jueves, 27 de agosto de 2009

En estado crítico

Cosas que tenía muchas ganas de contar, para las que hay que aguardar al momento oportuno. Hoy aparece mi primera crítica en un blog de literatura en el que mi amigo Joaquín Blanes me ha invitado a participar. Y, como a Joaquín le debo la vida literaria, entre otras cosas, no podía decir que no.

Es la primera y he reciclado mis ideas acerca de uno de los muchos libros que me han gustado durante 2009 -porque he estado todo el verano alejada de novedades y sumergida en imprescindibles literaturas de otros tiempos-. Ya vendrán más.

Lo interesante de Crítico Estado es que, obviando los tonos asépticos de docenas de medios culturales, se han lanzado a la piscina, directamente, de la crítica.

Y qué me han hablado a mí de nadar. Soy piscis.

domingo, 23 de agosto de 2009

Pararrayos León


El comienzo que di a esta reseña ("Hace pocos días, hallé en la basura unas pocas postales de mensajes caducados y un plano del metro de París, del 62") es completamente documental, y me va mejor ese adjetivo que verdadero o cierto (porque ¿en qué medida es verdadero lo que nos pasa a uno o una sola? Y ¿es lícito hacer partícipes a otros de algo tan escurridizo?).

Porque aquella mañana estaba sola, recorriendo una calle cualquiera de Madrid, y desde el suelo junto al contenedor, los papeles con llamativos diseños, inconfundiblemente 60s, me llamaron y me hicieron detenerme. Las postales mostraban vistas de la ciudad-luz, con ese brillo cremoso de las imágenes publicitarias de esa época (¿por qué toda la fotografía turística despide como halo de lata de conserva, de petrificación criogénica?), y en sus dorsos había mensajes terriblemente contenidos, del orden "Lo estamos pasando muy bien. Está haciendo un tiempo maravilloso. Pero ya les estamos echando de menos...".

Toda historia es historia de azares (pero sin pasarse, señor Auster), y ahí dejé las postales porque no tenía tiempo para algo tan cotidiano como un viaje de novios, una relación en sus albores -o porque, quizá, no estoy para albores, me interesan las conclusiones, los éxtasis, los abandonos y las determinaciones que ponen el punto final, cuanto más abrupto e inesperado mejor que mejor-.

En cambio me llevé el plano del metro -año 62-. Rojo, exquisito tono más cereza que carmesí, y de tintas buenísimas, que han resistido más de cuarenta años. No me interesa lo que está allá, más atrás de ese plano, sino lo que está más acá. Me lo llevo conmigo y lo convierto en mi talismán. Sabía que podría haber sido un plano como ése el que utilizara Cortázar para orientarse en sus primeros años en París.

Pero no, mis azares son más discretos, y todo el mundo sabe que para el 62 el argentino ya debía de saberse muy bien el metro -ese escenario magnético y misterioso de un buen montón de sus cuentos-. Pudo ser, y ahí quizá no yerre, el mismo con el que sí se movió por la ciudad Alejandra Pizarnik, que la recorrió desde 1960 a 1964, pero no puedo verme a Alejandra bajando al metro, corriendo por sus pasillos, perdiéndose por los túneles. ¿Por qué?

Sabemos que fue -de sus treinta y seis años de vida- la única etapa en la que realizó un "trabajo" normal, oficial, organizado por otros -pero ya sabemos, ahí arriba lo pone desde hace más de dos años, que para Alejandra nada había que no fuera trabajo; anoto yo, excepto, probablemente, lo que los demás llaman trabajo-.

Basta de digresiones. Me encontré el plano y ya es para mí desde aquel día como si me lo hubiese regalado directamente JC o a AP para que yo escribiera más sobre él, alrededor de él, en los márgenes de él.

Casi todo lo que merece la pena en la vida es encuentro.

Todo parte de un punto, de una dimensión doblada sobre sí misma, porque no son dos dimensiones, a mi modo de ver, sino un plano único: la cosa A y la cosa B, cada uno tiene su movimiento, su precisión, su vector, su inquietud, su pasado, su carga o descarga de energías, su aceleración o deceleración, pero, con o sin motivos, coinciden. No lo sabían, pero coincidían desde siempre.

Pero para el encuentro -que, insisto, no es azar- hace falta algo más. "Es sabido que toda atención funciona como un pararrayos", se lee en un libro que me acabo de encontrar.

Supongo que es por eso que, otro día, otro día sola, yo inventándome mis aceleraciones, mis vectores, mis motores, soy la cosa A. Y la cosa B está muy tranquila y fresquita en una estantería, en el interior de una librería, y salta hasta mi mano. La cosa B es la reedición -treinta y siete años después, que se dice pronto- de Último Round de Julio Cortázar.

Pero no sólo hay encuentros, hay también patrones. He leído mucho este verano, pero prácticamente todo lo que he leído lo ha escrito JC: que no es Jesús Cristo, como le gustaba bromear al de las manos que crecen, sino John Cheever o Julio Cortázar. Que no son la misma persona y se habrán muerto, casi con toda probabilidad, sin saber el uno del otro. Qué lástima.

Esos patrones me hacen detenerme en otros encuentros. "Último round", dije en voz alta hace exactamente ocho días, no sé a cuento de qué. Acababa de ser yo la cosa B, la cosa A me había encontrado, después de tres años de vagancias extremas y apagones digitales, más que nada.

Porque, a veces, el azar, no el azar corriente sino este azar deluxe, que se ha puesto la atención como una de esas diademas con antenas luminosas que se estilaban hace tiempo en las fiestas de pueblo, puede ser un poco más tardo. Requiere condiciones especiales, requiere tiempo. Como el que yo he necesitado para darme cuenta de que Ultimo Round no era un cuento, sino un libro, del que ya conocía algún cuento tergiversado en colecciones, pero es en sí un libro-maravilla-encuentro, hecho de los textos de su autor (JC) y del amontonamiento de recortes, dibujos, fotografías, alusiones, collages. Y así, pero en otro plano, los recortes, las palabras, los trozos de reflejos, las fotografías (que fueron muchas), las fresas, los tomates, los buenos deseos, los viajes, los juegos sin jugar...

A veces, la puñetera atención que no se fija. Eso. Acababa yo de ser la cosa B. Habiendo sido encontrada por la cosa A. Diciendo en voz alta "Último round", aún no sé por qué. Pocos días después, el libro recién reeditado saltó a mis manos y me dijo: "Adóptame".

jueves, 20 de agosto de 2009

Ignorancia


Todo lo difícil
estalla en mis ojos.
Las cosas que otros conocen
reclaman mi presencia.
Gastan la insolencia
limpia de los manzanos.
Comer insaciablemente,
cuando el hambre
se domina con palabras.
Saber no es consumir.
Contra el hastío
de lo que no tiene límites,
galaxias, corazones,
esquemas de ganancias,
clasificaciones animales,
cartografías, curvas de densidad,
técnicas de pintura al óleo,
puzles del mundo,
cosechas de artimañas.
No tengo tiempo.
Fuera el agravio de lo desconocido.
En mis colores
tengo brújulas
sonoras.
En mis dedos
llevo mapas
cálidos.
Si me confundo con ellos,
tanto como la tinta se diluye en agua,
si no sé distinguir un alfiler
de una aguja,
podría encontrar tus ojos
en lo hondo del mar, a oscuras.
Casi puedo convivir,
así,
con toda mi ignorancia.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Cayó otro obús

martes, 11 de agosto de 2009

Un lago en el cielo (es mi regalo)

Me da miedo entrar en mí. Expresarme con mis verdaderas letras. Dejar paso a la alegría y la esperanza para que hagan de mí lo que les plazca. Me da miedo volver a sentirlo todo, pero... ¿Cómo atesorar lo importante para que quede guardado, impoluto, accesible en caso de emergencia? Es más, ¿ayudarán verdaderamente esos tesoros en caso de emergencia?

Este es un paso que me espera. Que se abalanza sobre mí. Alejarme de la ignorancia y la propensión melancólica -esa puerta abierta a la sabiduría y cerrada al sentimiento-, expulsar los malos hábitos para re-conformarme, extraer a la verdadera mujer que guardo, absolutamente dispuesta a la vida; será echar de mí a la mujer que muestro, absolutamente predispuesta a la desdicha. Entro y salgo de ella y sé que ella no soy yo, al mismo tiempo que sé que toda ella soy yo.

Me invito a la alegría. Una canción, esta noche, me invita a entrar en la aceptación de la alegría. Una hermosa canción atesorada por mucho tiempo me habla ahora en otro lenguaje, con otros códigos, y pasmo aquí boca abierta ojos sin llanto piel erizada, con el caleidoscópico mundo que me deja ver. La canción lleva unas imágenes.

La escucho, la veo, converso con ella como 34 veces. Las imágenes fueron entregadas con amor por 34 realizadores, aferrados a un concurso que era un homenaje, 34 almas devotas y agradecidas como yo a esta canción que cura soledades //hoy te apuré... estaba tan sensible... son espejismos que aumentan la sed//. Paseo mi organismo sin sueño por los entresijos -me dejo guiar por el hilo que desenrollará la ilusión, alguien dijo-, me da miedo entrar en mí y salgo afuera a la caza.

Y no podía pasar nada mejor que tropezarme con esta pieza de video-arte al servicio de un trozo de cielo pop.

Me entran ganas de enflaquecerme y a ser posible desaparecer por completo, y me ahogo en la evidencia de mi completa, infinita mezquindad.

Cuando creo, no creo como un regalo.
Un regalo.
34 almas escucharon y crearon, cada uno de ellos, un regalo para después ser troceado, amado y dispuesto en el collage final -que tiene ese viso promocional propio del vídeo-clip, tan encubierto que funciona como una instalación multimedial, pero de un museo muy particular.

Es la instalación que, fecunda, adorable, quiero que amueble mi alma. La nueva alma que estrene. No demasiado tarde.

Un alma que quizá está -y esté- toda ella equivocada, pero una nueva. Que tiene miedo, sí. Quién no tiene miedo ante tanta incertidumbre. Pero que también está preparada para recomponerse. //Vamos despacio. Para encontrarnos. El tiempo es arena en mis manos.//

Esta noche he realizado un viaje y me sentía atinada para describirlo. A través de la canción -los compases conocidos, la letra condenatoria de mi total egoísmo- y de las imágenes que le han pegado, he visto con maravillosa nitidez cuán estúpida he estado siendo. Y sigo, puesto que no soy capaz de expresar lo que quiero decir sin remitirme una y otra vez a este famélico yo.

En definitiva, hice yo el viaje, y estoy yo demudada por el descubrimiento de la generosidad, la benevolencia de lo que se hizo con las manos ofrecidas y sin mezquindad, el artefacto creativo y sobre todo la gratuidad del mismo. Entonces he visto:

el colorido vibrante que he de encontrar en mis escritos,
la fantasía que he de convocar,
el regreso de la pólvora maravillosa para que los fuegos artificiales al final del espectáculo dejen a otros encantados, y no dolidos.

Ésa es la generosidad.
No se inventa.
Hay un arsenal de amor en mí. Es momento de dejar de crear desde la desolación: abrazarme, para entregar esto que llevo con la sonrisa más consciente y limpia que nadie pueda imaginar. Un regalo.



//Hoy es 11 de agosto. Es, por tanto, el cumpleaños de Gustavo Cerati. Él me regaló docenas de canciones a lo largo de los años que han sido mi reciente desaparecer y hoy sigue estando ahí. Gracias totales.//
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