martes, 26 de junio de 2007

El problema de la vivienda

Uno de los proyectos que pretendo llevar adelante -no enumero, que me da rabia- tiene ese título: El problema de la vivienda. Como título, sé que es poco lírico, y menos sugerente. Se trata de un cuento, o un conjunto de cuentos. No lo sabré hasta que lo escriba. Produje varias docenas de frases, hilé dos o tres escenas y creé -medio creé- a seis personajes. No, no necesitan autor, necesitan casa. O, al menos, tres de ellos.

En realidad no. Todos necesitamos casa. Todos debemos tener un lugar donde cobijarnos. Un lugar, dice el saber popular, donde caernos muertos. Si eso fuera tan fácil. La casa es mucho más que eso. La casa es grande, es chica, es humilde, es vieja, es nueva, es de los antepasados, es ostentosa, es primordial, es de chapa, es de lata, es de ladrillo, de madera, de cielo raso o de cartón corrugado. La casa habla de ti, dicen los publicistas. No jodan.

Marca de clase, garantía de estatus, prueba de pertenencia, lo ha sido siempre, no hay que engañarse; pero el supuesto derecho, hoy, es un sangrante privilegio. El "tener" y el "no tener" marcan la "diferencia".

Si el poder corrompe, la envidia corroe. Si la casa es un derecho, en un tris se convierte en tu ruina. Si elegimos bailar al son de los expoliadores, especuladores, fabricantes de sueños, hemos de tener claro que el terreno es cenagoso. Tan, tan cenagoso, que sé que no manejo en absoluto las tres o cuatro coordenadas básicas para escribir los cuentos que deseo escribir. Mientras una casa propia es un sueño que ya no sueño, puedo soñar con escribir mis cuentos.

viernes, 15 de junio de 2007

Para no olvidar (reseña)

Publicada en Go Magazine (junio 2007).

“Para no olvidar”
Clarice Lispector
Siruela

“Para no olvidar” pertenece a ese género que puede llamarse “libros de escritor”: escritos para sí mismos, sin tenernos en cuenta, quizá ni siquiera se escribieron como tal: compuestos de heterogéneas materias, pueden entrar en la categoría de “libro de editor”. Se llamaba originalmente “Fondo de cajón” –mucho menos sonoro, menos comercial-, y es fácil imaginarse las gavetas de Lispector empachadas de papeles garabateados, de todos los gramajes y tamaños. Sin embargo, ella no nos va a dejar rebuscar en el cajón a nuestro antojo; sólo después de la poda, la censura y la corrección llegarán a nuestras manos unos textos informales sólo en apariencia, sugerentes más que explícitos, testigos de su genuina manía de escribir. Apuntes, recortes, notas, micropoesías, prosas que no caben en ninguna clasificación: lo inacabado y lo impreciso de sus límites deja ver a menudo la tramoya –fina o gruesa, dependiendo del nivel de elaboración- de lo que es conocido como obra “oficial” de Lispector. “Los espejos” o “Perfil de los seres elegidos” son ejemplos de su pasión por la prosa viva, palpitante, que o bien enamora o da asco. “Malestar de un ángel” revela su viso humorístico. Hay “Literatura y justicia” o “Un escalón más arriba”, reflexiones en el interior de su trabajo. Pero todo este libro no valdría un coatí sin los dos textos (en posición central, qué cucos) dedicados a sendos viajes a Brasilia, crónicas de espesura lírica que producen un nuevo complejo: la vergüenza del turista.

viernes, 8 de junio de 2007

El asco

Cavani desconfía de los diarios, se opone al cuaderno que arrastro en mis salidas, lo llama pérdida de material, ficción que aborta en soliloquios narcisistas” (Amores sicilianos, Vlady Kociancich, Seix Barral, p. 53)

Tropiezo con estas frases y me animan. Gatillan el intento de respuesta al interrogante. ¿Qué es lo que hago mal? El asunto, el ISSUE, es un resquemor antiguo. Éste, por ahora, no es un blog “de creación” (y, cuando lo sea, quizá lo avise, quizá no). No es tampoco un “diario”. Lo titulo, ahí al lado, “diario de trabajo”. Formalismo para decirme a mí –a todos- que aquí se trata de esa basta y desnutrida palabreja, el “trabajo” (aunque sigue sin estar muy claro qué es lo que yo llamo trabajo), y no me atrevo a llamarlo “profesión”. Rechazo, con asco, la idea de los diarios publicados. Celebro los diarios de ficción, la farsa y la guasa inverosímil de jugar a la verosimilitud. Celebro el juego en ellos. Pero yo tengo la manía del diario. Sí, el cuaderno que arrastro donde quiera. Un cuaderno simbólico, de aire, de frases sueltas o de instantáneas volátiles. Con él voy cocinando mi discurso (al mismo tiempo que se vuelve rancio e indigesto).

El diario, una vez que se exprime para los otros, deja de ser tal cosa. Es una invención en aras de un material autobiográfico, más o menos soterrado. Mandé al cuerno el anterior carolinkfingers, después de algo más de dos años, porque ya no respondía más a esas normas, porque ya no me dejaba jugar. Era un puto juego. Para interrogarme, para encontrar huellas o pistas o caminos, para desbrozar una realidad que cada día me es más ajena y cada día entiendo menos. ¿Es que, acaso, soy yo la que no sabe jugar?

Escribir es mi única ancla. Trabajo, trabajo escribiendo, escribo para otros tanto como para mí misma, sigo dictados ajenos y me atengo a autodisciplinas –más violadas que las maracas de Machín. Me salí, con asco, de ese narcisismo ensimismado de contarse-uno-mismo; por más que yo intentara recrear las experiencias en versión literaria, no estaba contando con LA MIRADA. Ay, qué ingenuidad la mía. La mirada del otro es la que construye la obra, dice cierta corriente estética. El problema, para mí, es cuando esa mirada pretende construirme, a mí. No puedo evitar sentir EL ASCO cada vez que escribo el pronombre personal, en cualquiera de sus formas. No llegaré al punto –al que otros sí se han visto abocados- de inventarme avatares sin sentido para espantar a los moscardones. Ese intrusismo voyeurista conforma, moldea, pretende leer “tu vida” por mucho que uno ponga “mi trabajo”.

Ok, soy TAN ingenua. Dejé aquello, escondí la cabeza, y aún la escondo. Soy consciente de cuán contenidos son los textos que doy desde entonces. De tanta despersonalización como solicité para mi escritura, me embarqué en la más pura ficción. Todavía podría hacerlo mejor (y no se me ocurre cómo lo hace, este señor, para soportar tanta vigilancia asfixiante; cada palabra de su ficción extraordinaria es leída como espasmo vital de él mismo, qué movidón). Cerré las compuertas, escribí sólo en los cuadernos, dejé de ventilar cada reflexión por miedo. Es un asco. Pero no puedo separarme del diario.

De trabajo, ¿eh?, de trabajo.

jueves, 7 de junio de 2007

Niños mutantes: Grandes éxitos de otros

La historia del rock es la de un rosario de transgresiones pero, una vez que transgredimos, sólo queda el lugar común. En cambio, abre la puerta a la repetición resignada o a la consciente actualización. Para hacer un disco de versiones, se debe tener esto muy en cuenta o arriesgarse al kitsch más desagradable. Afortunadamente, en “Grandes éxitos de otros” hay una gran dosis de autoconciencia, la más dulce ironía y el humor necesario para que degustemos estas canciones como lo que son: recreaciones sin culpa. Como una buena película muda, cuyo lenguaje ya ha sido superado, sorprenden si nos dejamos sorprender. “El silencio” levantará más de una ampolla, “Electricistas” suena como si se versionara a La Mode (qué gusto ese arañazo cálido en la voz). En general, traen remembranzas de melodías a cuyas ingenuas y escabrosas letras hay que volver a prestar atención: eso es lo grande de estas versiones. En sus voces, “Perdido en mi habitación” o “Como yo te amo” toman un nuevo sentido.

//Reseña publicada en Go Mag (junio 2007) //
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