martes, 22 de septiembre de 2009

Amores ilustrados


Con la resaca aún del programa de ayer, cuento otra breve novedad editorial. Hoy es portada en notodo.com este reportaje acerca de preciosos libros ilustrados que son, en su mayoría, novedades editoriales y también son actos de amor de un dibujante por un texto literario.

lunes, 21 de septiembre de 2009

No podía ser de otra manera

Por más que se confabulen contra mí todos los subángeles del infierno, esta noche hay radio. Igual la semana que viene no, quién sabe, podemos todos desaparecer, "angelizados en masa", como en el libro que me ha ocupado todo el fin de semana: Dissipatio humani generis (la desaparición del género humano), de Guido Morselli.

¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? estará en las ondas cibernéticas a las 23 h. Y lo podréis escuchar, si nada lo impide, en la web de www.radiocarcoma.com. Posteriormente, vamos, tan pronto como un rato después, en el blog del programa (quiereshacerelfavor.wordpress.com) y como podcast en iTunes.

Matar, los crímenes, la debacle humana en un lugar muy concreto, serán los protagonistas. Y hasta aquí puedo leer.

lunes, 14 de septiembre de 2009

¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?

Todo lo anterior (esto y esto) para contar que esta noche vuelvo a la radio. Y no es cualquier radio. Es Radio Carcoma, emisora libre con veinte años de existencia, donde yo no he puesto el pie nunca, pero mi compañera/tentadora sí, más de una vez.

Regreso a la radio, y me parece lo más natural del mundo, pero lo hago porque me lo pidió/propuso Elena Cabrera. Y porque me parece una idea fascinante hablar sobre lectura y literatura durante una hora, de noche, a los micrófonos de un estudio montado en un locutorio telefónico, en un barrio madrileño.

Como la experiencia no ha sucedido todavía, no sé qué va a salir de esta noche.

La cita es a las 23 h. Y sólo en la página de Radio Carcoma.

Ya que estoy puesta, también cuento que hoy salió mi reseña acerca de El otro lado, obra de teatro actualmente en cartel en Madrid, en la fantástica web notodo.com. Total, que sigo preparando el lío del montepío.

//Actualización del día después y con el subidón todavía calentito: ya hay blog del programa y archivo de audio para poder escuchar el primer ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? cuando os venga en gana. Todo merced a la celeridad y las horas de sueño de Elena Cabrera.//

domingo, 13 de septiembre de 2009

Radio-amistad (2)

Se llamaba Carolina. Se murió un día, pidiendo una y otra vez la canción que más feliz la hacía. “Palabras para Julia”, la canción de Paco Ibáñez sobre el poema de José Agustín Goytisolo. En ese sentido, los trabajos de Mariluz tenían más efecto sobre ella. Y algo llega hasta hoy, desde esta muchacha Carolina, que podía haber sido abogado, limpiadora de escaleras o artista multimedial, si el folklor y la ginebra fuerte de la zona, aparte de la tuberculosis, se lo hubieran permitido.

Llega hasta aquí, hasta este instante. Ella se emocionaba con la agridulzura de los poemas cabrones, y prefería los sentimientos fuertes -dentro de la esperanza tenebrosa de la que esas palabras eran acompañadas-, sentía que debía agarrarse a algo verdadero, por duro que fuese, para poder seguir respirando, para pedir un segundo más de resistencia a sus pulmones. Los pulmones y el alma están fuertemente conectados: “Te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido”.

Pero sí, tanto como dolía la vida, también era su contrario, su verdor, su belleza, su alegría, y el deseo de una mujer de veintipocos años de ser el centro y la esponja y el testigo de todo eso.

Cuando Carolina sentía que los días de la vida se le estaban descontando más rápidamente, les llamaba al estudio una y otra vez. Siempre tenía una nueva canción que sentir, que le transmitiría el mundo de detrás de las cortinas de organdí blanco.

Y Mariluz y Serafín hacían todo lo posible por complacerla. Incluso mosqueando a los otros enfermos del hospital que, si no conocían a Carolina, su candidez y su ardor, incluso llegaban a protestar por la repetición infinita de las palabras.

Agarrarse a las palabras, a los sonidos, repetir, aumentar la dosis, tomar de nuevo el poema, leer de nuevo el pasaje, escuchar otra vez la canción, para curar, para paliar la melancolía así como la salvaje certeza de que no tendríamos parte en la vida.

Serafín y Mariluz vieron perderse a varios de aquellos oyentes-pacientes, pero ninguno dolió tanto como Carolina. Ya tenían fecha para la boda (que sucedió un primero de mayo) y se dijeron, sin paliativos -y tampoco se acordará ninguno de ellos de quién tuvo la idea-, que si tenían una hija esta se llamaría Carolina.

Sólo para que el nombre le sonara, a la niña, algo grande y pesado, algo rococó y de demasiadas consonantes velares. Algo que sus tías ni sabían pronunciar -calorina, decía una-, y siempre prefirió la forma abreviada Caro. Sobre todo cuando supo que en italiano Caro es tan bonito como querido, amado.

También, y ella no sabía mucho de aquella muchacha Carolina, quiso cambiarse el nombre una vez. Convenció a todos sus profesores y compañeros de escuela de que, a partir de cierto día -el empeño duró aproximadamente dos años- debían llamarla Julia.

También, y siendo muy joven pero habiendo ya perdido aquel ímpetu de cambiarse el nombre -y quizá es que comenzó a entender que los nombres no son más que pegatinas, y que lo mismo daba uno que otro, y que su abuela jamás la iba a llamar Julia y Caro era tan corto y tan bonito- su primera experiencia en algo que los mayores llamaban “el mundo laboral” fue en una emisora de radio.

Pero de eso hace mucho, mucho tiempo. Han pasado veinte años. Pero Carolina, la del nombre de muerta, vuelve a la radio.

Radio-amistad (1)

Ellos se conocieron en una emisora de radio. Corría 1972 y en la ciudad se sentía cierto aroma de hippismo mezclado con el del buen jamón curado, así como el de esa cosa llamada libertad, ginebra fuerte y guitarra flamenca. No sé bien qué los llevó a esa emisora, que era libre, pero muy restringida, y no pagaba a los colaboradores, y casi tampoco a los limpiadores. Todos ellos sin excepción -Serafín Cantor era el primero- sabían que su tiempo era como el del voluntario del siglo XXI, limitado, puesto al servicio, agradecido sólo por unos cuantos que, personas sin esperanzas, se beneficiaban directamente de él. Del tiempo de Serafín -Jefe de Programas- y del de Mariluz, aguerrida locutora, que subían cada tarde al Hospital de tuberculosos conocido como el Sagrado Corazón.

Porque Sagrado es el corazón de generosa respuesta, eso me parece ver a mí en la distancia. Serafín disponía de una impresionante colección de lps y sencillos de 45 rpm que se llevó toda a la emisora. Mariluz obsequiaba a los enfermos (¿acaso no es todo oyente un paciente, y un enfermo?) con tímidas apuestas de canción de autor. Rebuscaba cada semana en las ofertas de Itálica Discos y siempre encontraba un “Quila” o un “Sosa” que llevarse.

Niguno de los dos sabía con certeza por qué pasaba el tiempo allí, salvo por el sentimiento de poder indoloro que da el abrir la boca cuando la luz roja del estudio se enciende. Él tenía ganas de hacer escuchar al mundo todo ese rock de cuero y pana del que le hablaban en la Discópolis. Ella, de entrenar los oídos para lo que se venía encima. Semana tras semana, regalaban esa música a sus amigos y amigas que, desde sus camas, les pedían más y más canciones. Haciendo eso, regalando, ofreciendo, brindando, se hicieron novios. Él estaba encantado –o simulaba estarlo- de que le hicieran escuchar esa arañante poesía de guitarras lloronas y quenas. Ella podía entender la fascinación de Serafín con un disco esteticista y barroco como Dark side of the moon. Nombres aquellos -White album, Electric ladyland, Ogden's Nut Gone Flake- que ninguno de los dos sabía pronunciar. Menos mal que estaban Led Zeppelin I, II y III.


Una imagen del antecesor de Serafín en la jefatura de programas.


Y, mientras ellos se hacían buenos amigos, también se hicieron excelentes amigos entre sus pacientes. Sabían que en cierto modo les tocaba hacer del hermano que estaba haciendo la mili, o de la amiga que apenas llegaba porque siempre estaba de exámenes finales. La tuberculosis suena como a plaga de otro tiempo. Pero es en 2009 todavía una epidemia mundial, “a punto de empezar a disminuir” de acuerdo con los documentos que maneja la OMS. A la sazón deja unos 8 muertos por cada 100000 personas en Europa, una cifra muy lejana de los 4 que provoca en “las Américas”.

En 1964, la tasa de mortalidad en España era de casi veinticinco. Y se infectaban, en la comunidad autónoma donde Serafín y Mariluz se hicieron amigos, novios, esposos, amantes y padres poco tiempo después, a más de 1500 personas por año. Una de esas personas era no más que una muchacha de veintitrés y, ni los precarios cuidados del hospital, ni la terapia musical dispensada por ellos dos y otros cuantos voluntarios del alma, la hicieron resistir lo suficiente.