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miércoles, 22 de julio de 2009

Tarkovski y el ardor

La mujer llegó pronto a la taquilla, digamos cuarenta minutos antes de la hora de la sesión, y compró:
- ¿Tienes una para Stalker?
- Sí. Son 2,50.
Se abrían en ese momento dos posibilidades ante ella: disfrutar de la tarde que se licuaba tras los edificios de ese barrio cascado, fumando un cigarrillo tras otro, o entrar en el vestíbulo -“espacio sin humo”-, donde habían habilitado un bar, y tomarse una cerveza sin fumar. Optó por hacer las dos cosas. Fumando, incómoda, en la acera, vio salir a los espectadores de dos salas, disciplinados, por orden, con el éxtasis en los ojos y los cigarrillos en las comisuras de los labios.
Observó a todos ellos, los que salían, los que esperaban a las puertas, los que buscaban con el móvil en la oreja y los ojos cerrados al hombre, la mujer, con quien estaban citados. Algunos, algunas, había como ella: solos, cargando un libro voluminoso en el antebrazo o en la cadera, mirando con azoramiento alrededor, tratando de mantenerse invisibles.
Observó también el edificio. El cine era un edificio viejo con orgullo de ser lo que era. Unas letras de estilo modernista, en blanco sobre naranja, lo identificaban. Carteles de películas antiquísimas colgaban de sus expositores. Folletos de las programaciones alfombraban la acera. Puede que entonces empezara el pinchazo, al que ya se creía acostumbrada.
Era la primera vez que acudía a ese cine pero todo tenía un aire muy familiar. Era una hermosa tarde de mitad de verano similar a otras tardes y provocó una sombra, un recuerdo hiriente como alfiler de algo que había quedado muy atrás. En una ciudad de la otra parte del mundo, un cine como ese -viejo, descascarillado y orgulloso de su programación anticuada y cinéfila- había sido su “amigo”. ¿No habéis tenido nunca el carné, ostentado con cierto sentimiento de pertenencia y privacidad, de amigos de una institución cualquiera? Sean las que fueran las circunstancias, en aquella ciudad la mujer no sólo había tenido al cine por amigo, había tenido al cine por testigo fiel de una bellísima y desventurada relación. El cine seguía en pie. Y un remedo de aquello, en esta parte del planeta, seguía en pie. Pero no su relación. Y entre tanto se había acostumbrado a ser un acerico.
Terminó de fumar y entró al bar. "Una caña", pidió. Le pusieron seis aceitunas en un platillo. “Esta es mi cena”, se dijo. Y se las comió una a una, disciplinada. Ellos y ellas con libros, los que le interesaban estaban todos solos, como ella, y acudían a una sesión nocturna de una película de Tarkovski, como ella. Pero procuraba no mirarlos demasiado, primero para no levantar suspicacias y, segundo, para no hacer contacto ocular. Sólo saber que estaban a su alrededor le bastaba para tomarse la excursión como lo que era. Un poco de audacia, otro poco de libertad, grandes posibilidades abiertas y autonomía, o soledad, o como se quiera llamar.
Cuando terminó su cerveza se acercó a la puerta de la sala, donde se habían arremolinado ya treinta personas. Un viejo se dirigió a ella:
- ¿Vas a entrar?
Asintió con la cabeza.
- La cola está allí.
Entonces cayó en la cuenta de que esas pocas personas en el vestíbulo eran el principio de una fila. Tragó saliva y la siguió, retrocediendo, hasta el final, que salía del cine y caracoleaba por la calle. Tomó su lugar y no sabía si tendría o no un buen asiento cuando le tocara, pero la voz y la advertencia del viejo se habían clavado en su cabeza como si le hubiese dicho “estás a punto de cometer un asesinato”. Quería haber tenido amabilidad y cariño, no sabía por qué. Un cine de extraviados, de expatriados del amor, de posesos amantes de las aberraciones estéticas, un cine que a diario reflejaba en sus pantallas las más grandes obras, los despilfarros, ardores espirituales, pasiones incontrolables, bajezas y emociones en cualquier idioma y con subtítulos electrónicos, desacompasados a veces como el latir de los corazones alojados en los espectadores, no debería tener colas.
La mujer entró exactamente en el lugar ciento ochenta y tres y buscó con viveza, todavía no del todo afectada, un sitio en las filas centrales, con tanto tino que fue a elegir la silla vacía a la izquierda del viejo que le había hablado.
No sabemos si fue el influjo de los recuerdos o la advertencia airada o rodearse de desconocidos en cierta forma hermanos o venir leyendo en el autobús The Stories of John Cheever o los muchos años de caminar por una ciudad que no era suya como una zombie, lo cierto es que la mujer se echó a llorar, despacito, sin hacer el menor escándalo, sin apenas sollozar, conteniendo el ardor de la hoguera en que ardían sus inmundicias en el pecho que, eso sí, le subía y bajaba como si se tratase de las ramas de un sauce en una noche de viento. Fueron casi quince minutos hasta que se apagaron las luces y ella, la mujer, no pudo parar de llorar en todo ese tiempo, recogiéndose las lágrimas con el cuello de la camiseta porque andaba sin pañuelos.
Por eso, el viejo, que había llegado hasta allí solo, pero que acudía a la Filmoteca tres veces por semana y llevaba diecisiete años con carné de amigo y cuarenta años de soledad elegida y, muy de cuando en cuando, compungida, se giró hacia ella, cerrando su libro de Bruce Chatwi y le dijo:
- No quería molestarte, antes.
Ella seguía hipando y encerrándose en sus hombros como si los omóplatos pudieran hacerle crecer alrededor un escudo protector contra los recuerdos y los agentes de la moralidad urbanita. Entonces, el viejo no sacó el brazo para ponérselo en los hombros. La miraba de hito en hito y se decía a sí mismo: “Otra pobre chica engañada”. Las luces se apagaron y dieron comienzo los cobres y platas de Stalker.

John Cheever, colega (2)

Como supongo que me quedé dormida sobre el teclado escribiendo esto, y como he tenido días muy agitados, quizá pueda decir todavía dos cosas sobre las mujeres en los cuentos de John Cheever y sobre la mujer de Canción de amor no correspondido (o Torch Song como se llama en el original). No es uno de sus cuentos más famosos, según me han dicho, pero él lo incluyó en The Stories of John Cheever (1978), la selección de sus relatos más preciados que recibió el Premio Pulitzer entre otros. En la edición española (emecé, Relatos 1 y 2), hace el número 8 del tomo 1.

En Canción de amor no correspondido hay un narrador en tercera persona, un personaje-ancla, Jack Lorey, y otro que motiva el desarrollo de la historia, la mujer, Joan Harris. Jack hace de testigo-acompañante de su vida, y el narrador exterior al relato ya nos dice que Jack conocía a Joan, para sí mismo, como la “viuda”, en la segunda línea.

Son dos pobres exiliados de su Ohio natal que pululan, cada uno respondiendo a sus movimientos espirituales, por el Nueva York de los años 40. Jack ve a Joan a lo largo de los años, entremedias de dos matrimonios, como una amistad a la que ha de ser fiel a pesar de todo, y a lo largo de las páginas se nos narra el proceso de una chica de pueblo que llegó para ser modelo y se quedó en oficinista en unos grandes almacenes; se nos cuentan los esporádicos encuentros -solicitados o no, con invitaciones o por casualidad- en los que Joan tiene siempre una pareja diferente, y así transcurren décadas.

Un adicto a la morfina, un alemán huyendo de los nazis, un supuesto emprendedor con doble vida... Hasta siete hombres aparecen sucesivamente en sus páginas, descritos más o menos prolijamente con frases como: “Joan estaba con un hombre que, evidentemente, había perdido el conocimiento” o “se le notaba en la mirada que bebía mucho”, “su rostro estaba contraído por la amargura o la enfermedad”, “y su acompañante parecía una persona seria”.

De hombre en hombre -de esa encantadora manera, que arraiga a través de los cuentos de Cheever, de relatar lo mismo de diferentes formas-, Torch song va narrando dos historias paralelas -Jack y Joan- que confluyen en las últimas cuatro páginas.

Es en esas últimas páginas en las que el relato se torna oscuro y opresivo -con un Jack casi hundido en la miseria y enfermo- y adquiere las tonalidades, rebajando el realismo, de un cuento psicologista en la estela de Edgar Allan Poe. Sin embargo, creo que el final no da la clave. Y que los últimos párrafos de un contrahecho Jack acusando a Joan de ir en busca de la enfermedad y la muerte, de hombres en los que “huele” la desgracia, son en verdad un canto a otra cosa. El vínculo común, la tierra natal que los unía, ha desaparecido junto con el poco candor que la situación en Nueva York ha ido permitiendo en sus respectivas vidas. Y, mientras Jack se ha conducido como el hombre medio americano -casándose, teniendo hijos, pero fracasando dos veces en la relación-, en la vida de Joan no hay sino soledad y abandono.

Se nos cuenta desde el punto de vista del hombre y éste, en situación de inferioridad, no puede permitir que una mujer esté más entera o haya salido más indemne de los años en la gran ciudad. Pero, si John Cheever hubiese dejado entrar más frecuentemente a las mujeres en la conducción de sus relatos, creo que veríamos de forma patente -sin falsas simpatías- que el drama de Torch Song está en el deambular sentimental de toda mujer que, a medias entre la independencia económica y el desamparo del alma, se acerca a cualquier ser por poco que se sienta necesitada.

Hay algo a veces demasiado parecido a un patrón en sus cuentos -contaba en el artículo anterior- con respecto a los roles de hombres y mujeres. Sin embargo, aquí, no es ella la que convierte el “paraíso en la tierra” en una situación ambivalente o simplemente infernal. Es, a mi modo de ver, la que enseña otro camino al personaje masculino. Una suerte de salida -no exitosa, sin embargo- de los condicionamientos de la conducta impuestos desde fuera. Y aquí, el varón se asusta.

lunes, 13 de julio de 2009

John Cheever, colega


Supe de un taller que dirigía Rodrigo Fresán y me apunté. Contaba con selección de candidatos, basada en un curriculum y una "carta de motivación" que, al parecer, me habrá salido muy motivada, pues hace pocos días me confirmaron la plaza. Confieso aquí y ahora que, cuando me apunté, no había leído una sola línea del autor-eje del taller: John Cheever. JC, como Julio Cortázar, pero posiblemente sin haberse leído mutuamente, y harto tarde que rompo el maleficio de no haber mordido su prosa.

En fin, bibliotecas municipales mediante, me agarré primero al volumen llamado La geometría del amor. Con ese tiítulo y esa foto de portada -desaparecida en la edición de tapas duras- no tenía más remedio que gustarme. Pero no sería lo mismo -no lo es, en las colecciones de Relatos-, sin el trabajo editorial de Fresán, un par de párrafos para situar temporal y temáticamente el cuento que hacen entender la construcción paulatina del estilo y las marcas identitarias de Cheever.

Es en ese volumen donde se puede acceder de una manera ordenada a la "teoría del expulsado" que tan sucintamente plantea Fresán -pero donde se echa de menos su fundación, a decir de él, el cuento que da inicio a su carrera literaria cuando tiene 17 años, 'Expelled'. Cuando se accede a las colecciones "completas" hay muchos otros cuentos donde esa "teoría" se difumina, entre otras cosas porque sus protagonistas-voces parecen llegar a algún tipo de acuerdo con su medio para continuar en él, afianzados si cabe: eso es 'El superintendente' o 'Los chicos'. Más que expulsados, en sus páginas los personajes encuentran un modo de llevar sus contradicciones a cuestas. Me he quedado a punto de empezar -no sé si esta noche me lleguen las fuerzas- uno que lleva por título 'Las amarguras de la ginebra'. Póngase en su lugar lo que ustedes quieran.

La noche avanza, agigantando su calor en torno mío. Me he hecho amiga de John Cheever, a raíz de la lectura de unos treinta cuentos, por varias razones que nadie me invita a exponer, pero eso haré a continuación con el fin de quedarme en paz con el medio y, de paso, allanarme un poco el camino hacia ese taller intensivo que me abre sus puertas.

John Cheever escribía a máquina. Yo me lo pongo todo en papeles, a rotulador. Su edad es la de fiarse de las máquinas, la mía es la de buscar los caminos que me liberen de éstas. En su gesto -foto de portada, busquen la primera edición- leo demasiados surcos, un pensamiento complejo, tan invertebrado (falto de asideros académicos, es decir) como el mío, pero cuajado de profundidad, penetración, dureza y ternura en la mirada, la poca ternura que se permiten los hombres contrahechos desde que el mundo es mundo. En la foto de portada hay un hombre que acusa a su sociedad y a su tiempo sin dejar de enjuciarse a sí mismo. Veo ese doppelganger en la curvatura de las bolsas de los ojos, y hasta en el ángulo que forman las orejas respecto al óvalo de la cara.

Sus cuentos recrean a desheredados de todo tipo. Puede uno engarzar lectura tras lectura y quedar por completo noqueado bajo ese vaivén de "compasión" y "distanciamiento" que se da prácticamente en cada relato. ¿Está John Cheever haciendo ética? ¿Es una literatura moralista la suya?

En los textos introductorios, Fresán lo llama "sentido religioso", una especie de hermanamiento entre ética y estética en sus relatos. Si yo pudiera asir el sentido de la religión de estos cuentos -el interior, el carente de ornamentos y artificios- a lo mejor podría asentir. Sin embargo, con o sin religión, leerle ha supuesto un enorme placer: como en McCullers y en pocos más, he encontrado cercanía con mi propia visión, terriblemente moralista, de los cuentos, ésa que voy construyendo muy despacio.

Sé que hay muchos -escritores y lectores- que disentirán, para mí la literatura no es forma, y su forma es y será siempre fondo, y su fondo es compromiso con una posición de y para el mundo. Aunque yo no tenga ni idea de qué es ese mundo.

Hay un patrón repetido -en muchos cuentos, afortunadamente no siempre- y está marcado por el extrañamiento. El personaje principal -hombre- es expulsado de un medio construido artificiosamente para su felicidad (he ahí 'Un marido rural'). Ellos no entran, se encogen, o se desmadran ('La cura'), pero el medio lo hace todo. El suburbio en estos cuentos me habla de mi propio suburbio, el que yo llevo en la sangre, el barrio donde me crié, y muchos otros barrios donde he vivido, que son hostiles en su apariencia amable y que están llenos de criaturas horrendas.

Y, en sus cuentos, las más horrendas son las criaturas femeninas. Alguien deberá decir algún día cuánta misoginia se lee en sus cuentos, pero yo le entiendo. El personaje femenino -ejemplos a montones: 'Tiempo de divorcio' me viene ahora a la cabeza- encarna la brutal expulsión, el desgarro y la podredumbre del mundo.

Y, en el mundo de las criaturas femeninas horrendas -en mi corto deambular reciente ya tengo unas cuantas, en 'La infame' o 'El club de los inocentes'- se lleva la palma la co-protagonista de 'Canción de amor no correspondido'.

lunes, 16 de febrero de 2009

El médico

La mujer descorría maniáticamente la cremallera de su blusa celeste. La abría y la volvía a cerrar, sin pausa, sentada ante la mesa del médico.
- Es aquí, y aquí –decía mostrando la otra mano.
- ¿Desde cuándo?
- ¿No me va a recetar?
- En el dedo no tiene usted nada.
La cremallera seguía de arriba abajo, enloquecida, el meñique dentro del aro del tirador, lacado y brillante.
- Me refiero a lo otro.
- Está usted sanísima.
- Y ¿este agujero?
El dedo se detuvo abajo del todo. Del cierre afloró un ramillete de piel blanquísima, con un botón encarnado del tamaño de una chuchería.
- Mire bien.
El médico bizqueó.
- Me duele tanto –dijo ella, hundiéndose el dedo meñique en el agujero rojo. Componiendo el gesto, él declaró:
- Será un momento.
Tomó la mano de su paciente, la apretó contra la mesa y, sacando un machete de algún bolsillo bajo la bata, cercenó el dedo pequeño, sin emoción.
La mujer, entonces, comenzó a sangrar abundantemente del botón rojo.
- Hala, hasta la semana que viene.
- Doctor.
- Sí.
- Mi marido no me quiere.
- Tráigalo la próxima vez.

//Para mi serie micromonstruos. Me lo pasé tan bien con él, que hice de "el médico" un personaje de mi siguiente relato//

sábado, 3 de enero de 2009

El fotógrafo

El fotógrafo se ríe ahora, pero hace sólo cuarenta minutos la actividad en su hipotálamo era de una intensidad desquiciante. Se moría de miedo, en otras palabras. Sudor, palpitaciones y hasta un amago de desmayo. Hoy casi lo paga. Su afán genuino por conseguir la más exquisita toma, su dedicación plena a la tarea de capturar la realidad tal cual es y su entrega –que nadie podría discutir- al arte, hasta este día, no le habían llegado a poner en aprietos. Ya había recolectado, todo sea dicho, alguna que otra mirada de ira, o inconmensurables bocas de pasmo. Pero él no iba a renunciar a la misión que se había encomendado. Los proyectos más vanguardistas de la humanidad siempre han sido recibidos con suspicacias, e incluso odio. ¿Va a renunciar ahora, que está en la sala de urgencias de un hospital, a la que ha llegado sin resuello, sorteando al tráfico y a las viejas desplazándose cual mamuts por la ciudad, saltando verjas y atropellando skaters y carritos de bebés? Por supuesto que no. Mientras espera que le miren la rodilla cuya piel se descuelga entre jirones de pantalón, el fotógrafo ríe. Ríe y ríe, como alguien que acaba de constatar que lleva el billete ganador de lotería, porque ya ha chequeado el resultado de la caza. La muchacha, la hermosa muchacha de piel blanca y vestido corto, la cervatilla de sus pesquisas de hoy, no llevaba bragas. Más aún: el complementario es que iba depilada.

viernes, 24 de octubre de 2008

Formato familiar II

Los cuentos son hijos. Me cuesta parirlos. Indeciblemente me cuesta. Llevo semanas atascada. Tengo un problema de constancia tanto como lo tengo de forma. Me enferma la forma. Pero es un cuento sobre la forma. No obedezco a planes premeditados, todo va cuadrando. Formato familiar es algo con lo que no había contado. Si pongo aquí los primeros párrafos es para decir-me que esto sí se parece a lo que deseo. Página y media de las veinte que ha de tener:

//
Después de tanto tiempo, alguien ha vuelto a llamarme “bilioso”. La vecina, con su pelo teñido de rojo y sus pantalones de pitillo, me ha arrojado un escupo y la palabra. Me he dado la vuelta, tumbado como estaba, con la bragueta medio abierta, y he recordado a Alicia, mi mujer. A la que solía ser mi mujer, la que ya es solamente Alicia. La pelirroja ha escupido la palabra como un viejo chicle masticado. Mi mujer –Alicia- me lo decía con amor, con lo que solíamos llamar amor. Y “bilioso” me ha despertado las ganas de formatear este desbarajuste en que vivimos, las ganas de reventar a alguna comadre por todos sus orificios y las ganas de rapear. Ni por asomo sabe esa desmigajada qué guarda dentro de sí ese exabrupto cariñosiento. Algo insultante, se imaginará. Sólo porque le recordé que hace dos semanas me pidió prestados unos huevos, o porque me negué en redondo a moverme de mi butaca de jardín para ayudarle a entrar en su casa el contrabando que consigue vendiendo trozos de su ajuar, o porque simplemente no me he movido ni un centímetro para mirar su culo embutido en lycra. Allá ella, allá todos vosotros. Que las basuras de cada hombre, cada mujer, viajen por separado. Éste es el mundo que nos hemos ganado. Malditas las ganas. Ésta es del tipo que espera, aún, eso que se entendía por galantería por parte de todo aquel que lleve pantalones. Igual antes, flaca, quizás antes… Si todavía salgo a la puerta de casa con la dichosa prenda en su sitio no quiere decir que me parezca conveniente mantener una sola de las pautas del viejo civismo. Ha muerto, esa palabra, como otros dos millares. Y ésa, ahora, es la gran diferencia: el mundo se ha vuelto mucho más acotado, a costa de cargarnos el diccionario. Todos contribuimos a hacerlo sucumbir.
Os presento a la “culta”, Carmina, elegantísima, curtidísima ex señora de un corredor de bolsa. Se divierte arrojando pedazos de inocuo sentido a la cara de las adversidades sin la más mínima conciencia. Se las arregla para tener siempre comida. Empapa las entrepiernas de cuantos se la cruzan porque, a pesar de todo, aún tenemos entrepierna. La vecina es otra más, ciega y sorda, que vive en la creencia de que pasamos por una crisis de orden económico, que está sufriendo en sus carnes apreturas pero aparenta indiferencia. Y vendrán, se dice Carmina, tarde o temprano, para arreglar esto. Quién tenga que venir, nadie sabe. Mientras tanto, se salvan. Ay, tontitos, es mucho más que eso. Todo lo que antes conocíamos como mundo está desapareciendo, y el principal síntoma de todos es que nos estamos quedando sin palabras. Es un reajuste, un punto y aparte, la pausa necesaria de la confusión y el despilfarro, en aras de reordenar las cosas y nuestra relación con las cosas. No espero que nadie le encuentre sentido, habéis vivido demasiado tiempo en la oscuridad y la ignorancia. Pero miren ahora los periódicos, si logran salir dos veces por semana. Reducidos a una plana, un pliego de papel desdoblado en treinta y dos partes es todo lo que son capaces de contarnos. Con eso se resume todo, no hay más. Y no, no es que no haya papel, es que no nos quedan palabras. Cuanto antes lo entendáis, mejor para todos.
//
Es el octavo relato de Monstruos.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Formato familiar

Notas de trabajo (o las últimas tres semanas de improductividad, o Bela Bartók trazando el camino):

- si alcanza, habría de tener 20 páginas
- tintes melancólicos
- la escala de las cosas
- el cambio de las palabras
- narrador - vecina presente - Alicia pasado.

Recomenzar Formato familiar, no es accurate. Tiene que ajustarse a un planteamiento más extremo, más terminal. El personaje locutor ha de tener una entidad más definida, extremar su pulsión lingüística, y evitar ser discursiva, bizarra. Reflexiones sentenciosas.
Vocación pedagógica, pedantería innata, por el camino recorrido y la lucidez adquirida.

Aquí, detrás de este cuento, el jazz -como forma creativa desprovista de moldes -y el rap, como sublimación de la palabra oral.
Una gran crisis, debacle económica, en el fondo del presente narrativo. Una debacle de sentidos.
Incluir más el presente en la situación comunicativa.
Lo que siempre quise decir con este relato es cómo las relaciones se pudren en la cotidianeidad, en la vil rutina. Usar el lenguaje como una metáfora del consumo.
La historia de Alicia es la historia de la vulgaridad en el lenguaje, en el centro de la relación que ha de mantener con el narrador. Paralelamente, la afición a consumir. Más que un paralelo, ha de ser un espejo, un discurrir autónomo y mugriento.

Esta noche tengo que salir del estancamiento y otorgar forma sin forma a Formato familiar.

//
Yo he perdido a la familia. Pero no me la han quitado. La he eliminado. Podéis intentar hacerme creer que soy otra víctima de la crisis. Tengo mi propia explicación para lo que soy ahora. Me vale y me completa. Y el que una fulana de pelo enrojecido artificialmente, en un tiempo en que conseguir leche fresca para el desayuno lleva poco menos que al asesinato, me llame “bilioso” me suscita tanta emoción como masturbarme parsimoniosamente en la ducha sin agua caliente. A vosotros os están quitando la realidad, yo me la estoy ganando.
//

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Capuccino

Me anduve quejando más de la cuenta y Alfredo, tan atento él, me había llevado a la pisicina aquel martes. Siempre pasa igual. A cierta hora, ya no soportaba más el potaje granulento que hacíamos todos en el caldo clorado, así que me lo llevé a la cafetería, pidiéndole un helado. Él nunca me negaba nada. Había una penumbra irisada en aquella terraza, que me reconfortó por un segundo del griterío y el calor, y casi me hizo olvidar. La mujer estaba al frente, embadurnando de grasa la espalda de la hija, ya colorada. No sé cuánto tiempo llevaban ahí, ni por qué ejecutaba el ritual de la crema en las mesas de la terraza y no en el césped. Alfredo regresó. Traía su sonrisa y un magnífico cono de sabor capuccino. Lo mejor eran aquellos tropezones redonditos, como cacahuetes de sabor café, como rocas lunares hechas para mi boca. Alfredo sabe lo que me gusta. Lo sabía. El sol cortaba ya en diagonal, pero su luz era igual de molesta, de insidiosa. Ahí lo vi. Ahora, la hija repasaba con amor de hija la espalda de la madre. Se aplicaba, impertérrita, sobre un tapizado que yo veía, desde la distancia, como un bajorrelieve de pústulas violáceas, como un puntilloso decorado de granos gordos como legumbres, cubriendo el pecho, los hombros y la espalda ofrecida por el bañador, que pedían de todo menos protector solar. Estaba hipnotizada. Tal dedicación ponía la hija en su cometido que, al cabo de un rato, me di cuenta de que el capuccino chorreaba lánguido sobre mis dedos y la blusa, y de que Alfredo estaba zarandéandome de un hombro para llevarme de vuelta a la piscina. Es una pena, con lo que me gustaba Alfredo. Y más el capuccino.

martes, 19 de agosto de 2008

Bombón

- Ya, niños, a la caja.
El niño, con obcecación, se interpone entre su madre y el carro y deposita productos en la cinta.
- Ven aquí, Cristina. Deja eso.
- Buenas tardes, señora. ¡Vaya calor tenemos!
- ¡Tero chotolate, mami!
- ¡Cuidado con eso que son los huevos, hijo!
- Esta niña lo que quiere es un bombón.
- Mami, señó me ha dado tadamelo.
- ¡Qué rica, cómo habla!
- Álvaro, empújame esas cosas, anda.
- ¡Está bueno el bombón, ¿eh?!
- ¡Qué hartura de compra todas las semanas!
- Mami, tero upa.
- ¡Ay, qué salada!
- ¿Me ha pasado el tres por dos de los yogures?
- ¿Qué tiempo tiene la cría? Va a ser poco mayor que mi sobrina…
- Álvaro, ¡ten cuidado con los putos huevos! Cristina, bájate ese vestido, por Dios.
- Son ciento diecisiete con cincuenta. ¿Tarjeta de puntos? Ahí tiene, muchas gracias. Que tenga buen día.
El niño tira de la mano de la niña, que tira del vestido de la mujer. Se alejan hacia el pasillo, rumbo a un depósito de cadáveres de acero. El cajero se quita a tirones el chalequillo de cuadros escoceses.
- ¡Nieves! Hazme el favor, cierro la caja que voy al aseo. Un momento.

domingo, 6 de julio de 2008

Transporte público

Tenía diecisiete años. Leía, encaramada en el último asiento del autobús. Desde el pueblo hasta el instituto, cuarenta y cinco minutos por trayecto. Todos los días, pedía al conductor amablemente que apagase la radio. Éste la miraba por el rabillo del ojo y pisaba un poco el acelerador. Silenciosa, volvía al último rincón del autobús y seguía. Quizá era Tom Jones, La montaña mágica o El Capital. Podía ser Cicerón, o Chateubriand, o Mishima. En su cabeza rapada, se escribía: melancolía. Lo repasaba con rotring sin dejar de leer. Aquel día eran las Meditaciones de Descartes. Fue hasta el conductor para pedir lo de siempre, por favor. Él aceleró, como siempre, la curva se afiló de pronto. El autobús volcó cual perro pastor en la yerba fresca. Siete vueltas. Ella aún está leyendo allí arriba, en el último asiento. Al nuevo conductor no le gusta la radio. Afortunadamente.

sábado, 26 de enero de 2008

Quizá sí, quizá no

Trabajo con un problema que a los psicólogos de la Gestalt les interesaría estudiar. Soy incapaz de cerrar mis proyectos, por mucho que los elabore. Oprimo hasta el último momento el botón de execute, sin levantar el dedo. Leo un libro cualquiera y queda durante meses sobre la mesa porque, algún día, tengo que hacer uno de esos ensayos con los que me explico qué me quedo de él. Redacto un artículo y, si no fuera por las fechas de entrega, jamás lo concluiría apropiadamente. Invento argumentos para relatos y me quedo dos años dándoles vueltas hasta que, quizá sí, quizá no, cuajan en una forma que nunca, jamás de los jamases, me convence ni doy por definitiva.

Hace dos días dije: "aquí está, terminado, El problema de la vivienda", pero sé que aún me queda un redondeo o dos. No es afán perfeccionista. No, es simple y llanamente lo que las madres no sabemos hacer: separarnos de nuestros hijos.

Este es uno de mis fragmentos favoritos de un relato que, quizá sí, quizá no, debería ser una novela corta y quedarse conmigo otros dos años:

Se libra por fin de la ahumada chaqueta verde de Mariola, del anorak campestre de Francisco, y se dice que hacen un conjunto espantoso con el cardigán azul de Belén y la americana informal, de saldo, que ha traído ese novio que se ha echado. Roja, americana roja. Azafato de congresos, hay que ser propios. Se mira en el espejo vestidor. Laura Armando lo ha logrado. Otras equivocan sus elecciones, trastabillan en las esquinas de la vida. Tiene treinta y siete años que nadie le echaría, las comisuras de los labios aún no se le curvan, apenas, la falda de corte evasé se adapta sin esfuerzo alguno a sus formas y la blusa blanca realza ese blush del que nunca se separa. Meditó mucho su atuendo. Y el menú, y hasta la composición que harían las personas invitadas (a última hora, dos menos, qué importa) a su fiesta. No tuvo más remedio que dar en el gusto a José Antonio: esa muchacha y su novio le parecen extraños, estrafalarios. Belén tiene algo bobo en la mirada pero sabe que no es ninguna tonta, y eso le desconcierta del todo. Eso es un matrimonio, se dice, conceder. Y ella está a la altura. Mucho más que a la altura.

lunes, 22 de octubre de 2007

Siete excusas innecesarias para leer a Carson McCullers (antirreseña)

Al hilo de la preparación de una reseña (que publicaré en su momento) sobre el libro El aliento del cielo (Seix Barral).

1. Lo que trastorna, entusiasma, sacude de dentro a fuera, resquebraja la voluntad más fría en la lectura de la narrativa breve de Carson McCullers no es pensar en el estado de pérdida personal, enfermedad, quebranto y dolor en que se gestó gran parte de esta obra. Aunque no deja de alarmar que algunos de estos relatos fuesen confeccionados durante o inmediatamente después de una convalecencia, mientras arrojaba esputos en una bacinica o recogía pesadamente el cuerpo después del penúltimo ataque de toses, al tiempo que se peleaba con su marido y sucesivo ex marido. Todo lo anterior se puede obviar frente a

2. El tremendo arrojo de alguien que no desperdicia ni un segundo del tiempo que le ha sido concedido vivir. Alguien que abraza esta suerte de “misión”, sin petulancia, enamorada no sólo de la escritura, sino del valor de la imaginación, de la prosificación respetuosa y responsable. No hay descanso, no hay respeto. Ávida por saber más, por hacer más, por confabular más monstruos y fantasmas. McCullers es una narradora-río, hecha de pura vocación, un ejemplo permanente de lo que la perseverancia, la actitud trabajadora y el genio logran, no sin una dosis descomunal de esfuerzo. Léanse las primeras narraciones, cualquiera de ellas, escritas a unas edades que harían sonrojar a más de un aspirante a revelación literaria. Pero tampoco el río de composiciones arrojado y ciego sería una razón, si

3. Esas narraciones per se no conformaran un estilo y una sensibilidad nueva, jodidamente peculiar: una forma de penetrar en la realidad y de escarbar en los sentimientos, totalmente ajena al sentimentalismo. La prosa de McCullers es MODERNA, desde el mismo minuto en que habla del complejo mundo de las relaciones humanas y soslaya, a todas horas, esa formulación manida de la literatura hecha por mujeres o para mujeres, evitando de un solo volantazo lo consabido, el lugar común y el arreglo floral. Se aferra a las cosas, hace hablar a las cosas y las cosas definen a los personajes, y por eso es tan, tan moderna. Entrega absoluta en su papel de madrina de los desheredados y los disminuidos emocionales, en encontrar la belleza de los personajes más estrafalarios, en manejar sin sonrojos las miserias humanas, en creer a duras penas en la redención, en no dejarles escapar de su destino…

4. La curiosa, persistente y enriquecedora influencia de la música en sus narraciones. Como rasgo de los personajes, de la trama o de la estructura. Herencia de una primera vocación rota, o de algo que simplemente no fue. Lo que no fue, la gnoseología interna de aquello que no existió (amor, familia, felicidad, matrimonio, hijos, vejez) es un tema recurrente.

5. Su particular cercanía, tendencia quizá, a los niños y adolescentes, la intuición soterrada de que pocos como ella han leído en las almas infantiles y han construído narraciones creíbles y nada sonrojantes, desde la edad adulta, sobre tan delicados –y escurridizos- sujetos. Como si hiciese dos días que acabara de abandonar tal estado o… como si nunca hubiese dejado de pertenecer a su mundo.

6. Los borrachos, o los que lo parecen. Los matrimonios en ruinas. Todo junto.

7. Y la prosa. Su sabiduría enconada, de mujer sin terminar, de enferma ególatra, de hiriente observadora del circo del mundo, de personaje estrafalario ella misma, siempre a punto de caer una vez más, siempre deseosa de obedecer al gen de la adicción. Reponiéndose, y escribiendo. Esa actitud como bofetada. Esa sabiduría y todo lo demás, al servicio de la prosa. Prosa que nace siendo, que no pide permiso y fermenta despacio… Prosa que aparece como NECESARIA. Las cosas, en aras de esa prosa, parecen estar sucediendo, allí mismo, delante de tus narices. No tienen adornos innecesarios, no son más mezquinas de lo que en realidad son. No son más puras. Y no tienen vergüenza alguna de nacer. Las cosas en las palabras y las palabras en las cosas. La pequeña gótica, de la forma más natural del mundo, regalaba a manos llenas las criaturas vivientes, sufrientes, de su prosa.

viernes, 6 de abril de 2007

La fantasía es hispanoamericana

El cuento fantástico en Hispanoamérica es un área muy fecunda y poco publicada.

Varios Autores
Penumbra. Antología crítica del cuento fantástico hispanoamericano del siglo XIX. Edición y prólogo de Lola López Martín
Lengua de Trapo

El crisol de nacionalidades que es América Latina ha dado de sí historias literarias dispares, aunque, a simple vuelo de pájaro, puede encontrarse en la fantasía un fecundo denominador común. Se identifica “literaturas hispanoamericanas” con una forma peculiar de lo fantástico y, por ende, con cuento, como vehículo perfecto para las colisiones entre planos de la realidad. Para, también, expandir el ámbito de lo que se puede contar. Obviamente, lo fantástico es un subconjunto de la literatura, pero hoy por hoy no podría entenderse la segunda sin lo primero. De esto, bien puede culparse a los románticos. Al haber empujado siempre hacia fuera, más y más lejos, los extremos de lo posible literario, hicieron que la literatura se tiñera para siempre de motivos físicamente/naturalmente bastardos. Este abrazo de lo natural con lo a-natural se fijó en el núcleo de las literaturas americanas, durante todo el siglo XX; y ese matrimonio (Hispanoamérica y fantasía) es iluminado en este libro: imprescindible para entender los antecedentes de los conejitos que vomitaba el protagonista de ‘Carta a una señorita en París’, entre otras muchas cosas. Entre los precursores, algunos presentes en todas las historias, como Rubén Darío o Leopoldo Lugones, y otros muchos obnubilados por el silencio de los legajos. Las otras, las grandes figuras que acuden a la mente, han hecho que la literatura hispanoamericana sea considerada (un conjunto de literaturas nacionales) de las más importantes del siglo XX. Desde Cuba hasta Argentina, algo hubo a las espaldas de Cortázar y Arreola, un poso y un fermento, y está en este libro.

El cuento fantástico, en Hispanoamérica y en el XIX, no es sólo abundante, sino que cuenta con un carisma peculiar. Recibiendo los avances estilísticos, prácticamente coetáneos, de las literaturas anglosajonas y europeas, fue desenmascarando progresivamente su carácter propio, incorporando elementos, extractos de leyendas indígenas e intrahistoria difícil de transmitir por otros medios. Por suerte, aquí no se pretende uniformizar sino “apuntar” los caracteres más señalados de un rinconcito de la literatura de estos países: cómo se inmiscuyen, tímidamente al principio, cómo se abren paso los temas fantásticos, se va resquebrajando la dictadura del naturalismo y se dejan cultivar extrañas flores en aquellas zonas a las que presta atención la literatura. Lo prodigioso está en todas partes, pero el proceso pasmoso es vislumbrar cómo sus creadores toman una suerte de conciencia nacional, un acuse de la propia identidad y lo vierten en sus literaturas. Somos testigos de cómo estas realidades/nacionalidades se van acostumbrando a ellas mismas, y es cuando dejan entrar en sus formulaciones elementos “anómalos”: la prologuista llama a esto “el umbral de la cultura”.

Como el trabajo que hizo Italo Calvino con los cuentos fantásticos, esta antología ilumina un sector primo-hermano, y se revela una de esas maravillas sin las que no sabíamos que no podíamos vivir; el mérito está en el trabajo de Lola López Martín, editora, que ha sabido sacar de su tesis doctoral un minucioso trabajo de rescate y selección. Cuento a cuento, autor por autor, presenta el material sin perder nunca de vista su idiosincrasia, aportando detalles que nos permiten entender los contextos de cada relato. Propone un recorrido del género que se va haciendo a sí mismo: desde la tímida aparición de los “fenómenos maravillosos” en los periódicos (el microrrelato ‘Raro ejemplo de un sonámbulo’, anónimo, es revelador, por cuanto su autor no sintió suficiente respaldo crítico para firmarlo con su nombre) a la apropiación de temas como la fuerza seductora y terrible de la Naturaleza (en ‘El puente de Icononzo’ de José María Ángel Gaitán o en su versión más bucólica, ‘Marina’ de Justo Sierra); lo diabólico asomando en ‘El número 111’ (Eduardo Blanco), el amor como energía capaz de transgredir lo real (‘La novia del muerto’ de Juana Manuela Gorriti o ‘La Granja Blanca’, Clemente Palma), brujería con sabor autóctono (‘La loba’, Francisco Gavidia). El muestrario es jugoso. Sorprende especialmente el tratamiento europeísta (sin dejar de ser argentino) a la prematura propagación de la tecnología (como en distopías mucho más recientes, ésta se vuelve en contra del hombre): en ‘Horacio Kalibang’, de Eduardo Ladislao Holmberg; y la línea argumental de “los monstruos de la razón” goyescos, que recorre quizá el más sorprendente de los cuentos: ‘Yzur’, de Leopoldo Lugones. El desierto crítico al respecto de esta literatura era tan vasto que toda agua, léase edición primorosa, es bienvenida.

//Esta reseña no ha sido publicada previamente. Una versión breve aquí.//

martes, 3 de abril de 2007

Penumbra (reseña)

Reseña publicada en la sección Libros (penúltima página) de la revista GO magazine (marzo 2007), o cómo colar el mismo adverbio dos veces en una frase.

Penumbra. Antología crítica del cuento fantástico hispanoamericano del siglo XIX
Varios Autores
Lola López Martín, edición y prólogo
Lengua de Trapo

Quedan verdaderamente pocas áreas de la literatura universal donde el marketing editorial no haya metido las zarpas, y por eso este “rescatado” es verdaderamente un acierto. Si la literatura fantástica nos ha llegado dictada por los góticos de procedencia anglosajona y alguna, escasa, avanzadilla francesa, en el siglo XX la mayor revolución fantasioso-maravillosa es la protagonizada por los hispanoamericanos, qué duda cabe. Aquí no están los conocidos, sino sus predecesores. En este libro hay una puerta, un aleph que invita a penetrar en un fantástico mundo de referencias, aquellas que nos faltaban para acceder por completo a los hallazgos imaginarios de Arreola, Borges, Lispector o Cortázar. La recopilación, producida con el mayor cuidado crítico, contiene relatos extraídos de todas las literaturas nacionales de cierto peso, desde Cuba hasta Argentina, y a través de todo el XIX: espiritismo, amores más allá de la muerte, hipnosis, cábala, fenómenos inexplicables, la naturaleza animada, döppelganger y automatismo, brujería... En el siglo del positivismo, se impone la mirada curiosa, maravillada, de autores como Rubén Darío, Eduardo Blanco, Leopoldo Lugones o Juana Manuela Gorriti. La sucesión impuesta, atenta a la cronología, y las copiosas explicaciones de la editora, ponen en evidencia cómo la fantasía se introduce en los temarios, primero tímida, al poco arrolladora, y siempre con un carácter único, genuino y pintoresco, inencontrable en ninguna otra tradición fantástica.