lunes, 12 de noviembre de 2007

El aliento del cielo (reseña)

Publicada en Go Magazine (noviembre 2007)
"El aliento del cielo"
Carson McCullers
Seix Barral

Capote, O’Connor… Ahora es el turno de McCullers. La narrativa breve, maltratada y desperdigada, de autores más conocidos por sus novelas, llega al cabo a nosotros. En este caso, aderezada por la asistencia (inteligente y comedida, con los datos y la emoción justos) de las notas de Rodrigo Fresán. “El aliento del cielo” pone en evidencia los motivos por los que McCullers ha de ser considerada, a expensas de otros brillantísimos narradores de su generación, la fundadora de una nueva sensibilidad, una muy moderna, poco radiante y nada sentimental(oide), a pesar de haberse dedicado enconadamente a la literatura de los sentimientos, los afectos y las complejas relaciones humanas. McCullers es una narradora de potente mano que, a través de estos relatos (confeccionados algunos con edades que harían sonrojar a cualquier aspirante a revelación literaria), elevó al “disminuido” emocional a la categoría de héroe literario: sus personajes, estrafalarios o no, tienen la papeleta de sortear situaciones idiotas, miserables o ridículas, con lo mejor de ellos mismos. En McCullers se expresa esa sensibilidad, que deja atrás el lugar común y el arreglo floral, donde ya no hay vuelta atrás en la consideración de todo ser humano como un ser literario digno; donde se halla la belleza en lo más mezquino; donde se gestionan, sin sonrojos ni vanos tapujos, las miserias humanas en sus múltiples variantes. Y, en el centro de todo, la prosa: esa prosa, por sí sola, debería bastar para hacernos mejores.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Batir la marca

Este mes (noviembre, número 22), aparece en Calle 20 un reportaje titulado "Batir la marca" (el título, tengo que decir, no se lo he puesto yo), firmado por mí y del cual estoy orgullosísima. El parto fue, empero, difícil. La propuesta surgió hace más de un año (en una visita a Barcelona, en casa de mi amiga Rocío, artista maravillosa, y peripateando las galerías del Borne, donde saltaron a mis manos las chapas de Agente Morillas). Eso hace que dé más gustito haber llevado a cabo el proyecto, en una forma muy cercana a lo que se pretendía. Se centra en el trabajo de cinco ilustradores-dibujantes que, como fórmula de profesionalización, se venden a sí mismos, bajo su propia marca. Los riesgos, las dificultades y las ventajas, los estímulos y los premios. Sus egos y alteregos son: El Perro Vuela/Rocío Macías, She Rules/Patricia, Agente Morillas/Mamen Morillas, Malota/Mar Hernández y HolaPorQué/Eduardo y Ana.

Son cinco, no al azar, pero no es un artículo totalizador. Representan diferentes formas de trabajo y están en momentos distintos de la escalada a la visibilidad. Pero todos merecen la pena muchísimo, y se van a cotizar una jartá en poco tiempo. Ya veréis.

Batir la marca en Calle 20

lunes, 5 de noviembre de 2007

Como el musguito en la piedra

Me autocito: "Aunque suene chocante, cuando se ha escuchado a la poetisa popular de Chile, se intuye esa conexión lírica que va desde Violeta Parra hasta Daniel Riveros, una poética del intervalo, de hueco sin rellenar, de espacio de incertidumbre y pena". Se trataba de hablar de Gepe, pero no hay Gepe sin Violeta, sin melancolía, sin gap. Es un discurso que elaboro hace tiempo, pero a un nivel muy interior; espero lograr compartir esa subespecie del sentimiento. Hay mucho más, empero.

Gepe - Como el musguito en la piedra - RdL 256. Aunque hace varios días que salió la revista, yo no la he visto hasta hoy. Con celo de promiscua y orgullo de paridora, anuncio: el artículo al que dio lugar esta entrevista ha visto la luz este mes en la revista Rock de Lux.

Como el musguito en la piedra

Tres o cuatro cosas

Tomé el tren y el llanto de mi madre...
Lisandro Aristimuño

Miro y vuelvo a mirar al Sur. A mi Cono Sur. El vivido y el imaginado, porque cuatro años no son nada. Posiblemente, ese Sur esté más en mí cuanto más tiempo paso lejos. Esta semana tengo que encontrarme por un rato con Lisandro Aristimuño, músico argentino al que conocí gracias a seretuaccidente.

Músico cuya música se me ha colado despacito y
a la chita callando (como me gustan a mí las cosas), del que me gustan tres o cuatro cosas: me gusta su juventud; me gusta su falta de respeto por la tradición; me gusta su inclinación al folclore y su reinvención desacomplejada de formas usadas y gastadas; me gusta la humildad con la que escribe; me gusta la inventiva melódica presente en sus canciones; me gusta la cantidad de palabras plásticas, acuosas y hermosas en sus letras; me gusta su enrevesado nombre; me gusta su foto en la cama con un perfil de ojos abiertos; me gusta su ensortijado pelo negro; me gusta sobre todo esta enorme canción con la impresionante Liliana Herrero: no he escuchado, en tiempos, un mejor y más extraño dueto.

Río Negro es Patagonia. Nacer a 1000 kilómetros de Buenos Aires es como una maldición. Todos los que somos de algún extrarradio sabemos eso. Me gusta la sencillez humorística de declaraciones como ésta (hablando, cómo no, de sus comienzos tocando en los garitos de Viedma): "
Era medio bufón: venía el mozo y me traía pedidos de la gente". Es decir, me gustan más de tres o cuatro cosas.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Hombres en traje negro

A mi abuela que, como yo, nunca pudo decir en qué trabajaba.


Las mejores cosas, probablemente, son las que tardan en afirmarse. Las que se cuelan despacio, reptan por las esquinas del cerebro y se instalan, a la chita callando y sin escándalo alguno. Puede que los flechazos se lleven todos los hurras y la literatura laudatoria, pero yo aquí he venido a hablar de esas otras cosas. De lo más normal y cotidiano: el amor que nace con el roce y la constancia. Me quedo con eso: esa forma discreta e imponente en la que llegó a la vida del hospital psiquiátrico (la Argentina deprimida y neurótica de los ochenta) el bien llamado Ramsés en aquella imperecedera película “Hombre mirando al sudeste”. O la manera en que se esparce cualquiera de las infecciones muy viscosas y plásticas puestas en circulación en una película de Cronenberg (“Vinieron de dentro de…”). Así se ha diseminado dentro la enfermedad que llevo, la Enfermedad Nacional. Síntomas a detectar:

No podrás ver un grupo de cinco hombres en trajes negros sin sentir un muy poco discreto temblor y una humedad inapropiada en las palmas de las manos y otros lugares menos nombrables.

Taconearás a ritmo de 2x4 en cualquier circunstancia.

Querrás impostar la voz cavernosa, profunda y parca en melodía.

Sentirás un poderoso impulso por bailar un vals a la visión de un piano en un bar.

The National. Boxer. El boxeador del que hablan no viene a arrasar como un congresista republicano. Más bien se detiene a colonizar, a ritmo de vals, el cuerpo a rendir. Este es el boxeador nacional, pequeño, miniatura cual soldadito de plomo, parásito de aproximadamente dos pulgadas, recorriendo los conductos internos, vasos, venas, corazón, vuelta a salir, collejeando a diestro y siniestro, golpeteando sin dañar en absoluto, en todas aquellas fibras sensibles y extraordinariamente endebles que tenemos dentro.

Mi lenguaje metafórico se vuelve gachas sueltas a la hora de describir por qué soy fan rendida de este disco: ése es otro síntoma de haberse enamorado así, despacio, a la chita callando. Ya no se discurre. Hay que escuchar ese piano discreto con el que inauguran, hay que dejarse acunar por esa voz (Matt Berninger, ya hay nombre para bordar en las vueltas de las sábanas, desde que Stuart Staples se lo tiene tan creído) que parece no querer cantar, no querer decir lo que dice. Hay que recorrer pulgada a pulgada la devastación emocional de estas miniaturizadas, pero sólidas cual plum cake, canciones, doce, que hacen “Boxer”. Es lo que pasa cuando llevas siete u ocho años componiendo, creyentes, enamorados silenciosos de la canción, buscando la esencia del mejor decir, del decir más, del utilizar menos. Sale "Boxer". Y esto es lo que pasa, cuando quieres despacito y sin darte cuenta: ahora necesitas bailar y bailar y bailar, con estos cinco hombres en traje negro. “You know I dreamed about you / for twenty-nine years before I saw you”.

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Coda, en 2x4: los hombres en traje negro se pueden ver aquí, por ejemplo. No pude dejar de enlazar el ambiente y la historia de este vídeo con el de este otro vídeo: otro hombre en traje negro, de estilo internacional. Ten cuidado cuando te tiemblen las manos.