viernes, 26 de octubre de 2007

Las mañanas

Hay mañanas que no. Hay mañanas en que necesitas conjurar las ganas. Hay mañanas en que resuena la casa como si la hubiesen vaciado del aliento. Hay mañanas en que el frío se instala entre los pliegues del pensamiento. Hay mañanas en que no sirve ninguna estratagema para escapar al tedio.

Pruebas con la música. Pruebas con el silencio. Pruebas con la cama. Pruebas con tareas simples. Pruebas con medicinas. Pruebas con el remedo de la pasión. Pruebas con el café a litros. Pruebas con hacer manualidades. Pruebas con la limpieza y el orden. Pruebas con cambiarte de ropa. Pruebas con las zapatillas cómodas. Pruebas con un cigarrillo. Pruebas sin el cigarrillo. Pruebas a no pensar. Pruebas con el amargor de la saliva y con alimentos caducados.

El tedio siempre puede más.

lunes, 22 de octubre de 2007

Siete excusas innecesarias para leer a Carson McCullers (antirreseña)

Al hilo de la preparación de una reseña (que publicaré en su momento) sobre el libro El aliento del cielo (Seix Barral).

1. Lo que trastorna, entusiasma, sacude de dentro a fuera, resquebraja la voluntad más fría en la lectura de la narrativa breve de Carson McCullers no es pensar en el estado de pérdida personal, enfermedad, quebranto y dolor en que se gestó gran parte de esta obra. Aunque no deja de alarmar que algunos de estos relatos fuesen confeccionados durante o inmediatamente después de una convalecencia, mientras arrojaba esputos en una bacinica o recogía pesadamente el cuerpo después del penúltimo ataque de toses, al tiempo que se peleaba con su marido y sucesivo ex marido. Todo lo anterior se puede obviar frente a

2. El tremendo arrojo de alguien que no desperdicia ni un segundo del tiempo que le ha sido concedido vivir. Alguien que abraza esta suerte de “misión”, sin petulancia, enamorada no sólo de la escritura, sino del valor de la imaginación, de la prosificación respetuosa y responsable. No hay descanso, no hay respeto. Ávida por saber más, por hacer más, por confabular más monstruos y fantasmas. McCullers es una narradora-río, hecha de pura vocación, un ejemplo permanente de lo que la perseverancia, la actitud trabajadora y el genio logran, no sin una dosis descomunal de esfuerzo. Léanse las primeras narraciones, cualquiera de ellas, escritas a unas edades que harían sonrojar a más de un aspirante a revelación literaria. Pero tampoco el río de composiciones arrojado y ciego sería una razón, si

3. Esas narraciones per se no conformaran un estilo y una sensibilidad nueva, jodidamente peculiar: una forma de penetrar en la realidad y de escarbar en los sentimientos, totalmente ajena al sentimentalismo. La prosa de McCullers es MODERNA, desde el mismo minuto en que habla del complejo mundo de las relaciones humanas y soslaya, a todas horas, esa formulación manida de la literatura hecha por mujeres o para mujeres, evitando de un solo volantazo lo consabido, el lugar común y el arreglo floral. Se aferra a las cosas, hace hablar a las cosas y las cosas definen a los personajes, y por eso es tan, tan moderna. Entrega absoluta en su papel de madrina de los desheredados y los disminuidos emocionales, en encontrar la belleza de los personajes más estrafalarios, en manejar sin sonrojos las miserias humanas, en creer a duras penas en la redención, en no dejarles escapar de su destino…

4. La curiosa, persistente y enriquecedora influencia de la música en sus narraciones. Como rasgo de los personajes, de la trama o de la estructura. Herencia de una primera vocación rota, o de algo que simplemente no fue. Lo que no fue, la gnoseología interna de aquello que no existió (amor, familia, felicidad, matrimonio, hijos, vejez) es un tema recurrente.

5. Su particular cercanía, tendencia quizá, a los niños y adolescentes, la intuición soterrada de que pocos como ella han leído en las almas infantiles y han construído narraciones creíbles y nada sonrojantes, desde la edad adulta, sobre tan delicados –y escurridizos- sujetos. Como si hiciese dos días que acabara de abandonar tal estado o… como si nunca hubiese dejado de pertenecer a su mundo.

6. Los borrachos, o los que lo parecen. Los matrimonios en ruinas. Todo junto.

7. Y la prosa. Su sabiduría enconada, de mujer sin terminar, de enferma ególatra, de hiriente observadora del circo del mundo, de personaje estrafalario ella misma, siempre a punto de caer una vez más, siempre deseosa de obedecer al gen de la adicción. Reponiéndose, y escribiendo. Esa actitud como bofetada. Esa sabiduría y todo lo demás, al servicio de la prosa. Prosa que nace siendo, que no pide permiso y fermenta despacio… Prosa que aparece como NECESARIA. Las cosas, en aras de esa prosa, parecen estar sucediendo, allí mismo, delante de tus narices. No tienen adornos innecesarios, no son más mezquinas de lo que en realidad son. No son más puras. Y no tienen vergüenza alguna de nacer. Las cosas en las palabras y las palabras en las cosas. La pequeña gótica, de la forma más natural del mundo, regalaba a manos llenas las criaturas vivientes, sufrientes, de su prosa.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Debilidad

No lo puedo evitar. Gepe es mi debilidad. Es la pequeñez de sus pretensiones y la enormidad de sus resultados. Es la naturalidad con la que escribe y canta canciones. Es la sintonía -evidente o inventada- que siento en su mínima, improvisada, evocadora poética del intervalo. Es esa montaña rusa de teorías, vislumbres reservados a los enormes cantores de la melancolía, inscritas en sus letras. La pasmosa y sorprendente coincidencia de escenarios, símbolos e intenciones. No es ésta la primera ni la última vez que escribiré sobre Gepe. Me sucede así cada vez que soy FAN de esta ridícula y entregada forma. Mis habilidades para escribir se ven doblegadas por este no-sé-qué-es que me subyuga. Por ello he de volver siempre.

Para un acercamiento algo más neutro, valga esta nota que publiqué, gracias a la intermediación de Elena Cabrera, en el diario adn.es.

La máquina de Joseph Walser (reseña)

Publicada en Go Magazine (octubre 2007)
"La máquina de Joseph Walser"
Gonçalo M. Tavares
Mondadori

Hace unos meses, descubrimos “Un hombre: Klaus Klump”. Aquel y éste son el anverso y el reverso de una misma investigación literaria en torno a la guerra, a su irrupción en las vidas de los hombres: Klump es el hombre fuerte, Walser el ser débil. Absorto y confiado en el poder del lenguaje, Tavares acomete el proyecto a sabiendas de la cualidad abstracta de su material. Construidos sobre una selección, nada arbitraria, de aspectos de la realidad palpable, sus mundos ficcionales se transforman en materia simbólica mediante una artificiosidad lingüística salvaje. Todo está estudiado, todo responde a una necesidad. “La máquina de Joseph Walser” carece de acción como tal (apenas un dedo perdido, hacia la mitad), y está articulado mediante una serie de escenas episódicas, cuadros en los que la guerra es un decorado, y las vidas de los escasos personajes siguen desarrollándose en la superficie, apegadas a sus infames disciplinas y rituales. La de Joseph Walser es anodina, girando en torno a su máquina y a una habitación, en la que se encierra con llave, donde guarda su colección de piezas metálicas. Una vida equiparada al funcionamiento de un mecanismo. Sin sucesos, el libro se carga de reflexiones (el encargado Klober como megáfono de las inquietudes inscritas en el texto), nunca terminantes, nunca cerradas: articular en voz alta la fortaleza oculta del ser humano (esa “especie interminable”), descubierta por Walser, frente al paso, aplastante, de los acontecimientos históricos.

miércoles, 10 de octubre de 2007

El inmenso placer

De una entrevista mucho más satisfactoria de lo que en mis mejores sueños hubiese imaginado -porque una ya no está para idealizar a nadie. Gepe, Daniel Riveros, estuvo a mi merced por treinta minutos en una taberna irlandesa del centro de Madrid, mientras las luces crepusculares se apresuraban por dejarnos solos.

La enfermedad de los ojos

martes, 9 de octubre de 2007

Kinski: Down Below It's Chaos

Inventaría una etiqueta para los de Seattle, “rock autoconsciente”: algo hay en este abigarrado e impenetrable “Down Below It’s Chaos” que dificulta el mero disfrute hedonista e induce a una escucha pausada y meditabunda: obliga a preguntarse “para qué tanto cinismo en el rock’n’roll”. Kinski, en estado de gracia, entregan una obra redonda y desafiante como pocas. Con una escucha apenas rascamos la superficie del armazón que fundamenta canciones dispares entre sí como “Crybaby Blowout” o “Punching Goodbye Out Front”. En la cuarta o quinta, se empieza a entender que cuanta más confianza en el rock demuestran, más profunda es su intelectualización. En la bendita electricidad de “Boy, Was I Mad!”, con su predecible fraseo; en el rock matemático, sin crescendo, de “Child Had a Train to Catch”; en la maligna quietud de “Plan, Steal, Drive”, que podría haber sido escrita por los hijos de Vini Reilly; en la ausencia de colorido del tremendo final, “Silent Biker Type”: quieren que sepamos que ellos saben que está todo inventado y sin embargo, tanto si le dan a la psicodelia como al rock garagero, consiguen emocionar nuestras neuronas con uno de los álbumes más hermosos de los últimos tiempos.

//Reseña publicada en GO Mag (octubre 2007). Un enlace para saber más de Kinski. De premio, 'Passwords and Alcohol', una de las más preciosas canciones del disco. //

sábado, 6 de octubre de 2007

Ten cuidado con lo que deseas

La realidad tiene muchos reclamos a diario. Los editores de los medios de comunicación del mundo entero tienen sobre sus cabezas, de una manera natural-prestada-engorrosa (la misma en que dejamos que los dirigentes nos dirijan, que los empresarios nos emprendan), la responsabilidad de fabricar esos universos simbólicos, efímeros y circunstanciales, día tras día; de hacer digerible, colonizable, el pandemonium del mundo.

De la infinita marea informativa, sólo unos pocos pedazos de realidad alcanzan nuestro cerebro con una virtud cualitativa que los hace diferentes. No tiene que ver con los esfuerzos de los editores de los medios de comunicación del mundo entero. No tiene que ver con las circunstancias, ni con lo contingente, ni con lo noticioso. Estímulos que de verdad puedan perdurar. Estímulos cargados como una pistola. Entonces, y así es como funciona para mí, el mundo empieza a girar alrededor de esos fragmentos. No es una portada de diario, es un vórtice de huracán. Organizo todo lo demás utilizando ese centro, que da sentido al magma incomprensible, y lo convierto en una obsesión.

Para que eso revierta en mi trabajo (en esa palabra fetiche a la que regreso una y otra vez), ideo formas de hacer que esa obsesión, ese fragmento de la realidad que sólo me importa a mí, se convierta en alimento espiritual, material de pensamiento y fruición estética para los que me rodean. Imprimo, copio, muestro, reproduzco y adjunto. Siembro y siembro, sin descanso, la semilla del azote, busco extender el torbellino a mi alrededor. En el otro lado del mensaje, en el papel del receptor, están muchos de mis amigos que se dejan, y están mis editores. Busco, rebusco, insisto hasta el hartazgo: ese pedazo de realidad merece ponerse en letras de molde, mire usté.

Lo pretendo tanto, lo vendo tanto, que me seco.
Siento que mis semejantes y yo no compartimos referentes más que el cambio de la peseta al euro y las tablas de multiplicar.
Creo que nadie me comprende.
Rompo cosas.
Pero un día, con el remolino apaciguado ya, alguien deja caer, al fin, una respuesta: ese contenido me interesa.

Échate a temblar pues, ya que, en ese instante, otro tipo de responsabilidad acecha. La realidad se configura cara a cara contigo: habrás de enfrentarte a una entrevista, a un verdadero artículo, a las letras de molde que tanto has solicitado. Habrás de contarle a muchos, a todos, a los desconocidos, para qué carajo han de incorporar ese fragmento (ese libro, ese disco, ese autor, esa obra, ese escupitajo individualista) al universo de sus apropiaciones simbólicas. E importa, todo importa.

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