de entusiasta porque: 1) soy una entusiasta, que en el siglo XVII quería decir fanático, es decir, el proto-fan. 2) lo disfruté, con las cuatro neuronas críticas que tengo, como una cochina. 3) los cuentos son en 80% muy recomendables y en un 20% altamente disfrutables. 4) la curiosa transparencia con la que el lector es enganchado en estas ficciones-basadas-en-hechos-reales, una como pregnancia de tela de araña que es muy, pero que muy deliciosa. Y por todas las cosas que cuento en la crítica.

Así que en la recientemente aparecida Qué Leer 147 -y subiendo desde la página 10 a la tercera de la sección críticas- se puede leer esto que enlazo aquí. Matar en Barcelona visto por Carolina León.

lunes, 21 de septiembre de 2009

No podía ser de otra manera

Por más que se confabulen contra mí todos los subángeles del infierno, esta noche hay radio. Igual la semana que viene no, quién sabe, podemos todos desaparecer, "angelizados en masa", como en el libro que me ha ocupado todo el fin de semana: Dissipatio humani generis (la desaparición del género humano), de Guido Morselli.

¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? estará en las ondas cibernéticas a las 23 h. Y lo podréis escuchar, si nada lo impide, en la web de www.radiocarcoma.com. Posteriormente, vamos, tan pronto como un rato después, en el blog del programa (quiereshacerelfavor.wordpress.com) y como podcast en iTunes.

Matar, los crímenes, la debacle humana en un lugar muy concreto, serán los protagonistas. Y hasta aquí puedo leer.

jueves, 12 de marzo de 2009

Gimme that Jazz en Calle 20

Un día llegas a casa y tu ordenador portatil no quiere arrancar más. Por supuesto, llevas al menos doce meses sin guardar los archivos en otro sitio lógico, para estos menesteres. Llamas por teléfono a los bomberos más inmediatos: se arremangan la camisa y trabajan durante dos días. Ves sus musculosos brazos abrirse camino entre cables, trozos de chips, conectores, placas madre y la madre que los parió. A ratos, pareciera que no va a haber más remedio que renunciar a doce meses de escribir: ciento cincuenta páginas de un libro muy lejos de ver mi luz, y docenas de reseñas, comentarios, reportajes, críticas que haces sólo para ti misma, reflexiones, semi-ensayos, carcajadas, veleidades.

Pero los bomberos todo lo pueden. Son super-hombres. Sus musculosos brazos de nada servirían sin unas gigantescas y bien provistas cabezas. Los quiero. Me quieren. Me arreglan el ordenador portátil para que pueda seguir acumulando mi basura intelectual. Qué felicidad.

Por su intrépida actuación, digna de un canal de documentales de accidentes, hazañas, proezas y catástrofes, puedo hoy contaros que, por fin, apareció mi reportaje acerca de "nuevos valores del jazz", o músicos extraordinarios, medio locos, solventes instrumentistas, muy muy jóvenes, que no tienen reparos en introducir en el jazz cuantos elementos les parezcan apetecibles. Reportaje "Al jazz lo que no es del jazz" en Calle 20. Aquí, dejo enlace a la revista, que se puede leer enterita en pdf (si no la encuentras en tu bar favorito):


Y, aquí, quien quiera puede leer el reportaje (pdf).

domingo, 8 de febrero de 2009

Mi cierre particular (a toro pasado)

ADN.es era un diario que yo solía leer. Tal vez, lo reconozco, porque una gran amiga mía era parte de la sección cultural, y me había pedido en los tiempos del beta que navegara por el proyecto en el que se había embarcado tan ilusionada. Pero me quedé todo el tiempo, incluso cuando exigí que alguien borrara mi cuenta de usuario porque decidí que ya estaba bien de andar desperdigándome en estúpidos alter-egos virtuales, dejando huellas poco medidas, que luego, más tarde o más temprano, vendrían a sangrarme con reclamaciones, o chantajes emocionales, o pies sacados del tiesto.

Ésa y otras muchas huellas he querido borrar. Pero yo seguí siendo lectora de adn.es. En pocos sitios se ha podido encontrar, con tal profusión de datos y tan golosa documentación, un perfil tan bien escrito de Aleister Crowley, por ejemplo. En muchos menos encontramos homenajes -y conste que me sobraba tanta foto destinada al macho machete que inunda la lectura de diarios digitales- a iconos de nuestra cultura como la gran Bettie Page. Frente a la pacatería de la información cultural de la gran mayoría de diarios, el aire fresco estaba en adn.es, estuvo. Yo, como otro millón y pico de lectores, me voy a sentir terriblemente huérfana por las mañanas, cuando hurgue entre las pestañas de mi browser sin saber a qué botón darle cuyo combinado de código y buenas prácticas me alegren un poco el día.

Sin embargo, me fue requetemal tratando de convertirme en colaboradora. No explicaré los detalles, pero mi falta de éxito la achaco, más que nada, al hecho de que vivo abstraída de lo que interesa, tanto a los gerifaltes de la cultura como a los extravagantes asiduos a rebuscar en el fango de lo irreconocible.

Fracaso que se traduce en mi baja penetración como redactora cultural en cualquier tipo de prensa diaria, puesto que cuando me ponen en la tesitura aquella de "proponme temas", mis ocurrencias son insólitas, peregrinas, difícilmente manejables, editorialmente superfluas o melifluas. Me sucede con casi todos, pero obviamente no con todos. Menos mal que existen el coordinador de la sección libros de Go Magazine y el director -con toda su trupe- de la revista Calle 20.

En su día, sin embargo, conseguí publicar algo, una breve nota, en adn.es. Llámenlo cruce de circunstancias, me da lo mismo. Esa breve nota que es toda mi historia en este medio da cuenta del tipo de medio que era, capaz de hacerle un hueco incluso a mí. Ante el riesgo de que ya no estén disponibles los históricos dentro de cuatro días, lo copio y lo pego aquí, porque estoy en mi derecho, copyright mediante. La nota data de hace quince meses, noviembre de 2007. Y Gepe sigue ahí, entre mis temas, esperando que haya disco nuevo (ya hay ep nuevo).

Esta misma mañana, mientras compraba el pan en el chino del barrio, un adorable-cuasi-flaite-maravillosamente-fresco acento chileno me asaltó en la forma de una espalda vestida de cuero negro que se alejaba. Cachai?

Gepe trae a Vivamérica el folk chileno evolucionado

Desde Chile, llega Gepe, Daniel Riveros, como parte del variado programa musical del Festival VivAmérica

Madrid | 11/10/2007 | 2 comentarios | Votar
Chile se agita musicalmente, desde inicios de la década del 2000: una nueva generación de artistas, aglutinados muchos de ellos bajo el sello Quemasucabeza, está tomando los espacios culturales y las salas independientes de conciertos. Uno de los que mayor resonancia internacional está alcanzando es Daniel Riveros, más conocido como Gepe, cuyos dos álbumes han sido editados en nuestro país. En 2006 apareció Gepinto, de la mano de Astro, y su más reciente producción, Hungría (2007), acaba de ser editada por el Sello Autor.

En ambos discos, el chileno de 24 años combina con ciencia y elegancia la raíz folklórica de su país -y la herencia de las figuras líricas de Violeta Parra y Víctor Jara- con el pop de origen norteamericano, en especial el cuidado en los arreglos de gente como Brian Wilson. Aunque las influencias y las resonancias implícitas no se limitan a esos dos polos. Sus canciones funcionan como bocetos melódicos sin excesivas pretensiones, donde el azar y la combinación fonética juegan un importante papel; y las letras, hechas de impresiones, oscurecen deliberadamente los significados: "Me gustan las imágenes, la fotografía de algo; sentir las cosas más que describirlas", dice Daniel un día antes de su concierto en la capital.

No es el único que está poniendo en práctica la incorporación del folklor en esquemas pop y electrónicos; el antecedente directo es la argentina Juana Molina, con quien ha compartido cartel en más de una ocasión. En un contexto de relativo aislamiento cultural, propio de Chile, la música de Gepe interesa, además de por su anclaje folklórico, por su falta de prejuicios y su tendencia a la experimentación sonora.

Ya ha visitado nuestro país en discretas giras promocionales. Este jueves 11 se presenta en Madrid, sin acompañamiento, en el marco del Festival VivAmérica (22:00, Anfiteatro Gabriela Mistral en Casa de América). En los últimos días de noviembre, el músico transandino formará parte de Artistas en Ruta, ofreciendo conciertos con banda en varias ciudades: aprovechará para llevar al escenario las canciones de Hungría y las composicones para un tercer disco que dice tener ya listas.

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Por fechas cercanas, aparecieron más cosas acerca de Gepe y otros chilenos: aquí y aquí (algún día arreglaré lo de las fotos perdidas).

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Leer, obsesiones, escribir, cerrar

Qué bien. Puedo cerrar aquí el año de lecturas. Y lo que voy a a hacer a continuación -no un asado, no una fondue, no un flan de tiernos brotes de apio, no más que lo que quiero hacer- es sentarme a seguir leyendo.

Fiel a mis obsesiones, elijo los libros que quisiera comentar bajo criterios poco fiables y muy discutibles. Si son libros de relatos, si son clásicos del siglo XIX (y un poco del XX), si son autoras, si son autores o autoras contemporáneas (tan contemporáneas como que ronden los treinta y pocos), si son libros de Stanislaw Lem, si son ensayos sobre las mentiras y la melancolía humanas... tendrán un sitio en mis lecturas. Fiel a mis despropósitos, cierro el año sin haber leído ni una sola de las obras que los tipos listos consideran "libros del año".

No me gusta hacer listas, pero me obligan. Por eso ahora tengo una lista hecha y la pongo aquí.

1. Melancolía. Lászlo Földényi (Gutenberg)
2. El hospital de la transfiguración, Stanislaw Lem (Impedimenta)
3. El marqués y el sodomita, Merlin Holland (Papel de Liar)
4. Las aventuras de Barbaverde, César Aira (Mondadori)
5. Soy una caja, Natalia Carrero (Caballo de Troya)
6. Milagros de vida, J. G. Ballard (Mondadori)
7. Últimas dos horas y 58 minutos, Miguel Ángel Maya (Lengua de Trapo)

A esto tengo que añadir otro que leí para otro medio (no precisamente de literatura):
8. Erik Satie. M. Davies. (Turner)

Y lo que me he terminado estos días:
9. Vacío perfecto. Stanislaw Lem (Impedimenta)
10. La dulce envenenadora. Arto Paasilinna (Anagrama). Tengo que decir que Delicioso suicidio en grupo, publicado no sé qué año anterior, es delicioso y mucho mejor novela que la de la abuelita.

Quisiera poder poner veinticinco títulos. Mi ritmo es éste. Si leyera más, no escribiría nada. Si leyera menos, no escribiría nada. Y sigo por norma otras lecturas que no son del año en curso. La novedad, en literatura, debería no existir.

Melancolía es mi libro del 2008 porque llena los espacios que otros sólo pretenden taponar, ofuscar como cuando ventilamos mal una chimenena y el humo nos come la cara. También hay vanos no del todo bien hechos en el libro Melancolía. Lo que importa de él es la luz que derrama sobre los vacíos, mientras estos siguen siendo no más que un ciego intervalo.

Y, para mí, contar que esta misma mañana he comprado en el quiosco el número 139 de Qué Leer, y que en la página 30 de la revista aparece mi reseña de El marqués y el sodomita de Merlin Holland (Papel de Liar) -felizmente superados algunos contratiempos y baches tanto para la reseña como para la revista-, es la mejor manera de cerrar este maldito año de publicaciones del que no me quejaré. Pero siempre será poco.