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domingo, 10 de octubre de 2010

Puentes de otoño


Todo el tiempo los cruzamos y pocas veces son conscientes de su papel. Casi nunca serán puentes construidos por quienes escribieron esas páginas, en cambio aparecerán sólidos y transitables por quien los encuentra como lector. Mi primera deformación lectora significó no sólo leer un libro, sino recorrerlo preguntándome qué podría contar de él en una crítica. La segunda deformación vino al dedicarme a leer transversalmente, seleccionando qué me quedaba y qué no, qué se venía a vivir conmigo a mi maleta de apuntes, la que algún día crearía los pasajes a mis propias ficciones (y aquí, también podría contar, otro día, las deformaciones escritoras que he sufrido, que no creo que sean en absoluto particulares).

La tercera deformación lectora, la más reciente, ha tenido lugar desde que comenzamos con el programa. Leo los libros cruzándolos entre sí y, por poco que tengan que ver unos con otros, los puentes en mi mente se tienden solos. Se generan conexiones porque ya no sé leer sin pensar a todas horas en próximos guiones. De resultas, lo que leo ya nunca más es un libro aislado, ni se corresponde con la poética interna de un autor, ni siquiera con los temas que, sigilosos, frecuentan escritores de la misma generación... Leo en un libro todos los libros que alguna vez tuve en mis manos y todos los que alguna vez tendré.

Por cuenta de esta coyuntura, o por cuenta de la muy sugestiva entrada en la estación de las lluvias y los sueños barrocos, algunos de los enlaces que hallo son como las pepitas, diminutas, encontradas en el lecho del río, que por sí solas valen en apariencia poco pero señalan la existencia de nuevos cruces, certezas, aproximaciones, ¡yacimientos!, ¡engranajes! Quizá todo lo que trato de encontrar en esos pasajes es la belleza de sentir que no se está tan solo.

Porque íbamos a entrevistar a Isaac Rosa, me sumergí en sus novelas. El país del miedo es pausado, ambiguo y torturante. El personaje central es un varón de clase media y de mediana edad, el ejemplar idóneo para desarrollar toda una teoría del miedo en nuestras sociedades contemporáneas. Los capítulos que no cuentan la peripecia en sí van describiendo lenta y concienzudamente cada una de las zonas de la existencia abocada al miedo: “A menudo piensa en el dolor, pero le falta experiencia”. Es en las páginas 71-72 cuando llega esa enumeración, análisis quirúrgico, del miedo al dolor, y no hace falta ser muy sutil para asumir que como miedo es universal. “Eso le hace pensar en la importancia de la premeditación del dolor”, y nos dice que hay un espacio de la anticipación y la prevención, un trabajo cerebral que recrea el dolor incluso antes de haber recibido el más mínimo estímulo para ello. Recita, con la demora característica en todas las páginas de la novela, procesos psíquicos que acompañan a la tortura y se centra en un método concreto, “la cuchara”.

Regresé entonces a las páginas, recientemente recorridas, de El vano ayer, la segunda novela de Isaac Rosa. En ésta hay un pasaje que no está calcado del que menciono antes, es más bien su reverso. (Páginas 167 y siguientes, no lo tengo aquí para copiar): el narrador ocasional habla en primera persona de las torturas sufridas y en un momento se abstiene de seguir describiendo, “no se puede explicar en palabras...”, cuando llega al momento en que le aplican corriente eléctrica en diferentes partes del cuerpo -dedos de la mano, de los pies, lóbulos de las orejas, testículos-, para llegar a la comparación (cito de memoria, sin exactitud): “... como si una rata te atravesara el recto hasta salirte por la boca.

En general, el arranque del puente enciende luces de corto alcance, porque mi capacidad de asociación es más bien limitada y se puebla de diapositivas medio quemadas, destellos, fotogramas sueltos. Gritos callados en mi cabeza que lanzan sogas para enlazar ideas. Pero la referencia a la que quería llegar estaba aún caliente. En El jardín de los suplicios (Octave Mirbeau, editado a la vez por Impedimenta y Olivo Azul en este año), uno de los episodios más extensos, en formato de diálogo, explora lo que allí se llama la “tortura de la rata”:
- ¿Qué suplicio es ése de la rata?... - preguntó mi amiga- ¿Y cómo es que yo no lo conozco?
- Una obra maestra, milady... ¡Una verdadera obra maestra!... -afirmó con voz retumbante el hombretón, cuyo cuerpo fofo se aplastó más aún sobre la hierba.

(Y... no es de extrañar que sea éste uno de los pasajes que hicieron a su traductor, Lluis Maria Todó, levantarse, dejar la tarea y salir a tomar aire, tal como contó en la entrevista que nos dio con motivo del programa que dedicamos a Mirbeau).

Quise señalárselo a Rosa, pero este puente no llegó a ser cruzado en el directo. Por ello cuento aquí que la descripción de la tortura de la rata está, antes, en Sade (¿dónde no?).

Y todo esto sigue hirviendo a alta temperatura mientras avanzo con ansia por las páginas de El país del miedo. Leo ahora fuera de mis coordenadas espaciales: estoy en otra ciudad, sola y abismada, peripatética, he detenido mis pasos, he buscado huir de las franquicias hosteleras en general, refugiarme de la barbarie turística, y hago un alto en en un bar-cochambre, pero mis oídos no pueden permanecer ajenos al runrún publicitario de la radio encendida:

“Acabe con el dolor, cualquier tipo de dolor, la magnetoterapia le ayuda, si ud. se ha resignado a vivir con el dolor, sepa que hay otra vida... Magnofon le librará del dolor, cualquier tipo de dolor... Utilizada a diario, es un eficaz remedio. Llámenos ahora, sin compromiso, y recibirá dos estuches magnéticos, los émbolos y... ”

Pienso en los émbolos que forman parte de la picana. Recuerdo un libro, Tejas verdes, que compré la última vez que estuve en Chile, el testimonio directo de un escritor -Hernán Valdés- que sufrió detención, cárcel y tortura en el conocido campo de concentración con ese bucólico nombre.

Admito no pensar habitualmente en lo que me da miedo, por temor a la parálisis que de ello devendría. Sigo, por tanto, huyendo hacia adelante para ver si el siguiente pasaje, el próximo puente que sea capaz de construir me lleva a un lugar más seguro. Anoto el nombre de la empresa que vende la solución contra el dolor y un número de teléfono, quién sabe, algún día podría venirme bien, cuando deje de resignarme a vivir en el dolor, que también es vivir en la conciencia. Sabiendo que no hay remedio. Aceptando que la mentira estructurada y organizada de nuestro mundo me obliga a enfrentarme a una realidad absolutamente injusta que, mientras me promete calidad de vida, salvación y ocio moderado, me entrega minuto tras minuto nuevos grilletes para mi tiempo y mis pensamientos. “El mismo que quiere que tengas miedo es el que te protege”, le escuché, pocos días después, a Isaac Rosa.

Me hubiese gustado preguntarle también acerca de la injusticia. Este pasaje:

¿se da cuenta?, el delincuente siempre busca refugio en la casualidad, no en una sino en muchas casualidades encadenadas, y cada nuevo error descubierto es una nueva casualidad, pero que yo sepa nadie ha ido a la cárcel por una casualidad...” (pg. 287, El vano ayer)
me llevó hacia el libro Justicia poética, de Braulio García Jaén (también con él hicimos un programa). Tommouhi y Mounib -quince años uno, hasta que murió el otro-, en la cárcel, tan sólo por la casualidad de parecerse (y nunca tanto, y eso es lo que explica ese bello libro) a los verdaderos autores de una ristra de violaciones. De El vano ayer (hecho con una ingeniería interior que es por fuerza seductora para otros ingenieros de ideas) también podría contar sobre la confusión de personajes reales y de ficción, de cómo Rosa se esfuerza página tras página en recordarnos que lo que leemos es fábula, pero lo que está detrás y muy presente es sufrimiento, vileza, dolor, equívocos, injusticias y exilios de personas reales.

Y, claro, está ese otro programa, hace no demasiado, en que nos preguntamos ¿Dónde van los personajes cuando la novela se acaba? Si son personajes de películas de cine negro, preferentemente clásicas, seguro que están en Sospechosos de David Thomson (Roja y negra, Mondadori, 2010). La pista me la dio un chico de cuyo nombre debería acordarme, participante en el taller de Periodismo gonzo que sucedió durante una semana completa en el Espai Caja Madrid de Barcelona, al que me sumé sólo durante una tarde. Él nos contaba apasionadamente acerca de este libro y, si sé reproducir sus palabras, dijo que las biografías de los personajes de cine negro entraban en esa novela-enciclopedia, mayúscula, abarcadora, apretada, con la nueva historia-vida que el autor les inventaba en esas casi 500 páginas.

Y pocas horas antes, leía la última Qué Leer en una biblioteca. Milo J. Krmpotic entrevistaba a Samantha Schweblin (y no me habría fijado en este pequeño recuadro a no ser por el programa 51, en el que Marcelo Panozzo nos dio los cinco nombres de imprescindibles argentinos según su parecer):
“¿Y a qué le tienes miedo, concretamente?”
“A la muerte, en primerísimo lugar. También a la pérdida y al abandono, que son otras facetas de la misma muerte. En este sentido, siento a la literatura como una suerte de “avanzada”, como cuando en la guerra se enviaba al soldado a inspeccionar qué es lo que ocurría al frente antes de llegar ahí con el batallón completo. De alguna forma, la literatura me permite avanzar hacia todo lo que me aterra y horroriza, y regresar a casa lo más ilesa posible”
La novela más reciente de Rosa también funciona, a su modo, como un exorcismo confiado de los miedos, ciertos y perennes. Lo inquietante de ese libro es que señala todo aquello en lo que, por comodidad, por prisa, por falta de autoexigencia, no solemos pensar. Y recuerdo entonces a la protagonista de Diario de las especies de Claudia Apablaza, ese personaje en busca de pistas de su identidad, que se recluye, aísla y desvanece en los pasillos de “la Biblioteca”, entre otros lectores insomnes, entre otros que tampoco saben ni están preparados ni aciertan a conjurar el modo de enfrentar sus propios miedos.

martes, 8 de diciembre de 2009

Mexican women

Leave home
Blood becomes a foreign substance
And see it as you let it dry


Hace semanas que empiezo y abandono este post. Mientras, también en estas semanas, recupero un viejo disco de mi discoteca, uno de esos que son como las almohadas usadas desde la niñez, cómodos y ajados, desvencijados, familiares y tranquilos como aquello en lo que uno mismo se ha convertido. Mientras, escribo otras cosas, que no se han de publicar emitiendo un click sobre el botón "Publicar"; y que, quizá, algún día llevarán su propio camino hacia el botón mágico.

Throwing Muses y Kristin Hersh son una obsesión recurrente en mí. Regreso a sus canciones siempre, ya pasen dos semanas o dos años, y redescubro temas que siempre estuvieron allí y a mí me toca ahora señalar como importantes. Eso pasa con esa canción, con Mexican Women, de donde saco las frases del encabezamiento.

En uno de los libros más lúcidos y emocionantes que me ha tocado leer en las pasadas semanas -antes de que me diera por escuchar compulsivamente este disco- se puede pasar por todos sus párrafos y subrayar barbaridades hermosas y verdaderas. Como, por ejemplo, ésta:
"A las brujas las quemaron en la hoguera, en toda Nueva Inglaterra, sólo por culpa del amor, sólo porque llevaban el aura del deseo satisfecho".
Es bárbara y hermosa en el contexto de una novela dedicada a amar. A relatar la deflagración causada por el amor más bestial. Pero lo que no sabía Smart, que tenía este aspecto años después de escribir En Grand Central Station me senté y lloré,

... es que me daría una de las citas que podrían encabezar una de las tres partes de mi nuevo libro. O de mi libro, como se ha de decir cuando no se tiene otro.

Su frase, además, me habla de otros sentidos. Algo que se viene cuadrando desde hace mucho tiempo. Aquél me prestó una película, aquél otro me recomendó una canción. Todo me habla en el mismo idioma, pero es uno que adquiere frases y giros nuevos por momentos, sólo para mis oídos.

Este post, que se llama hoy Mexican Women, y que se quiere referir (aunque el topic no estuviese ahí cuando Kristin escribió la canción) a todas esas mujeres masacradas en aras de no sé qué sinrazón, presentes en unos cuantos libros que debo leer con urgencia, se debería haber llamado Marte Herlof.

Hay un viejo amigo del que no sé nada hace semanas. Antes, al menos, podía espiar que él me espiaba. No sé cómo decirle que quiero saber de él.

Marte Herlof es un personaje secundario de una película impresionante, Vredens Dag o, como se la conoce aquí, Dies Irae. Pero, como pasa en otras películas de Carl Theodor Dreyer, es un secundario el que hace arrancar la acción, aunque luego pase el testigo a los demás.

Había oído hablar mucho de esta película en mis años de facultad, y había leído que su tema era la brujería. No, no, no, nada de eso. El que me venga con que es un filme sobre las brujas del siglo XVI le arrojo mi colección de Throwing Muses a la cabeza. Es una de las películas más radicalmente feministas y comprometidas con el amor que me ha tocado ver jamás.

Ahí está Marte Herlof (a la que he cercenado el sabueso clérigo que la interroga en el mismo fotograma gracias al photoshop). Una vieja despojada de todo, y de su última dignidad en forma de prenda de ropa, suplicando por su vida. Una mujer que, cuando desearía pasar tranquilos sus últimos años, es llevada a interrogatorios, vejada y conducida a la hoguera. Esa mujer y su desnudez conforman una de las imágenes más patéticas que me ha tocado ver en una pantalla.

Luego está, por supuesto, Ana. Ana, la protagonista de Dies Irae, que podría ser Elizabeth, que podría ser yo misma, o la protagonista de Anticristo. Casada con el pastor del pueblo, Ana es una mujer joven que arde por dentro de deseo. El pastor tiene un hijo. Él es el objeto inobjetable de los deseos de la mujer, y por eso Ana, por conseguir lo que desea, será acusada también de bruja.

Por conseguir lo que la completa. Luego está Charlotte Gainsbourg.


A quien le arrebatan todo. "Ella" sucumbe al dolor a una pérdida muy honda y arrastra a "Él" a las tinieblas de su alma, al tiempo que "Él" pretende salvarla.

Aún no entiendo bien, del todo, por qué Anticristo está dedicada a Tarkovsky. Quizá por el personaje, magnético, de Hari, el fantasma-imagen-proyección-sombra que le entrega Solaris al profesor Kris Kelvin. Hari es otro personaje tentador, grandioso en su capacidad de amar y de absorber, como un gigantesco planeta con una tremenda fuerza de gravedad, lo que a sus inmediaciones se acerca. Hari no tiene conciencia ni inteligencia ni sensaciones, ella toda es amor, es un fantasma de amor, y se trata de quitar la vida, ese fantasma (el apelativo es lo de menos, bruja es lo más común), cuando el doctor Kris se le aleja veinte metros.


Debe ser por eso que es tan difícil encontrar una imagen en internet que muestre a Hari sola.

Qué mierdas vamos a querer estar solas. Ni ser maltratadas. Ni ser malqueridas. Ni ser malditas. Ni ser mal...

Kristin y yo. Hari y yo. Ana y yo. Marte y yo. Todas ellas podrían ser mujeres mexicanas. Hoy son el tema de mi libro.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Las mañanas transversales


Una de esas mañanas. Dispersión total. Trabajo en siete cosas, todas a la vez, y trabajo sobre todo en encontrar trabajo. Me asusto del mundo, pero estoy en mi centro. Si uno sin conocerme revisa mi curriculum, pensará que soy una estrella del periodismo cultural. Pero en esto no hay estrellas. Plumillas valorados peor que un señor que pegue ladrillos, que una señora que limpie escaleras. No estoy exagerando.

Uno detrás de esta pantalla se encuentra con solicitudes de personal del más alto descabello (un redactor con varios años de experiencia, alemán e inglés, a jornada completa, por 12000 euros al año, ejemplo absolutamente cierto y visto esta mañana). Pero, claro, los jóvenes no pueden elegir. ¿Qué hay de los que no lo somos?

El caso es que lo hacemos con gusto. Y los que pagan -los que deberían pagar- se dicen aquello de sarna con gusto no pica... Como en el medievo, se llevan las especies. Te quedas el disco que comentas y te das con un canto en los dientes. A veces, la especie es una entrada que a otros les ha costado 40 euros o una noche en una cola. No me siento privilegiada por ello, ni mejor pagada.

Por aquí se lleva darle los escasos presupuestos a los que tienen "firma", aunque periodistas no sean. Y los periodistas seguimos engrosando las colas del paro (aquí y en todas partes). Puede que el paro no. Yo no me paro. Sólo he de seguir aceptando las reglas del juego. Donde cuatro ladrillos valían siete, ahora valen tres. Lo tomas o lo dejas.

Mientras tanto, la firma. Este fin de semana lo pasaré muy metida en un festival protagonizado por aquellos que ya se han hecho una firma. Y pondrán muchas en los libros de sus fans.

Ayer tarde, la firma. A un escritor le pedían, en la fila de delante, que firmara su cuento. Uno de los doscientos que se presentaban como parte de una antología de microrrelatos. Casi 200 mini ficciones, en los que algunos de sus autores se quedan 3 o 4 de los textos.

En todas partes, la firma. Iban Zaldua -uno de mis escritores favoritos- presenta su nuevo libro, que afortunadamente encuentra un hueco en la nueva encarnación de la editorial Lengua de Trapo. (Será en el Hotel Kafka en Hortaleza, a las 19,30 h.).

Lo bueno de estas mañanas (que antes, en otra época, podían sumirme en un abismo, que hoy también, pero que ya sé que del abismo se sube, tarde o temprano) es que las dejo estar. No lucho contra ellas. Ni contra este estado precario. Me adapto a la situación y braceo, pero sin desespero. Los hilos de los que puedo tirar para mover las circunstancias cuelgan a una distancia estratosférica y yo soy Alicia después de haber ingerido el bebedizo empequeñecedor. Salto y corro nerviosa de un tema al siguiente, de una web a la otra, de un asunto al de más allá. Pero lo importante es saltar y correr.

Alguien como yo tiene muchas maneras de suicidarse (metafóricamente). Por ejemplo, momificarse en un solo espacio mental, olvidarme de lo fácil que sería no tratar de reinventarme de cualquier forma posible, petrificarme. Que otro sea estatua de sal.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Javiera Mena

Como no me puedo ir a dormir, y continúo girando por las turbulencias de esta pantalla-oráculo, recibo vía Martín Crespo una estupenda noticia: por fin Javiera Mena viene a España, como telonera de la parte "ibérica" de la gira de Kings of Convenience.

Me enamoré de Javiera Mena hace tiempo, por carambola, porque nació al mundo pop casi a la vez que otro músico que adoro, Gepe, y porque han colaborado y hecho música juntos durante cierto tiempo. Javiera tiene un solo disco publicado por el sello argentino Índice Virgen.

"Esquemas juveniles" es una intensa y melancólica canción de amor imposible. "Sol de invierno" es la melodía exacta del olvido y el fracaso. "Cámara lenta" es como lo que hubiesen hecho Belle and Sebastian de haberse acostado con St Etienne ("...aquí en el borde, baja luego y así yo puedo acercarme y ver el límite en que tu rostro conserva su figura de adolescente..."). "Cuando hablamos" es exactamente el house industrial altiplánico que hubiera hecho Madonna de haber nacido de aquel lado de la cordillera. Su disco entero, con altibajos, tiene puntos calientes inolvidables para quien quiere y se empeña y se da cabezazos por no dejar atrás para siempre la juventud.

Y sobre todo: "Al siguiente nivel" es un hitazo capaz de marcar una generación y -aunque hace tanto que no voy a Santiago de Chile-, estoy casi segura que por el paseo Huérfanos las chicas se cantan una a otra "no lo analices más, esto va más alla, se puede comparaaaaaaar".

Una vez me dio una entrevista, de esas por e-mail. Me costó dios y ayuda conseguir sus respuestas, a lo mejor mis preguntas eran muy tontas. Pero sigo teniendo unas ganas tremendas de escuchar el nuevo disco (¡ya van tres años!) de Javiera Mena. Sólo espero que las intuiciones de quien tenía cuatro nociones de música y un sentido innato de la melodía no se hayan marchitado en este tiempo. También sé, porque lo leo, que su sophomore tendrá ilustres invitados. Yo quiero a Javiera, la misma Javiera de "Al siguiente nivel":

lunes, 7 de septiembre de 2009

Amor transversal

Paso llorando la noche,
aguardando la mañana;
y es de condición tu sol
que, no saliendo, me abrasa.

(anónimo musulmán)

Sentir de una pasión viva y ardiente
todo el afán, zozobra y agonía;
vivir sin premio un día y otro día,
dudar, sufrir, llorar eternamente.
Amar a quien no ama, a quien no siente,
a quien no corresponde ni desvía

(Gaspar Melchor de Jovellanos)

lunes, 18 de mayo de 2009

Hace ciento cuarenta y tres años, hace unas horas

17 de mayo 1866. Viene al mundo el compositor y pianista francés Erik Satie, líder del movimiento anti-impresionista y precursor de la música moderna.

Mari Trini, seguramente, no escuchó nunca hablar de Satie. Hoy me ha quedado claro que ella -algunos de mi generación corren más que yo apropiándose de los iconos de nuestros padres, puedo asegurar que no es mi caso- es nuestra Joni Mitchell patria. En los días en que la fiesta de la no-canción satura el horizonte comunicacional, es el momento de rescatar a escritores de canciones, de las de verdad.

Si Benedetti era fan de Mari Trini o lo fue de Satie, ya no lo sabré. Sí sé que fue con él -contigo- con quien aprendí a leer poesía.

Otra vez tengo el cuello trenzado. Hoy fue nuestra nueva web, que uno de estos días comentaré aquí.

La señora Dalloway era una de mis asignaturas pendientes como lectora. Ya tengo una menos.

Edito salvajemente. Puedo asegurar que ahora sí tengo 100 páginas finales. Lo curioso es que ya no me pongo morada leyendo lo que ha salido para el libro. ¿Será verdad o autocomplacencia?

lunes, 4 de mayo de 2009

Transversalia


En lo transversal caben las recomendaciones, el boca-oreja, aquel clásico "si te gustan Radiohead seguro que te molan Sigur Rós", los intercambios de cromos, las desordenadas batallas de almohadas cuando tú y tus hermanos érais chicos, la magdalena de Proust, la sinestesia, el apunte deslavazado de cuando visitaste la librería y te quedaste con los títulos de los siete libros que no pudiste comprar, las abejas que dispersan el polen, los panfletos que dispersan ideas, las buenas fotografías que amalgaman la existencia. Lo transversal es lo que configura la biografía, sin necesidad de literatura; es una forma de conocimiento, algo que si se trabaja a conciencia puede estar cerca de ilustrar la propia alma.

Hace algunos meses, decidí en un gratuito gesto escribir dos palabras en la casilla de "alertas de noticias" del super-oráculo, ahora también espía, para que rastreara por mí todo aquello que los diarios del mundo supiesen -o creyesen saber- acerca de "Satie" y de la "melancolía". La segunda palabra es mucho más popular que la primera, aunque, dada la sobreutilización de un concepto castigado, apenas aprovecho sus recomendaciones (en notas de actualidad del famoseo, artículos de opinión y reseñas culturales, "melancolía" se aplica prácticamente a cualquier cosa, desde los cubos de fregona a la inauguración del metro de Sevilla, pasando por la mirada de la tal Bruni en los eventos sociales).

Con "Satie", mi intención era encontrar la huella contemporánea del músico, fisgonear entre los posibles homenajes, publicaciones, exposiciones, programas de conciertos que lo incluyeran. Tratar de entender si mi fascinación con Erik Satie era compartida por otros, cien años después de sus deliciosas e inquietantes obras. No se me ocurrió que la alerta podía tener otros usos menos prácticos, más poéticos, más transversales. El espía del oráculo me dice semana a semana no sólo que franceses y argentinos se acuerdan regularmente de programar a Satie (y no sólo sus archirrepetidas Gymnopédies), sino que otros se inspiran en su música, viven y recrean sus parámetros estéticos. Así fue como conocí Man On Wire, la película recientemente estrenada en España que se llevó el Oscar al mejor documental este año. Su secuencia quizá más emocionante está aliñada con la pieza más conocida del francés. La película tiene sus valores propios, por los cuales ya es parte de mi particular cámara de las maravillas, pero está claro que su director, James Marsh, eligió los fragmentos musicales con una sensibilidad que es en parte mía.

Así también descubrí a Hauschka. Es lo malo de poner una serie de nombres en las influencias de tu myspace, todos los periodistas simplones los incorporan a sus reseñas. En el caso de este músico alemán, de nuevo, hay una forma diminuta, desprovista de ambiciones, emocionante en las dos dimensiones, que comparte conmigo y con el francés inspirador.

También he descubierto horrores. Como la reseña que le dedica un diario inmundo a un libro, una biografía de Erik Satie, que también yo reseñé en su día.

Mi alerta semanal me cuenta hoy de la existencia de un grupo afincado en Madrid, Boat Beam, formado por tres mujeres de procedencia dispar; ellas u otro periodista sabueso han descubierto que les influyen tanto Satie como Debussy, además de otros nombres más contemporáneos. Su primer disco acaba de aparecer y tiene un título decidor: Puzzle Shapes, formas de puzzle, piezas, aparatos, engranajes que aparecen ayer, en el pasado, estos días, mañana, que pueden venir con la recomendación del hombre de tu vida o el impersonal aviso (la palabra "alerta" tiene mala prensa estos días) de un robot. Esa desorganizada forma que un biógrafo tratará de reconstruir porque las vidas, aquellas que a mí me gustan al menos, están hechas de este modo, con una greca sin patrón preciso, con un galimatías flaco y disperso, con un desorden transversal.

Ahora me voy. Mis hijas -que me dibujan ilustraciones para mis cuentos, qué más transversalidad que la del ilustrador poco advertido- me quieren sacar de paseo. Hoy es día de recordar cosas, sin robot buscador que me asista. El primer, el segundo mensaje que cruzó el Atlántico entre mi amado J y yo contenía una esquirla de este tipo de conocimiento: "¿Has escuchado a Debussy? Su música tiene una cualidad etérea como la de Cocteau Twins". No, por entonces no tenía idea de quién era Debussy. Si no fueron ésas las palabras exactas, el tiempo también hace sus propias grecas.