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jueves, 28 de julio de 2011

Creatividad

Primero esto



Y luego esto

domingo, 15 de agosto de 2010

Chicharras


Un día cualquiera de mitad de verano. Me dicen que en Madrid no se solían escuchar chicharras, ellas amenizando nuestro paseo por un parque en ese minuto. Como esos tipos humanos en los que nunca habías reparado (hombres con chanclas, mujeres de piernas velludas...) y basta una primera vez. Desde el minuto en que me lo hacen notar, las chicharras se hacen presentes.

Estamos en la segunda mitad de agosto y el balcón de mi casa familiar es el único sitio que hoy, a las cinco de la tarde, permite la presencia humana. El aire que viene de fuera arde, el aire de dentro de la casa cruje. La sombra de los árboles, de pronto, expele la canción desquiciada de las chicharras invisibles.

Sábado de julio. Madrid. Decido desprenderme de un poco de lastre e ir hasta uno de esos lugares en que compran lo que uno ya no necesita. Me saco veinte euros y me como un bocata en una picá de Atocha. No quiero meterme en casa, prolongo la tarde con la Historia argentina de Fresán y el suelo “fresco” del Retiro. Las chicharras cantan a pleno pulmón, yo envío un sms.

Hace pocos días. Sevilla. Los dos pianistas se afanan por hacer sonar sus notas en el Templete de la Isla de los Pájaros, Parque de María Luisa, concierto al atardecer y gratuito en un espacio que no deja verdadero lugar al disfrute de Schumann, Grieg o Debussy. Nubes de mosquitos se desquitan sobre algunas cabezas escogidas (la mujer con un peinado subido de laca, el chico dibujante con un cuaderno lleno de tinta y acuarela). Son los ¿elegidos? La distancia desde el escenario al público está poblada de cantos: las chicharras no se resignan a ser secundarias y, en ciertos pasajes, suben el volumen de una canción completamente descerebrada. La “música de mobiliario” definitiva, la que hubiese enamorado a Satie. Una rata espectacular, para asombro de los pocos que no se han dormido, recorre el borde del templete.

Cinco días en una isla del sur de la Península. No hacer nada. Trabajo constante. Apuntalar la tienda cada mañana y cada tarde porque el suelo es arenoso y las piquetas rebotan como si se tratara de goma. Avituallarnos, organizar bultos, mantenernos aseadas y no quemarnos con el sol, la sal, la arena y las caipirinhas. Mucho trabajo.

Saliendo de la isla, último viaje en el barco de regreso al pueblo. Sólo son las seis y quedan dos barcos más. Nos fletamos pronto, no quiero quedarme en tierra. Atestado. La última en subir es una mujer que parece un chico con perro. No uno, dos. Ocupa el sillón del fondo en la bodega, donde nadie ha querido sentarse. El perro obedece a su dedo y se sitúa debajo del banco. El otro, negro, pequeño, tipo felpudo, lo sigue. Ella también es negra y salvaje. Pelo corto y rulos naturales, los que aparecen después de muchos días sin agua. Delgadísima, las clavículas victoriosas bajo las tirantas de la camiseta, la funda de la guitarra que porta abulta más que ella: una de esas duendecillas sin sujetador, ojos verdes y piel ennegrecida, que podrían enamorar a simple vista a un Don Draper en busca de clientes portugueses. Según se coloque, la camiseta negra le deja ver los pechos. ¿Qué tiene? Tiene un dedo en la boca. Pone el resto de su mano al través de su cara y sonríe a veces -el espectáculo humano alrededor lo merece- mientras se chupa tranquila su dedo pulgar. Narices, cuando se quita la mano de la cara es insultantemente bella y ya no tengo ganas de escribir más. Entonces ya entiendo por qué el resto del pasaje me interesa tan poco y por qué ser chicharra también puede consistir en estar callada. Cantar sin motivo no quiere decir cantar sin ton ni son.

Cualquier día de estos, tratando de trabajar después del almuerzo. Los chorros de sudor me caen por los costados, y no me estoy moviendo. Los dedos machacan pero suavemente, un botón, otro botón, todas las teclas; aparecerá una rata en mi escenario, me digo. Cantarán más fuerte que yo las chicharras. Ellas no descansan a la siesta. Ellas apoyarán mis tesis tanto si están como si no. Sé que hay una vieja fábula que equipara a las pequeñas bichejas con el elemento antisistema, el desestabilizador e improductivo holgazán de todo grupo humano. Nada más lejos. Su producción es inmaterial, ni se vende ni se compra, no la podemos equiparar a algo tan grosero como el dinero. "La productividad", me gritan monocordemente, "es una falacia capitalista y nosotras sólo tenemos un objetivo en la vida: convenceros. Y qué si no tenemos empleador ni contrato de trabajo, ni seguros sociales ni prestación por desempleo, ¿vamos por ello a dejar de cantar?"

domingo, 2 de diciembre de 2007

Transgresión

Voy a transgredir un rosario de reglas autoimpuestas en este blog, a saber:

- no hablar de mi vida personal
- no dejarme llevar por impulsos
- no improvisar posts estúpidos que la blogosfera ya está saturada de idiotas
- no publicar nada que no guarden dentro necesidad, libertad y osadía crítica

Pero Gepe, mi adorado Gepe, toca el martes 4 en Clamores, en Madrid. Quienes me quieran ver soltar el río magdaleniense deben ir hasta allá. Una persona me ha dejado un comentario muy cariñoso en mi otro blog, en mi pobre y triste Cámara de las Maravillas: alguien va a escuchar a Gepe gracias al artículo publicado en Rock de Lux 256. En el otro lado del globo, se comenta dicho artículo, en un sitio chileno, y mi nombre resuena allá donde empezó mi historia de corazón roto. Gepe, ese músico infinito, que canta pa ti y pa mí, acaba de publicar este video de la canción Samoriseva. "Lo hiciste todo al tiro / y un espacio se perdió". Mañana entrevisto a Gepe, mi adorado Gepe, de nuevo, en la misma taberna donde lo conocí hace un mes. No he preparado la entrevista y me temo que todo va a ir mal. Mi vida se desintegra y no hay nada firme bajo mis pies. Me siento como la vaca del vídeo. No es para esto que tengo blog, pero qué coño.

viernes, 8 de junio de 2007

El asco

Cavani desconfía de los diarios, se opone al cuaderno que arrastro en mis salidas, lo llama pérdida de material, ficción que aborta en soliloquios narcisistas” (Amores sicilianos, Vlady Kociancich, Seix Barral, p. 53)

Tropiezo con estas frases y me animan. Gatillan el intento de respuesta al interrogante. ¿Qué es lo que hago mal? El asunto, el ISSUE, es un resquemor antiguo. Éste, por ahora, no es un blog “de creación” (y, cuando lo sea, quizá lo avise, quizá no). No es tampoco un “diario”. Lo titulo, ahí al lado, “diario de trabajo”. Formalismo para decirme a mí –a todos- que aquí se trata de esa basta y desnutrida palabreja, el “trabajo” (aunque sigue sin estar muy claro qué es lo que yo llamo trabajo), y no me atrevo a llamarlo “profesión”. Rechazo, con asco, la idea de los diarios publicados. Celebro los diarios de ficción, la farsa y la guasa inverosímil de jugar a la verosimilitud. Celebro el juego en ellos. Pero yo tengo la manía del diario. Sí, el cuaderno que arrastro donde quiera. Un cuaderno simbólico, de aire, de frases sueltas o de instantáneas volátiles. Con él voy cocinando mi discurso (al mismo tiempo que se vuelve rancio e indigesto).

El diario, una vez que se exprime para los otros, deja de ser tal cosa. Es una invención en aras de un material autobiográfico, más o menos soterrado. Mandé al cuerno el anterior carolinkfingers, después de algo más de dos años, porque ya no respondía más a esas normas, porque ya no me dejaba jugar. Era un puto juego. Para interrogarme, para encontrar huellas o pistas o caminos, para desbrozar una realidad que cada día me es más ajena y cada día entiendo menos. ¿Es que, acaso, soy yo la que no sabe jugar?

Escribir es mi única ancla. Trabajo, trabajo escribiendo, escribo para otros tanto como para mí misma, sigo dictados ajenos y me atengo a autodisciplinas –más violadas que las maracas de Machín. Me salí, con asco, de ese narcisismo ensimismado de contarse-uno-mismo; por más que yo intentara recrear las experiencias en versión literaria, no estaba contando con LA MIRADA. Ay, qué ingenuidad la mía. La mirada del otro es la que construye la obra, dice cierta corriente estética. El problema, para mí, es cuando esa mirada pretende construirme, a mí. No puedo evitar sentir EL ASCO cada vez que escribo el pronombre personal, en cualquiera de sus formas. No llegaré al punto –al que otros sí se han visto abocados- de inventarme avatares sin sentido para espantar a los moscardones. Ese intrusismo voyeurista conforma, moldea, pretende leer “tu vida” por mucho que uno ponga “mi trabajo”.

Ok, soy TAN ingenua. Dejé aquello, escondí la cabeza, y aún la escondo. Soy consciente de cuán contenidos son los textos que doy desde entonces. De tanta despersonalización como solicité para mi escritura, me embarqué en la más pura ficción. Todavía podría hacerlo mejor (y no se me ocurre cómo lo hace, este señor, para soportar tanta vigilancia asfixiante; cada palabra de su ficción extraordinaria es leída como espasmo vital de él mismo, qué movidón). Cerré las compuertas, escribí sólo en los cuadernos, dejé de ventilar cada reflexión por miedo. Es un asco. Pero no puedo separarme del diario.

De trabajo, ¿eh?, de trabajo.

viernes, 25 de mayo de 2007

A lo que yo llamo trabajo

Mirando alrededor, no queda ni un solo concepto que mantenga los bordes nítidos, definidos y ajustados que tuvieron en otras épocas. Ni las parejas, ni las relaciones, ni el amor, ni el dinero (bueno, éste no ha cambiado tanto, sigue indoblegable e ingobernable), ni el trabajo son lo que fueron. Me guardo de la nostalgia.

Cuando dejé de "trabajar" para quedarme a cuidar de mis hijas, hube de redefinir -a efectos personales, espirituales o psicológicos- lo que yo llamo trabajo. Una redefinición lenta, trabajosa y no siempre obvia. Escribir es lo que he hecho siempre. Aunque jamás he podido plantearme dedicarme a ello. Ganar por ello. Entonces, ¿escribes o no? ¿Eres escritora? Cómo mola.

Documentándome para el artículo de Alejandra Pizarnik (recientemente publicado en Qué Leer), encontré esa maravillosa cita que he añadido a mi perfil. Alejandra renunció, con asco de esteta, a trabajar para otros (y sólo lo hizo cuando no tuvo más remedio). Su trabajo fue siempre su obra. No tenía horario, no tenía editor, ni tenía contrato, ni tenía prisa, ni tenía máquina de escribir. Sólo el impulso clarividente. Esa clarividencia me queda lejos.

Pero yo tenía un bebé y una niña. Quería escribir y no encontraba las horas. Quería publicar y trataba de diseñar artículos a mis editores. Estaba a cargo de este buque de forma práctica, pero lo práctico es lo último que me llena la cabeza. Definí, bosquejé más bien, una serie de proyectos, con títulos muy sonoros. Mientras me equilibraba hormonalmente, mientras luchaba con un bebé insaciable, mientras me acostumbraba a no ganar dinero... buscaba mi propia definición de trabajo, mi propia rutina, mi horario laboral, mi espacio.

Empecé a utilizar, extensivamente, las mañanas, cuando el silencio se conseguía más fácilmente entre estas paredes. Puse un corcho junto al escritorio y fue poblado de recortes (amén de dibujos de mi hija). Nunca pude obviar -aún no puedo, no creo que nunca pueda- la necesidad de ver mis cosas publicadas y ganar dinero. A pesar de todos los menoscabos, no se ha dado mal. Pero escribir, escribo a todas horas. He intentado hacer evolucionar esos proyectos, a los que quería prestar la misma atención, al mismo tiempo, y deberé aprender en un futuro próximo a poner en fila. ¿Trabajas? Pues no, la verdad, pero trabajo más que nunca en mi vida.

A lo que yo llamo trabajo