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sábado, 20 de agosto de 2011

Esconded las carteras


En estas semanas de duro verano -en todos los sentidos imaginables-, poco he hecho de productivo salvo lo estrictamente necesario. Ah, y un par de colaboraciones que salen de la tónica de las reseñas literarias.

He huído, estratégicamente, de Madrid durante los días de la visita paypal. Antes de eso, tuve noticia de un fanzine que se estaba preparando, vía Reinohueco, inspirado por los milloncejos que nos costaba (que nos está costando) la cumbre pastoral y todo este circo incongruente y desmedido. Como otras personas, pasé una pequeña colaboración a la iniciativa. Ahora ya está listo para ser disfrutado.

Esconded las carteras que viene el Papa.

Es fotocopiado al estilo de los antiguos fanzines, y para solicitar ejemplares, escribid a:
escondedlascarterasquevienelpapa@yahoo.es

Mi pequeño aporte está realizado a partir de un dibujo que hicimos mi hija Valentina y yo hace bastante tiempo. Me permito publicarla en baja calidad, me apetece mucho compartirla.

domingo, 24 de mayo de 2009

Cuento de amor

Ella era pequeña, frágil e inconsistente. Creía en los reinos maravillosos y las resoluciones imposibles. Tenían una pequeña casa en lo alto de un edificio desde el cual, los días claros, ella decía poder divisar un océano, adyacente a cualquier otra vida. Le pedía un navío para poder llegar a la orilla enfrentada y escapar de su edificio alto, de su piso diminuto. Él, que la quería con su fragilidad, le regaló una barca en miniatura, cada día, durante mucho tiempo. Las barcas –de palillos, de alambres, de cristal o de nácar- la hacían enloquecer de alegría, cada vez. Después, le regaló una barca a la semana. Más tarde, las barcas venían una vez al mes. Poco a poco, los espacios entre las barcas fueron rellenándose con más barcas, que aparecían de cuando en cuando en el curso de las décadas. Al cabo, ella descargó todo su equipaje de barcas sobre la calle, al pie del balcón alto, y cruzó sobre ellas hasta la acera de enfrente, perdiéndose en el océano desconocido.

//Un cuento que no recordaba haber escrito//

martes, 7 de abril de 2009

Reencuentros


Tan pequeña, de apariencia tan frágil, tan mordaz, tan romántica, tan persona.

Tan vivaracha, tan controladora, tan enérgica, tan creativa, tan especial, tan feliz, tan hermosa, tan pía, tan amorosa, tan sensible, tan besucona.

Mi abuela AM falleció hace poco más de una semana. Una muerte siempre es inesperada. Siempre cae como chorros de ácido sobre las personas que conocieron y quisieron al que se va. Pero mi abuela era mucho más que una abuela. Miguel Ángel, mi primo, uno de sus diecinueve nietos -todos menos dos que fueron prisioneros de las circunstancias estábamos allí el viernes 27- ha publicado su colección de recuerdos que, hasta en pequeñas pinceladas, coincide con la de muchos de nosotros. La abuela se nos ha ido, y llevaba años yéndose en silencio, perdiendo la facultad de comunicarse con el mundo, pero sus ojos, cuando no se nos dormía porque la vida ya le estaba pesando, eran el agujero abierto de su alma por el cual todas las veces veíamos su impotencia y su frustración, tanto como su amor inmenso por todos y cada uno de nosotros.

Todas las veces que se nos va alguien, la pena que sentimos tiene mucho que ver con nosotros mismos, con la culpa por no haber dicho y hecho tantas cosas a tiempo. Santo cielo, qué tiene que ver la eternidad en todo esto. La vida es aquí y ahora, y es ineludible, el beso, el abrazo, el gesto, la mano que se tiende, la mirada que busca, el temblor de un orgasmo, la pasión enajenada, la lluvia, las risas de mis hijas, la insolencia de las palabras, la verdad, escribir como lo hago, practicar los errores a diario, querer, expresarlo, mojarme con mis acciones, con mi forma de ser, el fondo de mis ojos que quiere dejar de ser turbio, el final de un cigarrillo, el olor adamascado de un vino fuerte, las estrellas que apenas podemos encontrar en las noches urbanas, los viajes que hicimos, que haremos, el aroma de ese cuello tuyo y esas axilas que jamás guardan un mal recuerdo, la primavera, lo que me gusta al despertarme, el silencio, y las canciones.

La vida, querida abuela mía. Los bocadillos de jamón que me preparaste a todas horas cuando pasaba los sábados en tu casa y llenábamos de gritos aquellas inmensidades de habitaciones semi cerradas veladas por santitos.

Sé que mi primo Miguel Ángel tiene mucho que contar y ojalá algún día lo haga. Las historias que llevamos dentro han de surgir, estamos abriéndonos los cogotes para que emanen, a fuerza de juntar letras. En él, en Migue, brotan con naturalidad, con una expresiva falta de estilo y una absoluta elegancia. Las historias más verdaderas las llevamos calladitos, como mi abuela, a quien ya no vamos a poder preguntarle, llevaba la de una vida de creación.

Y, por esos mismos días, regresó Polly. Polly con John. Hace más de diez años (trece, exactamente), firmaron un disco juntos, uno que es todavía de mis favoritos de la inglesa. Que colaboren no es ninguna novedad. Que el ego de Polly haga un sitio a las canciones de John lo es. Ahí vino su single, su vídeo. Urgente, truncada, de riff maniático, desarrollo obvio y construcción clásica, con letra tontona despachada en dos estrofas y media, me enamora su estribillo que funciona como la suculenta explosión de energía que toda buena canción rock debe tener. Ahí se metieron dentro mío, en dos pasadas, su ritmo cuatro por siete roto, sus extrañas armonías -reto para el tarareo más desafinado-, correspondiéndose al grano con mi estado de ánimo extravagante de estos días, con esta pulsión por sentir todas las cosas amplia y hondamente, mis ganas de pasearme en barca por los parques más concurridos del mundo, mi intención de declarar mi amor constantemente, la certeza de que sólo mi Black Hearted Love me conoce y descomprime la sinrazón que a veces me ahoga.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Coordenadas

Soy sevillana de nacimiento, vi la luz en una clínica trianera el 8 de marzo de 1974. Pero no, no creo en el día de la mujer ni en los reyes magos (con minúscula ambos).
Me fui hace demasiados años de allí, cuando vuelvo ya no me parece mi ciudad. Recalé en una de las capitales más hermosas y desconocidas del subcontinente sudamericano. Después, en la capital del país España, un lugar que atrae y repele y a mí a todas horas me fascina.
Vivo en una preciosa calle de Madrid cuyo nombre, el de un notable periodista, me sirve de inspiración a diario. Ya no me creo aquello de que escribir es doloroso. Pero cuesta.
Mi teléfono móvil es el mismo desde que tengo teléfono móvil.
Mi correo electrónico es, a todos los efectos, carolinkfingers -en uno de esos sitios tan majetes y gratuitos (el correo del punto g). Escríbeme sólo para ofrecerme trabajo, remunerado.
Trabajo escribiendo. Escribo trabajando. Puede decirse que hago exactamente lo que siempre quise hacer. Otra cosa es que me esté ganando la vida.
Me he borrado de una docena de redes sociales. He hecho desaparecer mis huellas y ya no encontrarás fotos mías en (casi) ningún lado. Soy una escritora sin cara, hasta que no logre parecerme a Robertson Davies. Las redes, por su parte, son un peligro mortal para el individuo, en estas sociedades uniformadoras donde la individualidad se sustenta sobre cosas tan frágiles como los cosméticos que te pegas en la cara.
Y, cómo no, tengo un blog.

martes, 18 de marzo de 2008

Lent et douloureux

Lento y doloroso es escribir ficción. La prisa es mi peor enemigo. El dolor no me importa. Para eso está el whisky y, en todo caso, ya no molesta tanto. La prisa me dice "publica, cuenta, explica, muestra, enseña". Mi relato, La infame, avanza todos los días y la sensación que eso produce es indescriptible. Qué coño, describir a todas horas produce diarrea verbal.

Él también tenía palabras, un don de la elocución que no parecía corresponderse con ese montón sudoroso de caries, eccemas, moratones, trozos muertos de piel, pelo a punto de desprenderse. Habló y habló durante horas, y a ratos parecía a punto de pedir perdón o incluso estar en el proceso, pero su verborrea derivaba por cualquier otro vericueto y se desvanecía la posibilidad.

Lento y doloroso: así anotó Erik Satie que debía tocarse la Gymnopédie n 1. Hace casi un año puse unas tontas líneas a bailar al son de dicha pieza y hoy me da la gana de ponerlas aquí:

Soy nueve notas tan dubitativas como escabrosas: aparecemos y saltamos al vacío, en un lugar donde la caída es frenada por la ausencia de aire. Tenemos un húmedo colchón de acordes pardos, soñolientos. Quieren irse a acostar pero continúan ahí debajo, allá debajo y lejos, sonando para frenar nuestra caída en el vacío donde la música no sucede. Soy nueve notas y una coda orgullosa en espiral genética, sentimos que debemos reproducirnos en ti, en vosotros, así como nunca podréis desentrañar la más mínima porción de nuestro secreto. Tan sólo nueve notas que ahora ya no somos nosotras mismas, mutamos desaforadas en el espacio oblicuo de la ausencia de deseo. Quien nos creó imaginó un lugar húmedo y volátil, imaginó poder caer sin peso hasta más allá del cómodo colchón de los días, del tener que levantarse a trabajar, del tener que llegar a casa y acostarse. Quien nos creó a duras penas podía dejarnos quietas. Hubiera gustado de caracolearnos al infinito. Bebía vino mientras jugaba con nosotras, sus hijas. Se moría de aburrimiento en el salón de su casa, golpeaba la pared con la cabeza cada vez que completaba una frase. Otra más, pum. Rellenando la ausencia de percusión con su hondo sentimiento. El piano es un colchón para su dolor. Desatina y escribe estas nueve notas. Es un hombre antiguo y sencillo. Somos nueve notas que no sabemos quedarnos quietas. Volamos y volvemos y nos hundimos en el vacío cada vez que intentas atraparnos. Somos ésas: truhanas que nada podemos hacer por tu tedio salvaje. Quédate tranquilo y reposa aquí la cabeza golpeada: en el hueco de estos dos acordes blandos, soñolientos y cansados como mamuts de otro tiempo. Volamos, volvemos, nos hundimos otra vez sin siquiera disculparnos.

viernes, 28 de septiembre de 2007

En el fondo

En el fondo, no escribo todo ese millón de cosas que digo que tengo que escribir, porque no las considero tan importantes como digo que las considero.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Caring is creepy

Un día te quise. Te encontré por casualidad y te quise. No dijiste que no. Sólo te echaste encima y ya no me dejaste ir. Me aprisionaste como sólo el cariño puede hacerlo. La voluntad de querer es mayor que el cielo abierto. Querer es frívolo y escalofriante. Querer da repelús. Cuando no has tenido oportunidad, siquiera, de mirar a los ojos del otro. Cuando todo se desenvuelve en una bruma de contenidos. Humíllate y quiere. Detesta a la par, con toda la intensidad que tu corazón pueda desarrollar. No puedo con tu amor.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Bostezo. Soledad acompañada.

Lo que no se vio, ni se oyó, ni se filmó, ni se grabó, ni se fotografió en Benicàssim. Lo que hacen las reporteras terroristas cuando están solas.

Sábado 21 de julio en Benicàssim. Conspiro con la manía mía de reafirmar mi independencia (ese espejismo), de planeta sin satélites, de cuerpo celeste transitoriamente libre de fuerzas gravitacionales. Andar sola, consumir sola, decidir sola: me encanta, a ratos, estar así de sola. No pedir a nadie consentimiento ni opinión para las ridículas-insignificantes decisiones que conlleva almorzar sin compañía.

Salgo del hotel hacia el pueblo, me dirijo a un restaurante que, como es de prever, está muy concurrido, y pido mesa para una. “¿Te importa compartirla con un chico?” El caso es que sí me importa, pero he decidido no ofrecerme de canto a las insaciables posibilidades de lo real. He decidido estar sola, al mismo tiempo que he decidido sentir yo sola. Nada me ata.

El “chico” parece un hombre de cierta edad. De piel seca, correosa, labios partidos, una cabeza grande de ídolo etrusco, una nariz de algún modo aplastada, desprotegida, sobre una boca gruesa de africano. Yo hubiese dicho más de cuarenta. No quiere almorzar. ¿Para qué está allí? La terraza está a rebosar y él solo quiere un bourbon con hielo. Fumarse un Marlboro tras otro, jugar con el siguiente Marlboro hasta que aparezca un encendedor providencial. Quiere y no quiere conversar. Aparenta darse cuenta de que la situación que nos ha reunido es la más torpe de las coincidencias. Sabe, o al menos al principio sabe, que hemos de respetar nuestro espacio, que se trata de una privacidad anulada a regañadientes. Pero su torrente no cesa. Siquiera, a ratos, diríase que no parará por nada del mundo. Me da lo mismo. Puedo escuchar sus letanías, sus consejos o sus amonestaciones, de aquello y de lo otro, o no escucharlos. Conversa con descaro, con soltura, con acento fuerte (de francés o del árabe o de todo a la vez). Conversa con la idiotez y la espontaneidad de un niño; con el atrevimiento de un viejo que ha visto de todo.

Empero, me divierte. He decidido no hacerle mucho caso, y quizá con eso se dé cuenta de que no necesito actitudes paternales: pido para comer paella, por más que insiste en que no es buena opción allí donde estamos. Puedo participar en una conversación, someramente, impelida por la circunstancia, pero no me tomes por el pito del sereno. Sale a colación la vida, su vida, y hasta la mía. Sale su mujer, la que “él amaba”, la que era “para siempre”. A pesar de sus esfuerzos, no me queda claro quién dejó a quién. ¿Él, que no quería salir nunca con ella, o ella, amargada, por el hombre que rehúye la vida por quedarse cerca de la botella? No me queda claro, y aún así no pregunto. Preguntar es comprometerse. Interrogar es revelar. Es mi timidez. Me entero, sin preguntas, de que tiene cuatro hermanos. Padres, retirados, descansando en una villa de Benicàssim. Ha vivido en cien lugares: terremoto de México en el 85, Mundial de Fútbol del 86… Dice que, para entonces, tenía doce años. Y eso le deja… con los mismos que yo tengo.

Le esperan para almorzar, pero él tiene que ponerse ese bourbon, y otro más, antes de ir a encararlos. No lo dice así. Pero dice sentirse “vigilado”, “perseguido”. Nadie viene. Mi paella es mucho arroz a medio hacer y media docena de alcachofas. No está agradable. Y su conversación dista mucho de serlo. Tiene cuatro sobrinos, y habla de ellos como si fueran sus hijos. Pregunta, todo el tiempo, y yo me veo obligada a dejar caer alguna que otra información. Quisiera tener hijos, dice, pero en vez de eso es hostelero: tiene una residencia de estudiantes. Eso me produce un escalofrío. Peor aún cuando dice que, cuando mis hijas se hagan grandes, las envíe a estudiar a Valencia. Porque él se dedica a la restauración, y a vueltas con la residencia. Entonces, “¿trabajas para el festival?”. “Ah, ¿pero no eres benévola?”. Lo dice mal, poniendo la tónica en la sílaba “vol”. Y ¿de qué carajo me habla? ¿Buena? ¿Honrada? El momento de confusión me hace casi tirar la toalla, pero… Quiero almorzar, tranquila, sola, abierta, disfrutando. No lo consigo. En un solo minuto, recuerdo la correspondencia del francés: voluntaria. No, no soy voluntaria. Voluntaria para escuchar hombres echados a perder, tampoco. Pero ya ha perdido el interés en mí. Necesita nuevas víctimas. La ha tomado con los chicos de la otra mesa, ingleses, que están preparando una tarta de cumpleaños para agasajar a uno de ellos. Las velas, gordas, enormes, rojas, exclaman sobre el pastel: 18.