martes, 22 de julio de 2008

Sigur Rós // Fib 08: crónicas


Venir a Benicàssim es venir a "la fiesta". Pero, dijo alguien por ahí, quizá no haya nada más melancólico que una multitud puesta en la obligación de divertirse. La celebración de la extrañeza, del patetismo del deseo y el abismo de la tristeza es algo muy presente en un concierto de Sigur Rós. No sé cómo han de ser las fiestas en Islandia, pero las imagino teñidas de ese sentimiento de tragedia con el que se pone uno a comer y beber en un velorio. El grupo vistió diseños pseudo-circenses -Adam Ant en la retina, quizá The Cure de "Close to Me"-, el batería como Baco de mentirijilla y el pianista con bigotes de vanguardia parisina. El cuarteto, distante. Guardándose de soltar los trallazos en los minutos iniciales y haciendo uso de la paciencia del respetable. Jónsi no tiene las siete octavas de Mika, pero su impresionante esfuerzo por sostener la nota transporta al maravillado, ansioso público, recién estrenando el FIB Heineken, que quiere ese dolor escenificado como otra parte de "la fiesta". La preciosa "Svefn-G-Englar" (de Agaetis Birjun) abrió el ritual. Se desplegaron los paisajes helados pero, poco a poco, se fueron sumando actores: las muñecas de cajas de música para tocar cuerdas y percusiones, los botones de hotel -o bufones de cabaret- de la sección de vientos... Se perdió el hieratismo, se ganó en empatía y se alcanzaron agridulces estados de ánimo -lo pasamos bien, pero sentimos pena, pero lo estamos pasando tan bien-, en los momentos centrales; eso sucedía con (no podía ser otra) "Festival" o "Hafsol". Se les nota con ganas de abandonar los clichés de la tristeza, y dicen que parte de su último álbum fue grabado en México precisamente para eso. Anoche, en el Escenario Verde, no era precisamente una banda de mariachis lo que vimos; pero sí lo más parecido que un grupo deliciosamente feliz, seguro de sí mismo y valiente venido de Islandia puede dar de sí. ¡Que viva México!

Mejor momento: Catorce islandeses haciéndonos pasar lo más dulce de la fiesta con "Gobbledigook"

//Publicado en FIBER Viernes 18 de julio 2008. //

martes, 15 de julio de 2008

Introducing... Horacio

No, no es tiempo de flaquezas, no está el horno para meterle bollos calientes y, si le toca hacer la caja, va a ir a hacer la caja. En la caja no hay magia ni portales estroboscópicos ni aventuras de los sentidos. Marcar, marcar, marcar, pasar y marcar, y luego cobrar, sonrisa, buenos días, buenas tardes, qué sé yo. El mecanicismo saldrá al paso. Sobre la manzanilla, ahora, se eleva una sutil figurita de nácar y vellosidad de melocotón con el rostro de la doctora Ríos teñido del celeste de las cortinas, que él trata de atrapar, de sorber en el vacío, y el esfuerzo le hace subir de nuevo el vómito y tiene que correr hasta el baño. No tiene más remedio que caer, que sacudirse la intensa alucinación, despilfarrando bilis. Esa otra, esa estúpida ordinaria que no quiso cambiarle el turno, tendrá su merecido.

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Trance, ahora, se llama Natalia Niega. Este personaje, o este monstruo, es Horacio Hiniesta.

jueves, 10 de julio de 2008

Trance

Hoy es sábado y va a tener que faltar a su cita, porque la cajera suplente de la parturienta no podía cambiarle el turno y toda la discusión había sido muy fea y le había llevado al vómito aquella tarde, pero dos semanas atrás. El día ha llegado y se ha abierto la puerta de su desgracia, siente las piernas flaqueantes y el pelo está grasiento a pesar de que se lo lavó ayer mismo. Siente un malestar ambiguo dentro suyo y no quiere ni pensar que todo lo que tiempo atrás lo atormentaba va a volver a renacer dentro de él, como esas siniestras criaturas de aquella vieja película que rompían el pecho de sus huéspedes para salir airosas y sacar una foto de pasmo y estupor y continuar sembrando el pánico metraje adelante hasta que sólo una puerta mágica más poderosa se abría y lo dejaba salir al espacio exterior y despedazarse en el infinito silencio oscuro.

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Para Trance, para Monstruos, en proceso.

domingo, 6 de julio de 2008

Transporte público

Tenía diecisiete años. Leía, encaramada en el último asiento del autobús. Desde el pueblo hasta el instituto, cuarenta y cinco minutos por trayecto. Todos los días, pedía al conductor amablemente que apagase la radio. Éste la miraba por el rabillo del ojo y pisaba un poco el acelerador. Silenciosa, volvía al último rincón del autobús y seguía. Quizá era Tom Jones, La montaña mágica o El Capital. Podía ser Cicerón, o Chateubriand, o Mishima. En su cabeza rapada, se escribía: melancolía. Lo repasaba con rotring sin dejar de leer. Aquel día eran las Meditaciones de Descartes. Fue hasta el conductor para pedir lo de siempre, por favor. Él aceleró, como siempre, la curva se afiló de pronto. El autobús volcó cual perro pastor en la yerba fresca. Siete vueltas. Ella aún está leyendo allí arriba, en el último asiento. Al nuevo conductor no le gusta la radio. Afortunadamente.
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