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domingo, 24 de mayo de 2009

Cuento de amor

Ella era pequeña, frágil e inconsistente. Creía en los reinos maravillosos y las resoluciones imposibles. Tenían una pequeña casa en lo alto de un edificio desde el cual, los días claros, ella decía poder divisar un océano, adyacente a cualquier otra vida. Le pedía un navío para poder llegar a la orilla enfrentada y escapar de su edificio alto, de su piso diminuto. Él, que la quería con su fragilidad, le regaló una barca en miniatura, cada día, durante mucho tiempo. Las barcas –de palillos, de alambres, de cristal o de nácar- la hacían enloquecer de alegría, cada vez. Después, le regaló una barca a la semana. Más tarde, las barcas venían una vez al mes. Poco a poco, los espacios entre las barcas fueron rellenándose con más barcas, que aparecían de cuando en cuando en el curso de las décadas. Al cabo, ella descargó todo su equipaje de barcas sobre la calle, al pie del balcón alto, y cruzó sobre ellas hasta la acera de enfrente, perdiéndose en el océano desconocido.

//Un cuento que no recordaba haber escrito//

lunes, 16 de febrero de 2009

El médico

La mujer descorría maniáticamente la cremallera de su blusa celeste. La abría y la volvía a cerrar, sin pausa, sentada ante la mesa del médico.
- Es aquí, y aquí –decía mostrando la otra mano.
- ¿Desde cuándo?
- ¿No me va a recetar?
- En el dedo no tiene usted nada.
La cremallera seguía de arriba abajo, enloquecida, el meñique dentro del aro del tirador, lacado y brillante.
- Me refiero a lo otro.
- Está usted sanísima.
- Y ¿este agujero?
El dedo se detuvo abajo del todo. Del cierre afloró un ramillete de piel blanquísima, con un botón encarnado del tamaño de una chuchería.
- Mire bien.
El médico bizqueó.
- Me duele tanto –dijo ella, hundiéndose el dedo meñique en el agujero rojo. Componiendo el gesto, él declaró:
- Será un momento.
Tomó la mano de su paciente, la apretó contra la mesa y, sacando un machete de algún bolsillo bajo la bata, cercenó el dedo pequeño, sin emoción.
La mujer, entonces, comenzó a sangrar abundantemente del botón rojo.
- Hala, hasta la semana que viene.
- Doctor.
- Sí.
- Mi marido no me quiere.
- Tráigalo la próxima vez.

//Para mi serie micromonstruos. Me lo pasé tan bien con él, que hice de "el médico" un personaje de mi siguiente relato//

sábado, 3 de enero de 2009

El fotógrafo

El fotógrafo se ríe ahora, pero hace sólo cuarenta minutos la actividad en su hipotálamo era de una intensidad desquiciante. Se moría de miedo, en otras palabras. Sudor, palpitaciones y hasta un amago de desmayo. Hoy casi lo paga. Su afán genuino por conseguir la más exquisita toma, su dedicación plena a la tarea de capturar la realidad tal cual es y su entrega –que nadie podría discutir- al arte, hasta este día, no le habían llegado a poner en aprietos. Ya había recolectado, todo sea dicho, alguna que otra mirada de ira, o inconmensurables bocas de pasmo. Pero él no iba a renunciar a la misión que se había encomendado. Los proyectos más vanguardistas de la humanidad siempre han sido recibidos con suspicacias, e incluso odio. ¿Va a renunciar ahora, que está en la sala de urgencias de un hospital, a la que ha llegado sin resuello, sorteando al tráfico y a las viejas desplazándose cual mamuts por la ciudad, saltando verjas y atropellando skaters y carritos de bebés? Por supuesto que no. Mientras espera que le miren la rodilla cuya piel se descuelga entre jirones de pantalón, el fotógrafo ríe. Ríe y ríe, como alguien que acaba de constatar que lleva el billete ganador de lotería, porque ya ha chequeado el resultado de la caza. La muchacha, la hermosa muchacha de piel blanca y vestido corto, la cervatilla de sus pesquisas de hoy, no llevaba bragas. Más aún: el complementario es que iba depilada.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Capuccino

Me anduve quejando más de la cuenta y Alfredo, tan atento él, me había llevado a la pisicina aquel martes. Siempre pasa igual. A cierta hora, ya no soportaba más el potaje granulento que hacíamos todos en el caldo clorado, así que me lo llevé a la cafetería, pidiéndole un helado. Él nunca me negaba nada. Había una penumbra irisada en aquella terraza, que me reconfortó por un segundo del griterío y el calor, y casi me hizo olvidar. La mujer estaba al frente, embadurnando de grasa la espalda de la hija, ya colorada. No sé cuánto tiempo llevaban ahí, ni por qué ejecutaba el ritual de la crema en las mesas de la terraza y no en el césped. Alfredo regresó. Traía su sonrisa y un magnífico cono de sabor capuccino. Lo mejor eran aquellos tropezones redonditos, como cacahuetes de sabor café, como rocas lunares hechas para mi boca. Alfredo sabe lo que me gusta. Lo sabía. El sol cortaba ya en diagonal, pero su luz era igual de molesta, de insidiosa. Ahí lo vi. Ahora, la hija repasaba con amor de hija la espalda de la madre. Se aplicaba, impertérrita, sobre un tapizado que yo veía, desde la distancia, como un bajorrelieve de pústulas violáceas, como un puntilloso decorado de granos gordos como legumbres, cubriendo el pecho, los hombros y la espalda ofrecida por el bañador, que pedían de todo menos protector solar. Estaba hipnotizada. Tal dedicación ponía la hija en su cometido que, al cabo de un rato, me di cuenta de que el capuccino chorreaba lánguido sobre mis dedos y la blusa, y de que Alfredo estaba zarandéandome de un hombro para llevarme de vuelta a la piscina. Es una pena, con lo que me gustaba Alfredo. Y más el capuccino.

martes, 19 de agosto de 2008

Bombón

- Ya, niños, a la caja.
El niño, con obcecación, se interpone entre su madre y el carro y deposita productos en la cinta.
- Ven aquí, Cristina. Deja eso.
- Buenas tardes, señora. ¡Vaya calor tenemos!
- ¡Tero chotolate, mami!
- ¡Cuidado con eso que son los huevos, hijo!
- Esta niña lo que quiere es un bombón.
- Mami, señó me ha dado tadamelo.
- ¡Qué rica, cómo habla!
- Álvaro, empújame esas cosas, anda.
- ¡Está bueno el bombón, ¿eh?!
- ¡Qué hartura de compra todas las semanas!
- Mami, tero upa.
- ¡Ay, qué salada!
- ¿Me ha pasado el tres por dos de los yogures?
- ¿Qué tiempo tiene la cría? Va a ser poco mayor que mi sobrina…
- Álvaro, ¡ten cuidado con los putos huevos! Cristina, bájate ese vestido, por Dios.
- Son ciento diecisiete con cincuenta. ¿Tarjeta de puntos? Ahí tiene, muchas gracias. Que tenga buen día.
El niño tira de la mano de la niña, que tira del vestido de la mujer. Se alejan hacia el pasillo, rumbo a un depósito de cadáveres de acero. El cajero se quita a tirones el chalequillo de cuadros escoceses.
- ¡Nieves! Hazme el favor, cierro la caja que voy al aseo. Un momento.

domingo, 6 de julio de 2008

Transporte público

Tenía diecisiete años. Leía, encaramada en el último asiento del autobús. Desde el pueblo hasta el instituto, cuarenta y cinco minutos por trayecto. Todos los días, pedía al conductor amablemente que apagase la radio. Éste la miraba por el rabillo del ojo y pisaba un poco el acelerador. Silenciosa, volvía al último rincón del autobús y seguía. Quizá era Tom Jones, La montaña mágica o El Capital. Podía ser Cicerón, o Chateubriand, o Mishima. En su cabeza rapada, se escribía: melancolía. Lo repasaba con rotring sin dejar de leer. Aquel día eran las Meditaciones de Descartes. Fue hasta el conductor para pedir lo de siempre, por favor. Él aceleró, como siempre, la curva se afiló de pronto. El autobús volcó cual perro pastor en la yerba fresca. Siete vueltas. Ella aún está leyendo allí arriba, en el último asiento. Al nuevo conductor no le gusta la radio. Afortunadamente.