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jueves, 7 de abril de 2011

In love with a view

Los chilenos llaman "panorama" al plan de movidas para hacer en la tarde o el fin de semana: "qué buen panorama", "qué lata, no tengo panorama". Todo lo que cabe en el ocio es "panorama" y yo tengo delante uno amplio, ancho, inmenso, casi inmanejable. Tengo tanto panorama que no sé qué hacer con él.

Este largo periodo de sequía y precariedad me ha dado fenomenales vistas sobre el mundo. Como extraído de algún capítulo de Un cuarto propio conectado (Remedios Zafra), todo ese ocio que no puedo ejecutar por falta de movilidad, flexibilidad en mis tiempos y quehaceres (de madre trabajadora a un 200 por cien del tiempo), lo obtengo -o lo intento- de las redes. Digo que no quiero conocer más gente por internet, pero en realidad a la mejor gente del mundo la conozco por internet.

Pero a veces puedo. Puedo ir a la raíz, a las coordenadas espacio-tiempo, y no sentarme (en mi cuarto propio conectado) como espectadora de un streaming. A veces -y raras veces coincidiendo con la ejecución de los hechos- salto desde el cuarto propio hacia la calle. Grito y maldigo y hago, en la calle.

Que es lo que más me apetece hacer últimamente.

Tengo una gran cantidad de posibilidades, de panoramas, delante mío. Tantos que no los sé manejar. Tantos que, quizá, me vienen grandes. Son como carros de los que tiro algunos centímetros cada día. Son como enormes ollas todas bullendo a la vez sobre los fogones, y he de ser lo suficientemente ágil para remover su contenido con cucharas de palo, cada una en su momento. Como en aquel clip de los Looney tunes (me parece recordar, o quizá invento) en que Elmer ha de mantener una gran cantidad de platos girando simultáneamente sobre varillas de madera. No sé si lo he soñado.

Me voy a Sevilla el fin de semana. Hago una presentación de libro (ver entrada anterior) y me moveré por los muchos estímulos dispuestos por la ciudad para mí. Últimamente, una gran cantidad de cosas tiran de mí hacia Sevilla, que es mi ciudad al cabo, pero una en la que no vivo desde 1999. Tira de mí Estado Crítico y la entrega del premio Mejor Ensayo 2010. Tira de mí el 13 Zemos 98, del cual ya me he perdido la mitad de las citas interesantes. Tiran o yo tiro hacia ellos. Al cabo, panoramas de los que enamorarse perdidamente.

In love with a view

domingo, 27 de marzo de 2011

Puta mierda nuestra

Desde hace ya mucho tiempo me pregunto: ¿quién nos ha enseñado a limpiar? ¿Está inscrito en nuestros genes, como pretenden los biologistas y deterministas, o se trata de una enseñanza directa de la cultura mamada, como nos dicen los otros? Llevo desde el sábado (y no cuento las tareas diarias de control de la mierda) a las 11 am de sitio en sitio, viendo basura por doquier, recogiendo pedazos de vida, comprobando que somos polvo. No soy una obsesa de la limpieza, ni mucho menos, pero en alguna parte de mi estructura mental está inscrito que se desarrolla mejor la persona si lo hace en un entorno ordenado, libre de mierda. Conste que no limpio para ningún hombre, pues ninguno pone el pie en mi casa desde hace casi veinticuatro meses.

He puesto lavadoras, he puesto lavavajillas, he limpiado habitaciones, he hecho (a base de peleas) que mis hijas ordenen la suya, he quitado polvo, limpiado el suelo, limpiado el baño, hecho la compra, cocinado, recogido restos, ordenado mi habitación (porque los montones de papelotes no me dejaban pensar)... Son las siete y media de la tarde del domingo y todavía me quedan por planchar aproximadamente siete kilos de ropa, dos lavadoras amontonadas en un rincón del armario. Me da a mí que van a quedar para otro día.

A menudo me pregunto qué nos hace así y debe de ser esto lo que ellos llaman "ser brujas". ¿Sexismo nada más? ¿Programación de género, como lo llama Elisa, que traspasa generaciones y edades? Tengo tremendamente claro que es cosa de mi abuela el que yo ahora, el fin de semana, sienta que mi obligación es limpiar. El sábado tempranito no me dejaba ver La bola de cristal y me ponía el trapo y la escoba en la mano. Y no lo hacía así con mi hermano, diez años menor, que viéndonos a sus hermanas pretendía contribuir, colaborar en la limpieza, y la buena mujer lo trataba de mariquita y le quitaba los artilugios mágicos (la escoba) de sus garras.

Esto no va de géneros, o no sé de qué va. Hace dos semanas mi hija de 5 años vino con el siguiente cuento a casa: "Mamá, los hombres de las cavernas son los que salían a cazar porque eran más fuertes y no tenían miedo". No hay derecho a que una niña de cinco años reciba esta información de los roles de género en un contexto en que no necesita, en ningún caso, contar con diferencias, validaciones ni programaciones. Cuando nadie sabe con certeza (ni siquiera los antropólogos, y sigo aquí a Natasha Walter en su ensayo Muñecas Vivientes, Turner, 2010, pero comprenderéis que éste es un artículo escrito con sangre y no me voy a poner a buscar las citas correctas), si las mujeres realmente eran las que se quedaban al abrigo de las cuevas, cuidaban de la prole y aseguraban la morada limpia y ordenada para cuando los machotes terminaban sus tonterías allí afuera.

Insisto en que esto no va de géneros sino de quién coño me invitó a mí al club de las mujeres pulcras, que no da réditos en ninguna parte pero donde si no estamos nos ponemos negras. Hay algunas que no están, que sueltan quinientos o poco más euros a una amiga de otro país (sudamericano, por ejemplo) y ya se sienten limpias.

Insisto en que esto no va de géneros, pero hoy a las ocho de la tarde no he tenido un fin de semana normal con mis hijas, no he ido a ver la exposición Heroínas que tengo que ir a ver con ellas, no he preparado mi programa ni leído la mitad de los libros que debía, no he escrito las reseñas que debo ni puesto en orden mi vida, sólo me he dedicado a quitar mierda y a inocular en las mentes de mis hijas la idea absurda de que quitar mierda es una de las tareas ineludibles, básicas y satisfactorias de la vida. En este minuto me pesa una barbaridad, pero algo dentro de mi mente no puede eludir esa responsabilidad que no paga absolutamente nada.

Puede que esté exagerando, no sé, estoy cabreada conmigo, con la programación de género, con mi abuela y con todos los que viven felices entre bendita la basura. Quiero saber, ciertamente, si Alejandra (Pizarnik) limpiaba su espacio (que no), si Virginia Woolf (que no) limpiaba su espacio, si Leonora Carrington (que no) limpiaba su espacio, si Marguerite Duras (que no) limpiaba su espacio. Quiero saber si hubiesen sido mejores poetas, artistas, novelistas (que no) limpiando sus espacios. Puta programación de género.

La imagen está tomada prestada de aquí.

viernes, 11 de marzo de 2011

Red de tejer cuentos

No tiene ni web, ni blog, ni proyecto, ni presentación. Sólo es una idea. Una de las muchas ideas que tengo a lo largo del año, pero es una que voy a poner en práctica. Desde que vive (la idea) he implicado a varias personas en ella. A algunas sólo contándosela. Me han servido de oreja. A otras, también, metiéndolas dentro. Estoy en marcha y soy imparable. No, no soy un tsunami.

La Red de tejer cuentos ya tiene fecha de estreno: 20 de marzo, 14:30 horas. Tabacalera de Lavapiés. 6º aniversario del periódico Diagonal. La jornada va a ser mágica por muchas más razones, sólo espero aportar un rato de estupor/encantamiento ante la idea de que las historias las llevamos dentro. A lxs niñxs.

¿Algún diseñador gráfico que se anime a hacer el logotipo? Le pago con un cuento.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Cuerpo, habitación, red


1

Debo decirles que tengo un cuerpo, deseos, dudas y preguntas. Debo advertirles que escribo sobre el presente a través del cuerpo y "no desde una huida del cuerpo". Y que desde esta posición de materialismo encarnado doy cuenta de mi propia localización desde una dimensión cultural y geopolítica que oscila entre el mundo urbano y el rural, entre distintas localizaciones del sur de una Europa decadente, y desde una dimensión temporal que se balancea entre la construcción de un nuevo siglo y la clausura de otro que no termina de irse del todo, una posición no estática, que cambia conforme escribo.

2
La intimidad siempre nos habla de una zona reservada, de un escenario que importa, donde buscamos una protección, una clausura, la posibilidad de acoger descubrimiento, posibles huellas de experiencia, acumulación, ensoñamiento y revisión; en el cuarto propio conectado: privacidad sin recluirnos del todo. Porque la habitación conectada abriga, y nos valemos de esta sensación para sentir que aquí sí, que aquí estamos solos sintiendo que no lo estamos del todo; que podemos "concentrarnos" por fin, y descansar de la dispersión del afuera, pero también acceder de manera ordenada al mundo y a los otros.

Y tirar del hilo que desenrolle la madeja de la ilusión.

Me hubiese gustado firmar los párrafos superiores, pero los extraigo de una lectura en proceso: Un cuarto propio conectado, Remedios Zafra (Fórcola, 2010). Póngase en relación, si se tiene ganas, con el post anterior y los de la serie Just-a-working-girl (lista de tags).

domingo, 30 de enero de 2011

Out of season


Últimamente he regresado a algunas prácticas que me devuelven a la adolescencia -y no ha sido de forma consciente-, sobre todo en lo que se refiere al tiempo libre. Me doy cuenta y me da risa:

Pasar el tiempo libre en mi habitación.

Leer durante un día entero, tirada en la cama, zamparse cuatrocientas páginas seguidas de una novela, o saltar de un ensayo a un poemario sin transiciones.

Cantar a voz en grito. Como ocio, no es del todo recomendable, por aquello de reventar los tímpanos de tus convivientes. Ayer eran mi abuela o mi abuelo, hoy son mis hijas las que me mandan callar.

Dosificado, he vuelto a hacerlo, sin motivos para cantar, como impulso irracional. Y es de las actividades más divertidas y saneadoras que me puedo costear. Imitar a mis cantantes favoritas e interpretar tal cual en el escenario, a menudo en loop, a menudo sin saber más que un par de palabras de la letra: unos días Kristin Hersh, otros Siouxsie o Liz Fraser, hoy le ha tocado a Beth Gibbons y su Tom the Model: so do what you gotta do ... and don't misunderstand me...

Es una patraña cómoda meterse en ciertas frases, creer que ellas cantaron para expresar tus miedos o tu dolor, pero qué bien sienta interpretar, sentir a través.

No me puedo permitir el ocio de mis contemporáneos: excursiones vitivinícolas, cenas en restaurantes, escapadas románticas de fin de semana, spas urbanos... En fin todo eso que te convierte en treintañero. Lo escribo con toda la sorna. Cuando abro una revista cualquiera, un Esquire, una Elle, no puedo más que reírme del tipo de consumidor o consumidora al que se dirigen.

No tengo, advierto, ninguna nostalgia de la adolescencia, sí creo que es sintomático que regrese a donde estaba en ciertas cosas, simplemente porque hay que sobrevivir a la presión. Un artículo de Nacho Escolar esta semana hablaba de la gran estafa a la generación que se va a quedar sin pensiones: antes de esta nueva tomadura de pelo, está el hecho de que subsistimos con trabajos precarios acercándonos a los cuarenta, está el otro de que la vivienda en propiedad se nos vetó, etc. etc. Esa sensación de estafa la arrastro yo desde hace diez o doce años.

Ayer leía compulsivamente a Virginia Woolf: entre otras cosas, saqué de ahí que teníamos que liberarnos de la cólera para poder crear. No sé cómo se hace: trabajar, ser pobre, tener vedado el mundo del ocio -la supuesta válvula de escape del obrero-, y a la vez sentir la presión del texto que vende opciones de diversión sin pausa, quedarse en casa, hacerse el monje (eso sí he aprendido a hacerlo sin ningún dolor), estar calmado y en paz, centrarse en un proyecto y escribir sin cólera.

No, Virginia, no tengo ni idea de cómo se hace, pero hoy no me importa mucho, estoy cantando a voz en grito. Ahora caigo en que el disco de la amiga Gibbons con Rustin Man se llama, significativamente, Out of season y fuera de lugar, de temporada, del sistema, de la profesión y de muchas otras cosas me siento bastante a menudo.

miércoles, 26 de enero de 2011

De obrerxs y esquiroles

Anoche acudí a la presentación del libro de Mercedes Cebrián, La nueva taxidermia -un libro al que quiero dedicar más frases que ésta, en otro momento-. En la calle, fuera de la librería, tuvo lugar este diálogo:

Un abogado al que no conozco: "Sí, vengo del trabajo"
Carolink: "Pues qué bien. Debes de ser la única persona de esta gran reunión con un contrato laboral. El contrato laboral es una entelequia".
El abogado: "Hoy he hecho un contrato laboral a una chica" (nótese, "chica").
Carolink: "Felicitaciones. Espero que sea un contrato de trabajo digno sin condiciones precarias".
El abogado: "..."

Sigo haciendo amigos.

Elena Cabrera escribió esta entrada hace pocos días y suscribo cada punto y coma de su artículo, aunque el verdadero problema, al que no entraba en esta ocasión, es que ella y miles más estemos detrás de nuestras pantallas caseras esperando esa respuesta, ese "sí te lo compro", ese encargo bendito con el que sumar cuarenta, dieciocho, sesenta, cien euros por texto. Hay medios más benévolos que otros (y benévolo es la traducción literal de "voluntario" en francés).

Colaboro, como sabéis, desde hace bastante más de un año en el blog Estado Crítico. Lo que publicamos -salvo excepciones- es texto creado para ese blog. Habrá quienes lo hagan por visibilidad, relevancia, qué sé yo. A mí -como es el caso del programa- me parece un espacio útil para, no siempre teniendo el medio que saque mis textos, escribir críticas honestas sin presiones ni limitación de caracteres. Sin embargo, hay quien prefiere no colaborar con el blog y regalar ese trabajo a un periódico. Un periódico que solicita críticas literarias pero no las va a pagar.

Ésta debe de ser de las pocas actividades profesionales en que la gente se regala: no veo yo que lo haga la cajera del supermercado, ni el abogado de la ONG, ni el arquitecto de la obra. Es normal que nos tomen el pelo y lo único que nos ofrezcan, cuando buscamos un contrato laboral, sean situaciones de post-becario, "contrato de autónomo dependiente" (la broma máxima: tenga horario y obligaciones de oficina, no cuente con ningún derecho de empleado) o colaboraciones desde casa (ahórrome tus seguros sociales, tu espacio físico, tu conexión adsl y tus derechos).

Todos hemos empezado en las reseñas sin firmar y sin cobrar, quizá para acariciarnos el ego publicador o para enseñárselo a la abuela o para "hacer curriculum". Normal cuando se trata de estudiantes, de gente muy joven. Aunque en el escenario digital de hoy: ¿Por qué se lo regalas a una empresa?

¿Por qué no sumas tus esfuerzos a una red de creadores? ¿Por qué no te implicas en una radio libre, en un fanzine, en un proyectos común donde no mande el dinero? ¿Por qué no expones tus contenidos en proyectos públicos, con licencia de republicación, cita y remezcla? ¿Por qué no te quedas esos textos en tu propio espacio en lugar de dárselos a un periódico que está mermando la plantilla cada semana y después publica cuentas de resultados elegantes y saneadas?

Me encantó descubrir esta entrada de una periodista vocacional, sin embargo el ánimo y pasión contagiosos de su autora me hace preguntarme en cuántas de esas redacciones ha conseguido ser medianamente bien pagada. Uno de los comentaristas decía algo así como que el periodismo se moría porque el periodista se amarraba a la hipoteca y las comodidades. ¿Tiene el periodista que vivir en condiciones precarias hasta los 67 años para hacer bien su trabajo?

Un camino alternativo nos lo propone Carlos (en clave de humor, como más me gustan las cosas), real como al vida misma.

La poquita luminosidad del panorama me la dan proyectos como Periodismo Humano. Necesitan subsistir del pago colaborativo de sus lectores, así que si te importa el periodismo bien hecho y con enfoque social, no dejes de suscribirte por-lo-que-te-dé-la-gana. El día en que estos periodistas tengan que abandonar será un día muy triste, pero no esperes a quejarte entonces.

Aquí algunos (incluída yo) regalan su trabajo. ¿Necesidad de que exista el espacio que nos publique el periodismo en que realmente creemos, aunque sea a costa de la retribución? Es periodismo serio, es comprometido, está trabajado in situ, es de autor; sin embargo la mayor parte de ese contenido que difunden no sería comprado por ninguno de los medios tradicionales. ¿Por qué? No puedo dejar de pensar en ese sample al final de una canción del último de Mala Rodríguez, donde una voz medio rota recita: porque el ser humano todavía no cotiza en bolsa.

(De regalo) Música para el proletariado 2.0

viernes, 31 de diciembre de 2010

Obrerxs

Imagen de la galería de Liberto Montecruz.

“La gente en ese cine parecía que no había visto un obrero en su puta vida”.

La situación que retrata esa frase la conozco bien. Esta crisis golpea no por igual a todo el mundo. Son unas pocas palabras sacadas a uno de los episodios de la parte central de El talento de los demás (Alberto Olmos) y supongo que se refiere, no lo sé, a la película En construcción de José Luis Guerin (2001). Lo mismo me da. Este va a ser el último post de 2010. Y acaba el año con muchísima debacle.

Me va a salir un post disperso y descentrado. Y sentimental. Vengo siendo just-a-working-girl desde hace mucho tiempo, pero hace menos meses lo convertí en... ¿cómo decirlo? Una marca. Cuando se me ocurrió, y me puse el burka ideológico, “parecía una buena idea”.

Durante el programa del lunes pasado, dimos en un hueso o callo o roca de granito al respecto de los derechos de autor, los copyright y los copyleft. Gratis no es lo mismo que libre. Pero libre quiere decir las más de las veces gratis. Cierro 2010 más pobre que una rata y, mientras en el Congreso (mal, en la Academia de cine) se reúne Álex de la Iglesia con “los representantes de los internautas” (mal, con representantes de la producción audiovisual y expertos contrarios a la "ley antidescargas") y te enteras de que hay una subvención millonaria para una película de la Ministra Ángeles González-Sinde (son dos hechos separados, pero no tanto), intento cobrar dos o tres facturas de hace ya varios meses (doscientos euros) para poder comprar algún regalo de Reyes Magos. Como vengo contando por aquí, trabajo del orden de catorce o dieciséis horas al día, y no veo el final del túnel nunca, ningún día.

El talento de los demás me hace entrar en una serie de cuestiones que ya me molestaban y obsesionaban hace tiempo, aunque este libro llega a ellas de otra manera. No dejo de tener trabajo y no dejo de tener una absoluta indisponibilidad financiera. Con lo cual quiero decir esto:

Versión dramatizada de mis ideas número 1

Escena 1
¿Se puede poner al teléfono el señor XXXX?
Lo siento mucho, está indispuesto.

Escena 2
¿Puede pagar usted esta factura atrasada?
Perdóneme, mi cuenta corriente está indispuesta.

Pero trabajo y trabajo y trabajo. Y a veces pienso que la mitad del trabajo que hago es una condena autoimpuesta. Leer a ésta, a aquél, a aquellos. Luego comentar, criticar, reseñar, luego preparar programas, hacerlos, publicarlos, distribuirlos. Termino el 2010 y mi aportación a la “Cultura libre”, la que no interesa a nadie, es absurdamente grande para lo pobre que soy:

- aquí podéis encontrar quince o veinte artículos publicados en notodo.com a lo largo del año
- aquí las veintitrés reseñas que he publicado en Estado Crítico en todo 2010
- aquí cuarenta y tantos programas, a medias con Elena Cabrera, de nuestro podcast
- aquí los artículos con los que los distribuimos en Periodismo Humano, donde empezamos a aparecer en abril.

Mi queridísimo primo Miguel Ángel me suele regañar porque no escribo nada. Porque no termino nada de lo que empiezo, más bien. En verdad, escribo todos los días, un par de posts, muchos apuntes, cuarenta anotaciones, artículos breves... Tengo otro buen amigo que me regaña de vez en cuando, y me dice que vale más un libro malo que cien artículos cojonudos. A él no le hago mucho caso. Escribiré, algún día, como escribía cuando tenía dieciocho y veintidós, pero no será un libro malo.

No puedo dejar de atravesar esta crisis pensando, y escribiendo, y ya veremos por dónde sale. El autor no vale un minúsculo comino, eso ya lo sabemos, pero algunos ya tenemos los suficientes años para cabrearnos por la estupidez que viene adjunta alrededor del mundo literario/editorial. Tanto, tanto nos cabreamos, que esta crisis actual significa que estoy empezando a desear no tener que leer ni reseñar nunca más a nadie. Que me dáis igual todos.

Que los desvelos y la falta de sueño que me gano por estar leyéndoos no me merecen la pena. Salvo, eso sí, por conocer a alguna gente muy válida. Estupenda. Pero yo no como gente. Mis hijas no comen gente. Yo soy una obrera. Yo tengo que tener un sueldo. Un sueldo inexistente, una quimera, la entelequia de conseguir un contrato laboral, que persigo desde hace casi ocho años, que no existe, que me esquiva, que se me hurta siempre en el último minuto.

Obrera. Sí, de las ideas. Sí, de lo más abstracto. Abstracto es el dinero, pero ése no viene a mí. Quisiera trabajar con las manos:

Versión dramatizada de mis ideas número 2

¡Anda! ¡Si trabajo con las manos! ¡Si todo lo que hago lo realizo tecleando en este ordenador!
No, no iba por ahí la cosa, ¿sabes instalar una puerta?
No
¿Has tenido que pagar por instalar una puerta?

¿Cuánto has pagado?
120 euros
¿Cuánto tardó en instalarla?
Una hora
¿Cuánto cobras por una reseña?
Entre 12 y 100 euros, dependiendo del medio.
¿Cuánto tardas en escribir una reseña?
Sin contar la lectura, entre dos y cuatro horas.
Qué obrera más triste eres.
Sí, ya lo sé. ¿Qué hago?
Buscarte la vida de otra cosa.
¿Qué da dinero?
¿La prostitución?

Hoy lo he dicho por muchos medios. Tiene que parar ahí. Tiene que parar ahí. Tiene que parar ahí. No podemos seguir aceptando ciertas barbaridades y atropellos. Tiene que parar ahí. Tiene que parar ahí.

jueves, 25 de noviembre de 2010

El día trece


(tomada prestada de Irreverendos)

Lo de Just a working girl deviene de etiqueta y título de canción en mantra omnímodo. Voy a intentar no ser demasiado llorica en esta entrada y hacer, como hace a menudo mi socia Elena, periodismo desde las circunstancias privadas.

Trabajo desde las ocho de la mañana (hora en que salgo de la ducha) hasta las doce o una del día siguiente, todos los días, de lunes a viernes; sábados y domingo trabajo, con un horario un poco más relajado: comienzo a las diez y acabo a las tres. Pocos admitirán que lo que hago durante esas catorce o quince horas sea exclusivamente trabajar. Es lo que hago. Pongo desayunos, recojo la cocina, acompaño a mis hijas al colegio, me dedico a mis tareas profesionales, busco nuevas salidas, recojo a las niñas del colegio, pongo meriendas, me sigo dedicando a mis tareas profesionales, busco nuevas salidas, otra vez, leo y tomo notas durante la pausa del cigarrito, pongo lavadoras, las acompaño a sus clases extraescolares, paso la escoba por el suelo, paso el plumero por los muebles, pongo orden en su cuarto, pongo orden en mi mesa, voy a la compra, baño a mis hijas, contesto sus preguntas, les ayudo con los deberes, cocino algo para la cena...

Me obsesiona un tanto mi gestión del tiempo y sobre todo el aprovechamiento monetario del tiempo. De esas catorce o quince horas, apenas seis o siete son de trabajo remunerado diariamente. Dado que, además, mi sector está absolutamente por los suelos en tarifas profesionales, no me llega ni para pensar en contratar ayuda.

A mí esta situación no me incomoda, pero por mi forma de ser y mis enfoques no tengo más remedio que planteármela, a ser posible desde el punto de vista filosófico. Por ver si encuentro algo a lo que agarrarme. En el pasado, una mujer que se quedaba sola con sus hijos tenía a su alrededor una red -más extensa o más reducida- de conexiones y ligamentos familiares. Tampoco existía una presión social sobre la madre para ser, además de cuidadora y alimentadora total, compañera de juegos, amiga, cómplice. La madre autoridad, la madre alimento, la madre criada, la madre colchoneta.

Hoy hemos de ser todos esos roles del pasado, además de unos cuantos más del presente. Si la figura paterna desaparece, habitualmente -salvo en los casos críticos- deja una estela económica en forma de "pensión de alimentos". Sin embargo -y, otra vez, salvo en los casos de burguesía aguda- nunca esa pensión de alimentos permitirá una vida cómoda a una familia monoparental, no sin el trabajo de la parte femenina.

Y es normal que así sea.

Existe algo llamado “pensión compensatoria”, diseñada por las eminencias juristas para paliar en cierta forma la situación de deterioro económico en que queda la madre cuando ha abandonado durante cierto tiempo su labor profesional para atender la crianza de los hijos. Yo abandoné mis tareas durante, exactamente, cinco meses.

Estamos hablando, además en mi caso, de un ejemplo transparente de precarización de la clase media profesional. Cuando volví de Chile, hace ahora ocho años, no tenía ni idea de que el título que allí me había servido para obtener cierta consideración en el incipiente mercado laboral de las nuevas tecnologías, aquí me iba a servir como mantel individual para recoger las migas de pan -duro- de las cenas. Como, además, llegamos a Madrid en pleno alzamiento nacional de la santa Burbuja (yo espero que los del ladrillo sigan como Sísifo, eternamente, atados al vil material y descendiendo a los infiernos con su peso), tampoco pudimos optar nunca a una casa en propiedad. Matizando: no quisimos atarnos a ninguna propiedad por la cantidad de renuncias que implicaba. En el caso de haberlo hecho (hubo, en su momento, docenas de entidades bancarias que nos habrían prestado, amablemente, el triple del valor real de la vivienda cochambrosa a la que podíamos aspirar), tampoco tendríamos nada, salvo algunos intereses pagados, ocho años después.

Éste no es el tema. Tengo la custodia exclusiva de mis dos hijas, una pensión de alimentos y dos fines de semana (cuarenta y ocho horas cada quince días) en que ellas disfrutan de la compañía de su padre y yo de soledad. ¿Qué pensáis, buenas, nuevas, futuras, viejas madres? Porque tengo entendido que la mayoría de las mujeres que se divorcian hacen todo lo posible para alejar al padre de sus hijos. No es mi caso. ¿Qué pensáis, buenos, nuevos, futuros, viejos padres? Porque también me cuentan que la mayoría de los que se divorcian prefieren veinticinco años pasando dinero que ocuparse personalmente de las pequeñas minucias cotidianas, trabajosas y no remuneradas que implica criar a los hijos.

Por supuesto que existen circunstancias mucho más horribles. A una persona que conozco, su ex pareja le arrebató la custodia de su hija, aportando un diagnóstico no contrastado de enfermedad mental, con tal de no tener que pasarle pensión de alimentos a la madre. De su depresión ha nacido un despido, de su despido ha nacido una mujer en una situación aún más precaria que la mía, y obligada además a vivir sin su hija.

En mi trabajo/investigación/aúnnoséquées La vida sin hombres anoté estas dos direcciones con las que me he topado recientemente: ProJusticia parece ser una asociación medianamente organizada, que convoca actos periódicos en pos de la “custodia compartida”. Los descubrí con una pegatina llamando a la movilización en una señal de tráfico. Busqué su página. En primerísima línea de blog se puede leer: Custodia Compartida sí / Denuncias falsas no / Síndrome de Alienación Parental no / Derogación de las leyes de género (sic).

No me voy a detener en el análisis textual de lo que proponen pero se trata de una “asociación” de padres que busca promover la conciencia social en su causa. Si miro un poco en su interior -“la mayor maltratadora de niños, con enorme diferencia, es la madre. O mejor dicho, algunas madres”, matizan- me empieza a dar náusea. ¿Quieren estos señores la custodia compartida para no pagar una pensión de alimentos?

Pero nunca, nunca llueve a gusto de todos. Algunos jueces y algunas comunidades autónomas están amagando con imponer la custodia compartida cuando se separan los progenitores y surge: No a la custodia compartida impuesta. Estos otros (no sé si hombres, mujeres, o mixtos) también tienen datos, estudios de toda Europa y resto del mundo civilizado; ellos también ondean la bandera “por el bienestar de nuestros hijos”. Hacen manifestaciones y convocatorias. Sálvese quien pueda.

Yo cobro para mis hijas una pensión de alimentos, que no es poca cosa, pero nadie tiene ni la más remota idea -padres divorciados que tengan la custodia de sus hijos, cuéntenme qué equivocada estoy- de lo que es trabajar sin descanso desde las ocho de la mañana hasta la una de la madrugada. Cuando llega el día trece, el día previo a que el padre aparezca en el colegio para recogerlas, ellas no pueden más de echar de menos a su padre y yo no puedo más de trabajar quince horas al día. Quienes no me conocen, no pueden contradecirme. Quienes me conocen saben que no me ven jamás, entre otras cosas porque jamás estoy depilada ni presentable. Yo tengo que ganarme mi pan, él el suyo. Pero mis hijas no son campo de batalla.

jueves, 15 de julio de 2010

Just a working girl (episodio 6)

Cap. 6 y final. Esclavos del siglo XXI

“La autogestión es una cárcel de otro signo“--- nuestra protagonista está dentro de sus pensamientos, viéndose a sí misma en sus jornadas que comienzan tan pronto deja a sus hijas en el colegio, que se interrumpen cuando va a buscarlas, que continúan cuando ya ha despachado meriendas, que se vuelven a interrumpir para dar un paseo o hacer la compra hacia el final de la tarde, que continúan después de que las ha acostado, hasta las doce, la una, las dos de la mañana, que siguen temprano tan pronto deja a sus hijas en el colegio...

Se despierta bruscamente, otra onda sísmica recorre su interior: la mayor parte de estas personas allí reunidas son treintañeros como ella. Se han educado en los ochenta, en la época de la egb y el bup, han pasado por la Universidad. Es gente que sabe hacer el corte, que se autogestiona en medio del dolor de la falta de recursos y re-emprende una y otra vez, resurgiendo de sus cenizas. ¿Serán posibles estos proyectos, ese espíritu crítico y esas ansias de encontrar mejores atajos dentro de quince o veinte años? Quiere creer que quedarán.

Queda la última parte del asunto: tres de los colectivos/empresas van a contar cómo se organizan. Los casos, en la voz de sus propios hacedores. Los proyectos, la política, la autogestión, los problemas diarios, la amistad, las retribuciones no dinerarias, los asuntos de la liquidez, la precariedad otra vez, la maldita precariedad.

Aquí todos estos se habían juntado para hablar de “disfrutar trabajando”, a eso venía nuestra mujer de mediana edad sin nombre ni ocupación exacta, nuestro minúsculo punto en la escala de la producción cultural, más consumidora que productora, más lectora que escritora, más oyente que ponente, más aprendiza que otra cosa. Siente que ha aprendido mucho más de lo que ha podido aportar. Por eso decide que recogerá todas las notas del día y medio y tratará de hacer algo con ellas.

Ve cómo uno de los dinamizadores de la jornada se retuerce de desagrado en su silla.

Algunos fuegos se encienden.

Todos están muy cansados.

Desde el exterior llega un gran reclamo. O un gran silencio.

España esta 0 a 0 con Paraguay.

El trabajo está hecho, y con placer.

Ahora toca ir al bar.


Títulos de crédito: http://paraquienesdisfrutamostrabajando.net/.

Agradecimientos:

Amasté

Atravesadas por la cultura

Aula abierta

Barra diagonal

Basurama

Creadores invisibles

Dabne

Derivart

Eguzki Bideoak

Exit

Hackitectura

Hormiga atómica

Investic

La Casa invisible

Liquidación total

Medialab Prado

Proyecto Traficantes de Sueños

Ptqkblogzine

Reu08

Serpica Naro

Transductores

Universidad Nómada


Exgae

YProductions

Zemos98

Los que ya son realidad. Por existir.

miércoles, 14 de julio de 2010

Just a working girl (episodios 4 y 5)

Foto prestada de suburbe, porque la etiquetó para ello.

Cap. 4 Placer en el trabajo

Empieza lo difícil. Detectar los problemas es casi pan comido. Proponer soluciones no lo es tanto. O estrategias, como allí se las llama. Este grupo, uno de los seis o siete que trabajan separadamente, tiene que examinar dos problemas: “la distancia entre los discursos cooperativos versus la realidad de la competencia” entre las unidades productivas, es decir, cómo conjugamos el espíritu colectivo con las prácticas neoliberales; y la “ausencia de espacios de politización y la falta de asociacionismo” en esta industria, cuando estamos hablando de trabajar desde la colectivización y contra lo mercantil.

Este grupo es distinto del primero. Aquí están mezclados de otro modo y casualmente hay tantos hombres como mujeres en el think tank. Tiene frente a ella a una mujer muy bonita, cuya boca grande y sonrisa y timidez le resultan familiares. No participa apenas.

Se habla de la visualización de estos trabajo en la sociedad: por qué se nos ha de pagar, en qué somos realmente útiles, qué tipo de cuantificación tienen nuestras labores, y cuál es el verdadero monto que significa la producción cultural en el seno de las economías urbanas. Discuten ideas pero es difícil dar con auténticas propuestas de acción. Llegan a varias que le parecen, a nuestra prota, importantes: ser honestos (aporta Iñaki) acerca de los presupuestos, las capacidades y los curricula, al menos con el fin de no pisotearnos unos a otros por una irrisoria cantidad de euros; la otra tiene que ver con el “presupuesto de los intangibles” (y es Javier Rodrigo quien lo entrega): las competencias en acto no son privativas del “talento individual” que permite elaborar el proyecto "x", porque éste se nutre de un capital extraído (y devuelto también, en alguna medida) al procomún, y en el presupuesto se debería contemplar el valor de la red en funcionamiento.

Todos allí han pensado mucho más que nuestra prota sobre estas cuestiones, previamente, y ella sólo sabe escuchar con la boca muy abierta, disimulando.

Y tras la deliberación, atraviesan el barrio de Lavapiés hacia un lugar que se llama Ésta es una plaza. Donde un colectivo de inmigrantes marroquíes les esperan, en un solar reutilizado como huerto urbano, con ensalada, cous-cous, refrescos, vino y pastelillos árabes. De pronto, aquí, se está desprendiendo de la mayoría de sus complejos y se siente a gusto: sin formar parte de ninguno de esos colectivos, con ellos hay lazos en las formas del trabajo autónomo, en la pretensión de depender exclusivamente de su creatividad para subsistir. Y el cous-cous está tan bueno...


Cap. 5 Jodidas pero contentas
Vuelven los participantes, cargando una silla de plástico al hombro, hasta el local donde se hacen las reuniones. Es la recta final: queda poner en común las soluciones delineadas, y las dos mujeres irán apuntando las propuestas de cada grupo en un telón de papel que se va llenando, a medida que la tarde avanza.

Perdió de vista a la de la sonrisa y la timidez. Buscándola, de pronto, se acuerda del motivo por el que le resulta familiar: hace casi un año, estuvieron las dos sentadas en el mismo espacio, dentro de una de las aulas de La Casa Encendida, compartiendo taller de literatura. Aunque, si ese recuerdo es verdadero, la chica no estuvo más que un día o dos.

Son muchas las mujeres, tantos como los hombres, en la reunión. De alguna manera siente que ellas, en todo caso, guardan más rabia. Más descontento. En algún momento, ha hecho una pequeña broma en voz alta: cuando se quería anotar, como problema, la existencia de un “falso autónomo” en las tareas creativas (no nos contratan, nos mantienen aparte, nos privan de los pocos derechos sociales del asalariado, pero estamos sujetos a las mismas obligaciones de horario y dedicación que estos), alguien dijo que también se podía hablar del “falso becario”: traigamos a alguno de los miles de millones de recientes licenciados sin experiencia laboral que le vamos a tener aquí ocho horas y se va a llevar lo mismo que si estuviese en prácticas, una palmadita en el lomo. Al hilo, desde el foso, ella dice: “¡y el falso esclavo!”. Algunas la miran y asienten. En realidad, quería decir, “el nuevo esclavo”. Pero ya no era la hora de las quejas, sino de la búsqueda de salidas. ¿Hay salida, alguna, de esta precariedad?

Nuestra protagonista se ha presentado voluntaria, como portavoz, para explicar las estrategias halladas en su grupo. Sabe que le costará, porque no cuenta con las mismas herramientas, carece de reflexión, le falta vocabulario. Los compañeros le echan una mano en el planteamiento. Todos los grupos hacen sus aportes. La pizarra de seis metros por dos se está llenando. Las mujeres trabajan a destajo. En el primer día, previo a la jornada de trabajo, las ponentes de Y Productions contaron que el patrón es bastante recurrente: las mujeres en las empresas/colectivos de producción cultural hacen más gestión; mientras que la visibilidad, la relación pública y la presencia en el ruedo, también aquí, se la llevan los hombres. Tal cual.

martes, 13 de julio de 2010

Just a working girl (episodio 2 y 3)

Et quoi que tu fasses? La foto se la tomo prestada a Alé.

Cap. 2. Saberes inútiles


Once y media de la mañana. En la puerta del local hay personas que conoce. Seis desconocidos entran en un local frente a la puerta del local de Traficantes de Sueños (tiene un nombre, que no puede recordar nuestra protagonista, pertenece a una asociación de mujeres del barrio).

Comienza la charla, su misión es delimitar los problemas que afectan al trabajo creativo. Dos personas, uno y una, hacen de directores de función. Participa, sintiéndose siente parte de, al mismo tiempo que extraña.

Le gusta lo que escucha. Le gusta la “dinamizadora”, que forma parte de un colectivo. Le gusta la atención tranquila que pone en todo lo que dicen los demás, y cómo va tomando notas en su portátil. Hay una botella de agua. Queremos trabajar y que nos guste. Casi siente la excitación, pero aquí no existen ni egos ni sexos. Tanto él como ella se dirigen al grupo (cuatro hombres, dos mujeres) como “las trabajadoras culturales”, las “productoras de la cultura”. Tiene todo el sentido, si hasta hoy hemos pretendido englobar al común de la gente bajo el masculino...

Se habla de problemas. Nuestra prota no tiene mucho que aportar, como colectivo, porque está claro que es una y no tiene mayor enredo con otras capacidades productoras (aunque le gustaría), pero sí es o se considera una trabajadora cultural. Le hace gracia la etiqueta, la hace sonreir. Le recuerda a esa otra de “trabajadora sexual”.

En nuestra teleserie, el lenguaje audiovisual ha sido sustituido por un lenguaje transversal, desarrollado desde el pensamiento. Nuestros telespectadores pueden recibir, sintonizando la frecuencia adecuada, qué es lo que pasa por la cabeza de los personajes. Así que vuelve a recordar uno de los leit motivs de estas jornadas: “trabajar y que nos guste”. Es muy complicado todo: estar en el mundo, ser productiva sin sentirse esclava, obtener un rendimiento suficiente y digno por las capacidades de cada cual sin sentirse vendida. Y son sólo las doce y media de la mañana.


Cap. 3 Matar la noción de trabajo

Dos preciosas mujeres están ahí detrás de los ponentes -portavoces de cada grupo- tomando notas sobre papeles dispuestos en la pared. Es la primera puesta en común, todos a la vez viéndose las caras.

Hay militancia, hay seriedad, hay sensación de que todo tiene un sentido. Eso es precisamente lo que buscaba nuestra protagonista. La legitimización a su soledad. Se trata de trabajar a todas horas. Uno no se hace creativo, uno ha nacido creativo, no tiene más remedio que seguir los dictados. ¿Qué es creatividad?

Creatividad puede ser no saber cambiar una casquillo de lámpara.

Nuestro personaje no puede imaginarse haciendo otra cosa que lo que hace, estar dentro de su cabeza, discurrir, imaginar mundos posibles. Sabe que los tiempos están duros, que puede necesitar bajarse los pantalones, o las bragas, para introducirse en una estructura económica la-que-sea. El telemárketing, le han dicho, tiene un convenio más o menos bien atado. Que puedes sacar 900 euros por ocho horas de trabajo y tienes todas las prerrogativas de un asalariado formal, bien protegido. La divagación se detiene.

Salen los portavoces, uno tras otro, y tienen que explicar los problemas que se encuentran las trabajadoras de la cultura en su día a día. Semi-intermitencia económica... Situación perenne... Falta de profesionalización... Dependencia económica de las administraciones... Canibalismo entre nosotros mismos. Porque se trata de subsistir.

Y ¿si fuésemos albañiles? ¿Si nos dedicáramos a colocar productos en los estantes del hipermercado? ¿Habría menos canibalismo? ¿Qué saben los vendedores o los mudancistas del procomún? ¿No tiene ninguno de ellos la sensación, a veces, de trabajar con intangibles, de dominar técnicas y saberes que no tienen ningún valor en la sociedad?

Todavía está un poco perpleja por el contexto en el que necesita insertarse para no sentirse (¡no, otra vez, no!) una alien: muchas de estas personas han puesto en marcha proyectos que dependen única y exclusivamente de la subvención o el contrato público. O es el Estado el que te permite ser, o es el Estado el que te permite existir.

Sin embargo, ninguno de ellos desea ser funcionario. Está en el último escalón de su escala de deseos. Como ella, lo que quieren es que su trabajo sea remunerado. Que sea remunerada su creatividad. Bien consista en realizar festivales, instalaciones o novelas.

Está muy lejos de sus aspiraciones profesionales, pero las reconoce. Cree que ha llegado la hora del café. De hacer networking.

domingo, 4 de julio de 2010

Just a working girl (la teleserie: Piloto)

Empiezo a escribir, recopilando apuntes de una larga jornada, y no sé si es este será un post o dieciséis. Pongamos que éste es el piloto de una teleserie.

TÍTULO: Just a working girl.

CREDIT TITLES:
Just a working girl... Schemes and missed appointments... Just a working girl... Dreams and disappointments...

Una mujer de mediana edad (me encanta la indeterminación de los lugares comunes, tan detestables) avanza por una calle, reconocible para quien viva en Madrid. Se imprime, sobre los planos generales, el rótulo: “Trabajo, todo es trabajo”.

Podríamos seguir con la cita, pero la dejo ahí. Queda más misterioso. Es un mantra para ella, no sabe bien qué es trabajo en términos marxistas, en términos de explotación capitalista, en términos de sentimentalidad. Sólo sabe que, desde la mañana a la noche, intenta rentabilizar los cuatro saberes acumulados en los cinco años de Facultad (eso da a menos de un saber por año) y los diez de práctica profesional, criar a sus dos hijas, subsistir en la gran urbe.

Toma el metro, la mujer, sabe que persiste la huelga pero entra, Colombia - Nuevos Ministerios - Plaza de España - Lavapiés. Algo la lleva. Algo persigue. No sabemos qué prisa puede tener un sábado a las diez y media de la mañana. Nada en su aspecto lo dice. Es una periodista. Periodista cultural, para más inri. Sus aspiraciones podrían estar delimitadas en esta cita:

"Una tarde, al despertar de la siesta, descubrí que todos aquellos con los que había hablado en la última semana tenían aspiraciones artísticas, el apetito de la cultura o la inquietud de hacer cosas. Aquello era muy empobrecedor."
Fernando San Basilio, Mi gran novela sobre La Vaguada.

Apetito. Inquietud. Morriña. Migraña. Hambre. Desde la pasión por lo que uno es y lo que ha decidido que es su profesión se llega al hambre. Hambre literal, no metafórica. Le ha costado muchas derivas personales, pero hace ya algún tiempo que sabe lo que quiere: demasiado tarde. El mundo no necesita sus saberes ni sus capacidades. No hay periodismo cultural. Prácticamente no hay periodismo. Los grandes medios mueren y hacen morir la profesión. Sabe muy bien -le vemos chasquear la lengua contra los dientes, cerrar su libro con desgana- que sus opciones han mermado: las redacciones blindadas, las colaboraciones, cuando aparecen, pagadas a la mitad de su valor. Escribir historias no cotiza.

La mujer está aterrizando en un local de la calle Embajadores. Vive en soledad profesional, remeda el intercambio vital con otros colegas a través de las redes sociales, y aquellas de pronto un día le dieron un dato: vamos a hacer unas jornadas "para quienes disfrutamos trabajando". Los que allí están, imagina, tienen medianas estructuras montadas en torno al trabajo creativo y la producción cultural. Ella es una mera contadora de historias que quiere dejar de sentirse tan sola en su trabajo. Empuja la puerta. Entra.

No se pierdan los próximos capítulos de “Just a working girl”: una telenovela de la esclavitud moderna.

Just a working girl (2)

Qué me queda de contar antes de meterme en otros fregaos... Colaboraciones recientes en Notodo.com, que han pasado sin pena ni gloria, en lo que respecta a este blog (y el porqué, si es que hay uno, tiene que ver con otras cosas que quiero contar en otra oportunidad).

Después del textito del amigo Zweig, publiqué esto sobre Mansos de Roberto Enríquez.


La reseña sobre el bestiario de amantes de Josan Hatero:

Y hace pocos días esta otra sobre Diario de las especies de Claudia Apablaza. Un libro del que todavía quiero hablar más.


Y hay muchos más libros, hay muchos más proyectos, hay muchas lecturas atrasadas y otras en curso. Hay mucho más.

viernes, 2 de julio de 2010

Just a working girl (1)

La broma sobre el trabajo y yo misma viene de muy antiguo, algún día debería contarla.

Hace no mucho, en un arrebato, me fui a un fisioterapeuta, a darme un masaje (fuera bromas). Sé que son los euros mejor invertidos de todo el semestre, porque este chico hace, además, de psicoanalista sin pretenderlo. Él masajeaba, yo me quejaba, una vez más, del poco tiempo libre, del muchísimo trabajo. Me preguntaba él si realmente no me daba tiempo a todo, o yo hacía para que no me diese tiempo.

Me dejó callada.

Ni siquiera contesto a los que amorosamente me comentan. Vale, prometo, porque no tengo excusa. Contesto, o peleamos delante de unas cañas. Hoy me propongo ponerme al día, porque in illo tempore éste era el blog profesional en que contaría lo que publicaba por el mundo.

Aquí están las reseñas publicadas en Go Magazine, que no sé por qué tengo tan olvidadas.

Publicada en ¿marzo?

Catherine Millet Celos
Anagrama

La mujer que desnudó la sexualidad desde su propia voz -o, como le gusta decir, desde su propio cuerpo- amplía y corrige su primera zambullida en un nuevo libro, que ha tardado un par de años en llegar; y eso puede tener que ver con que “Celos” (en el original, “Días de sufrimiento”) carece del “morbo”, de aquel “La vida sexual de Catherine M.”. Claro, los demonios interiores de la que fuera emperadora de la liberación sexual con signo cultureta y francés son menos aberrantes y más comunes: esa mujer con un comportamiento sexual límite, de campeonato, también tenía sentimientos. Era “normal”. Así que, le guste a ella o no, aquí aparece otra Millet, más madura, más cerebral, más autoconsciente incluso, y al mismo tiempo vale decir que está la misma: la de pluma directa e inteligente, la obsesa de las cuestiones visuales y la noción de espacio, la que utiliza modelos artísticos, formas reconocibles del universo abstracto y recreado para desandar sus propios pasos y presentar la realidad cruda, dolorosa, algo más dignificada. Y, ¿cuál es esa nueva Millet?: en el descenso al infierno de los celos, Millet también va a descubrir que toda su cultura a cuestas poco la ayudaba a entenderse. Se hace “fan” del “lugar común”. Entre dos aguas, el libro es un lúcido ensayo anclado en la psicología y el tratado artístico, y al mismo tiempo un excelente folletín. Lástima que, a ratos, parezca que cree necesario psicoanalizar a la “liberada sexual” que tanto nos hizo disfrutar antesdeayer.

Publicada en abril 2010:

F.G. Haghenbeck
Aliento a muerte
Salto de Página

Lanzarse al hoyo de los argumentos históricos, ubicando las obsesiones propias en un pasado más o menos remoto, en lugar de trabajar materiales del presente, puede ser tanto un escapismo como un campo de juego para la imaginación desatada. En una época en que México posee elementos de la realidad inspiradores de una narrativa tan fértil, darse al revisionismo en la novela, ¿no es frivolidad? F.G. Haghenbeck se va al México de 1868: final del imperio efímero de Maximiliano, europeos tratando de emular un régimen napoleónico al otro lado del Atlántico y todo el mundo revuelto en una guerra cuasi civil. Acercándose de puntillas a un costumbrismo de signo goyesco, procaz, lejos de la idealización, a través de una estructura montada como si fuera una “exposición” de cuadros y otras piezas artísticas, vamos entrando en una novela pulp con el trasfondo de una historia de venganza. Adrián Blanquet (ni hermoso ni bueno, como ninguno de los personajes) regresa a su ciudad a cobrarse todo lo que, en la confusión de la guerra, le han quitado. Destaca esa selección monstruosa de tipos y caracteres, que llena el relato de prostitutas siamesas, cocineros enanos, terratenientes obesos y sangre a borbotones. Si bien en las primeras partes cae en manierismos o descripciones arquetípicas, toda esa larga introducción parece quedarse como sostén para el desquiciamiento del relato que vendrá después, digno de ser puesto en viñetas. En algún momento, la novela se transformó en un caballo camino del infierno.

Publicada en mayo 2010:

Josan Hatero
La piel afilada (un bestiario de amantes)
Alfaguara

No me hablen de experimento: los experimentos explotan y éste está muy contenido. Me hubiese entrado mejor como enciclopedia. Desearía haber encontrado más riesgo, seguridad, saltos al vacío, altanería del intento de capturar el mundo (aunque sólo fuese como catálogo de amantes) en unas cuantas páginas. No me discutan: soy una amante "miope": nada podrá convencerme de que no me enamoro de aquello que no veo, que veo borroso. Sin embargo, me gusta este libro. Me gusta -es mi esencia- por lo que no es, por lo que no alcanzó a ser. El autor se esconde de la verdadera tarea, de la imperiosa tarea de imaginarnos. Estamos todos hechos un lío. No necesitábamos la constatación de que ahí afuera hay otros como nosotros: los testimonios de las "personas reales" entrevistadas no aportan nada a la literatura y acercan peligrosamente el "experimento" a un manual de autoayuda. Sin embargo, ahí está el bestiario. Afilados, narcolépticos, diferentes, santos, berlineses. Imposible sustraerse a la inclinación por vernos reflejados. Te vas a encontrar, y seguramente te vas a reflejar hermosamente descrito. Hay prolijosa documentación, variedades, pero también repeticiones o conceptos demasiado cercanos. Pero sobre todo hay dudas y no me gustan los amantes -ni los libros- dubitativos. Inventen ustedes, que son escritores, un mundo orgulloso de su esencia de mundo y que no tenga nada que deberle a nadie. Evite cuestionarse, que eso lo hará el lector atento y más que ninguno el pornógrafo.

Y publicada en junio 2010:

Pilar Adón
El mes más cruel
Impedimenta

En un libro de cuentos, es terriblemente complicado mantener la tensión suficiente en toda su extensión, y hacernos quedar ahí sin recurrir a fuegos artificiales -encandiladores, pero ilusorios-. Es cada día más frecuente cerrar un libro de cuentos con la sensación de que las maravillas, si están, se presentan retorcidas bajo los consejos del taller, como mujeres excesivamente maquilladas. Y sí, una sutil sensación de estafa. Terminado “El mes más cruel”, me digo: aquí debajo no hay más; todo está arriba, todo lo que se puede mostrar enseña su cara, todo está hecho de engañosas perspectivas, luces difusas, matices, sospechas, peligros. No hay certezas ni claridad posible. No hay explicaciones. Pienso que la autora ha llegado a la conclusión de que no se puede escribir de lo que no se conoce: y fundamentada en ese sano, terminal relativismo, nos enseña aquello que sus personajes ven y sienten. Sin escamotear información, sin narradores "listillos". La verdad es verdad porque está dentro de la literatura y Adón crea mundos deliciosamente bien armados, incontestables, autocontenidos, redondos. Y llego a esa conclusión no porque las historias sean de abrir la boca de pasmo, sino por el trabajo de cirugía sobre el lenguaje, la cuidadosa selección de palabras y el armado paulatino de frases y párrafos, un trabajo celoso sobre la sutileza, la connotación y el eco de las paredes nunca sólidas de los conceptos. Hay una búsqueda desencantada, pero tozuda, y eso me llena de entusiasmo.