jueves, 15 de julio de 2010

Just a working girl (episodio 6)

Cap. 6 y final. Esclavos del siglo XXI

“La autogestión es una cárcel de otro signo“--- nuestra protagonista está dentro de sus pensamientos, viéndose a sí misma en sus jornadas que comienzan tan pronto deja a sus hijas en el colegio, que se interrumpen cuando va a buscarlas, que continúan cuando ya ha despachado meriendas, que se vuelven a interrumpir para dar un paseo o hacer la compra hacia el final de la tarde, que continúan después de que las ha acostado, hasta las doce, la una, las dos de la mañana, que siguen temprano tan pronto deja a sus hijas en el colegio...

Se despierta bruscamente, otra onda sísmica recorre su interior: la mayor parte de estas personas allí reunidas son treintañeros como ella. Se han educado en los ochenta, en la época de la egb y el bup, han pasado por la Universidad. Es gente que sabe hacer el corte, que se autogestiona en medio del dolor de la falta de recursos y re-emprende una y otra vez, resurgiendo de sus cenizas. ¿Serán posibles estos proyectos, ese espíritu crítico y esas ansias de encontrar mejores atajos dentro de quince o veinte años? Quiere creer que quedarán.

Queda la última parte del asunto: tres de los colectivos/empresas van a contar cómo se organizan. Los casos, en la voz de sus propios hacedores. Los proyectos, la política, la autogestión, los problemas diarios, la amistad, las retribuciones no dinerarias, los asuntos de la liquidez, la precariedad otra vez, la maldita precariedad.

Aquí todos estos se habían juntado para hablar de “disfrutar trabajando”, a eso venía nuestra mujer de mediana edad sin nombre ni ocupación exacta, nuestro minúsculo punto en la escala de la producción cultural, más consumidora que productora, más lectora que escritora, más oyente que ponente, más aprendiza que otra cosa. Siente que ha aprendido mucho más de lo que ha podido aportar. Por eso decide que recogerá todas las notas del día y medio y tratará de hacer algo con ellas.

Ve cómo uno de los dinamizadores de la jornada se retuerce de desagrado en su silla.

Algunos fuegos se encienden.

Todos están muy cansados.

Desde el exterior llega un gran reclamo. O un gran silencio.

España esta 0 a 0 con Paraguay.

El trabajo está hecho, y con placer.

Ahora toca ir al bar.


Títulos de crédito: http://paraquienesdisfrutamostrabajando.net/.

Agradecimientos:

Amasté

Atravesadas por la cultura

Aula abierta

Barra diagonal

Basurama

Creadores invisibles

Dabne

Derivart

Eguzki Bideoak

Exit

Hackitectura

Hormiga atómica

Investic

La Casa invisible

Liquidación total

Medialab Prado

Proyecto Traficantes de Sueños

Ptqkblogzine

Reu08

Serpica Naro

Transductores

Universidad Nómada


Exgae

YProductions

Zemos98

Los que ya son realidad. Por existir.

miércoles, 14 de julio de 2010

Just a working girl (episodios 4 y 5)

Foto prestada de suburbe, porque la etiquetó para ello.

Cap. 4 Placer en el trabajo

Empieza lo difícil. Detectar los problemas es casi pan comido. Proponer soluciones no lo es tanto. O estrategias, como allí se las llama. Este grupo, uno de los seis o siete que trabajan separadamente, tiene que examinar dos problemas: “la distancia entre los discursos cooperativos versus la realidad de la competencia” entre las unidades productivas, es decir, cómo conjugamos el espíritu colectivo con las prácticas neoliberales; y la “ausencia de espacios de politización y la falta de asociacionismo” en esta industria, cuando estamos hablando de trabajar desde la colectivización y contra lo mercantil.

Este grupo es distinto del primero. Aquí están mezclados de otro modo y casualmente hay tantos hombres como mujeres en el think tank. Tiene frente a ella a una mujer muy bonita, cuya boca grande y sonrisa y timidez le resultan familiares. No participa apenas.

Se habla de la visualización de estos trabajo en la sociedad: por qué se nos ha de pagar, en qué somos realmente útiles, qué tipo de cuantificación tienen nuestras labores, y cuál es el verdadero monto que significa la producción cultural en el seno de las economías urbanas. Discuten ideas pero es difícil dar con auténticas propuestas de acción. Llegan a varias que le parecen, a nuestra prota, importantes: ser honestos (aporta Iñaki) acerca de los presupuestos, las capacidades y los curricula, al menos con el fin de no pisotearnos unos a otros por una irrisoria cantidad de euros; la otra tiene que ver con el “presupuesto de los intangibles” (y es Javier Rodrigo quien lo entrega): las competencias en acto no son privativas del “talento individual” que permite elaborar el proyecto "x", porque éste se nutre de un capital extraído (y devuelto también, en alguna medida) al procomún, y en el presupuesto se debería contemplar el valor de la red en funcionamiento.

Todos allí han pensado mucho más que nuestra prota sobre estas cuestiones, previamente, y ella sólo sabe escuchar con la boca muy abierta, disimulando.

Y tras la deliberación, atraviesan el barrio de Lavapiés hacia un lugar que se llama Ésta es una plaza. Donde un colectivo de inmigrantes marroquíes les esperan, en un solar reutilizado como huerto urbano, con ensalada, cous-cous, refrescos, vino y pastelillos árabes. De pronto, aquí, se está desprendiendo de la mayoría de sus complejos y se siente a gusto: sin formar parte de ninguno de esos colectivos, con ellos hay lazos en las formas del trabajo autónomo, en la pretensión de depender exclusivamente de su creatividad para subsistir. Y el cous-cous está tan bueno...


Cap. 5 Jodidas pero contentas
Vuelven los participantes, cargando una silla de plástico al hombro, hasta el local donde se hacen las reuniones. Es la recta final: queda poner en común las soluciones delineadas, y las dos mujeres irán apuntando las propuestas de cada grupo en un telón de papel que se va llenando, a medida que la tarde avanza.

Perdió de vista a la de la sonrisa y la timidez. Buscándola, de pronto, se acuerda del motivo por el que le resulta familiar: hace casi un año, estuvieron las dos sentadas en el mismo espacio, dentro de una de las aulas de La Casa Encendida, compartiendo taller de literatura. Aunque, si ese recuerdo es verdadero, la chica no estuvo más que un día o dos.

Son muchas las mujeres, tantos como los hombres, en la reunión. De alguna manera siente que ellas, en todo caso, guardan más rabia. Más descontento. En algún momento, ha hecho una pequeña broma en voz alta: cuando se quería anotar, como problema, la existencia de un “falso autónomo” en las tareas creativas (no nos contratan, nos mantienen aparte, nos privan de los pocos derechos sociales del asalariado, pero estamos sujetos a las mismas obligaciones de horario y dedicación que estos), alguien dijo que también se podía hablar del “falso becario”: traigamos a alguno de los miles de millones de recientes licenciados sin experiencia laboral que le vamos a tener aquí ocho horas y se va a llevar lo mismo que si estuviese en prácticas, una palmadita en el lomo. Al hilo, desde el foso, ella dice: “¡y el falso esclavo!”. Algunas la miran y asienten. En realidad, quería decir, “el nuevo esclavo”. Pero ya no era la hora de las quejas, sino de la búsqueda de salidas. ¿Hay salida, alguna, de esta precariedad?

Nuestra protagonista se ha presentado voluntaria, como portavoz, para explicar las estrategias halladas en su grupo. Sabe que le costará, porque no cuenta con las mismas herramientas, carece de reflexión, le falta vocabulario. Los compañeros le echan una mano en el planteamiento. Todos los grupos hacen sus aportes. La pizarra de seis metros por dos se está llenando. Las mujeres trabajan a destajo. En el primer día, previo a la jornada de trabajo, las ponentes de Y Productions contaron que el patrón es bastante recurrente: las mujeres en las empresas/colectivos de producción cultural hacen más gestión; mientras que la visibilidad, la relación pública y la presencia en el ruedo, también aquí, se la llevan los hombres. Tal cual.

martes, 13 de julio de 2010

Just a working girl (episodio 2 y 3)

Et quoi que tu fasses? La foto se la tomo prestada a Alé.

Cap. 2. Saberes inútiles


Once y media de la mañana. En la puerta del local hay personas que conoce. Seis desconocidos entran en un local frente a la puerta del local de Traficantes de Sueños (tiene un nombre, que no puede recordar nuestra protagonista, pertenece a una asociación de mujeres del barrio).

Comienza la charla, su misión es delimitar los problemas que afectan al trabajo creativo. Dos personas, uno y una, hacen de directores de función. Participa, sintiéndose siente parte de, al mismo tiempo que extraña.

Le gusta lo que escucha. Le gusta la “dinamizadora”, que forma parte de un colectivo. Le gusta la atención tranquila que pone en todo lo que dicen los demás, y cómo va tomando notas en su portátil. Hay una botella de agua. Queremos trabajar y que nos guste. Casi siente la excitación, pero aquí no existen ni egos ni sexos. Tanto él como ella se dirigen al grupo (cuatro hombres, dos mujeres) como “las trabajadoras culturales”, las “productoras de la cultura”. Tiene todo el sentido, si hasta hoy hemos pretendido englobar al común de la gente bajo el masculino...

Se habla de problemas. Nuestra prota no tiene mucho que aportar, como colectivo, porque está claro que es una y no tiene mayor enredo con otras capacidades productoras (aunque le gustaría), pero sí es o se considera una trabajadora cultural. Le hace gracia la etiqueta, la hace sonreir. Le recuerda a esa otra de “trabajadora sexual”.

En nuestra teleserie, el lenguaje audiovisual ha sido sustituido por un lenguaje transversal, desarrollado desde el pensamiento. Nuestros telespectadores pueden recibir, sintonizando la frecuencia adecuada, qué es lo que pasa por la cabeza de los personajes. Así que vuelve a recordar uno de los leit motivs de estas jornadas: “trabajar y que nos guste”. Es muy complicado todo: estar en el mundo, ser productiva sin sentirse esclava, obtener un rendimiento suficiente y digno por las capacidades de cada cual sin sentirse vendida. Y son sólo las doce y media de la mañana.


Cap. 3 Matar la noción de trabajo

Dos preciosas mujeres están ahí detrás de los ponentes -portavoces de cada grupo- tomando notas sobre papeles dispuestos en la pared. Es la primera puesta en común, todos a la vez viéndose las caras.

Hay militancia, hay seriedad, hay sensación de que todo tiene un sentido. Eso es precisamente lo que buscaba nuestra protagonista. La legitimización a su soledad. Se trata de trabajar a todas horas. Uno no se hace creativo, uno ha nacido creativo, no tiene más remedio que seguir los dictados. ¿Qué es creatividad?

Creatividad puede ser no saber cambiar una casquillo de lámpara.

Nuestro personaje no puede imaginarse haciendo otra cosa que lo que hace, estar dentro de su cabeza, discurrir, imaginar mundos posibles. Sabe que los tiempos están duros, que puede necesitar bajarse los pantalones, o las bragas, para introducirse en una estructura económica la-que-sea. El telemárketing, le han dicho, tiene un convenio más o menos bien atado. Que puedes sacar 900 euros por ocho horas de trabajo y tienes todas las prerrogativas de un asalariado formal, bien protegido. La divagación se detiene.

Salen los portavoces, uno tras otro, y tienen que explicar los problemas que se encuentran las trabajadoras de la cultura en su día a día. Semi-intermitencia económica... Situación perenne... Falta de profesionalización... Dependencia económica de las administraciones... Canibalismo entre nosotros mismos. Porque se trata de subsistir.

Y ¿si fuésemos albañiles? ¿Si nos dedicáramos a colocar productos en los estantes del hipermercado? ¿Habría menos canibalismo? ¿Qué saben los vendedores o los mudancistas del procomún? ¿No tiene ninguno de ellos la sensación, a veces, de trabajar con intangibles, de dominar técnicas y saberes que no tienen ningún valor en la sociedad?

Todavía está un poco perpleja por el contexto en el que necesita insertarse para no sentirse (¡no, otra vez, no!) una alien: muchas de estas personas han puesto en marcha proyectos que dependen única y exclusivamente de la subvención o el contrato público. O es el Estado el que te permite ser, o es el Estado el que te permite existir.

Sin embargo, ninguno de ellos desea ser funcionario. Está en el último escalón de su escala de deseos. Como ella, lo que quieren es que su trabajo sea remunerado. Que sea remunerada su creatividad. Bien consista en realizar festivales, instalaciones o novelas.

Está muy lejos de sus aspiraciones profesionales, pero las reconoce. Cree que ha llegado la hora del café. De hacer networking.

domingo, 4 de julio de 2010

Just a working girl (la teleserie: Piloto)

Empiezo a escribir, recopilando apuntes de una larga jornada, y no sé si es este será un post o dieciséis. Pongamos que éste es el piloto de una teleserie.

TÍTULO: Just a working girl.

CREDIT TITLES:
Just a working girl... Schemes and missed appointments... Just a working girl... Dreams and disappointments...

Una mujer de mediana edad (me encanta la indeterminación de los lugares comunes, tan detestables) avanza por una calle, reconocible para quien viva en Madrid. Se imprime, sobre los planos generales, el rótulo: “Trabajo, todo es trabajo”.

Podríamos seguir con la cita, pero la dejo ahí. Queda más misterioso. Es un mantra para ella, no sabe bien qué es trabajo en términos marxistas, en términos de explotación capitalista, en términos de sentimentalidad. Sólo sabe que, desde la mañana a la noche, intenta rentabilizar los cuatro saberes acumulados en los cinco años de Facultad (eso da a menos de un saber por año) y los diez de práctica profesional, criar a sus dos hijas, subsistir en la gran urbe.

Toma el metro, la mujer, sabe que persiste la huelga pero entra, Colombia - Nuevos Ministerios - Plaza de España - Lavapiés. Algo la lleva. Algo persigue. No sabemos qué prisa puede tener un sábado a las diez y media de la mañana. Nada en su aspecto lo dice. Es una periodista. Periodista cultural, para más inri. Sus aspiraciones podrían estar delimitadas en esta cita:

"Una tarde, al despertar de la siesta, descubrí que todos aquellos con los que había hablado en la última semana tenían aspiraciones artísticas, el apetito de la cultura o la inquietud de hacer cosas. Aquello era muy empobrecedor."
Fernando San Basilio, Mi gran novela sobre La Vaguada.

Apetito. Inquietud. Morriña. Migraña. Hambre. Desde la pasión por lo que uno es y lo que ha decidido que es su profesión se llega al hambre. Hambre literal, no metafórica. Le ha costado muchas derivas personales, pero hace ya algún tiempo que sabe lo que quiere: demasiado tarde. El mundo no necesita sus saberes ni sus capacidades. No hay periodismo cultural. Prácticamente no hay periodismo. Los grandes medios mueren y hacen morir la profesión. Sabe muy bien -le vemos chasquear la lengua contra los dientes, cerrar su libro con desgana- que sus opciones han mermado: las redacciones blindadas, las colaboraciones, cuando aparecen, pagadas a la mitad de su valor. Escribir historias no cotiza.

La mujer está aterrizando en un local de la calle Embajadores. Vive en soledad profesional, remeda el intercambio vital con otros colegas a través de las redes sociales, y aquellas de pronto un día le dieron un dato: vamos a hacer unas jornadas "para quienes disfrutamos trabajando". Los que allí están, imagina, tienen medianas estructuras montadas en torno al trabajo creativo y la producción cultural. Ella es una mera contadora de historias que quiere dejar de sentirse tan sola en su trabajo. Empuja la puerta. Entra.

No se pierdan los próximos capítulos de “Just a working girl”: una telenovela de la esclavitud moderna.

Just a working girl (2)

Qué me queda de contar antes de meterme en otros fregaos... Colaboraciones recientes en Notodo.com, que han pasado sin pena ni gloria, en lo que respecta a este blog (y el porqué, si es que hay uno, tiene que ver con otras cosas que quiero contar en otra oportunidad).

Después del textito del amigo Zweig, publiqué esto sobre Mansos de Roberto Enríquez.


La reseña sobre el bestiario de amantes de Josan Hatero:

Y hace pocos días esta otra sobre Diario de las especies de Claudia Apablaza. Un libro del que todavía quiero hablar más.


Y hay muchos más libros, hay muchos más proyectos, hay muchas lecturas atrasadas y otras en curso. Hay mucho más.