viernes, 20 de mayo de 2011

Remezclar la democracia


Apagad la televisión, no dejéis que os lo cuenten.

El miércoles quería ir a Sol con mis hijas y, finalmente, gracias a la "prohibición" delirante de la Junta Electoral, me rajé por miedo a si surgían problemas. Supe luego que todo había discurrido en la más absoluta normalidad, que toda la presencia policial se resumió en algunas solicitudes de documentación.

Sol es el km. 0 de España. Pero hay muchas más plazas.

Ayer en la tarde del jueves estuve en la Nueva Plaza de Sol. Y vaya por delante que hay muchos informando y viviendo en primera persona aquello, que no soy más que una turista que siente la necesidad de dejar aquí lo que vio.

Hay una pequeña ciudad dentro de la ciudad.

Hay apropiación del espacio público. Es un nuevo lugar donde no se te exige ser consumidor y sí ciudadana.

Hay gente interesada, gente emocionada, gente participando y ayudando en cada espacio: enfermería, comida, sociedad, infraestructura, debates. Hay gente curiosa. Hay gente firmando. Hay quienes no se atreven a hacer un cartel, pero están felices leyendo los carteles ajenos. Y sacando fotos con las que inundan el espacio público digital.

Hay conversaciones y diálogos en casi cada metro cuadrado. Por supuesto las asambleas -escuché algunos trozos-, y también encuentras corrillos improvisados de adultos conscientes y responsables, de todas las edades, debatiendo temas, cada vez que tomas una dirección. Hay gente mayor, que para a los jóvenes para decirles: "Que esto no se acabe el lunes, que esto tiene que seguir, hacedlo por todos".

Hay lonas y toldos colgados en el centro y una ciudad de arquitectura efímera que se debe apuntalar cada vez que viene un golpe de viento. Todos echan una mano.

Hay muchas cámaras y móviles y es, esto sí, realidad aumentada: leer y escuchar, tener el twitter y las orejas a la vez para dar forma a un discurso en construcción.

Hay un laboratorio constante de ideas. Apropiación, autogestión, acción pacífica, reivindicativa y ciudadana que nos devuelve a todos a la vez -aunque no seas más que un turista como yo- la dignidad de los foros públicos.

Hay empoderamiento. Joder, si hay.

Hay, una cosa que me impresionó, hambre y mendicidad. Cuando entraba bajo las lonas, me adelantaron al menos una docena de personas vestidos en harapos; se dirigieron al mostrador de "comidas" de los acampados y pidieron. Salieron cada uno con una botella de agua y una naranja.

Hay sueños colgados de cada muro y dicen algunas, muchas cosas que he pensado en los últimos tiempos, desde que me vengo dando cuenta de que regresar a España fue continuar en un exilio. Si no tenemos sueños seremos pesadillas.

Hay muchas más cosas, pero no es un parque temático, es un espacio de acción. Levántate de tu silla y ve.


Él nos mira complacido de nuestra desobediencia civil. Hay muchas imágenes impresionantes circulando por la red, un botón de muestra en la galería de Julio Albarrán.

jueves, 19 de mayo de 2011

Democracia real ya

Como dije en la entrada anterior, no nos pueden quitar nuestro derecho a estar indignados. Ni el derecho al ideal.



He llorado al ver este vídeo -demasiado spot publicitario, pero bien que un spot por fin consista en vender algo real-. Esa cosa real se llama esperanza, creo.

martes, 17 de mayo de 2011

Volver a los 17: indignaos

La foto es de sylavin

Esta mañana no he podido trabajar, esto es, atender a las labores que me dan, a duras penas, de comer. La agenda está repleta de tareas por hacer y la lista me reclama para que me ponga a hacer "ticks" sobre ellas. Hoy no.

Hay veces en que esta silla es tan acogedora como una tumba.

No estuve el domingo en la manifestación del 15 de mayo. Y me arrepiento mucho. Me acosté varias horas más tarde de lo razonable por simultanear el trabajo con el seguimiento de las concetraciones civiles, ciudadanas, humanas, que se desarrollaron en más de 50 ciudades españolas.

Cuando no tengo nada que decir, suelo callarme, y eso hago también en las redes sociales. Hasta que en el curso de estas casi cuarenta y ocho horas he seguido recibiendo y leyendo noticias, aproximaciones y análisis sobre qué han querido decir estas personas alrededor del lema Democracia Real Ya.

No esperéis un acercamiento frío y serio, porque estoy absolutamente enrabietada. No solamente por la desfachatez del poder político, también y sobre todo por el enfoque que se ha dado a las manifestaciones desde los medios. No son cuatro gatos y no son jóvenes "anti-sistema". Hubo en todas las ciudades muchos y muchas de todas las generaciones posibles, con historias personales de todo tipo y cero agresividad.

No hay nada blanco ni negro, que llevo ya casi cuatro décadas en el mundo. Lo que no puedo asimilar es que alguien que esté mínimamente en mi situación -cinco millones de parados y muchos millones de precarios, es decir, somos muchos-, que necesite expresar su frustración en la calle, sea llamado "radical". Radical de "raíz", vale. Radical de "basta", vale. Radical de "queremos pensar por nuestra cuenta", vale.

Y el movimiento que se expresó el domingo dijo esas cosas y más: Basta de mangoneos, de recortes de derechos y de políticas a espaldas del ciudadano. Basta de mentiras, de EREs multitudinarios y balances anuales sanos y gordos de las grandes corporaciones. Basta de desviar los recursos del país al banquero y a la sociedad anónima. Basta de hacernos pagar la crisis y no escucharnos. Basta.

Mi padre, de 63 años, se pregunta por qué ninguno de sus tres hijos, con estudios, carreras y experiencia laboral de sobra puede hoy vivir autónomamente, con más de treinta años cada uno.

Yo me pregunto qué clase de mundo le voy a dejar a mis hijas en el que un buen montón de jóvenes indignados no pueden realizar una protesta pacífica y pasiva, en la Puerta del Sol, sí, porque es el lugar más visible de toda la ciudad de Madrid y porque así lo han decidido. Y se les desaloja de madrugada, monos de uniforme y porras contra hombres y mujeres sentados, con nocturnidad y alevosía.

Claro que podría estar allí: de hecho estoy deseando levantarme de esta silla e irme a Sol, a la concentración de las 20 h. Tengo dos hijas. Tengo responsabilidades. Y no tengo futuro. Esta mañana me la he pasado tarareando con mucha rabia "Volver a los 17", porque su mensaje encaja de perlas en el tipo de sentimiento de impotencia y asco que me tiene paralizada. Violeta, en principio, habla del amor, pero hoy leo su letra como un resumen de la furia y la lealtad al ideal (ideal, sí, digo la palabra con todas sus consecuencias, debemos volver a responsabilizarnos por las palabras, debemos dejar de permitir que nos mangoneen, también, las palabras) que tuvimos, que sentimos, que hoy deberíamos estar actualizando en su potencia.

Quisiera ser "frágil como un segundo" pero roja y violenta como una amapola de mayo, y pasarme la noche allí con esxs muchachxs indignadxs. Volver a los 17, pero con mi conciencia política de hoy.

Todavía más, hoy también me aferro a otra canción de Violeta Parra, "Qué vamos a hacer": "Qué vamos a hacer con tantos y tantos predicadores"... Cambiemos por un momento el verso para que encaje "ladrones" o "políticos". Están intentando beneficiarse de un movimiento civil, autónomo, independiente, espontáneo e inmanejable de indignación y hartazgo. Qué vamos a hacer con todos esos "medios de comunicación" que nos niegan la esencia, el relato y la narrativa desde el lado de los que no tenemos ni donde caernos muertos. O como dice mi madre en uno de sus Versos clandestinos, "donde caerme viva".

"Qué vamos a hacer con tanta mentira desparramada..."

Nada hay más tonto que un pobre de derechas; pero nada hay más tonto también que uno de izquierdas que se llena el bolsillo mientras masculla mierda contra el sistema que lo alimenta. Este movimiento no es de un signo ni de otro: es de personas que, como yo misma, ya no pueden más.

La sangre de horchata de este país es absolutamente demencial, lo vimos el #29S. Y estos hombres y mujeres que pasaron del 15 al 17 de mayo de 2011 en la calle (no sólo en Madrid, en muchos otros lugares) están sentando precedentes para algo muy gordo.

Se puede no tener/sentir militancia, pero no se puede no tener/sentir conciencia.



Actualizo 18/05/2011: Esta mujer, Cristina, 46 años, llama a la tertulia de RNE y pone las cosas en su sitio. Por teléfono, de viva voz, dice mucho más de lo que yo he sabido decir en estos párrafos. Por favor, escúchenlo.

//Si enlazo a los artículos de Periodismo Humano es porque, primero, respeto mucho su línea de trabajo habitual; segundo, son de los pocos que han hecho un seguimiento in situ de estas movilizaciones//

domingo, 8 de mayo de 2011

El trepanador de cerebros - Sara Mesa

Hace mucho tiempo que no pego por aquí las reseñas que voy publicando en diversos medios (notodo.com, Go Magazine, Qué Leer). Y el motivo de reabrir este blog hace ahora cuatro años (sí, tuvo una primera vida, ya inexistente) fue el de "mostrar" el trabajo. Si ese trabajo de reseñar en medios es subterráneo, aún tengo otra capa más escondida, más underground, que es la que dejo ver por aquí últimamente. Precisamente, la capa que no tiene existencia en ningún otro lugar, más que mis carpetas privadas.

Sigo reseñando, a trompicones, en Estado Crítico. Pego esta reseña porque me gusta especialmente cómo quedó.

Sara Mesa
El trepanador de cerebros
Tropo Editores, 2011

La idea de una mujer que vive rodeada de seres extravagantes e inadaptados que le hacen de familia. La idea de tener una familia de seres exageradamente normales, ausentes por completo. La idea de montar una orgía-fílmica hecha de puras palabras en torno a una “nalga”, con un enano por protagonista. La idea de no encontrar acomodo en este mundo, ni en los alerones periféricos ni en las catacumbas de los locales céntricos; ni comportándose como un asimilado al sistema ni extrayendo sin pasar por caja objetos de lujos de los grandes almacenes. La idea de una ficción que se desarrolla aquí al lado, con elementos reconocibles pero, eso sí, extraídos de los contenedores de desechos de nuestra sociedad. La idea de que la melancolía se arraiga y no permite pasar a la acción ni deja resquicio para la ternura o la más remota salvación. Sara Mesa ha jugado con estas ideas, y otras más, para componer una novela sin pretensiones, bien resuelta, narrativa y definitivamente sepia: no se decantó por un relato de signo rosa, por un argumento negro o por el análisis social amarillista; de esto, análisis o denuncia, también hay en El trepanador de cerebros, pero agradecemos que lo transmita a través de una gran confianza en la literatura. Y digo que sus tonalidades son sepia porque esta narradora sabe bien que no hay certezas tangibles ni verdades absolutas. Con algunos pasajes menos interesantes que otros, sin embargo llegar hasta el final reporta un buen balance de momentos lectores.

//Publicado en Go Magazine, mayo 2011//

lunes, 2 de mayo de 2011

Je suis seule

Hace algunos días, estando libre y suelta por Madrid, y habiendo dejado a unos amigos que ya se marchaban a casa, marcaba el número de teléfono de mi primo (acudiendo a la representación de su Radio Ficción en La Casa Encendida, curiosamente donde me encuentro ahora mismo tecleando en un terminal, previo pago de un euro, porque ni soy cliente de Caja Madrid, ni estudiante, ni jubilada, ni discapacitada, etc, etc.). Marcaba su número pero no me contestaba y quería verlo al muy querido mío. Como andaba en el barrio, y por dejarle tiempo a consultar sus llamadas perdidas, entré en un bar a tomar la penúltima.

Nunca he tenido problemas con tomarme una caña sola en un bar. Y desde, por lo menos, mis años de estudiante, he reivindicado mi derecho a tomarme una caña sola en un bar, como y cuando me diese la gana. Allí, en Sevilla, lo más divertido era la condescendencia, indiferencia fingida, de los camareros, siempre hombres, de los bares en los que entraba (Alameda, Alfalfa, Plaza de San Pedro...). No es algo que me preocupe por hacer, es algo que no me preocupa en absoluto hacer.

Excurso: la última vez que estuve en Sevilla, después del último acto (sesión de Hextatic) del Zemos98, cuando el cuerpo ya no me daba más de mí, salí hasta la avenida Torneo a buscar un taxi. Me tocó el taxista-chapa. El taxista-chapa se creía con el deber/derecho de darme la chapa durante todo el trayecto a mi barrio (de mis padres) en las afueras de Sevilla, porque mis amigos "me habían dejado ir sola a buscar un taxi"; porque una mujer no debería andar sola por la ciudad a las cuatro de la mañana; porque lo mínimo era que me acompañaran. Estaba demasiado cansada para pegarle o gritarle. Lo peor, lo peor, fue tener que pagarle la carrera.

Vuelvo a la noche de hace siete días. Entré en una tasca madrileña, barrio Lavapiés, donde los camareros también eran todos hombres. Me senté en la barra, esquina, y pedí una caña. Ojeaba un ejemplar de la recién cocinadita revista Madriz. Anotaba alguna cosa en mi cuadernillo de tapas azules. Al cabo de, quizá, un cuarto de hora, una voz me sacó de mi ensimismamiento:

Pardon... pardon... ecoutez-moi... Je suis seule...

Me volví para ver que me hablaba una mujer (a la que ya había fichado al entrar en el bar) rubia de unos cincuenta años. Siguió hablándome en francés, que como estaba sola, y ella estaba sola, y estaba hasta las narices de beber sola, y estaba ya como una cuba (fueron sus palabras), ¿por qué no hablábamos? Yo le contesté en francés, todo el tiempo, y eso que hace quince años que no lo practico.

Me contó que llevaba cinco años largos sin un trabajo en condiciones. Que había empezado, hacía un mes, en un taller de restauración -que era su pasión, y lo hacía mejor que nadie- pero estaba muerta de asco y de vergüenza, pensando que en el mes de agosto, cuando se agotara su contrato temporal, volvería a quedarse en la calle.

La escuché durante mucho rato y le di, hasta donde pude, palabras de ánimo. No recuerdo cómo apareció el nombre "Zaragoza", y tiré del hilo para averiguar que la que me hablaba en francés me tomaba por extranjera (qué sé yo, el corte de pelo, la gabardina) pero ella era más española que las torrijas. Me tuve que reir lo mío intentando adivinar por qué llevábamos media hora hablando en otro idioma, en aquel bar de Lavapiés; quizá fue todo una estrategia de mi amiga para que el camarero, rumano, no entendiera sus quebrantos.

He escrito "mi amiga" y es así como sucedió. La mujer, al cabo de un rato, me tomaba la mano y me decía "amiga, amiga", cuando yo le decía: "Tú no estás sola, no te mueras de la angustia pensando en el verano, piensa en el trabajo que ahora tienes y lo bien que lo estás haciendo, piensa en las cosas tan bonitas que sabes hacer con las manos, no vivas en el futuro colgada de una incertidumbre, vive en el día de hoy". Y seguía sobándome la mano, llamándome "amiga, amiga". Me habló de cuánto le gustaban los hombres y de cuántas veces la habían dejado tirada. Me habló de que no tenía hijos por no haber querido tenerlos. Hasta llegó a enseñarme una teta, asegurándome que no le había tocado un bisturí, y era menuda teta bien hecha.

Pasé dos horas sentada en esa barra, hablando con esa mujer, de la que tengo su nombre y su número de teléfono. Je suis seule, je suis seule, volvía a decirme una y otra vez. Desesperado canto de seducción, por un rato le funcionó, me funcionó, tuvimos compañía. Después, viendo que se me acababan las opciones para volver a mi casa (seule), la tuve que dejar (seule). Durante esas dos horas la quise desesperadamente, fue mi nueva heroína, fue la personalización de toda la marginación silenciosa, nada escandalosa, poco comprobable, que sufren las mujeres, y sobre todo aquellas que ya están dejando de ser jóvenes, que han dejado de serlo hace rato. A mí, mi amiga, me echó cuarenta y cinco años y me dio mucha risa (las gafas, la ropa negra, me dijo): la cuestión es que yo ya sé lo que me espera, lo que está a la vuelta de la esquina; acumular incertidumbre, experimentar precariedad y hacerme vieja. Seule. Complètemente seule.

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Actualizo,
un día después. Esta entrada también podría haberse llamado "I'm lonely. I'm old". Watch this : http://youtu.be/i3OK0KgXjmk
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