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jueves, 15 de octubre de 2009

En una plaza pública me senté -leí- y lloré

Me he venido a una plaza pública, como han de ser todas las plazas, a aprovechar este sol tardío y terminar el libro de Gabriela. Me planteaba entrar a la biblioteca pero me tienta más aquí. Me quedaban tres o cuatro capítulos cuando partí, y me quedaban poco más de dos cuando me senté en este banco duro como que es de piedra. Al sol, al de antes, que ahora se ha ocultado y me ha dejado envuelta en frío, me he puesto a leer. Siempre leo en lugares públicos, o a veces en mi habitación de cortinas blancas y luz dispersa, pero son los lugares públicos sitios ideales para leer y algún día escribiré/haré el programa de radio sobre los que leemos al fresco.


He pasado las páginas disfrutando, bebiéndolas en cuanto el asunto es demasiado familiar para mí, esforzándome con mandíbulas apretadas en mantener esa distancia crítica que, de todos los vestidos que he probado en mi vida, es el que mejor me sienta -o aquel en que menos artificios he de hacer para estar bien-. No podía quedarme desnuda frente a este texto. Demasiado peligroso.


Pero fue consumiéndose la tarde mientras avanzaba la lectura de estas páginas, y yo saboreaba esa forma de contar entre la histeria y el desapego, prosa tranquila y bien organizada, y al mismo tiempo cercana y plagada de giros orales. Tan pronto podía pasar por ensayo como se anegaba de anécdotas y lírica de andar por casa. Siempre atinada.


Recorrí, como recorre la autora, las fases, las lunas de su embarazo, y me fui acercando con ella al momento “x”. Que no por ser el mismo previsible final -o principio- que hemos tenido todos, iba a ser menos emocionante. Era como leer la peripecia de Samsagaz Gamyi y Frodo Bolsón por quinta vez. No deja de conmover.


Hacia el octavo mes, todavía conservaba yo mi traje puesto. Y la leemos ingresar al hospital con una falsa alarma, y volver a casa, y llenarse de miedos y dolor, dejarse invadir por la incertidumbre, perder la compostura; y seguía yo muy bien vestida; la vemos abrirse de piernas varias veces ante desconocidos, cada párrafo más hundida en la indefensión, y quebrarse; todo el tiempo conseguí leer con mi traje de amianto, pero éste por dentro se iba acidificando, pudriendo, porque la corrosión venía de dentro, y dentro las protecciones son de chiste por más que yo pase el día haciéndome la dura.


Y llega Gabriela y explica sin explicar; narra con infinita sequedad y mastodóntica ternura -al mismo tiempo- el segundo en que el bebé ya no es más parte de ella.


Y me sumí en llanto, allí donde ella, dice, no pudo llorar. Menos mal que estaba en una plaza pública y no en la biblioteca. Las distancias cortas.


Vi su infinita generosidad escribiendo este libro -uno que parece muy fácil a simple vista, uno que no lo es en absoluto- y vi mi gruesa mezquindad. La que gasté en todos estos años precedentes. Me entró frío en el alma. Al constatar cuán inmadura, egoísta, enferma, apocada y mentecata he sido conmigo misma y con los demás. No es algo que me haya dicho el libro de Gabriela, es algo que la lectura de este tipo de libros me grita en los oídos como grita un niño pidiendo merienda por octava vez a su mamá deprimida.


Soy rica en el alma por la fuerza de mi voluntad. Soy pobre en todo lo demás. Vi la pobreza de mis propias experiencias, por no haberlas sabido dar. No haberlas sabido recoger con perspicacia y distancia, por haberme dejado avasallar por los flujos hormonales, por haber atendido a un caos emocional de código propietario, hecho de espasmos, de huecos y odios, de saturación y bestialidad, tan dictatorial, tan subyugante que a ratos me maravillo de que mis hijas sean dos personas preciosas y parezcan preparadas para todo lo que se les viene.


He visto lo que ha hecho Gabriela y he visto lo que no he hecho yo. Objetivar desde la subjetividad por no verse sepultada por esa miasma de hechos rotundos, desconocimiento, intuición amedrantadora, atavismo, sangre palpitando, sexualidad a bocajarro, penas traídas por años y traspasadas por la placenta, como los nutrientes, animalismo feroz que es preciso corromper, exprimir y trascender. Para generar algo distinto.


Todo me lo podía haber ahorrado.


Pero ahora lloraba en una plaza pública y cerraba el libro sorbiéndome los mocos. He sentido su aliento de verdad. Las experiencias de primera mano junto al dibujo sólido de la escritora dando forma al caos, derribando falsos mitos y explicando sin explicar. Eso es la verdad.


Desnuda, llorosa, salí de la plaza.


//Esta antirreseña habla de libro Nueve lunas, de Gabriela Wiener//


jueves, 3 de septiembre de 2009

Breve guía para el exilio en la ciudad

Si alguna vez te encuentras en una situación de coordenadas parecidas a éstas:

no tienes casa, o la tienes pero no
las ganas de ver a gente y hablar cafés y cervezas se quedan atrancadas en eso, en las ganas,
no hay novia, ni novio, ni perrito que te ladre,
la ciudad está abierta y no conoces sus posibilidades,
no quieres abusar de los amigos
no quieres gastar dinero
pero
a lo mejor es el momento de usar las horas en cosas útiles (que no dan dinero, pero pucha que dan placer),
entonces

Sigue esta breve guía para el exilio en la ciudad. En Madrid.

Opción 1 - 0 euros.
Toma tu libro y tu cuaderno. Vete al Retiro. Da igual la época del año y la hora del día. Siempre serán dos grados menos que en el resto de la ciudad. Hay hermosas chicas y hermosos chicos. Los colores del parque son intensos y sublimes en cualquier momento. Las oportunidades para encontrar un buen rincón donde nadie te moleste son dos millones. Puedes pasear la vista, el pensamiento y el alma por los verdores o perderte en tus laberintos: escríbelos y publícalos luego. O no.

Opción 2 - De 0 a 1 euro.
Toma tu ordenador portátil. Tu cuaderno, quizá. O un par de libros. Vete a la Casa Encendida. Da lo mismo el día de la semana y hasta casi la hora. El horario es amplio, está abierto incluso en domingo, disponen de sala con una mediateca más o menos decente (puedes ver un dvd del catálogo por 1 euro), puedes conectarte a la wifi un par de horas gratis, tienen biblioteca, sala de lectura y la mejor terraza de esa parte de Madrid.
Si la cosa va para largo, si te sobra el tiempo y te aburrió la lectura, hasta puedes meterte en las exposiciones o en los conciertos, muchas veces gratuitos.

Opción 3 - 0 euros (más la paciencia).
Es necesario salvar una docena de obstáculos, casi como en un rally o un safari. Pero una vez que encuentras el sitio adecuado, la Biblioteca Nacional es simplemente el paraíso.
Control de seguridad de la puerta. Hacerte el carnet de lector. Taquillas para dejar todo salvo lo que se permite pasar (unos papeles o un cuaderno, un bolígrafo, un laptop, nada de libros). Segundo control de seguridad.
Si vas a leer: solicitar el libro (siempre por antelación, recomendado, porque la gran mayoría están en la nueva sede de Alcalá). Solicitar el pupitre. Sentarte. Conectarte. Disfrutar. Lleva siempre chaquetita, el aire acondicionado es salvaje. Todo el mundo es muy serio, pero de lo que se trata es de estar bien. Horas bien utilizadas.

Opción 4 - De 0 a 40 euros.
Biblioteca del MNCARS. La investigación se ha detenido aquí. Igual cuento con nuevos datos pronto. Puedes pasar un ordenador, pero nada de libros. El horario, sólo entre semana. Es gratis, por supuesto. El problema: la librería la Central, allí pegadita.

//en improvisado diálogo con la entrada del realismo en Madrid, de este blog//