lunes, 30 de abril de 2007

Alejandra Pizarnik

Si los artistas (músicos, escritores, cineastas) pudiesen convertirse en amigos íntimos a base de conocer su obra, Alejandra Pizarnik sería uno de ellos. Una amiga íntima a la que no podría visitar muy a menudo, pues interrumpiría su trabajo, obsesivo y solitario.

Sentía demasiado respeto ante la idea de escribir acerca de Alejandra Pizarnik, para otros. Una atracción agridulce. Me preocupaba, entre otras cosas, caer en el panegírico pseudo-místico de la poetisa maldita y atormentada, articular a-críticamente esa imagen de mártir de la poesía que nos transmiten algunos de sus exégetas. He intentado huir de eso como de la peste.

En este mes de mayo (número 121) aparece un artículo titulado Alejandra Pizarnik: La poesía o la vida, en la revista Qué Leer . Aprovecho de agradecer aquí, por su ayuda y por todo, a Milo Krmpotic.

Maldita y no

domingo, 29 de abril de 2007

De clisés y estrafalarios

Me gusta la versión (sud)americana del galicismo cliché, por su recorrido de ida y vuelta y retorno sin fin. No la utilicé en el título de esta crónica por decoro, que es algo muy mal visto en un concierto de Scissor Sisters. El clisé suena a señora nonagenaria recordando su daguerrotipo de boda.

Scissor Sisters en La Riviera fue contado así para MTV.es.

miércoles, 25 de abril de 2007

Una vida menos vivida

No se enfatiza como se debería, en los análisis de la cultura, el papel del tedio como afección fundamental.

Lars Svendsen
Filosofía del Tedio
Traducción de Carmen Montes Cano
Tusquets

Probablemente no sea casualidad que una reflexión sobre la importancia del tedio en nuestra cultura llegue desde Noruega, uno de los países más ricos del mundo: la tesis sobre la que pivota este ensayo es que nuestras sociedades, que producen abundancia de bienes, proveen también aburrimiento en dosis descomunales. ¿Por qué el tedio? Svendsen no pretende explicarlo de una manera universal, sino que adscribe el fenómeno en un contexto filosófico y cultural: Occidente y la tradición de pensamiento posterior al Romanticismo. La “conciencia de pérdida” sobre la que se asienta la filosofía contemporánea parte de ese momento. El enfoque es restringido, pero admite así menor margen de error.

Por eso trata del tedio, y no de la melancolía (barroca) o de la acedia (medieval y privilegio de religiosos). De las muchas formas de aburrirse del hombre contemporáneo, desde el bostezo provocado por una historia mal contada hasta la parálisis que sucede cuando el tedio se convierte en un filtro que interrumpe la recepción de estímulos. El absolutismo del individuo que trajo la muerte de Dios y otros sucedáneos dejó al hombre en la tesitura de establecer él mismo sus límites, y este individuo sin asideros buscó desplazarlos siempre un poco más allá, en busca de un contenido propio para la individualidad. Eso hace el libro, recorrer esos límites.

El viaje, aunque algo tramposo, repasa formulaciones literarias y culturales, desde la poco conocida ‘William Lovell’ (la “novela clásica sobre el tedio”), hasta su paralelo post-moderno, ‘American Psycho’. Se detiene a analizar qué creaba el aburrimiento existencial de los inquietantes personajes de ‘Crash’ (en la novela y en la película de Cronenberg), así como de los personajes de Beckett, que parecen haber renunciado definitivamente a darse sentido. Y vamos adentrándonos, de la mano de Pascal y de Pessoa, de Cioran y de Warhol, en esa “borrachera de no ser nada”, esa “no-vida” que tan bien sabrían retratar los grupos goth de los primeros años 80 (véase ‘In the flat field’ de Bauhaus).

Puesto que el aburrimiento es una afección universal, el viaje contiene estaciones aptas para todos. Pero se ha de estar preparado para la descripción de algo que, más allá del aburrimiento situacional –producido por las circunstancias-, es capaz de tomar por asalto al individuo, toda su vida y su visión del mundo; es lo que llama, siguiendo a Heidegger, “tedio profundo”. Y todas las estrategias posibles (para combatirlo, obviarlo o superarlo) se revelan inútiles. Desde plantarle cara mediante el trabajo (Nietzsche) hasta la vía del esteticismo extremo (Schopenhauer), pasando por la respuesta decadente (lo nuevo) o la post-romántica: la transgresión. El tedio existencial, el tedio profundo, no sólo no tiene rival, sino que es una puerta a una forma de conocimiento “superior”, a una responsabilidad esencial con el yo. La afección es, en última instancia, una invitación a la filosofía.

Esta es, quizá, la conclusión de mayor peso que contiene el libro, donde toda la argumentación, sostenida sobre “autoridades”, es de un pragmatismo preocupante. Las experiencias descritas se yuxtaponen para demostrar que el tedio es un producto de nuestros tiempos, contra el que poco podemos hacer, y la “salida” que se nos ofrece como plausible es investigar en la afección, reconocerla, como haría un enfermo crónico con su enfermedad. Aprender, al cabo, de ella. Cuando la revolución del Romanticismo nos ha abocado a un callejón sin salida; cuando el individuo se encuentra en la encrucijada de procurarse a sí mismo sentido, encerrado en una sola vida que le demanda que se comporte como consumidor, que se adscriba a modas, que suscriba credos o que practique el fanatismo… Cuando hace presa el aburrimiento, sobreviene la gran indiferencia y acecha el relativismo, la propuesta de Svendsen es la filosofía. El popurrí bien dirigido (y digerido) de referentes intelectuales que es este libro se revela una útil herramienta para verle las orejas al lobo.


//Esta reseña no ha sido publicada previamente. Una versión breve aquí.//

lunes, 23 de abril de 2007

Filosofía del tedio (reseña)

Publicada en la sección libros de la revista Go magazine (diciembre de 2006).

“Filosofía del tedio”
Lars Svendsen
Tusquets

Esta es (¿verdad que sí?) la mejor época para enfrascarse en un delicioso ensayo llegado desde la fría Noruega, uno de esos países que, de tan avanzados, ofrecen una vida plena de posibilidades de tedio a sus habitantes. El tedio, más que un sinónimo de aburrimiento, y sin contar con la buena prensa de la melancolía, determina rotundamente nuestra época; constituye una de las afecciones privativas del ser contemporáneo y caracteriza a la cultura nacida a partir del Romanticismo. Eso intenta demostrarnos Lars Svendsen en este libro, que recoge y analiza de forma exhaustiva la tradición filosófica y la mucha literatura que el tedio ha suscitado. Cómo la desaparición de la colchoneta de la espiritualidad que nos sustentaba abocó a los románticos a centrarse en su individualidad, y cómo esa individualidad se reveló incapaz de darse sentido a sí misma; la creación incesante de necesidades artificiales y la satisfacción sin pausa de esas necesidades; la nada que nos erosiona la sensibilidad (a decir de Cioran) o la nada sin cualidad alguna (en el Bernardo Soares de Pessoa), el tedio es el maligno fundador de nuestra forma de entender el mundo y de algunos de los mitos más importantes de la contemporaneidad. Desde Thomas Mann a Andy Warhol, desde Beckett a Bret Easton Ellis, pasando por Kierkegaard y Handke, y hasta la objetivación del vacío que expresó Ballard en ‘Crash’. Cuando, entre polvorón y polvorón, los bordes del mundo se te difuminen, harás bien en acordarte de este libro.

domingo, 22 de abril de 2007

Representar lo irrepresentable

Pat Barker hace lidiar a sus personajes con la violencia y el problema de su representación en el arte.

Pat Barker
La Doble Mirada
Traducción de Ana María de la Fuente
Salamandra

La doble mirada parece pertenecer a ese tipo de narrativa actual de apariencia amable, con una historia sencilla y digerible, agradable ambiente extra-urbano, y personajes sensibles e inteligentes; dotados de complejidad, pero no raros. Anécdotas y tipos humanos que le sirvan al lector de fórmula de escapismo, que lo lleven a espacios alejados de las archisaturadas ciudades y aún así no pierda la facultad de reconocerse en ellos. Parece ser ese tipo de narrativa pero, afortunadamente, hay más. Se sobreentiende, en todo caso, de una autora que tiene entre otros el premio Booker. En la novela, acompañamos a una escultora, ya madura, que ha perdido a su marido; se recupera de un accidente automovilístico mientras tiene que acometer la creación de un Cristo desnudo de gran tamaño. Un hombre, periodista en corresponsalías de guerra hasta hace bien poco, abandona los campos de batalla mientras su matrimonio lo abandona a él; se refugia en la campiña del Norte de Inglaterra para escribir. Allí se conocen Stephen y Kate, en una trama de esas que no ponen sobre el tapete grandes acontecimientos, sino leves y sinuosos movimientos internos, vitales; el paralelismo de los dos protagonistas es una muletilla, una cortina de humo, que dejará las opciones obvias al margen. Nada es lo que parece, a simple vista, en esta novela.

Entre ambos, encallado, Ben, el marido de Kate y ex compañero de fatigas del periodista, fotógrafo que ha muerto víctima de la violencia que se obligaba a capturar en sus imágenes. Porque, en la presencia-ausencia de Ben y en su legado, que los dos alimentan a su manera, reside uno de los temas centrales. La apariencia versus lo que hay más allá, la cantidad de capas que se interpone entre lo real y nuestra percepción, la representación ocupando el sitio de lo real. Stephen encarna la cara “grandilocuente” del asunto, queriendo reflexionar en su libro acerca de cómo son representadas las guerras en los medios de comunicación (con la muerte de su amigo como sarcástico hilo argumental); pero el tema de fondo recorre cada pliegue de la trama: cuánto juzgamos a las personas por sus apariencias, cuánto de lugar común y formulismo hay en nuestras relaciones, cuánta responsabilidad llevamos en el fracaso de éstas, ofuscados por “lo aprendido”, “lo aceptable” o “lo cómodo”… La escasez de acontecimientos sólo esconde, a la vista directa, la capa subterránea de maldad, el avasallamiento de la crueldad; que está, parece decirnos Barker, tanto en lo que hacemos como en lo que dejamos de hacer.

El gran problema ético y estético que se encuentra en la cita de Goya (“No se puede mirar. Yo lo vi. Esto es lo verdadero.”) habla de la difusa línea divisoria aplicable a la representación de lo atroz, lo horrible o lo cruel; pero, del layer del arte, la autora nos conduce a otro nivel, a la siempre injustificada irrupción de la violencia en nuestras vidas, a la forma en que ésta borra de un plumazo lo que creíamos cierto y mancha en adelante las experiencias. Con un pulso narrativo firme y ágil, sin abusar del suspense innecesario o del golpe de efecto, sucede que, a ratos, la acción se recarga de una discursividad que hace escaso favor al avance, los razonamientos de cada personaje ralentizando la narración. Es así que los bordes entre las situaciones dispuestas y las tesis que nos quieren transmitir se difuminan. Junto al gran sustantivo, los pequeños detalles, y el contraste produce una sensación anómala. Pero aquí, otra vez, las apariencias poniéndose a la altura de lo real, y jugosos momentos de clímax y anticlímax para aplacar las iras. El lector vivirá en un perpetuo desplazamiento “moral”, pero en especial sufrirá esa confusión respecto al personaje de Peter Wingrave, un misterioso exconvicto del que nadie parece saberlo todo: de él se espera, por principio, que gatille cierta acción. Sin embargo, todo está en suspenso, y la media docena de brillantes secundarios nos llevan a lomos de la incertidumbre y el desamparo. En La doble mirada hay que mirar, ciertamente, dos veces, para obtener una impresión menos engañosa, aunque nunca verdadera.


//Esta reseña no fue publicada previamente. Una versión breve aquí. //