lunes, 29 de septiembre de 2008

Ser

Cuando se supone que tengo que responder a algo, me paralizo. Tomo la vía tangente. Cuando cualquiera espera cualquier cosa de mí -y quizá tan sólo yo misma espero-, me escabullo. Quiero escribir sobre ti, para opacar las palabras idiotas que se vierten. Huyo todos los días de hacer propaganda fácil, de colocarme en el ojo de los buscadores de signos. Trato de hacer relevante lo que no es relevante, pero es el aire que yo necesito respirar. Lo que es radicalmente -de raíz- importante. Lo que no tiene parangón. Trabajo a diario con miedo. Porque las palabras son unos seres tan infieles, tan bastardos en las bocas y los dedos inadecuados... La aparente libertad digital nos ha revelado una muy cierta estupidez real.

Quiero escribir sobre ti no porque sienta que yo puedo hacerte justicia o esté capacitada para dar con tu esencia. Cómo podría pretenderlo, si cuando escribo no consigo ni siquiera acercarme a mi propia esencia. Quiero escribir sobre el perseguidor que nos ha sido arrebatado. Y llevo todo el día pensando en ti, en como acercarme a ti sin hacer el ridículo, sin caer en el panegírico vacío, sin coquetear con los géneros periodísticos. Quiero escribir sobre ti sin decir tu nombre, para que nadie encuentre este blog tratando de conocer las circunstancias de tu muerte.

Quiero tocar lo que has sido para mí, yo, que habitualmente vivo de espaldas a los recuerdos. Hoy tú me haces falta. Y digo tocar con todo el conocimiento de causa, quiero ejecutar estos sentimientos como si se tratasen de una sonata transgresora, cariñosa, valiente y radical -de raíz. Aquí delante del teclado-sintetizador-máquina-mediador-lenguaje. Te toco esto para decir cuánto me marcaste en mis años de formación. Cuán falto de prejuicios estabas y cuánto aprendí a ser prejuiciosa contigo. Cómo me empujabas a ser más arriesgada, a olvidarme de las palabras y de sus significados, a ser más coherente. Cómo descubrí esta ciudad de tu mano, y de la de tu hermano.

Pero no, tú no empujabas a los demás; tú habías recorrido un camino propio, sólo dejabas ver a otros que había una cantidad infinita de opciones entre las que definir las señas personales. Te llamábamos la atención, por ser curiosos. No tenías las más mínimas ínfulas de pigmalión. Tu forma era ser. Y perdona que me ponga aristotélica, pero he hallado esta tonta fórmula de nombrarte y me la quedo. En todos estos años en que ya no te rondaba, siempre sabía que tú eras. Si me llegaba cualquier noticia sobre tus nuevos pasos, esos eran los tuyos y no tenían contestación posible. Radicalmente eres. Contigo, cuando sí te rondaba, cuando escuchaba todas tus formulaciones de perseguidor infinito, nunca hube de temer a las cosas no dichas, todo aparecía. Nadie te marcaba el paso, a nadie imitabas salvo la inimitabilidad de los inimitables. No necesitabas una imagen, porque tú eras esa imagen.

Recuerdo tu pelo. Tu pelo negro, morado, rojo, azul. Tu no pelo. Tu mechón. Recuerdo tus encarnaciones y siempre eras tú. Recuerdo palabras y sonidos. Recuerdo que me enseñaste -queriendo o sin querer- a escuchar a Cocteau Twins. Y a My Bloody Valentine. Y a Seefeel. Y a Brian Eno. Y a Autechre. Y a Scanner. Y a Isan. Y a tantos. Sólo hace un rato, mi amado Jorge estaba tocando música de Kraftwerk. Él dice no gustar de tu música, pero estoy segura de que lo hará. Tu radicalidad es mucha. Es la nuestra. Aunque tu coherencia es sólo tuya.

Ser y no parecer. Ninguna necesidad de pontificar. Pero ninguna intención de adular. Tú decías y actuabas. Los demás mirábamos, escuchábamos, atontados. Apenas comprendiendo esos pasos que señalaban un trayecto tan abstracto o ambicioso, difuminado y etéreo como una desobediencia ciega a la geometría, a la perfección, al barro inmundo. No pretendías provocar. Pero lo hacías. La coherencia de todas tus palabras y todos tus actos desfiguraba con un soplo la cara de la idiotez imperante, todos esos que se quedan con el lado "under" del "underground", todos los que se vuelven estatuas de sal, o se retuercen cual gatos escaldados, ante la maravillosa disparidad de tu estética. Lo tuyo -y te veo ahora en la piscina del hotel, cantando en el oído de los que quisieran escucharte- era ser. Ser, y ser, y no pedir permiso, para ser, no doblegarse jamás, no abandonar nunca la curiosidad ni la actitud cuestionadora, desbrozando las verdades dadas y superponiendo a la grisura un mundo de respuestas propias. Respuestas estéticas, porque sólo mediante la belleza podemos responder. Sólo por la absoluta certeza de la belleza, a ser posible sin lenguaje.

Y, en todo, la generosidad de quien permanentemente busca y encuentra. No dejabas de admirar a los más jóvenes. Así, te acercaste a la pequeña y furiosa generación que representaba el grupo de mi hermana, y a muchos otros: sé que podías reconocer en ellos el entusiasmo y la no profanación de una fuente, la inagotable fuente de la creatividad que reside en la juventud que tú adorabas. No hablo de la edad, sino del concepto más concreto del mundo. Juventud era tu palabra. Era tu actitud. Tú eras eso. Puro ser.

domingo, 21 de septiembre de 2008

La hermanita calva de Deborah Ramos

Deborah no sabía por qué, pero en casa había caído una especie de maldición. Una maldición matemática. Tenía una hermanita, o eso le habían dicho. Ella era una, hasta hace algún tiempo. Algo así como ocho semanas, los mayores saben cuantificar bien estas cosas. Luego, había llegado la hermanita; probablemente era un bebé, ella la oía llorar a menudo, pero no sumaba con ella. Sumaba restando. Seguía siendo una, pero estaba cerca de ser cero. A Deborah, más bien le parecía que no había ninguna.
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Este título está agazapado en mis apuntes esperando ser una realidad desde hace años -no podría precisar cuántos. Ya existe y hace el cuento número 7. Es como la pareja ideal para el cuento que se llama Niño desnudo. Van 84 páginas de Monstruos.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Las cosas que te acompañan

Ya no creo en nada. El mundo se cae a mi alrededor. Se sigue cayendo y no me entero. No me queda nada más que leer. Escribir. La hermanita calva de Deborah Ramos es mi mejor relato. Es esta caída libre cuando sabes que no hay lenguaje en el mundo capaz de comunicar lo que necesitas pedir. La música, que no sé que hacer con ella pero vivo con ella. Llevo cuatro escuchas de St Elmo's Fire, el track número tres del álbum Another Green World de Brian Eno. La canción me la puso Epi, un guitarrista tan maravilloso como Robert Fripp, en su casa, hace dos docenas de años por lo menos. Sigue estando aquí. Cuando más sola estoy. Cuando más hundida estoy.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Capuccino

Me anduve quejando más de la cuenta y Alfredo, tan atento él, me había llevado a la pisicina aquel martes. Siempre pasa igual. A cierta hora, ya no soportaba más el potaje granulento que hacíamos todos en el caldo clorado, así que me lo llevé a la cafetería, pidiéndole un helado. Él nunca me negaba nada. Había una penumbra irisada en aquella terraza, que me reconfortó por un segundo del griterío y el calor, y casi me hizo olvidar. La mujer estaba al frente, embadurnando de grasa la espalda de la hija, ya colorada. No sé cuánto tiempo llevaban ahí, ni por qué ejecutaba el ritual de la crema en las mesas de la terraza y no en el césped. Alfredo regresó. Traía su sonrisa y un magnífico cono de sabor capuccino. Lo mejor eran aquellos tropezones redonditos, como cacahuetes de sabor café, como rocas lunares hechas para mi boca. Alfredo sabe lo que me gusta. Lo sabía. El sol cortaba ya en diagonal, pero su luz era igual de molesta, de insidiosa. Ahí lo vi. Ahora, la hija repasaba con amor de hija la espalda de la madre. Se aplicaba, impertérrita, sobre un tapizado que yo veía, desde la distancia, como un bajorrelieve de pústulas violáceas, como un puntilloso decorado de granos gordos como legumbres, cubriendo el pecho, los hombros y la espalda ofrecida por el bañador, que pedían de todo menos protector solar. Estaba hipnotizada. Tal dedicación ponía la hija en su cometido que, al cabo de un rato, me di cuenta de que el capuccino chorreaba lánguido sobre mis dedos y la blusa, y de que Alfredo estaba zarandéandome de un hombro para llevarme de vuelta a la piscina. Es una pena, con lo que me gustaba Alfredo. Y más el capuccino.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Por qué soy contemporánea


Por qué me siento bien entre compositores contemporáneos:
Aunque no tenga ni papa de música, soy una de ellos.
Escribo en un lenguaje que pocos entienden, como les sucede a ellos.
A este blog llegan cuarenta o cincuenta personas para leer cada nueva entrada, lo que se reduce a diez o doce cuando se trata de un relato. Con esto, puedo considerar que tengo casi el mismo público que uno de estos compositores cuando estrenan una obra nueva.
Confiamos ciegamente en nuestros procesos cognitivos, tenemos dificultades de relación interpersonal y nos remitimos exclusivamente a nuestra obra para tratar de comunicarnos con el mundo. Pero...
Creemos estar aportando una visión nueva, personal y diferente a la cultura contemporánea, aunque a nadie más parezca importarle lo más mínimo.
Nos expresamos en un lenguaje abstracto hasta decir basta. Nos odian por ello.
Algunos de estos compositores, incluso, hasta saben quiénes son Sonic Youth. Yo, por mi parte, ya sé pronunciar Stockhausen.
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