viernes, 22 de abril de 2011

O follamos todos...

Soy muy dada a contar los pequeños pasos dados en cualquiera de mis proyectos, aunque no signifiquen gran cosa, quizá sólo por manifestar algo como "hey, chicos, estoy trabajando". Puesto que pasan semanas y hasta meses entre mis ratos de trabajo en esos "proyectos que me dan la vida", los avances son mínimos, siempre, la consecución de los mismos está constantemente lejos, y ponerlos de manifiesto sirve para créermelos un poco más. En definitiva, se me hace infantilmente necesario mostrar el resultado de un par de horas de trabajo, por tonto que sea, y activar mínimamente este blog.

Hoy he dado vueltas al documento donde recabo todo lo que podría servirme, eventualmente, para un ensayo que-todavía-no-sé-qué-es y que lleva por título provisional La vida sin hombres. He reorganizado la información y los datos, pero el más nítido logro ha sido "fijar" los epígrafes del libro (y casi, casi, un índice de contenidos):

"... que las mujeres no valíamos para ninguna actividad seria, ni siquiera para la costura o la cocina (...). Y el llamado trabajo intelectual era decididamente horrible y ruinoso."
Franziska von Reventlow - El complejo de dinero

"What will liberate women, therefore, from male control is the total elimination of the money-work system, not the attainment of economic equality with men within it."
Valerie Solanas -Scum Manifesto

"O follamos todos, o la puta al río"
Dicho popular

martes, 19 de abril de 2011

Cul-de-sac

Hace pocos días, en una de esas escasísimas ocasiones en que converso con gente fuera de esta pantalla, dije: "Ya nunca más, cuando alguien me pregunte si escribo, diré que sí. Si alguien quiere saber en qué proyecto ando metida, diré que en ninguno". Nunca más crearé expectativas falsas. Sobre todo a mí misma.

Me siento como un arriero haciendo avanzar medio paso por hora a cada res de ganado, en lo que se refiere a mis proyectos. Dispersada en mil espacios. Qué es esto que llevo adelante, sino la narrativa sin narrativa. Confirmo que prácticamente no hago otra cosa que escribir y que no puedo enseñar nada a nadie, porque todo está a la vista. Confirmo que deseo/necesito escribir. Pero ni deseo ni necesidad. Básicamente, no sé hacer otra cosa.

Empecé a llevar un diario a los seis años: van treinta y uno. En treinta y un años no he conseguido acabar una sola pieza mostrable, ni uno solo de mis proyectos de ficción ha llegado a concluirse.

Cada día me planteo (coartada o necesidad) la importancia, la pertinencia de parir más ficciones al mundo, de colocar toppings sobre la gran ensaladera de la ficción contemporánea. Alabo y admiro a las personas capaces de creer en un proyecto, en uno solo, por el tiempo suficiente para llegar a terminarlo. Gasto mis días, entre otras cosas, en leer y reseñar lo que otros sí han escrito. Invierto tiempo y esfuerzos en hacer visibles sus proyectos. Los míos duran alrededor de quince días con cierta incandescencia. Después, nada.

Ellos montan las ficciones, yo las desmonto. Mi devenir actual corre en forma de crítica y pensamiento y los temas vienen marcados por sus ficciones, ellas sí, concluídas, mejor o peor, editadas. Continúo con los diarios. Sólo los he dejado en dos ocasiones. Cuando me enamoré mucho y me olvidé de ciertas esencias. Cuando me desenamoré y pasé algún tiempo sin poder hablarme a mí misma.

Y la paradoja se hace evidente. Qué hace una persona que no es capaz de completar un solo cuento desde hace varios años creyéndose en el derecho de criticar lo que escriben los demás. Qué hacen ellos con sus ficciones invadiendo mi imaginario y consumiendo mi tiempo. Qué culpa tienen. Lo que yo sé es que estoy en un cul-de-sac.

También sé, y aunque la tipografía sea la misma lo digo con letra pequeña, que mis treinta cuadernos son el material que necesita mi futura remezcla.

jueves, 7 de abril de 2011

In love with a view

Los chilenos llaman "panorama" al plan de movidas para hacer en la tarde o el fin de semana: "qué buen panorama", "qué lata, no tengo panorama". Todo lo que cabe en el ocio es "panorama" y yo tengo delante uno amplio, ancho, inmenso, casi inmanejable. Tengo tanto panorama que no sé qué hacer con él.

Este largo periodo de sequía y precariedad me ha dado fenomenales vistas sobre el mundo. Como extraído de algún capítulo de Un cuarto propio conectado (Remedios Zafra), todo ese ocio que no puedo ejecutar por falta de movilidad, flexibilidad en mis tiempos y quehaceres (de madre trabajadora a un 200 por cien del tiempo), lo obtengo -o lo intento- de las redes. Digo que no quiero conocer más gente por internet, pero en realidad a la mejor gente del mundo la conozco por internet.

Pero a veces puedo. Puedo ir a la raíz, a las coordenadas espacio-tiempo, y no sentarme (en mi cuarto propio conectado) como espectadora de un streaming. A veces -y raras veces coincidiendo con la ejecución de los hechos- salto desde el cuarto propio hacia la calle. Grito y maldigo y hago, en la calle.

Que es lo que más me apetece hacer últimamente.

Tengo una gran cantidad de posibilidades, de panoramas, delante mío. Tantos que no los sé manejar. Tantos que, quizá, me vienen grandes. Son como carros de los que tiro algunos centímetros cada día. Son como enormes ollas todas bullendo a la vez sobre los fogones, y he de ser lo suficientemente ágil para remover su contenido con cucharas de palo, cada una en su momento. Como en aquel clip de los Looney tunes (me parece recordar, o quizá invento) en que Elmer ha de mantener una gran cantidad de platos girando simultáneamente sobre varillas de madera. No sé si lo he soñado.

Me voy a Sevilla el fin de semana. Hago una presentación de libro (ver entrada anterior) y me moveré por los muchos estímulos dispuestos por la ciudad para mí. Últimamente, una gran cantidad de cosas tiran de mí hacia Sevilla, que es mi ciudad al cabo, pero una en la que no vivo desde 1999. Tira de mí Estado Crítico y la entrega del premio Mejor Ensayo 2010. Tira de mí el 13 Zemos 98, del cual ya me he perdido la mitad de las citas interesantes. Tiran o yo tiro hacia ellos. Al cabo, panoramas de los que enamorarse perdidamente.

In love with a view

jueves, 31 de marzo de 2011

Sayak Valencia en Sevilla

El próximo viernes 8 de abril, a las 19.30h, presentación en Sevilla de Capitalismo Gore, de Sayak Valencia.

Es decir, sevillanos y sevillanas, tendréis en la librería-club Relatoras a la portentosa Sayak Valencia, a la que tengo el honor de introducir para que nos hable en primera persona sobre ese tremendo ensayo editado por Melusina.

Sayak Valencia participa durante la próxima semana en el Taller Radioactivos: Escucha y creación colectiva, dentro de la programación del 13 Festival Zemos.

La robaremos durante un rato para una charla-cualquier-cosa-menos-informal, a la que estáis todxs invitadxs.

La cita es en Relatoras - Calle Relator, 44 (Sevilla) - viernes 8 de abril - 19,30 h.

domingo, 27 de marzo de 2011

Puta mierda nuestra

Desde hace ya mucho tiempo me pregunto: ¿quién nos ha enseñado a limpiar? ¿Está inscrito en nuestros genes, como pretenden los biologistas y deterministas, o se trata de una enseñanza directa de la cultura mamada, como nos dicen los otros? Llevo desde el sábado (y no cuento las tareas diarias de control de la mierda) a las 11 am de sitio en sitio, viendo basura por doquier, recogiendo pedazos de vida, comprobando que somos polvo. No soy una obsesa de la limpieza, ni mucho menos, pero en alguna parte de mi estructura mental está inscrito que se desarrolla mejor la persona si lo hace en un entorno ordenado, libre de mierda. Conste que no limpio para ningún hombre, pues ninguno pone el pie en mi casa desde hace casi veinticuatro meses.

He puesto lavadoras, he puesto lavavajillas, he limpiado habitaciones, he hecho (a base de peleas) que mis hijas ordenen la suya, he quitado polvo, limpiado el suelo, limpiado el baño, hecho la compra, cocinado, recogido restos, ordenado mi habitación (porque los montones de papelotes no me dejaban pensar)... Son las siete y media de la tarde del domingo y todavía me quedan por planchar aproximadamente siete kilos de ropa, dos lavadoras amontonadas en un rincón del armario. Me da a mí que van a quedar para otro día.

A menudo me pregunto qué nos hace así y debe de ser esto lo que ellos llaman "ser brujas". ¿Sexismo nada más? ¿Programación de género, como lo llama Elisa, que traspasa generaciones y edades? Tengo tremendamente claro que es cosa de mi abuela el que yo ahora, el fin de semana, sienta que mi obligación es limpiar. El sábado tempranito no me dejaba ver La bola de cristal y me ponía el trapo y la escoba en la mano. Y no lo hacía así con mi hermano, diez años menor, que viéndonos a sus hermanas pretendía contribuir, colaborar en la limpieza, y la buena mujer lo trataba de mariquita y le quitaba los artilugios mágicos (la escoba) de sus garras.

Esto no va de géneros, o no sé de qué va. Hace dos semanas mi hija de 5 años vino con el siguiente cuento a casa: "Mamá, los hombres de las cavernas son los que salían a cazar porque eran más fuertes y no tenían miedo". No hay derecho a que una niña de cinco años reciba esta información de los roles de género en un contexto en que no necesita, en ningún caso, contar con diferencias, validaciones ni programaciones. Cuando nadie sabe con certeza (ni siquiera los antropólogos, y sigo aquí a Natasha Walter en su ensayo Muñecas Vivientes, Turner, 2010, pero comprenderéis que éste es un artículo escrito con sangre y no me voy a poner a buscar las citas correctas), si las mujeres realmente eran las que se quedaban al abrigo de las cuevas, cuidaban de la prole y aseguraban la morada limpia y ordenada para cuando los machotes terminaban sus tonterías allí afuera.

Insisto en que esto no va de géneros sino de quién coño me invitó a mí al club de las mujeres pulcras, que no da réditos en ninguna parte pero donde si no estamos nos ponemos negras. Hay algunas que no están, que sueltan quinientos o poco más euros a una amiga de otro país (sudamericano, por ejemplo) y ya se sienten limpias.

Insisto en que esto no va de géneros, pero hoy a las ocho de la tarde no he tenido un fin de semana normal con mis hijas, no he ido a ver la exposición Heroínas que tengo que ir a ver con ellas, no he preparado mi programa ni leído la mitad de los libros que debía, no he escrito las reseñas que debo ni puesto en orden mi vida, sólo me he dedicado a quitar mierda y a inocular en las mentes de mis hijas la idea absurda de que quitar mierda es una de las tareas ineludibles, básicas y satisfactorias de la vida. En este minuto me pesa una barbaridad, pero algo dentro de mi mente no puede eludir esa responsabilidad que no paga absolutamente nada.

Puede que esté exagerando, no sé, estoy cabreada conmigo, con la programación de género, con mi abuela y con todos los que viven felices entre bendita la basura. Quiero saber, ciertamente, si Alejandra (Pizarnik) limpiaba su espacio (que no), si Virginia Woolf (que no) limpiaba su espacio, si Leonora Carrington (que no) limpiaba su espacio, si Marguerite Duras (que no) limpiaba su espacio. Quiero saber si hubiesen sido mejores poetas, artistas, novelistas (que no) limpiando sus espacios. Puta programación de género.

La imagen está tomada prestada de aquí.