Mostrando entradas con la etiqueta elinmensoplacer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta elinmensoplacer. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Sakamoto & me


No todos los días aparecen en mi buzón propuestas para entrevistar a un personaje tan relevante en lo suyo. Ryuichi Sakamoto es uno de los músicos más inquietos, inclasificables y creativos que hay vivos en el mundo. Dotado de una vastísima cultura musical, amigo del piano, cercano a la escena pop y tecno, investigador de nuevas texturas sonoras... Desde 1978, el japonés no ha parado de trabajar en algo que viene a ser un estilo que suma todos los estilos, destrozando prejuicios.

Así, me acometió un remezón interior cuando supe que uno de mis medios favoritos (Calle 20) me solicitaba esa entrevista, amén de otras piezas para ilustrar la oferta musical del Festival de Otoño madrileño, que empieza ya (hablamos de Whale Watching Tour de Nico Muhly y Hanne Hukkelberg).

Poco menos de diez días después, un sábado, había de marcar un número de teléfono de un hotel de Roma.

- Buongiorno, sonno Giuliano.
- Buongiorno. My name is Carolina. Can I speak to Mr Sakamoto, please?


Sin temblor vocal, adentro tenía una docena de palomas reventando por escapar. Al otro lado, un silencio, y al cabo una tranquila voz dijo: hellooooo.

Para ese momento, el teléfono ya me sobraba y lo que realmente hubiese querido es haber podido volar hasta el hotel y poder completar esa pausa y calma en la voz con los gestos que imagino de monje sabio.

Y accedió a responder mis torpes preguntas con actitud humilde y colaboradora que, a la vista de un impresionante curriculum como el suyo, siempre me sorprende. Hubo silencios, rumiaba las palabras un rato, bromeó incluso y explicó llanamente esa forma de entender la música en donde las fronteras de estilos no existen y sólo hay lugar para el buen gusto y la verdad estética.

Hay mucho donde elegir en su carrera y, lo mejor de todo, él no se regodea en lo logrado. El reciente out of noise (2009) es uno de sus trabajos más experimentales y hermosos que he escuchado nunca.

Después de otro par de semanas, llega el momento. La satisfacción de ver lo escrito en hermosas hojas satinadas. He subido el pdf por si alguien tiene curiosidad. La revista Calle 20, ya sabéis, es de distribución gratuita en los locales y tiendas más selectos de la ciudad. También se puede visualizar completita aquí.

sábado, 31 de octubre de 2009

Quiero ser un personaje de Yuri Herrera

He contado esta mañana veintidós libros recientes sobre mi escritorio, esperando que les hinque el diente. Muchos de ellos no serán leídos del todo, a pesar de que trato todos los libros que me llegan con el mismo cariño, consciente del esfuerzo puesto detrás de cada uno. La semana pasada entregué muchos textos, reportajes, críticas. Acabé bloqueada y malsanamente cansada.

Trato de poner el orden en los pocos aspectos materiales por mí domesticables, y parto por mi lugar de trabajo. El control es necesario en mí, persona de escasísima pericia con las ideas, para así dejarles espacio a ellas. A la formación de ellas. No funciono en los ambientes caóticos. O, quizá, ha de ser un caos por mí dirigido. No es tanto el espacio como el tiempo indomesticado: las listas de tres o cuatro tareas a completar, en grupitos cómodos, me canalizan.

Cuando no es así, se me desbarajusta la vida, y las ideas se me constriñen: por el súbito cambio de estatus (de mucho a poco, de entregas inmediatas a planificaciones a largo plazo), o por la demasiada entropía de mi hábitat, o por la incertidumbre plena del porvenir (me detengo y pienso, ¿no es constante y absoluta y terminal la incertidumbre y habría que manejarla como tal, y estaríamos incurriendo en un colosal autoengaño cuando nos comportamos ciegos a esa simple evidencia, como si de verdad existiese algo medianamente cierto en el día de mañana, en el segundo posterior a éste?)...

Soy un animal creador de excusas para no poder trabajar.

Mi relación enfermiza con lo que yo llamo trabajo.

Siento que hay momentos así. Y siento que los haya. Salgo de estos periodos como un náufrago que pasó demasiados días a la deriva sin poder echarse al gollete un poco de agua dulce, hastiada por haber dado tantísimas respuestas. Con la cabeza vacía y la necesidad de beber litros de bourbon. En esa clase de días -que, a veces, se concatenan como la oruga procesionaria y yo lo siento y más me ahogo-, evito exigirme demasiado. Me escondo un poco de mí misma. Pongo la actividad al ralentí, tomo aire, busco perder el mínimo de células de la piel -mira que ya, a estas edades, no regeneramos tan fácilmente y nos vamos convirtiendo en el polvo que recogemos con la escoba, cada día.

Pero guardarse o gastarse, darse o reservarse, he ahí la cuestión. No me puedo permitir un segundo de tedio. Una mala tarde. Un devaneo de irresponsabilidad.

Dicen por ahí que pienso demasiado y quizá por eso se me esté cayendo el pelo. Debo hacer más, pensar menos. O debo pensar mucho más para hacer mucho más.

Uno de los momentos más gratificantes del mes que se cierra fue la visita de Jack Mircala al programa de radio (¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?, tiene un nombre tan complicado que ni nosotras lo decimos bien). Nos ayudó con el programa acerca del gótico, el día 19 de octubre, y realmente nos ayudó porque su forma de estar fue creativa y reflexiva, cómplice y voraz con nuestras propuestas locas. Fuera de micrófono, caminando hacia el metro, nos dio una de esas frases con las que me gusta decorar mi pizarra blanca. Respondía a nuestra pregunta de si ser ilustrador de preciosos volúmenes (con cartulinas y tijeras) complementaba algún otro "trabajo de civil" (Elena dixit): "Hace tiempo que sé que esto es lo que tengo que hacer y el tiempo que tengo para hacerlo es limitado". Y nadie lo va a hacer por él. Nadie, tampoco, lo va a hacer por mí.

Pero hoy cerramos un mes que ha sido para mí intenso en muchos aspectos, que me ha tenido al borde de precipicios personales y también me ha dado toneladas de satisfacciones (si alguien me oye quejarme, que me pegue en plena calavera, como dice mi hija menor). Tuve delante mío durante cuarenta minutos al escritor mexicano Yuri Herrera, que estaba realizando la promoción de su segunda novela, Señales que precederán al fin del mundo (Periférica).

Dos libros ya imprescindibles, el mencionado y Trabajos del reino (editado en 2008, también por la editorial cacereña). La satisfacción vino de encontrar que los productos exquisitos -filigranas sobrias de palabra, historias donde no sobra ni falta una coma, parquísimas descripciones, capas y capas de sentido concentrado en pocas páginas- venían acompañados de un hombre lleno de cosas que decir. Sin estúpida modestia, pero con toda humildad. Dijo cosas como que el escritor debe saber muy bien cuándo y para qué manchar la página en blanco -y defiendo desde hace tiempo la idea de la responsabilidad en esta actividad, y no va hacia lo social sino hacia la intrínseca necesidad del trabajo, y la prohibición del vertido diarreico-. Que escribe pocas páginas, pero piensa mucho sus libros previamente. Que no quiere ni necesita controlar todos los sentidos que puede llegar a encerrar un producto suyo, que el lector debe ser autónomo e inteligente para sacar lo que más le plazca. Que no quiere "regalos", que sus textos deben ser exigentes y que él apuesta a un lector exigente con los textos.

Jack invierte todo su tiempo en fabricar maquetas/escenarios bellísimos, cargados de detalles, para luego fotografiarlos y poder contar sus historias. Yuri estudia hasta la saciedad el lenguaje de todas las extracciones posibles -las lecturas, la tradición, la oralidad de México- para generar un idioma propio contenido en sus libros, justificado en su interior.

Me gustaría que la habilidad de Mircala me hicieran un personaje, recortándome lo accesorio, y me quitara sobre todo las mareas de autocomplacencia, la turbiedad y la pereza que me asedian en cuanto me descuido. Me gustaría que las vivencias intensas del idioma me vistieran al modo de Yuri Herrera, y pasar a ser Carolink-Makina, resuelta y precisa heroína de Señales, que va en busca de su identidad, actuando mucho y sin pensar demasiado.

Pero sé algo. Aún no sé el cómo. Todo consiste en buscar mis propias respuestas y escuchar dentro mío lo que, quizá algún día, sepa pronunciar.

//Mentí. La entrada número 200 es ésta//

domingo, 2 de diciembre de 2007

Transgresión

Voy a transgredir un rosario de reglas autoimpuestas en este blog, a saber:

- no hablar de mi vida personal
- no dejarme llevar por impulsos
- no improvisar posts estúpidos que la blogosfera ya está saturada de idiotas
- no publicar nada que no guarden dentro necesidad, libertad y osadía crítica

Pero Gepe, mi adorado Gepe, toca el martes 4 en Clamores, en Madrid. Quienes me quieran ver soltar el río magdaleniense deben ir hasta allá. Una persona me ha dejado un comentario muy cariñoso en mi otro blog, en mi pobre y triste Cámara de las Maravillas: alguien va a escuchar a Gepe gracias al artículo publicado en Rock de Lux 256. En el otro lado del globo, se comenta dicho artículo, en un sitio chileno, y mi nombre resuena allá donde empezó mi historia de corazón roto. Gepe, ese músico infinito, que canta pa ti y pa mí, acaba de publicar este video de la canción Samoriseva. "Lo hiciste todo al tiro / y un espacio se perdió". Mañana entrevisto a Gepe, mi adorado Gepe, de nuevo, en la misma taberna donde lo conocí hace un mes. No he preparado la entrevista y me temo que todo va a ir mal. Mi vida se desintegra y no hay nada firme bajo mis pies. Me siento como la vaca del vídeo. No es para esto que tengo blog, pero qué coño.

miércoles, 10 de octubre de 2007

El inmenso placer

De una entrevista mucho más satisfactoria de lo que en mis mejores sueños hubiese imaginado -porque una ya no está para idealizar a nadie. Gepe, Daniel Riveros, estuvo a mi merced por treinta minutos en una taberna irlandesa del centro de Madrid, mientras las luces crepusculares se apresuraban por dejarnos solos.

La enfermedad de los ojos

domingo, 18 de marzo de 2007

Kristin Hersh

Dentro de unas horas, realizaré la entrevista más importante de mi vida. No por su valor profesional (quién determina si aquél es más importante que éste), sino sentimental. Ahora que lo tengo tan al alcance de la mano, todo se complica. Me pregunto si seré capaz de extraer jugosas declaraciones de la entrevistada o la conversación se convertirá en un patético "cuánto-me-gusta-tu-trabajo" y "cuánto-me-identifico-contigo".

Acabo de escribir esto y no sé si las dos partes de la sentencia son contradictorias o complementarias.