miércoles, 25 de marzo de 2009

Coordenadas

Soy sevillana de nacimiento, vi la luz en una clínica trianera el 8 de marzo de 1974. Pero no, no creo en el día de la mujer ni en los reyes magos (con minúscula ambos).
Me fui hace demasiados años de allí, cuando vuelvo ya no me parece mi ciudad. Recalé en una de las capitales más hermosas y desconocidas del subcontinente sudamericano. Después, en la capital del país España, un lugar que atrae y repele y a mí a todas horas me fascina.
Vivo en una preciosa calle de Madrid cuyo nombre, el de un notable periodista, me sirve de inspiración a diario. Ya no me creo aquello de que escribir es doloroso. Pero cuesta.
Mi teléfono móvil es el mismo desde que tengo teléfono móvil.
Mi correo electrónico es, a todos los efectos, carolinkfingers -en uno de esos sitios tan majetes y gratuitos (el correo del punto g). Escríbeme sólo para ofrecerme trabajo, remunerado.
Trabajo escribiendo. Escribo trabajando. Puede decirse que hago exactamente lo que siempre quise hacer. Otra cosa es que me esté ganando la vida.
Me he borrado de una docena de redes sociales. He hecho desaparecer mis huellas y ya no encontrarás fotos mías en (casi) ningún lado. Soy una escritora sin cara, hasta que no logre parecerme a Robertson Davies. Las redes, por su parte, son un peligro mortal para el individuo, en estas sociedades uniformadoras donde la individualidad se sustenta sobre cosas tan frágiles como los cosméticos que te pegas en la cara.
Y, cómo no, tengo un blog.

viernes, 20 de marzo de 2009

It's not meant to be a strife

Me pongo hoy con uno de los relatos que más tiempo llevan en la nevera. Me enfrento a juntar, primero que nada, las notas dispersas que los trayectos en autobús me inspiran, y no es tarea sencilla ésa. Con ellas, y con un par de vagas intuiciones más, armar una mínima estructura, y empezar a llenarla de aire que corra entre sus vigas. Estoy aprendiendo rápido, siento mayor seguridad. Los cuentos van acercándose cada vez más fácilmente a la idea que los motivó -siempre un resplandor diminuto, como la fosforescencia del proteus anguinus en lo hondo de su cueva- o, por decirlo de otro modo, tomo con menos cargo de conciencia una ruta definida, concreta, sea ésta cual sea, se parezca o no la que imaginé en un principio.

miércoles, 18 de marzo de 2009

El lobo (reseña)


“El lobo”
Joseph Smith
Mondadori

Resulta muy tentador sentarse en el punto de vista del otro –bicho, alienígena o outsider- y narrarlo. Lo difícil es no dotar a ese “otro” de las mismas deficiencias estructurales que, como seres limitados, arrastramos, o pegarle nuestras opiniones sobre todo. Smith, un debutante que vendió como bollos calientes su primera novela en la Feria de Frankfurt hace dos años, lo hace pasar bastante bien poniéndose en la piel del lobo, protagonista y narrador de su libro, evitando con elegancia la sensiblería y los lugares comunes que vestirían al lobo de Oso Yogui o cualquier aberración disneylandesca. Su lobo vive en una lucha fiera por alimentarse y sobrevivir al invierno, y la narración es su propio trayecto a través del hambre, explicando sus motivos de predador con una prosa caliente y –a ratos- cargada de sentencias de aliento filosófico, aunque no tendencioso. Si aceptas el contrato de que un lobo se manifieste en un lenguaje humano, éste sería uno muy plausible para esta fábula, que hace virguerías con tal de no caer en el antropomorfismo, bordando la primera persona “alien”. El complicado equilibrio entre narración y descripción normalmente consigue llevarnos adelante sin apuros, a pesar de lo difícil de enganchar en una situación sin referentes conocidos. Una lectura que exige concentración e imaginación aunque, a pesar de lo sintético de la peripecia, se hace tediosa cuando los acontecimientos se dilatan exasperantemente en la mente del animal y las resoluciones escasean.

//Reseña publicada en Go Magazine marzo 2009//

Bowie - Amando al extraterrestre (reseña)


BOWIE: AMANDO AL EXTRATERRESTRE
Christopher Sandford
TB Editores

Christopher Sandford es, quizá, el mejor biógrafo de Bowie, además de uno de los mejores cronistas del rock, con libros dedicados a Cobain, Jagger, Clapton e incluso Roman Polanski. Es meticuloso, documentado hasta la saciedad, ameno y falto del sensacionalismo que le sobra a otros escritores de estos formatos. Se esperaba como agua de mayo una buena historia acerca del inglés en español, y por fin se atreven con “Bowie: Amando al extraterrestre”: imprescindible para comprender cómo llegó David Jones a convertirse en el icono pop de cuatro décadas –el recuento, exhaustivo, se detiene en los noventa-, recabando información de vecinos, compañeros de colegio, acólitos de sus años en Haddon Hall, groupies varias, innumerables managers y músicos que compartieron su tortuoso camino. Contiene todos los ingredientes para enganchar desde la segunda página. Lástima que la edición esté lastrada con una de las peores traducciones de textos sobre rock que hayamos conocido: mejor búscalo en Amazon.

//Reseña publicada en Go Magazine - marzo 2009. De verdad que me dio pena tener que terminar la reseña así.//

jueves, 12 de marzo de 2009

Gimme that Jazz en Calle 20

Un día llegas a casa y tu ordenador portatil no quiere arrancar más. Por supuesto, llevas al menos doce meses sin guardar los archivos en otro sitio lógico, para estos menesteres. Llamas por teléfono a los bomberos más inmediatos: se arremangan la camisa y trabajan durante dos días. Ves sus musculosos brazos abrirse camino entre cables, trozos de chips, conectores, placas madre y la madre que los parió. A ratos, pareciera que no va a haber más remedio que renunciar a doce meses de escribir: ciento cincuenta páginas de un libro muy lejos de ver mi luz, y docenas de reseñas, comentarios, reportajes, críticas que haces sólo para ti misma, reflexiones, semi-ensayos, carcajadas, veleidades.

Pero los bomberos todo lo pueden. Son super-hombres. Sus musculosos brazos de nada servirían sin unas gigantescas y bien provistas cabezas. Los quiero. Me quieren. Me arreglan el ordenador portátil para que pueda seguir acumulando mi basura intelectual. Qué felicidad.

Por su intrépida actuación, digna de un canal de documentales de accidentes, hazañas, proezas y catástrofes, puedo hoy contaros que, por fin, apareció mi reportaje acerca de "nuevos valores del jazz", o músicos extraordinarios, medio locos, solventes instrumentistas, muy muy jóvenes, que no tienen reparos en introducir en el jazz cuantos elementos les parezcan apetecibles. Reportaje "Al jazz lo que no es del jazz" en Calle 20. Aquí, dejo enlace a la revista, que se puede leer enterita en pdf (si no la encuentras en tu bar favorito):


Y, aquí, quien quiera puede leer el reportaje (pdf).

jueves, 5 de marzo de 2009

Miroslav Tichý


Mis tiempos andan revueltos y, para ser coherente, hoy he asistido la presentación de Libro de huelgas, revueltas y revoluciones, con su compilador Constantino Bértolo allí presente. Hoy se ha hablado de la imposibilidad de la revolución en nuestros tiempos, de la falta de encaje de la literatura combativa, de la tristeza que destila el compilado -editado por 451 Editores- por la desesperanza, que se pinta concluyente, y de nuestro sino contemporáneo de esclavos satisfechos.

Me viene al hilo contar esto porque hace unos días estuve en la exposición de Miroslav Tichý, en una elegante galería ultra moderna de Madrid, y entonces quise saber más de este hombre con pintas de troglodita, tanto para hacer una reseña como para mi acervo personal. Ahí supe de este hombre que estudió en Praga, en la década de los 40, arte, que era feliz dibujando modelos desnudas pero que, a raíz de la invasión comunista en 1948, se negó a seguir las directrices estéticas del poder. Supe de su reclusión en Kyjov, su pueblo natal, y de décadas en las que trató de pintar de memoria, sobre todo a las mujeres que llevaba observando toda su vida. También supe que, por cuenta de las nacionalizaciones, le quitaron su estudio -por el que peleó duramente- y dejó de pintar: las calles de Kyjov se convirtieron en su estudio.

Roman Buxbaum fue un niño que creció junto a él y aprendió de él y lo admira; lo cuenta con emotiva pluma en un texto que forma parte de su documental, Tarzan Retired. Ahí se explica cómo comenzó a fabricar sus propias cámaras y a modificar otras, de tal forma que su producción fotográfica, la que se expone estos días, es el resultado de su negación como artista y la contestación cabrona de cómo se hacen las cosas dentro un hombre-monstruo.

Un hombre-monstruo no atiende más que a sí mismo. Tichý me vale de excusa para empezar esta serie que, como otras, no llevará más cronología que la que me pida el cuerpo. Así, he sabido que, como hombre-monstruo, se dedicó a recorrer las calles con la cámara tan oculta como podía, y a disparar hasta 100 veces al día, a todo lo que le pareciera digno de ser fotografiado. Sus víctimas son mujeres, sobre todo. Pero están también las calles, los parques y todo tipo de parias, que se convirtieron en sus hermanos. No solamente hace fotos. Revela e imprime en su extraño hogar, y trabaja sobre cada una de ellas, adornándolas con lápiz, y enmarcándolas de manera artesanal, única para cada fotografía. Las fotografías de Tichý son todas borrosas, imperfectas, un poco hostiles. Ahí está el mundo que él, hombre rechazado por el mundo y sus líderes, hombre al margen, desea consagrar.

El fotógrafo, el artista, en enfrentamiento constante con el régimen de la pulcritud y el progreso, dejó de asearse, fue cultivando una imagen de Tarzan -extremadamente ilustrado, eso sí- y, en vísperas de fiestas y desfiles, las autoridades lo raptaban cada tanto, lo ingresaban en una institución psiquiátrica, y lo soltaban a los pocos días. Él, dice Buxbaum, no se dejó "normalizar".

Hoy, ya no hay comunistas en la República Checa, y él es un cavernario. Un moderno Diógenes, con un poco de Demócrito y un pedazo, muy pequeñín, de Epicuro. En el documental, puede verse su vivienda, un cuchitril atestado de trastos por lavar, lienzos apoyados contra los muros, fotografías por el suelo, ratas, latas de cerveza, vasos de ron. Pero sigue haciendo fotos y, sobre todo, exponiéndolas y vendiéndolas. No es él el que lo hace. Él nos detesta. Alguien decidió que el trabajo -rayado, podrido, manchado, calcinado- de sus fotografías merecía llegar al mercado del arte. Ese alguien -Harald Szeemanns- organizó la primera exposición individual de Tichý, y fue en la Bienal de Arte de Sevilla en 2004. Nunca acude a una inauguración, a pesar de haber mostrado sus imágenes en Nueva York, París, Berlín, Zürich, Dublín... Las galerías y museos del mundo que él desprecia se lo disputan. Las ratas continúan caminando sobre las fotografías en Kyjov.

Todos los regímenes tienen sus vencidos. Pero también sus resistentes que, por lo general, son hombres-monstruo, que desatornillan las circunstancias para seguir haciendo aquello que deben. No hay una sola cita de las que se le escuchan decir en Tarzan Retired que tenga desperdicio: "La diversión es un concepto que desapruebo completamente. ¡Cómo podría un escéptico divertirse con algo! ¡Sentimientos fugaces! No me tomo nada seriamente. Y menos que nada a mí mismo".

//Hoy, la reseña de la exposición es portada en notodo.com. //

martes, 3 de marzo de 2009

Sal gruesa (una antirreseña)

Me enfrenté a Sal -Manuel García Rubio, Lengua de Trapo, 2008- sin saber nada de su autor, quien sin embargo ya tenía siete novelas publicadas, amén de algún libro de relatos. En esta pseudo profesión que he elegido, el tiempo es un bien escaso y las páginas por leer un montón. He de confesar que Sal habría quedado por ahora en la estantería, arrollada bajo otro puñado de novedades que se van depositando, de no ser porque tuve que sacarlo para hacerme cargo de una reseña. La reseña contuvo aquello que, como lectora, creo que debo a otros lectores. Esta es la antirreseña, aquello que se me queda a mí, y sólo a mí, dentro.

Me preparé con ahínco y revisé -porque no he leído- algunos de sus libros en la biblioteca. Todos ellos -en especial el que se titula El efecto devastador de la melancolía- me apetecen mucho, y sospecho que se esconden muchas lecciones en ellos. Sal es una novela gruesa, abundante en hojas, de las que, según a qué lectores, puede minar la confianza necesaria para ser abierta. Y para pasar la primera página, y la segunda. A pesar de su extremada longitud, es una novela de pequeñeces que, con paciencia y mucho meandro narrativo, encuentra su verdadera dimensión poco a poco.

Y muchas otras veces debería ser así, porque las novelas de eficiencia total, las que parecen estar hechas con pespunte invisible del que tanto gustaba a mi abuela, me dan para sospechar. Me gusta de ella su situación comunicativa: la primera persona, el hombre común casi en desespero por hacer algo con su vida, la redacción de una novela que comienza como ejercicio de taller literario y se convierte en el colofón vital de alguien sin muchas cartas para ganar la partida. Esto es, una situación plausible, una escuadra de la vida que demanda literatura. Muchos de mis cuentos están construidos desde ese tipo de situaciones, unas más exitosas que otras, pero es algo que siempre me ha parecido crucial y que la tercera persona no permite.

Sin embargo, la mezcla de recursos del guión cinematográfico -la primera vocación del personaje-narrador es la de guionista- me deja bastante fría. No está de más, es coherente, pero de mi formación académica "audiovisual" he pasado a rechazar la literatura que no se contente con la literatura. Soy una pedante, lo sé. Sin embargo, si el personaje fuera un abogado frustrado, aceptaría que escribiese con el estilo de un recurso de alegato. Así, Urbano explica sus escenas como secuencias y, sobre todo, desarrolla los diálogos al modo del guión. Pero es, al mismo tiempo, un aprendiz de escritor, y ahí se genera un precioso juego de códigos.

Otra cosa que me gusta: Manuel García Rubio ha dedicado, en su bonito blog de "apostillas", varias entradas a explicar el porqué de los nombres que sus personajes, así que yo me limito a la piel, a mi piel. Me quedo con el nombre del personaje central, Urbano. Es un nombre de mi familia, de la familia que primero te arrebatan, y está cargado de emociones como todos esos nombres asociados a mi infancia, equiparados a cierta mitología no urbana, muy rural, de mis difuminadas vacaciones "en el pueblo".

Entre titubeos de principiante -de la ficción- y delicatessen de gran escritor -de la realidad-, en esta novela se esconden varias novelas. Urbano quiere contar su historia, y comienza por sus orígenes, que es un padre desconocedor de su propia base. También está su lucha personal por no fracasar -no puede llamarse una lucha por el éxito precisamente-, o por no ser arrollado por las circunstancias que le han tocado. Ésa es la que más me interesa a mí, la novela del don nadie, del "hombre común" anegado de extravagancias, que sabe que puede, que trata de anclarse en su pasado para arrancar un bocado al futuro, cualquiera que éste sea, que tiene que aprender a vivir consigo mismo, y que tiene que contarlo.

De otra manera, lo he dejado en la "crítica": es una actitud de riesgo darle voz durante quinientas páginas a un ser humano cualquiera: un tipo corriente, con ambiciones de pobre, pequeñas y sensatas, con complejos y ningún regalo de nacimiento. Es un trabajo de artesanía primorosa lograr captar y mantener la atención y, a pesar de la pseudo novela de intriga que se entremete en la segunda mitad -o gracias a ella-, hacer que el lector quiera correr por las páginas en pos de ese sentido, inútil y fatal pero necesario sentido, que es el premio último. Para el personaje, Urbano, y para el que lo acompañó.

//La reseña de Sal ha aparecido en el número 141 -marzo- de Qué Leer. A mí me gusta así. Este mes es mi cumpleaños. Casi culmino mi libro. Estoy feliz, casi, como Urbano, que logra todo en el último minuto.//

No debería

Qué más me da. Escribir es todo. Poner o no poner, publicar o no publicar. Qué más me da todo, este blog, estas líneas. He concluido La malquerida. Éste sí, éste es el mejor cuento del libro. Y ya son 147 páginas.

Entonces caí en la cuenta de que había pillado a Leona haciendo eso muchas veces: perfectamente ataviada para salir a su trabajo, quizá abrigándose en el vestíbulo, mi mujer se mesaba las manos, se desenredaba las mechas del pelo con los dedos, los hacía crujir tirando de ellos hacia atrás, taconeaba con sus zapatos elegantes, que se cambiaba por otro par más alto o más bajo, se repasaba el pintalabios dos veces más, se limpiaba seguidamente los morros, recortaba un papel de carta oficial sobre el aparador con tesón infantil, amontonaba los pedacitos en un solo grupo pacientemente, rebuscaba en el paragüero hiciera o no mal tiempo, abriendo y comprobando el mecanismo de cada uno de los paraguas, se cambiaba de falda incluso, corría y descorría las cortinas del salón con energía, y decidía entonces quitarse la ropa de paseo y ponerse unas mallas deportivas, vagaba por toda la casa con la cinta de felpa en el pelo, se mesaba las greñas un poco más, se repintaba la línea de los ojos y luego, dos horas después, conmigo desesperado de ardor, de emoción y de desconcierto, vigilando sus movimientos tras los quicios de las puertas, ella salía a la oficina de tasación con las mallas puestas, fumando distraídamente un cigarrillo.
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