viernes, 31 de julio de 2009

Me gusta quemarme

Y hasta he conseguido sonreir un poco.

martes, 28 de julio de 2009

Dime que vas a estar bien

Este es un blog de trabajo. Evito cuanto puedo desfogar mis verdaderos malestares. Pero la pena no me deja producir, y lo que produzco es de pena. Escribo microrrelatos de terror y poemas de desahogo, pero así y todo me ahogo. Centrarme en la ficción es lo único que me salva, pero eso sólo a ratos.

Como opción que no me demanda pensamiento -como tener el vaso de ginebra en la mano-, estoy muy cheeverizada, y no sé hacer otra cosa que leerle, se lo debo, me lo debe, escribió profuso y lleno de contradicciones para que yo me lo encontrara en el verano de 2009 en plena crisis y jarta de autocompasión, y me reflejara en sus cuitas, en sus protuberancias, en su medianía de hombre desplazado -yo, mujer desplazada, abandonada, a años luz de encontrar una senda, una liberación lejos de lo hormonal, un verdadero roman à clef que contarme-, y pudiera llamarlo, verdaderamente, colega.

De alguna manera, es la estúpida sensación de que, si algún otro lo pasó peor que tú, nada de esto importa realmente. Un reflejo desde el suelo. Un borrón de tinta sin significado. Por eso me hice con un ejemplar de los Diarios, porque sabía que seguiría encontrando al hermano mío, sin tener que decirle adiós. Así que aquel día, cuasi feliz por tomar mis propias decisiones -y lo que me queda-, lo abro al azar y leo:

"La despreciable mezquindad, la mediocridad de mi trabajo, el desorden de mis días, son los motivos de que me cueste tanto levantarme por la mañana (...) Cuando paso seis o siete horas frente a la máquina de escribir, cuando duermo la mona en un sillón roto, acabo por poner todo en tela de juicio, incluso a mí mismo. Llego a conclusiones insoportablemente morbosas y la mitad del tiempo desearía morir. Tengo que llegar a un equilibrio entre escribir y vivir. No debo seguir siendo autodestructivo. Cuando despierto por la mañana, debo decirme que es necesario pegar más duro, hacer mejor las cosas, al menos dejar a mis hijos un recuerdo respetable y aleccionador, pero una hora más tarde, al sentarme frente a la máquina de escribir, me pierdo en la bruma de los remordimientos (...). Debo introducirme en mi trabajo y éste debe darme a mí la legítima sensación de bienestar de que disfruto cuando el tiempo es bueno y he dormido bien. La buena salud es algo instintivo en mí y puede serlo en la literatura".

Se puede decir ¿mejor?

miércoles, 22 de julio de 2009

Tarkovski y el ardor

La mujer llegó pronto a la taquilla, digamos cuarenta minutos antes de la hora de la sesión, y compró:
- ¿Tienes una para Stalker?
- Sí. Son 2,50.
Se abrían en ese momento dos posibilidades ante ella: disfrutar de la tarde que se licuaba tras los edificios de ese barrio cascado, fumando un cigarrillo tras otro, o entrar en el vestíbulo -“espacio sin humo”-, donde habían habilitado un bar, y tomarse una cerveza sin fumar. Optó por hacer las dos cosas. Fumando, incómoda, en la acera, vio salir a los espectadores de dos salas, disciplinados, por orden, con el éxtasis en los ojos y los cigarrillos en las comisuras de los labios.
Observó a todos ellos, los que salían, los que esperaban a las puertas, los que buscaban con el móvil en la oreja y los ojos cerrados al hombre, la mujer, con quien estaban citados. Algunos, algunas, había como ella: solos, cargando un libro voluminoso en el antebrazo o en la cadera, mirando con azoramiento alrededor, tratando de mantenerse invisibles.
Observó también el edificio. El cine era un edificio viejo con orgullo de ser lo que era. Unas letras de estilo modernista, en blanco sobre naranja, lo identificaban. Carteles de películas antiquísimas colgaban de sus expositores. Folletos de las programaciones alfombraban la acera. Puede que entonces empezara el pinchazo, al que ya se creía acostumbrada.
Era la primera vez que acudía a ese cine pero todo tenía un aire muy familiar. Era una hermosa tarde de mitad de verano similar a otras tardes y provocó una sombra, un recuerdo hiriente como alfiler de algo que había quedado muy atrás. En una ciudad de la otra parte del mundo, un cine como ese -viejo, descascarillado y orgulloso de su programación anticuada y cinéfila- había sido su “amigo”. ¿No habéis tenido nunca el carné, ostentado con cierto sentimiento de pertenencia y privacidad, de amigos de una institución cualquiera? Sean las que fueran las circunstancias, en aquella ciudad la mujer no sólo había tenido al cine por amigo, había tenido al cine por testigo fiel de una bellísima y desventurada relación. El cine seguía en pie. Y un remedo de aquello, en esta parte del planeta, seguía en pie. Pero no su relación. Y entre tanto se había acostumbrado a ser un acerico.
Terminó de fumar y entró al bar. "Una caña", pidió. Le pusieron seis aceitunas en un platillo. “Esta es mi cena”, se dijo. Y se las comió una a una, disciplinada. Ellos y ellas con libros, los que le interesaban estaban todos solos, como ella, y acudían a una sesión nocturna de una película de Tarkovski, como ella. Pero procuraba no mirarlos demasiado, primero para no levantar suspicacias y, segundo, para no hacer contacto ocular. Sólo saber que estaban a su alrededor le bastaba para tomarse la excursión como lo que era. Un poco de audacia, otro poco de libertad, grandes posibilidades abiertas y autonomía, o soledad, o como se quiera llamar.
Cuando terminó su cerveza se acercó a la puerta de la sala, donde se habían arremolinado ya treinta personas. Un viejo se dirigió a ella:
- ¿Vas a entrar?
Asintió con la cabeza.
- La cola está allí.
Entonces cayó en la cuenta de que esas pocas personas en el vestíbulo eran el principio de una fila. Tragó saliva y la siguió, retrocediendo, hasta el final, que salía del cine y caracoleaba por la calle. Tomó su lugar y no sabía si tendría o no un buen asiento cuando le tocara, pero la voz y la advertencia del viejo se habían clavado en su cabeza como si le hubiese dicho “estás a punto de cometer un asesinato”. Quería haber tenido amabilidad y cariño, no sabía por qué. Un cine de extraviados, de expatriados del amor, de posesos amantes de las aberraciones estéticas, un cine que a diario reflejaba en sus pantallas las más grandes obras, los despilfarros, ardores espirituales, pasiones incontrolables, bajezas y emociones en cualquier idioma y con subtítulos electrónicos, desacompasados a veces como el latir de los corazones alojados en los espectadores, no debería tener colas.
La mujer entró exactamente en el lugar ciento ochenta y tres y buscó con viveza, todavía no del todo afectada, un sitio en las filas centrales, con tanto tino que fue a elegir la silla vacía a la izquierda del viejo que le había hablado.
No sabemos si fue el influjo de los recuerdos o la advertencia airada o rodearse de desconocidos en cierta forma hermanos o venir leyendo en el autobús The Stories of John Cheever o los muchos años de caminar por una ciudad que no era suya como una zombie, lo cierto es que la mujer se echó a llorar, despacito, sin hacer el menor escándalo, sin apenas sollozar, conteniendo el ardor de la hoguera en que ardían sus inmundicias en el pecho que, eso sí, le subía y bajaba como si se tratase de las ramas de un sauce en una noche de viento. Fueron casi quince minutos hasta que se apagaron las luces y ella, la mujer, no pudo parar de llorar en todo ese tiempo, recogiéndose las lágrimas con el cuello de la camiseta porque andaba sin pañuelos.
Por eso, el viejo, que había llegado hasta allí solo, pero que acudía a la Filmoteca tres veces por semana y llevaba diecisiete años con carné de amigo y cuarenta años de soledad elegida y, muy de cuando en cuando, compungida, se giró hacia ella, cerrando su libro de Bruce Chatwi y le dijo:
- No quería molestarte, antes.
Ella seguía hipando y encerrándose en sus hombros como si los omóplatos pudieran hacerle crecer alrededor un escudo protector contra los recuerdos y los agentes de la moralidad urbanita. Entonces, el viejo no sacó el brazo para ponérselo en los hombros. La miraba de hito en hito y se decía a sí mismo: “Otra pobre chica engañada”. Las luces se apagaron y dieron comienzo los cobres y platas de Stalker.

John Cheever, colega (2)

Como supongo que me quedé dormida sobre el teclado escribiendo esto, y como he tenido días muy agitados, quizá pueda decir todavía dos cosas sobre las mujeres en los cuentos de John Cheever y sobre la mujer de Canción de amor no correspondido (o Torch Song como se llama en el original). No es uno de sus cuentos más famosos, según me han dicho, pero él lo incluyó en The Stories of John Cheever (1978), la selección de sus relatos más preciados que recibió el Premio Pulitzer entre otros. En la edición española (emecé, Relatos 1 y 2), hace el número 8 del tomo 1.

En Canción de amor no correspondido hay un narrador en tercera persona, un personaje-ancla, Jack Lorey, y otro que motiva el desarrollo de la historia, la mujer, Joan Harris. Jack hace de testigo-acompañante de su vida, y el narrador exterior al relato ya nos dice que Jack conocía a Joan, para sí mismo, como la “viuda”, en la segunda línea.

Son dos pobres exiliados de su Ohio natal que pululan, cada uno respondiendo a sus movimientos espirituales, por el Nueva York de los años 40. Jack ve a Joan a lo largo de los años, entremedias de dos matrimonios, como una amistad a la que ha de ser fiel a pesar de todo, y a lo largo de las páginas se nos narra el proceso de una chica de pueblo que llegó para ser modelo y se quedó en oficinista en unos grandes almacenes; se nos cuentan los esporádicos encuentros -solicitados o no, con invitaciones o por casualidad- en los que Joan tiene siempre una pareja diferente, y así transcurren décadas.

Un adicto a la morfina, un alemán huyendo de los nazis, un supuesto emprendedor con doble vida... Hasta siete hombres aparecen sucesivamente en sus páginas, descritos más o menos prolijamente con frases como: “Joan estaba con un hombre que, evidentemente, había perdido el conocimiento” o “se le notaba en la mirada que bebía mucho”, “su rostro estaba contraído por la amargura o la enfermedad”, “y su acompañante parecía una persona seria”.

De hombre en hombre -de esa encantadora manera, que arraiga a través de los cuentos de Cheever, de relatar lo mismo de diferentes formas-, Torch song va narrando dos historias paralelas -Jack y Joan- que confluyen en las últimas cuatro páginas.

Es en esas últimas páginas en las que el relato se torna oscuro y opresivo -con un Jack casi hundido en la miseria y enfermo- y adquiere las tonalidades, rebajando el realismo, de un cuento psicologista en la estela de Edgar Allan Poe. Sin embargo, creo que el final no da la clave. Y que los últimos párrafos de un contrahecho Jack acusando a Joan de ir en busca de la enfermedad y la muerte, de hombres en los que “huele” la desgracia, son en verdad un canto a otra cosa. El vínculo común, la tierra natal que los unía, ha desaparecido junto con el poco candor que la situación en Nueva York ha ido permitiendo en sus respectivas vidas. Y, mientras Jack se ha conducido como el hombre medio americano -casándose, teniendo hijos, pero fracasando dos veces en la relación-, en la vida de Joan no hay sino soledad y abandono.

Se nos cuenta desde el punto de vista del hombre y éste, en situación de inferioridad, no puede permitir que una mujer esté más entera o haya salido más indemne de los años en la gran ciudad. Pero, si John Cheever hubiese dejado entrar más frecuentemente a las mujeres en la conducción de sus relatos, creo que veríamos de forma patente -sin falsas simpatías- que el drama de Torch Song está en el deambular sentimental de toda mujer que, a medias entre la independencia económica y el desamparo del alma, se acerca a cualquier ser por poco que se sienta necesitada.

Hay algo a veces demasiado parecido a un patrón en sus cuentos -contaba en el artículo anterior- con respecto a los roles de hombres y mujeres. Sin embargo, aquí, no es ella la que convierte el “paraíso en la tierra” en una situación ambivalente o simplemente infernal. Es, a mi modo de ver, la que enseña otro camino al personaje masculino. Una suerte de salida -no exitosa, sin embargo- de los condicionamientos de la conducta impuestos desde fuera. Y aquí, el varón se asusta.

lunes, 13 de julio de 2009

John Cheever, colega


Supe de un taller que dirigía Rodrigo Fresán y me apunté. Contaba con selección de candidatos, basada en un curriculum y una "carta de motivación" que, al parecer, me habrá salido muy motivada, pues hace pocos días me confirmaron la plaza. Confieso aquí y ahora que, cuando me apunté, no había leído una sola línea del autor-eje del taller: John Cheever. JC, como Julio Cortázar, pero posiblemente sin haberse leído mutuamente, y harto tarde que rompo el maleficio de no haber mordido su prosa.

En fin, bibliotecas municipales mediante, me agarré primero al volumen llamado La geometría del amor. Con ese tiítulo y esa foto de portada -desaparecida en la edición de tapas duras- no tenía más remedio que gustarme. Pero no sería lo mismo -no lo es, en las colecciones de Relatos-, sin el trabajo editorial de Fresán, un par de párrafos para situar temporal y temáticamente el cuento que hacen entender la construcción paulatina del estilo y las marcas identitarias de Cheever.

Es en ese volumen donde se puede acceder de una manera ordenada a la "teoría del expulsado" que tan sucintamente plantea Fresán -pero donde se echa de menos su fundación, a decir de él, el cuento que da inicio a su carrera literaria cuando tiene 17 años, 'Expelled'. Cuando se accede a las colecciones "completas" hay muchos otros cuentos donde esa "teoría" se difumina, entre otras cosas porque sus protagonistas-voces parecen llegar a algún tipo de acuerdo con su medio para continuar en él, afianzados si cabe: eso es 'El superintendente' o 'Los chicos'. Más que expulsados, en sus páginas los personajes encuentran un modo de llevar sus contradicciones a cuestas. Me he quedado a punto de empezar -no sé si esta noche me lleguen las fuerzas- uno que lleva por título 'Las amarguras de la ginebra'. Póngase en su lugar lo que ustedes quieran.

La noche avanza, agigantando su calor en torno mío. Me he hecho amiga de John Cheever, a raíz de la lectura de unos treinta cuentos, por varias razones que nadie me invita a exponer, pero eso haré a continuación con el fin de quedarme en paz con el medio y, de paso, allanarme un poco el camino hacia ese taller intensivo que me abre sus puertas.

John Cheever escribía a máquina. Yo me lo pongo todo en papeles, a rotulador. Su edad es la de fiarse de las máquinas, la mía es la de buscar los caminos que me liberen de éstas. En su gesto -foto de portada, busquen la primera edición- leo demasiados surcos, un pensamiento complejo, tan invertebrado (falto de asideros académicos, es decir) como el mío, pero cuajado de profundidad, penetración, dureza y ternura en la mirada, la poca ternura que se permiten los hombres contrahechos desde que el mundo es mundo. En la foto de portada hay un hombre que acusa a su sociedad y a su tiempo sin dejar de enjuciarse a sí mismo. Veo ese doppelganger en la curvatura de las bolsas de los ojos, y hasta en el ángulo que forman las orejas respecto al óvalo de la cara.

Sus cuentos recrean a desheredados de todo tipo. Puede uno engarzar lectura tras lectura y quedar por completo noqueado bajo ese vaivén de "compasión" y "distanciamiento" que se da prácticamente en cada relato. ¿Está John Cheever haciendo ética? ¿Es una literatura moralista la suya?

En los textos introductorios, Fresán lo llama "sentido religioso", una especie de hermanamiento entre ética y estética en sus relatos. Si yo pudiera asir el sentido de la religión de estos cuentos -el interior, el carente de ornamentos y artificios- a lo mejor podría asentir. Sin embargo, con o sin religión, leerle ha supuesto un enorme placer: como en McCullers y en pocos más, he encontrado cercanía con mi propia visión, terriblemente moralista, de los cuentos, ésa que voy construyendo muy despacio.

Sé que hay muchos -escritores y lectores- que disentirán, para mí la literatura no es forma, y su forma es y será siempre fondo, y su fondo es compromiso con una posición de y para el mundo. Aunque yo no tenga ni idea de qué es ese mundo.

Hay un patrón repetido -en muchos cuentos, afortunadamente no siempre- y está marcado por el extrañamiento. El personaje principal -hombre- es expulsado de un medio construido artificiosamente para su felicidad (he ahí 'Un marido rural'). Ellos no entran, se encogen, o se desmadran ('La cura'), pero el medio lo hace todo. El suburbio en estos cuentos me habla de mi propio suburbio, el que yo llevo en la sangre, el barrio donde me crié, y muchos otros barrios donde he vivido, que son hostiles en su apariencia amable y que están llenos de criaturas horrendas.

Y, en sus cuentos, las más horrendas son las criaturas femeninas. Alguien deberá decir algún día cuánta misoginia se lee en sus cuentos, pero yo le entiendo. El personaje femenino -ejemplos a montones: 'Tiempo de divorcio' me viene ahora a la cabeza- encarna la brutal expulsión, el desgarro y la podredumbre del mundo.

Y, en el mundo de las criaturas femeninas horrendas -en mi corto deambular reciente ya tengo unas cuantas, en 'La infame' o 'El club de los inocentes'- se lleva la palma la co-protagonista de 'Canción de amor no correspondido'.

domingo, 12 de julio de 2009

Cortázar, quien no sabe encontrar no es cronopio


Hace pocos días, hallé en la basura unas cuantas postales de mensajes caducados y un plano del metro de París, del año 62. Quien decidió tirar los recuerdos del viaje de novios de la abuelita -al contenedor de reciclaje- era evidentemente un fama y no podía ni imaginar el asombro dibujado en mi cara ante tamaño encuentro. Silvia Monrós-Stajaković contactó en 1980 con el autor de “Rayuela” con motivo del contrato para su traducción al serbio, y en ese punto se estableció una rara amistad epistolar que incluyó también a la mujer del argentino, Carol Dunlop. Más que leer la exquisita prosa de Cortázar -las líneas redactadas de su pluma son escasas en el conjunto-, “Correspondencia” (Alpha Decay) sirve de insólito testimonio a los años finales, marcados por el “declive” creativo y los problemas médicos, de uno de los escritores más atípicos, menos literarios y más imprescindibles del pasado reciente, una ventana abierta a la vida corriente de la época en que ambos (Dunlop y Cortázar) redactaron “Los Autonautas de la Cosmopista”, viajando a paso de tortuga por la autopista del Sur. Cronopio también, Carles Álvarez-Garriga lo tuvo más fácil: la misma Aurora Bernárdez, albacea del autor, le puso por delante una serie de papeles sueltos, guardados con primor y nunca antes revisados para su edición. El resultado es ese (anunciado a bombo y platillo) “Papeles inesperados” (Alfaguara), y aquellos que han seguido el discurrir editorial de la obra de Cortázar bien podrían preguntarse si no hay gato encerrado en esta “providencial” recuperación. No lo hay. Los trozos, fragmentos, capítulos y relatos aquí incluidos fueron desechados por su autor por diversos motivos -incluso sugerencias de editor mediante- a lo largo de su carrera, y en algunos de estos textos, aún cuando se consideraron prescindibles o menores, hay suficiente maravilla como para quedar alelado, sí, como un cronopio. Sucede con los relatos (algunos desconocidos, otros tiernas primeras versiones como en 'Relato con un fondo de agua') y los pedazos no incluidos en “Un tal Lucas”, que hacen reir y sollozar tanto o más que el libro tal cual se imprimió. Pero este volumen reúne papeles de todo tipo, reflexiones de la actualidad, la justicia, la literatura y juegos, prólogos, presentaciones, ponencias, artículos, incluso una extraña “entrevista” sin entrevistador para la revista Life. El lector merece un cierto respeto, y en el caso de Cortázar es que nos enseñen lo que escribió, encuentren lo que encuentren.

//Publicado en Go Magazine julio-agosto 2009//

viernes, 3 de julio de 2009

Campo de batalla

Verano. Espuma de mar como salpicaduras de trinchera estallada. Aguardiente a sorbos desde mi petaca de plata, reluciente como un fusil de asalto. Buches de humo de cordita, cigarrillos portugueses para saciar esta sed. Y el cangrejo ermitaño que de tan coherente rehuye mordeme. Desesperadamente herido. Me abrasa el sol cicatero o me abraza tu recuerdo. Y en mi organismo, esquirlas ardientes del obús que recibí directo en el corazón. Pero, qué extraño, tú no pretendías matarme.
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