miércoles, 22 de abril de 2009

Philippe Petit


Imaginaos un cable tendido entre el edificio Metrópolis y la terraza del Círculo de Bellas Artes, y un hombre en lo alto, un funambule, a wirewalker, un funambulista artista del aire sin otro objeto que pergeñar sus pasos etéreos y capturar vuestras miradas. Eso es Philippe Petit: gratis, sin causa, sin consecuencia, arte blando, persecución ciega, belleza sin apóstrofe, sin mercado, sin intercambio. Eso fue para muchos grises neoyorquinos en un día cualquiera del setenta y cuatro, cuando yo todavía usaba pañal y chupete. Y nos lo cuentan en Man on Wire.

Por mi parte, lo he contado así en notodo.com y hoy es portada.

martes, 14 de abril de 2009

Los guardianes durmientes (antirreseña, o por qué me hacen esto mis descubrimientos)

Los guardianes durmientes
Luis Rodríguez Rivera
451 editores

Íñigo de Amescua me ha dicho en un par de ocasiones -nos veíamos una vez al año, antes de que el FIB prescindiera del Fiber, periódico oficial-: “Ése que lee con un lápiz en la mano, ése es un intelectual”. A mí me hacía mucha gracia tal afirmación. Yo, por mi lado, copio: “Ese libro que no quedó anotado a lápiz en todos sus márgenes con signos de exclamación, ese libro no me ha gustado”.


Leo con un lápiz en la mano, no me acuerdo desde cuándo, desde mucho antes del minuto en que empecé a comentar libros en la prensa. Dejo muy pocos libros a medias y, desde que leer es lo que hago, no me dejo ninguno. Al conocer la existencia de un nuevo libro de Luis Rodríguez Rivera -y no es el segundo de su lista, como creí, sino el tercero- salté de contento. Tengo a su novela debut, Memorias del hombre buitre (Lengua de Trapo, 2005), por uno de mis descubrimientos más salados. Lo conté hace cuatro años en Go Mag.


Ahora pienso que, quizá, yo era una lectora más hambrienta o más ingenua o más proclive a la idealización. Pero no. Entre ese primer libro y este tercero hay una diferencia: la cantidad de párrafos subrayados. El segundo, Serás vapor antes que lluvia (451 editores, 2007), que también empecé estos días, lo habría seguido de no ser porque se lo llevó mi madre, en un acto de traición.


Y tomé Los guardianes durmientes, que una vez concluido me estoy pensando si comentar en Go o dedicar el espacio que mensualmente me guarda Philipp en la última página de su sección a otra cosa. No porque no merezca un comentario, sino porque no podré guardarme la decepción en mi crítica. La letra impresa deja una huella no correspondida jamás con las tarifas que llegan a los colaboradores. Y sí, mi trabajo puede ser criticar los libros, pero prefiero tomármelo como una guía de lectura para otros, y tiendo a reseñar aquellos libros que sí quiero recomendar. La reseña mensual de Go no es algo tan serio. Como tampoco lo es una antirreseña, que es donde yo me enseño a leer.


A decir primero, no es un libro para tirar. Se lee con gracia, con velocidad y hasta con diversión a ratos, aunque está lejos de la delectación que yo le pido a un libro. Que yo le pedía a otra novela de Rodríguez Rivera.


A decir también, meterse en un libro de fantasía ciencia-ficcional, al estilo distópico ya bastante transitado, es un empeño hermoso por sí mismo, un gesto de arrojo aplaudible. Pero hay que dar mucho más para estar en esa liga. Se apoya, dada su escasa longitud, demasiado en los imaginarios de otros, en las herencias, a través de la novelería que vaticina mundos enfermos, desastres ecológicos, planificación demográfica enfermiza o corporaciones empresariales al frente de los gobiernos. Da demasiadas cosas “por sabidas”, como si la ciencia-ficción no fuese un corpus de mitos modernos sino historia del pasado cuyas lagunas podemos ir a consultar a la enciclopedia.


Se pueden enarbolar otras cosas a su favor: habilidad para la trama, resabios del thriller que animaba su primer libro, urdimbre episódica bien atada. Pero esa trama y esos personajes, ya puestos a danzar, creo yo que daban para más. Porque tienen fuerza: Neus, Hadam, Protos. Sin embargo, en las cortas 200 páginas, cediéndose el protagonismo de capítulo en capítulo, quedan vagos, algo amorfos. Mi único empeño de construir una novela pecaba en mil otras cosas, y también en ésa.


Pero, al final de todas las cosas, vista buena parte de la literatura del siglo XX y la trituración de estructuras y desarrollos, lo que siempre me queda como diamante final es la prosa. El micro-nivel, la célula de la palabra. Para algunos, bastan cuatro frases, a mí me gusta ensanchar el cernidor hasta las veinte primeras páginas. Y, sin ser mala en ningún caso -Rodríguez Rivera es solvente de sobra-, ésta es prosa utilitaria, que hace avanzar los sucesos pero recorta mal las situaciones, a la que le falta impronta, imaginación y ambición para los momentos de mayor tensión y con la que, a la vista de una primera novela cargada de buenas ideas, podría decirse que ha cesado de buscar la perfecta mordida: la prosa ha de hincar los dientes en la literatura -que no en la realidad- buscando el ángulo que no encontró ningún otro narrador anteriormente.


No soy cáustica por serlo. Habrá lectores a los que le parezca buena. Se lee bien, entretiene, pero no me hace abrir la boca y enseñar las tripas, en ninguno de sus párrafos, como ante una epifanía de ésas que da la buena prosa.


Pequeños desperfectos acaban por hacérmela casi intolerable. Neus, la mujer, vive en plena nostalgia por un siglo XX que no ha conocido, sobre todo por las artes y el cine. Se espanta de lo que llama “Arte Actual” -el del futuro-: “Estoy convencida de que la Corporación también está detrás de las vanguardias artísticas”. Si son vanguardias y son artísticas, eso no se puede escribir. Argumento de apocalíptico. En otro punto, Neus, nostálgica otra vez, se queda en éxtasis escuchando “el revoloteo sabio y pausado del saxo de Miles Davis” (SIC). Por no mencionar las autocitas. Dos, exactamente. Mis hornos no están para estos bollos.


Un lunes de noviembre se levantó de la cama con la sensación de que durante el sueño se le había roto el hueso de la identidad. El tipo que le devolvía el espejo era un desconocido con una expresión de desamparo tan crítica que parecía suplicar que alguien lo viviera. Martín sintió que aquel lunes se había despertado al final de su primer cuarto de existencia, y que todo era mentira. Ni él ni el tipo del espejo fueron capaces de recordar la última vez que habían sido felices.


No he podido resistirme. Releeré su primer libro. Soñaré que Rodríguez Rivera recupera en alguna cantina su amor por destripar realidades a fuerza de prosa, más que por montar bonitos escenarios para personajes que, perdónenme, lo más fácil del mundo es ponerlos a follar en la página 140.

domingo, 12 de abril de 2009

Los domingos de Jean Dézert (reseña)


“Los domingos de Jean Dézert”
Jean de La Ville de Mirmont
Impedimenta

¿Cuánto de Jean de la Ville de Mirmont hay en Jean Dézert? Este pequeño y magnífico libro forma parte de la escasa herencia que dejó su autor, muerto en las trincheras en 1914, y su rescate es todo un acierto: “Los domingos” es una fantasía carente de imaginación, fábula sin pretensiones y, al mismo tiempo, trasunto literario de la vida que él mismo llevaba en París, y de la que, de acuerdo con su prologuista (François Mauriac), siempre quiso escapar. Desde un planteamiento que pretende ilustrar la regularidad de los días de alguien consciente de la inutilidad de las ambiciones o el deseo trascendente, y se sabe parte de la multitud, tan reemplazable -y eterno- como cualquier otro, no se han de buscar, en sus poco más de cien páginas, inusitados giros de la trama o descabelladas argucias de estilo. La nouvelle funciona como un fresco pintado con elegantes, formalmente bellas descripciones de la monotonía, escenas que atraviesan los domingos, siempre iguales, de Jean Dézert, el funcionario, lector de Confucio y carente del menor sentido de la aventura. Esta, cuando se le plantea, viene en forma de folletos publicitarios para llenar el ocio de los domingos; o, sin planteársela, en la opción más “salvaje” de una posibilidad de matrimonio, nunca buscada, que sin embargo se prefigura como la apuesta para torcer la mano al aburrimiento. Y el fresco funciona, se fija como un espejo en el que cualquier “hombre común” de nuestro tiempo puede mirarse y, en definitiva, contentarse.

//Publicado en Go abril 2009. Impedimenta una vez más proponiendo lecturas olvidadas e imprescindibles//

martes, 7 de abril de 2009

Reencuentros


Tan pequeña, de apariencia tan frágil, tan mordaz, tan romántica, tan persona.

Tan vivaracha, tan controladora, tan enérgica, tan creativa, tan especial, tan feliz, tan hermosa, tan pía, tan amorosa, tan sensible, tan besucona.

Mi abuela AM falleció hace poco más de una semana. Una muerte siempre es inesperada. Siempre cae como chorros de ácido sobre las personas que conocieron y quisieron al que se va. Pero mi abuela era mucho más que una abuela. Miguel Ángel, mi primo, uno de sus diecinueve nietos -todos menos dos que fueron prisioneros de las circunstancias estábamos allí el viernes 27- ha publicado su colección de recuerdos que, hasta en pequeñas pinceladas, coincide con la de muchos de nosotros. La abuela se nos ha ido, y llevaba años yéndose en silencio, perdiendo la facultad de comunicarse con el mundo, pero sus ojos, cuando no se nos dormía porque la vida ya le estaba pesando, eran el agujero abierto de su alma por el cual todas las veces veíamos su impotencia y su frustración, tanto como su amor inmenso por todos y cada uno de nosotros.

Todas las veces que se nos va alguien, la pena que sentimos tiene mucho que ver con nosotros mismos, con la culpa por no haber dicho y hecho tantas cosas a tiempo. Santo cielo, qué tiene que ver la eternidad en todo esto. La vida es aquí y ahora, y es ineludible, el beso, el abrazo, el gesto, la mano que se tiende, la mirada que busca, el temblor de un orgasmo, la pasión enajenada, la lluvia, las risas de mis hijas, la insolencia de las palabras, la verdad, escribir como lo hago, practicar los errores a diario, querer, expresarlo, mojarme con mis acciones, con mi forma de ser, el fondo de mis ojos que quiere dejar de ser turbio, el final de un cigarrillo, el olor adamascado de un vino fuerte, las estrellas que apenas podemos encontrar en las noches urbanas, los viajes que hicimos, que haremos, el aroma de ese cuello tuyo y esas axilas que jamás guardan un mal recuerdo, la primavera, lo que me gusta al despertarme, el silencio, y las canciones.

La vida, querida abuela mía. Los bocadillos de jamón que me preparaste a todas horas cuando pasaba los sábados en tu casa y llenábamos de gritos aquellas inmensidades de habitaciones semi cerradas veladas por santitos.

Sé que mi primo Miguel Ángel tiene mucho que contar y ojalá algún día lo haga. Las historias que llevamos dentro han de surgir, estamos abriéndonos los cogotes para que emanen, a fuerza de juntar letras. En él, en Migue, brotan con naturalidad, con una expresiva falta de estilo y una absoluta elegancia. Las historias más verdaderas las llevamos calladitos, como mi abuela, a quien ya no vamos a poder preguntarle, llevaba la de una vida de creación.

Y, por esos mismos días, regresó Polly. Polly con John. Hace más de diez años (trece, exactamente), firmaron un disco juntos, uno que es todavía de mis favoritos de la inglesa. Que colaboren no es ninguna novedad. Que el ego de Polly haga un sitio a las canciones de John lo es. Ahí vino su single, su vídeo. Urgente, truncada, de riff maniático, desarrollo obvio y construcción clásica, con letra tontona despachada en dos estrofas y media, me enamora su estribillo que funciona como la suculenta explosión de energía que toda buena canción rock debe tener. Ahí se metieron dentro mío, en dos pasadas, su ritmo cuatro por siete roto, sus extrañas armonías -reto para el tarareo más desafinado-, correspondiéndose al grano con mi estado de ánimo extravagante de estos días, con esta pulsión por sentir todas las cosas amplia y hondamente, mis ganas de pasearme en barca por los parques más concurridos del mundo, mi intención de declarar mi amor constantemente, la certeza de que sólo mi Black Hearted Love me conoce y descomprime la sinrazón que a veces me ahoga.
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