miércoles, 23 de diciembre de 2009

Diez cosas


Estos días he terminado Los Soprano forever (una reseña aquí) y en uno de sus artículos puede leerse: "La vida, para quien no la tiene asegurada, es demasiado intensa y corta para atender a esta oferta por entregas. (...) no os dejéis robar una hora, en una hora puede ocurrir algo crucial" (Ignacio Castro Rey).

Es absolutamente verdad (y no). Tanto aquí como en todos los filósofos a los que a veces me atengo (sobre todo en épocas de crisis, y crisis quiere decir etimológicamente cambio, y no hablo de la economía, la filosofía debería ser la receta de la Seguridad Social y menos solomillos de buey para todos, ¡atiborrarse ¿para qué?! ¡bájense de las escaleras mecánicas del hipermercado! ¡huyan a una biblioteca! ¡escuchen en la calle! ¡reflexionen! ¡escriban sus ideas!), está la certeza de que el tiempo es consumido (no sólo hoy, pero especialmente en nuestra época) como una suma de distracciones hacia la muerte, en la que por supuesto nadie piensa. Nadie tiene tiempo de pensar, ocupados como estamos consumiendo distracciones.

Yo sí pienso en la muerte. A diario y sin histeria. Para eso tengo mi calavera, comprada en Disney hace ya tiempo, en época de Halloween (nada menos). Porque sí quiero dar sentido al tiempo que consumo, aunque a veces (muchas veces) me las vea muy oscuras para entregarle sentido, simplemente porque una es mortal y poca cosa y... Pues tomo esos dos conceptos (mortal y poca cosa) y escribo (lo intento) una novela, o algo así.

Yo sí creo que es necesario gastar 86 horas en ver Los Soprano, y algunas otras maravillas del poco espacio que encuentra la maravilla en la producción audiovisual. He gastado muchas horas en ver series de televisión en los últimos años. No están mal gastadas. Ahora, este año que cerramos (¡por fin!) las he usado en otras cosas. Sobre todo en leer. No es mejor ni peor, es el momento. También en estudiar, mirarme dentro, estar con gente que me quiere y a la que quiero. También en jugar con mis hijas, bañarlas, seleccionar los alimentos -sí, yo también compro- y prepararlos para la cena, también en cientos de miles de tareas que no anotamos, que ni siquiera llegan a tener la consideración de tareas, que se hacen, como se levanta uno y se cuela las zapatillas de estar en casa, como se lava uno los dientes, sin pensar, y sin pensar en la muerte sobre todas las cosas.

El tiempo nos come. Me gustaría, algún día, comérmelo a él. Trabajo en ello. Con socavones inmensos en los que me hundo cada poco y, seguidamente, urgente gastar más tiempo para intentar salir de ellos. Pero consumir -música, cine, series, fotografía, exposiciones, encuentros y conferencias, ratos y conversaciones- es la única manera que conozco para después poder producir trabajo, amor, historias.

No se tira el tiempo (no lo tiro yo) que invierto en leer, ver, escuchar, aunque a veces quede huérfano y cojito si no dispongo de otro intervalo necesario para procesar, reflexionar lo consumido, integrarlo dentro.

Y, así y todo, algunas cosas fueron mejor hechas que otras. Casi a punto de poder tomarme unas insólitas vacaciones (de quien no tiene mucho trabajo, pero trabajo más que cualquier condenado a trabajos forzados, Pizarnik dixit), se me antoja escupir un poco de tiempo en estas listas. Mías, y absurdas, pero mías.

Diez libros que no me arrepiento de haber leído en 2009
Zona, Mathias Enard (Belacqua)
El miedo, Gabriel Chevallier (Acantilado)
Matar en Barcelona, Varios (Alpha Decay)
Señales que precederán al fin del mundo, Yuri Herrera (Periférica)
Nueve lunas, Gabriela Wiener (Mondadori)
En Grand Central Station me senté y lloré, Elizabeth Smart (Periférica)
Fin, David Monteagudo (Acantilado)
El fondo del cielo, Rodrigo Fresán (Mondadori)
Papeles inesperados, Julio Cortázar (Alfaguara)
Lo que arraiga en el hueso, Robertson Davies (Libros del Asteroide)

Diez discos que no he comprado pero he escuchado hasta saciarme (gracias, Spotify)
Grizzly Bear - Veckatimest
Animal Collective - Merriweather Post Pavilion
Gossip - Music for Men
Pj Harvey & John Parish - A Woman a Man Walked By
Pram - Dark Island
Hanne Hukkelberg - Blood from a Stone
Robin Guthrie - Carousel
Throwing Muses - House Tornado (no dije que tuvieran que ser del año)
Fennesz - Black Sea
Ryiuchi Sakamoto .- out of noise

Diez maravillosas formas de ocupar el tiempo aquí donde vivo
Mi casa
La biblioteca de La Casa Encendida
La Biblioteca Nacional
El Retiro
La Plaza del 2 de Mayo
Las piscinas municipales en verano
El Palentino o cualquier tugurio grasiento, con mi ex compañera de trabajo
El barrio de Lavapiés
Deambulando por el barrio de las Letras, luego por Sol y la Plaza Mayor, luego por la Plaza de Isabel II y sus inmediaciones. Asomarme al sur desde cierta terraza.
Tu casa

Diez cosas que podía haberme ahorrado
Aquella tarde en que lloré sin saber por qué
Aquella noche en que me dio por llorar agarrada a la almohada y desperté con dermatitis en el párpado, que aún no he podido curarme
Aquella sensación de no merecerme nada de lo que tengo que a veces se me agarra al cuello y me impide respirar
Hacer el ridículo delante de mi mejor amiga (menos mal) y caerme de culo en plena calle
Escribir dos palabras que nadie quiere leer en estos días
Obsesionarme con tantas cosas sin importancia
Disgustos ganados donde nadie debería ganar más que algo de dinero, para continuar subido al carro
Demasiadas veces en que lloré por algo que se rompió en el pasado
Demasiadas veces en que no supe cómo administrar mi potencial y éste se me escapaba por los ojos
El constipado que arrastro desde hace una semana

Diez cosas que he hecho y muy bien hechas
Recoger mis pedacitos, pegarlos uno a uno, abonarme, crecer
Terminar mi primer libro de cuentos, aunque no se vea jamás en ningún lado
Empezar mi primera "novela"
Volver a la radio, con Elena
Dejarme arrastrar a Estado Crítico
Entrevistar a Ryuichi Sakamoto
Escribir docenas de cartas que algún día quemaré
Dejarme llevar a tu casa
Abandonar el lugar en que me machacaban la psique a diario
Marcar el número de teléfono que me dio alguien, en algún lugar que no recuerdo

domingo, 20 de diciembre de 2009

Échame a los lobos

Un avispado editor de revista musical me envía el disco con el encargo de comentarlo: "Creo que te va a gustar". No sabía que estaba echando carne al lobo hambriento. ¿O sí? Llevo semanas sin toparme con un disco que se me prenda mínimamente a los oídos. No puedo parar de escucharla.

Como un interminable rizo, sus temas y motivos se mueven, sólo en apariencia, sin desplazarse ni un milímetro del primer "tarara ta tara", allá donde comenzó, y da vueltas sobre el eje de una melodía triste y pegadiza, como un estribillo eterno, enreda una y otra vez las notas y las palabras, y tiene ese halo de hermosa canción de desamor (como en aquel With or without you, tan kitsch) y todo sucede como si dos estuviesen jugando a rebozarse en una playa llena de conchas troceadas. Es más grande el kitsch aquí, precisamente por ese ritmo trotón, los sonidos housoides y las ganas que me dan de levantarme de la silla y bailar.

Que le eches a los lobos si se equivoca una sola vez más. Que encontrará una manera de hacer que te quedes. Que por favor le dejes respirar. Que te las arregles para aliviar el dolor. Nada es amable en la canción ni nada hay que no sea absolutamente deleitable. Hermosa como la mejor horterada post-postmoderna.

Can you find a way to ease this pain?

Logan Lynn - Feed Me To The Wolves

jueves, 17 de diciembre de 2009

De otro

Él la miró tiernamente a los ojos y pronunció aquello: "Te quiero".
"¿Te estás enamorando de mí?"
"¿Es que tu corazón es de otro?"
"Mi corazón ya me pertenece por entero".

lunes, 14 de diciembre de 2009

Fin (reseña)

Fin
David Monteagudo
Acantilado

Nueve personajes delineados con cuatro detalles de su aspecto y formas de reacción. Relato de foco desnaturalizado, sin un solo asomo de empatía, como el que haría la más incruenta de las cámaras de seguridad, acerca de un encuentro de confusa causa. Peripecias que convergen en una noche en un refugio, especie de “bodas de plata” de otra noche “mágica” para aquellos personajes, ahora veinticinco años más viejos, incapaces de encontrar una buena excusa para aquella amistad de contornos desvaídos por el tiempo. Una pesada broma que todavía les escuece en las conciencias. Viejas rencillas y rencores que se destapan, mezquindades de adulto con problemas para encarar el fracaso, torpeza relacional, inmadurez sentimental, ¡frustración! Nueve desconocidos que se han dejado convencer en cierta fiesta y... un apagón. Ya pueden ver las estrellas y encontrarse con ellos mismos. En la primera aventura narrativa de David Monteagudo, trescientas cincuenta páginas saben a poco. Ni el autor sabe más que los personajes a los que maltrata, ni el lector se despega ni un momento de la ignorancia que a ellos acosa. Ha de seguir, dar la vuelta a la página, comenzar otro capítulo, exprimir los sentidos de cada nueva frase descriptiva, austera, ausente, incisiva de tan poco comprometida. Prosa sin brillantez, pero brillante. Es imperativo saber qué será de estos nueve, bajo esa desarmante amenaza que se los va comiendo. Apaguen sus televisores -dejen la serie de moda para después- y abran “Fin”.

//Publicado en Go Magazine 106 Diciembre 2009. Sobre el mismo libro, también escribí una crítica en este sitio, Estado Crítico.//

Kings of Convenience (crítica)


Kings of Convenience

Teatro Circo Price (Madrid) 1/11/2009


Se juntan dos talentos y salta la chispa. Se enlazan armonías y explotan corazones. Se plantan con actitud comunicativa y el fan los adora. Él, el fan, está en su derecho de deificar. ¿Qué les da, pues, ese sex appeal suyo?


Se traen a la telonera expresamente (Javiera Mena, a la que conocieron en una gira por Chile, es un astro pop en su país, aquí ya estamos tardando) y el mismísimo Erlend Øye sale a presentarla. Le dejan veinticinco minutos y un piano. No hay maniobra musical que pueda con la expectación de tener por fin sobre el escenario a los noruegos (nunca antes en Madrid). Las conversaciones y la impaciencia se comen su show. Y la sala (2500 almas) está a rebosar. Erlend y Eirik ocupan su lugar, con la impuntualidad necesaria para hacer brotar más ooohs y aaaahs. Entre bromas -ya les conocemos el carácter, uno va de entregado, el otro de introvertido- van dejando caer algunas de sus canciones más conocidas, entrelanzando con elegancia sus voces y sorteando la simplicidad instrumental con soltura. Hacen que los “lata-man” apaguen sus lucecitas y cuentan (Erlend) una anécdota sobre su vinculación con España: todos sabemos ahora que su tía abuela estaba reporteando en Madrid el día en que entraron las tropas franquistas. Dice sentirse bien de llegar a la ciudad “ahora que ya no hay guerra”. Mas aaaays.


Para una segunda parte, invitan al escenario a dos músicos más (violinista y bajista), y entre los cuatro el show pierde intimidad pero gana en ímpetu. Las evoluciones del chico del violín arrancan aplausos por sí solas y ellos están entre felices e incrédulos con la ola de amor que les llega desde abajo. Navegan en aquel mar de admiración -sólo un poco menos cálida con las canciones del álbum nuevo, pero deleitosa con las ya clásicas ('Stay Out of Trouble'). Más allá de si suenan o no a otra pareja de cantantes-guitarristas de hace varias décadas, lo de Kings of Convenience en directo es una entrega con revulsivo. Cuanta más generosidad, más líquido se vuelve su público.


//Publicado en Go Magazine 106 Diciembre 2009//

martes, 8 de diciembre de 2009

Mexican women

Leave home
Blood becomes a foreign substance
And see it as you let it dry


Hace semanas que empiezo y abandono este post. Mientras, también en estas semanas, recupero un viejo disco de mi discoteca, uno de esos que son como las almohadas usadas desde la niñez, cómodos y ajados, desvencijados, familiares y tranquilos como aquello en lo que uno mismo se ha convertido. Mientras, escribo otras cosas, que no se han de publicar emitiendo un click sobre el botón "Publicar"; y que, quizá, algún día llevarán su propio camino hacia el botón mágico.

Throwing Muses y Kristin Hersh son una obsesión recurrente en mí. Regreso a sus canciones siempre, ya pasen dos semanas o dos años, y redescubro temas que siempre estuvieron allí y a mí me toca ahora señalar como importantes. Eso pasa con esa canción, con Mexican Women, de donde saco las frases del encabezamiento.

En uno de los libros más lúcidos y emocionantes que me ha tocado leer en las pasadas semanas -antes de que me diera por escuchar compulsivamente este disco- se puede pasar por todos sus párrafos y subrayar barbaridades hermosas y verdaderas. Como, por ejemplo, ésta:
"A las brujas las quemaron en la hoguera, en toda Nueva Inglaterra, sólo por culpa del amor, sólo porque llevaban el aura del deseo satisfecho".
Es bárbara y hermosa en el contexto de una novela dedicada a amar. A relatar la deflagración causada por el amor más bestial. Pero lo que no sabía Smart, que tenía este aspecto años después de escribir En Grand Central Station me senté y lloré,

... es que me daría una de las citas que podrían encabezar una de las tres partes de mi nuevo libro. O de mi libro, como se ha de decir cuando no se tiene otro.

Su frase, además, me habla de otros sentidos. Algo que se viene cuadrando desde hace mucho tiempo. Aquél me prestó una película, aquél otro me recomendó una canción. Todo me habla en el mismo idioma, pero es uno que adquiere frases y giros nuevos por momentos, sólo para mis oídos.

Este post, que se llama hoy Mexican Women, y que se quiere referir (aunque el topic no estuviese ahí cuando Kristin escribió la canción) a todas esas mujeres masacradas en aras de no sé qué sinrazón, presentes en unos cuantos libros que debo leer con urgencia, se debería haber llamado Marte Herlof.

Hay un viejo amigo del que no sé nada hace semanas. Antes, al menos, podía espiar que él me espiaba. No sé cómo decirle que quiero saber de él.

Marte Herlof es un personaje secundario de una película impresionante, Vredens Dag o, como se la conoce aquí, Dies Irae. Pero, como pasa en otras películas de Carl Theodor Dreyer, es un secundario el que hace arrancar la acción, aunque luego pase el testigo a los demás.

Había oído hablar mucho de esta película en mis años de facultad, y había leído que su tema era la brujería. No, no, no, nada de eso. El que me venga con que es un filme sobre las brujas del siglo XVI le arrojo mi colección de Throwing Muses a la cabeza. Es una de las películas más radicalmente feministas y comprometidas con el amor que me ha tocado ver jamás.

Ahí está Marte Herlof (a la que he cercenado el sabueso clérigo que la interroga en el mismo fotograma gracias al photoshop). Una vieja despojada de todo, y de su última dignidad en forma de prenda de ropa, suplicando por su vida. Una mujer que, cuando desearía pasar tranquilos sus últimos años, es llevada a interrogatorios, vejada y conducida a la hoguera. Esa mujer y su desnudez conforman una de las imágenes más patéticas que me ha tocado ver en una pantalla.

Luego está, por supuesto, Ana. Ana, la protagonista de Dies Irae, que podría ser Elizabeth, que podría ser yo misma, o la protagonista de Anticristo. Casada con el pastor del pueblo, Ana es una mujer joven que arde por dentro de deseo. El pastor tiene un hijo. Él es el objeto inobjetable de los deseos de la mujer, y por eso Ana, por conseguir lo que desea, será acusada también de bruja.

Por conseguir lo que la completa. Luego está Charlotte Gainsbourg.


A quien le arrebatan todo. "Ella" sucumbe al dolor a una pérdida muy honda y arrastra a "Él" a las tinieblas de su alma, al tiempo que "Él" pretende salvarla.

Aún no entiendo bien, del todo, por qué Anticristo está dedicada a Tarkovsky. Quizá por el personaje, magnético, de Hari, el fantasma-imagen-proyección-sombra que le entrega Solaris al profesor Kris Kelvin. Hari es otro personaje tentador, grandioso en su capacidad de amar y de absorber, como un gigantesco planeta con una tremenda fuerza de gravedad, lo que a sus inmediaciones se acerca. Hari no tiene conciencia ni inteligencia ni sensaciones, ella toda es amor, es un fantasma de amor, y se trata de quitar la vida, ese fantasma (el apelativo es lo de menos, bruja es lo más común), cuando el doctor Kris se le aleja veinte metros.


Debe ser por eso que es tan difícil encontrar una imagen en internet que muestre a Hari sola.

Qué mierdas vamos a querer estar solas. Ni ser maltratadas. Ni ser malqueridas. Ni ser malditas. Ni ser mal...

Kristin y yo. Hari y yo. Ana y yo. Marte y yo. Todas ellas podrían ser mujeres mexicanas. Hoy son el tema de mi libro.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Percusión contemporánea


Después de muchos meses desde el minuto en que pensé en el tema de este artículo, después de varios atrasos y de muchas entrevistas bonitas y placenteras, después de haber conocido a Miquel Bernat, a Juanjo Guillem y a todos estos músicos dedicados al arte sonoro de nuestro tiempo, por fin, cerramos el año editorial junto a la revista Calle 20 con esta colaboración. La percusión en España está ahí para ser escuchada.

La revista está en plena distribución por locales de Madrid, Barcelona, Valencia y alguna otra ciudad. El repor se puede leer todo él aquí.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Aportajismo

Tanto por escribir. Tanto por anotar. Tanto por desarrollar. Varios borradores esperándome con la ceja enarcada, diciéndome con su sonrisa "¿cuándo te metes conmigo, nena?". Sí, si estoy perra, es porque mis esfuerzos están puestos en no sucumbir. No perecer a esta situación que yo sola me he buscado. Demasiado complicado todo. Casi a punto de desestimar que ser periodista sea una forma de ganarse la vida. Quizá sea una forma de hacer la vida, pero no de ganársela.

Mientras tanto, preparo mano a mano el programa de esta noche. Elena y yo nos encontramos en el estudio de Radio Carcoma con un invitado, Robert Juan-Cantavella, que ha tomado la voz de un periodista ficticio, o de un ficcional reportajista, que se empeña en una búsqueda de El Dorado, un paseo suicida por Marina D'Or (Oropesa del Mar, Castellón) y un recorrido aún más suicidia por el V Encuentro de la Familia, en Valencia, 2006. El resultado está en su novela-aportaje (Mondadori, 2008).

El género aportaje lo acuña este escritor, o su alter ego, Trebor Escargot, y se refiere a un reportaje sin posibilidad de certeza. Periodismo impuro. Falacia periodística. Presencia de la invención y ausencia de veracidad. Sospecha constante, cejas enarcadas otra vez. Vamos, que da igual que lo contado haya o no sucedido. Todo debe estar dentro del texto. Entonces es verdad.

Lo complicado del asunto -a una novela no se le pide que sea verdadera- es que este género, sin haberlo premeditado, está muy a menudo en la prensa diaria. Más de lo que creemos.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Según en qué contextos


Ejem. Una nueva pieza sobre el libro de Gabriela Wiener es hoy portada en notodo.com. No creo que haya muchas más, con este libro maravilloso al menos. Escribí mi antirreseña. Hice una crítica en Estado Crítico. Le hicimos una entrevista que difundimos en nuestro último programa. Son fragmentos de un todo.

Aunque sólo cobre la mitad de las cosas que hago y no tenga ni una noche libre al mes, como freelance estoy últimamente más contenta que nunca. Pero me siento un poco enterradora.

No voy a explicar más que esto. Si desempeño mi trabajo bien, ¿no estoy dando oportunidad al empleador para que se deshaga de un redactor de plantilla?

martes, 17 de noviembre de 2009

Más trabajos del fin del mundo


Ya era hora (para mí, que la he recibido hoy) de poder ver la entrevista escrita a Yuri Herrera. Sale en la Go Magazine de noviembre (105). Aquí la ofrezco (pdf enlazado en la imagen), para quien tenga curiosidad en leer más de lo que sabe decir este escritor mexicano.

De su propia voz, se le puede escuchar en los trocitos que emitimos dentro del programa 5 de ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?

domingo, 15 de noviembre de 2009

Enseñanzas de Fadanelli


Estaba muy cansada. Eran las diez de la noche del sábado y llevaba un día y medio metida en el Círculo de Bellas Artes, experimentando por dentro el lúbrico festival de la literatura puesto en marcha por La Fábrica y la Revista Eñe.

Salí a buscar un cajero y un poco de aire y un billete y un bar. Encontré a Claudia. "Vengo a la conferencia de Fadanelli", me dice. A pesar de haber leído el programa siete u ocho veces, no me había fijado en su nombre.

Y no sabía quién era. Los que sí lo sabían eran legión. La última conferencia del festival fue quizá una de las más concurridas. Y allí apareció una especie de hombre-montaña con gorra en la cabeza, que no dejaba ver más que una pequeña parte de su mandíbula y boca. Con lo que tenía de sobra.

No me voy a detener en lo que dijo (aquí hay algunas de sus perlas), pero lo que fue pronunciando por aquella boca -y el resto de sus canales de comunicación, porque expresaba con su actitud de montaña, a través de su gin-tonic en copa balón, se posicionaba frente al mundo que se le sube a la chepa con su tono chulesco, harto de todo, batallado en todos los frentes, aguardentoso, medio asqueado...- descargó sobre la concurrencia un río de odio.

Y nos reíamos y todo. Y aplaudimos y todo. Pero yo sentí un río de odio. En todas las direcciones -hacia sí, hacia fuera-. Demasiada potencia, demasiada necesidad expresiva, demasiada negatividad, demasiada impotencia además, y la consecuencia es una frustración gigante y un escritor gigante. Pero no le he leído una sola línea. En la conferencia, el mexicano Fadanelli ni se trató de justificar ni de hacer fans. No había, esta vez no, una voz en el estrado tratando de convencernos de qué interesante es.

Porque se odia y se desprecia. Así sentí esa sesión. Bofetadas de inteligencia. Erudición hastiada de sí misma (porque, se ha de concluir por su charla, ¡lo ha leído todo!). Y, junto a esa cascada malsana, ahí detrás, oculto con la gorra y el gin-tonic y las palabras como cascajos, alguien que ha sabido vivir en medio de sus instintos (destructivos/autodestructivos) torciéndoles la mano.

Qué sé yo si es auténtico o no. Si esto es literatura o no lo es.

Lo que tengo claro hoy es que no se puede luchar contra, sólo se puede luchar dentro.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Prensa gratis y triste

La primera vez que apareció mi nombre en un periódico fue hace quizá dieciocho años. No existían la prensa digital ni los blogs, a la sazón. Escribieron mi nombre mal en la firma (me apellidaron Colón, como un colaborador fijo de aquel diario que, además, fue mi profesor años después) y jamás cobré la colaboración.

Seguramente aquel texto no merecía ni ser recordado. Seguro que era triste.

La segunda vez fue hoy. Se puede ver aquí, para quien no haya pillado un ejemplar a uno cualquiera de los esforzados repartidores. Una huelga de los trabajadores del diario (ya van 150 despidos, una barbaridad) ha propiciado que echen mano del texto de una freelance.

Es un poco triste.

Nos quieren hacer creer que la prensa es gratis.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Las mañanas transversales


Una de esas mañanas. Dispersión total. Trabajo en siete cosas, todas a la vez, y trabajo sobre todo en encontrar trabajo. Me asusto del mundo, pero estoy en mi centro. Si uno sin conocerme revisa mi curriculum, pensará que soy una estrella del periodismo cultural. Pero en esto no hay estrellas. Plumillas valorados peor que un señor que pegue ladrillos, que una señora que limpie escaleras. No estoy exagerando.

Uno detrás de esta pantalla se encuentra con solicitudes de personal del más alto descabello (un redactor con varios años de experiencia, alemán e inglés, a jornada completa, por 12000 euros al año, ejemplo absolutamente cierto y visto esta mañana). Pero, claro, los jóvenes no pueden elegir. ¿Qué hay de los que no lo somos?

El caso es que lo hacemos con gusto. Y los que pagan -los que deberían pagar- se dicen aquello de sarna con gusto no pica... Como en el medievo, se llevan las especies. Te quedas el disco que comentas y te das con un canto en los dientes. A veces, la especie es una entrada que a otros les ha costado 40 euros o una noche en una cola. No me siento privilegiada por ello, ni mejor pagada.

Por aquí se lleva darle los escasos presupuestos a los que tienen "firma", aunque periodistas no sean. Y los periodistas seguimos engrosando las colas del paro (aquí y en todas partes). Puede que el paro no. Yo no me paro. Sólo he de seguir aceptando las reglas del juego. Donde cuatro ladrillos valían siete, ahora valen tres. Lo tomas o lo dejas.

Mientras tanto, la firma. Este fin de semana lo pasaré muy metida en un festival protagonizado por aquellos que ya se han hecho una firma. Y pondrán muchas en los libros de sus fans.

Ayer tarde, la firma. A un escritor le pedían, en la fila de delante, que firmara su cuento. Uno de los doscientos que se presentaban como parte de una antología de microrrelatos. Casi 200 mini ficciones, en los que algunos de sus autores se quedan 3 o 4 de los textos.

En todas partes, la firma. Iban Zaldua -uno de mis escritores favoritos- presenta su nuevo libro, que afortunadamente encuentra un hueco en la nueva encarnación de la editorial Lengua de Trapo. (Será en el Hotel Kafka en Hortaleza, a las 19,30 h.).

Lo bueno de estas mañanas (que antes, en otra época, podían sumirme en un abismo, que hoy también, pero que ya sé que del abismo se sube, tarde o temprano) es que las dejo estar. No lucho contra ellas. Ni contra este estado precario. Me adapto a la situación y braceo, pero sin desespero. Los hilos de los que puedo tirar para mover las circunstancias cuelgan a una distancia estratosférica y yo soy Alicia después de haber ingerido el bebedizo empequeñecedor. Salto y corro nerviosa de un tema al siguiente, de una web a la otra, de un asunto al de más allá. Pero lo importante es saltar y correr.

Alguien como yo tiene muchas maneras de suicidarse (metafóricamente). Por ejemplo, momificarse en un solo espacio mental, olvidarme de lo fácil que sería no tratar de reinventarme de cualquier forma posible, petrificarme. Que otro sea estatua de sal.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Sam, Nico, Ben, Valgeir

No sabía muy bien a lo que iba. Había escuchado música de algunos de ellos, de Nico Muhly sobre todo, al que considero un compositor contemporáneo con una gran intuición pop. Una estrellita por nacer. Un nuevo Michael Nyman sin la ampulosidad ni el recargo. Fresco, insidioso, directo.

También había escuchado lo que Ben Frost regala en las redes sociales y lo que publica en su myspace. Artista sonoro, dicen de él. Creo que le aciertan de lado a lado, su trabajo se enfoca a la generación orgánica (electrónica, por sus fuentes, pero de resultados muy físicos) de ruido.

Después estaba el más conocido, y quizá aplaudido, Sam Amidon, un cantante de neo-folk norteamericano. Y un productor y compositor islandés, Valgeir Sigurðsson, que suena, entre otras cosas... islandés.

Era la noche, esta noche, del Whale Watching Tour en Madrid (que recala mañana en Sevilla) y, si bien sus productos por separado me parecían todos personales e interesantes, no podía esperarme que el concierto de los cuatro fuese tan, pero tan grande.

Nico, portavoz, arreglista de muchos de los temas de los otros, se lo ha pasado en grande. Nos ha explicado una y otra vez que "no vendemos los cds, que no podéis comprar los cds", riéndose posiblemente de alguna prohibición por parte de la organización. Sam, delicado, tímido, el que llegó al primer tema con más nervios, en la tercera entrega se soltó: nos contó que habían estado en el Prado, viendo los Goya. Estaba impresionado.

Ben es distinto. Quizá hiperactivo. Quizá un poco borracho. Lo acompañaba una botella de Alcorta que entraba y salía con él del escenario y en cada ocasión volvía más vacía. También regaló cierta anécota que alguien le contó en una anterior visita a Madrid, sobre Dalí esta vez.

En la música, nada era ni regalado ni obvio. Lo único que podía entrar medianamente bien en las orejas de un público acostumbrado a lo popular son las canciones dulces y agrias de Sam Amidon. En lo demás, experimentación, compases truncados, violas y violines con tratamientos de shock, electrónica, giros cabareteros, graves retumbantes y zumbidos desasosegadores. Pero al cabo tuve que rendirme a la evidencia: las seiscientas (a ojo) personas que llenaron la Casa Encendida esperaban exactamente eso. Quizá estamos mucho más preparados de lo que algunos piensan.

A Nico le molestó una chica con aspiraciones de fotógrafa y le dio una regañina en público. Alguien llevaba un niño y Valgeir se acercó a saludarlo. Se fueron desgranando bromas y canciones y la botella de vino iba mostrando su verdadera esencia. Alguien se acercó, a la hora y cuarenta minutos de actuación y avisó de que ya estaban fuera de horario. Decidieron tocar una más.

Con el trombonista acompañante haciendo de voz solista, se marcaron un desarrollo teatral de quince minutos largos, Nico al piano, Valgeir con una maza, un bombo y sus ordenadores. Terminaron, salió el resto de la troupe que había bajado del escenario, saludaron, Frost decía con los dedos y los morros "una más, prometemos una más", y descendieron nuevamente.

Supongo que cada cual entre el público tendría sus motivos para pedir una más, después de dos horas. Ni dos minutos después, Ben, Valgeir, Sam y los músicos acompañantes ocuparon sus puestos, se colgaron los instrumentos. Pero Nico tuvo que poner orden en el asunto: "Alguien parece ser que se va a poner muy muy triste si tocamos una sola canción más".

Ninguno quería abandonar el escenario. Frost, él solito, se quedó con cara de "no me la dan con queso", sentado, con la guitarra sobre las rodillas, creyendo que todavía él podría remontar el concierto contra las normas y la burocracia. Lo hicieron salir.

Whale Watching Tour es una de las cosas más hermosas, desquiciadas, cálidas, fuera de norma, ofrecidas con sencillez y profesionalidad y buen humor que he visto en mi vida. Aún ocuparon el escenario durante cinco minutos sólo recibiendo aplausos. Y recordando que, en la esquina, estaba el chico de los discos "que nadie podía comprar".

//Pasó el 6 de noviembre en La Casa Encendida de Madrid, Whale Watching Tour en concierto//

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Sakamoto & me


No todos los días aparecen en mi buzón propuestas para entrevistar a un personaje tan relevante en lo suyo. Ryuichi Sakamoto es uno de los músicos más inquietos, inclasificables y creativos que hay vivos en el mundo. Dotado de una vastísima cultura musical, amigo del piano, cercano a la escena pop y tecno, investigador de nuevas texturas sonoras... Desde 1978, el japonés no ha parado de trabajar en algo que viene a ser un estilo que suma todos los estilos, destrozando prejuicios.

Así, me acometió un remezón interior cuando supe que uno de mis medios favoritos (Calle 20) me solicitaba esa entrevista, amén de otras piezas para ilustrar la oferta musical del Festival de Otoño madrileño, que empieza ya (hablamos de Whale Watching Tour de Nico Muhly y Hanne Hukkelberg).

Poco menos de diez días después, un sábado, había de marcar un número de teléfono de un hotel de Roma.

- Buongiorno, sonno Giuliano.
- Buongiorno. My name is Carolina. Can I speak to Mr Sakamoto, please?


Sin temblor vocal, adentro tenía una docena de palomas reventando por escapar. Al otro lado, un silencio, y al cabo una tranquila voz dijo: hellooooo.

Para ese momento, el teléfono ya me sobraba y lo que realmente hubiese querido es haber podido volar hasta el hotel y poder completar esa pausa y calma en la voz con los gestos que imagino de monje sabio.

Y accedió a responder mis torpes preguntas con actitud humilde y colaboradora que, a la vista de un impresionante curriculum como el suyo, siempre me sorprende. Hubo silencios, rumiaba las palabras un rato, bromeó incluso y explicó llanamente esa forma de entender la música en donde las fronteras de estilos no existen y sólo hay lugar para el buen gusto y la verdad estética.

Hay mucho donde elegir en su carrera y, lo mejor de todo, él no se regodea en lo logrado. El reciente out of noise (2009) es uno de sus trabajos más experimentales y hermosos que he escuchado nunca.

Después de otro par de semanas, llega el momento. La satisfacción de ver lo escrito en hermosas hojas satinadas. He subido el pdf por si alguien tiene curiosidad. La revista Calle 20, ya sabéis, es de distribución gratuita en los locales y tiendas más selectos de la ciudad. También se puede visualizar completita aquí.

sábado, 31 de octubre de 2009

Quiero ser un personaje de Yuri Herrera

He contado esta mañana veintidós libros recientes sobre mi escritorio, esperando que les hinque el diente. Muchos de ellos no serán leídos del todo, a pesar de que trato todos los libros que me llegan con el mismo cariño, consciente del esfuerzo puesto detrás de cada uno. La semana pasada entregué muchos textos, reportajes, críticas. Acabé bloqueada y malsanamente cansada.

Trato de poner el orden en los pocos aspectos materiales por mí domesticables, y parto por mi lugar de trabajo. El control es necesario en mí, persona de escasísima pericia con las ideas, para así dejarles espacio a ellas. A la formación de ellas. No funciono en los ambientes caóticos. O, quizá, ha de ser un caos por mí dirigido. No es tanto el espacio como el tiempo indomesticado: las listas de tres o cuatro tareas a completar, en grupitos cómodos, me canalizan.

Cuando no es así, se me desbarajusta la vida, y las ideas se me constriñen: por el súbito cambio de estatus (de mucho a poco, de entregas inmediatas a planificaciones a largo plazo), o por la demasiada entropía de mi hábitat, o por la incertidumbre plena del porvenir (me detengo y pienso, ¿no es constante y absoluta y terminal la incertidumbre y habría que manejarla como tal, y estaríamos incurriendo en un colosal autoengaño cuando nos comportamos ciegos a esa simple evidencia, como si de verdad existiese algo medianamente cierto en el día de mañana, en el segundo posterior a éste?)...

Soy un animal creador de excusas para no poder trabajar.

Mi relación enfermiza con lo que yo llamo trabajo.

Siento que hay momentos así. Y siento que los haya. Salgo de estos periodos como un náufrago que pasó demasiados días a la deriva sin poder echarse al gollete un poco de agua dulce, hastiada por haber dado tantísimas respuestas. Con la cabeza vacía y la necesidad de beber litros de bourbon. En esa clase de días -que, a veces, se concatenan como la oruga procesionaria y yo lo siento y más me ahogo-, evito exigirme demasiado. Me escondo un poco de mí misma. Pongo la actividad al ralentí, tomo aire, busco perder el mínimo de células de la piel -mira que ya, a estas edades, no regeneramos tan fácilmente y nos vamos convirtiendo en el polvo que recogemos con la escoba, cada día.

Pero guardarse o gastarse, darse o reservarse, he ahí la cuestión. No me puedo permitir un segundo de tedio. Una mala tarde. Un devaneo de irresponsabilidad.

Dicen por ahí que pienso demasiado y quizá por eso se me esté cayendo el pelo. Debo hacer más, pensar menos. O debo pensar mucho más para hacer mucho más.

Uno de los momentos más gratificantes del mes que se cierra fue la visita de Jack Mircala al programa de radio (¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?, tiene un nombre tan complicado que ni nosotras lo decimos bien). Nos ayudó con el programa acerca del gótico, el día 19 de octubre, y realmente nos ayudó porque su forma de estar fue creativa y reflexiva, cómplice y voraz con nuestras propuestas locas. Fuera de micrófono, caminando hacia el metro, nos dio una de esas frases con las que me gusta decorar mi pizarra blanca. Respondía a nuestra pregunta de si ser ilustrador de preciosos volúmenes (con cartulinas y tijeras) complementaba algún otro "trabajo de civil" (Elena dixit): "Hace tiempo que sé que esto es lo que tengo que hacer y el tiempo que tengo para hacerlo es limitado". Y nadie lo va a hacer por él. Nadie, tampoco, lo va a hacer por mí.

Pero hoy cerramos un mes que ha sido para mí intenso en muchos aspectos, que me ha tenido al borde de precipicios personales y también me ha dado toneladas de satisfacciones (si alguien me oye quejarme, que me pegue en plena calavera, como dice mi hija menor). Tuve delante mío durante cuarenta minutos al escritor mexicano Yuri Herrera, que estaba realizando la promoción de su segunda novela, Señales que precederán al fin del mundo (Periférica).

Dos libros ya imprescindibles, el mencionado y Trabajos del reino (editado en 2008, también por la editorial cacereña). La satisfacción vino de encontrar que los productos exquisitos -filigranas sobrias de palabra, historias donde no sobra ni falta una coma, parquísimas descripciones, capas y capas de sentido concentrado en pocas páginas- venían acompañados de un hombre lleno de cosas que decir. Sin estúpida modestia, pero con toda humildad. Dijo cosas como que el escritor debe saber muy bien cuándo y para qué manchar la página en blanco -y defiendo desde hace tiempo la idea de la responsabilidad en esta actividad, y no va hacia lo social sino hacia la intrínseca necesidad del trabajo, y la prohibición del vertido diarreico-. Que escribe pocas páginas, pero piensa mucho sus libros previamente. Que no quiere ni necesita controlar todos los sentidos que puede llegar a encerrar un producto suyo, que el lector debe ser autónomo e inteligente para sacar lo que más le plazca. Que no quiere "regalos", que sus textos deben ser exigentes y que él apuesta a un lector exigente con los textos.

Jack invierte todo su tiempo en fabricar maquetas/escenarios bellísimos, cargados de detalles, para luego fotografiarlos y poder contar sus historias. Yuri estudia hasta la saciedad el lenguaje de todas las extracciones posibles -las lecturas, la tradición, la oralidad de México- para generar un idioma propio contenido en sus libros, justificado en su interior.

Me gustaría que la habilidad de Mircala me hicieran un personaje, recortándome lo accesorio, y me quitara sobre todo las mareas de autocomplacencia, la turbiedad y la pereza que me asedian en cuanto me descuido. Me gustaría que las vivencias intensas del idioma me vistieran al modo de Yuri Herrera, y pasar a ser Carolink-Makina, resuelta y precisa heroína de Señales, que va en busca de su identidad, actuando mucho y sin pensar demasiado.

Pero sé algo. Aún no sé el cómo. Todo consiste en buscar mis propias respuestas y escuchar dentro mío lo que, quizá algún día, sepa pronunciar.

//Mentí. La entrada número 200 es ésta//

domingo, 25 de octubre de 2009

Desmelenarse

Mientras me como un yogur -primera comida oficial del día- y subo el programa de hoy para que Elena lo edite, hago mi entrada número doscientos, en la versión 3.0 de Carolink Fingers, este diario de trabajo. Hoy me tocó, por primera vez, hacer el programa sola, pero no del todo.

Doña Elena tenía una cita importante y me quedé con uno de mis temas favoritos y un colaborador especial, Miguel Ángel Maya, al que invitaré en más ocasiones inventándome múltiples excusas. Pasé la noche de ayer soñando que todo iba mal, que tenía a un amigo colocado a los controles y que no dábamos pie con bola.

Nos ha salido un ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? un tanto caótico, porque los sueños siempre tienen razón. Pero, a la vez, al menos en la segunda media hora, empecé a desmelenarme y a pasarlo realmente bien. Incluso he canturreado al micrófono, y he contado un relato (muy micro) frente a la esponjita negra.

Hubo un tiempo, muchos años atrás, en que llevaba yo sola locución y controles de dos horas diarias de radio. Algo de eso se debe de haber quedado conmigo. Los ciclos existen. Y en alguna parte habitará aún aquella que se creía superheroína del micrófono y sentía que era casi casi invencible.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Javiera Mena

Como no me puedo ir a dormir, y continúo girando por las turbulencias de esta pantalla-oráculo, recibo vía Martín Crespo una estupenda noticia: por fin Javiera Mena viene a España, como telonera de la parte "ibérica" de la gira de Kings of Convenience.

Me enamoré de Javiera Mena hace tiempo, por carambola, porque nació al mundo pop casi a la vez que otro músico que adoro, Gepe, y porque han colaborado y hecho música juntos durante cierto tiempo. Javiera tiene un solo disco publicado por el sello argentino Índice Virgen.

"Esquemas juveniles" es una intensa y melancólica canción de amor imposible. "Sol de invierno" es la melodía exacta del olvido y el fracaso. "Cámara lenta" es como lo que hubiesen hecho Belle and Sebastian de haberse acostado con St Etienne ("...aquí en el borde, baja luego y así yo puedo acercarme y ver el límite en que tu rostro conserva su figura de adolescente..."). "Cuando hablamos" es exactamente el house industrial altiplánico que hubiera hecho Madonna de haber nacido de aquel lado de la cordillera. Su disco entero, con altibajos, tiene puntos calientes inolvidables para quien quiere y se empeña y se da cabezazos por no dejar atrás para siempre la juventud.

Y sobre todo: "Al siguiente nivel" es un hitazo capaz de marcar una generación y -aunque hace tanto que no voy a Santiago de Chile-, estoy casi segura que por el paseo Huérfanos las chicas se cantan una a otra "no lo analices más, esto va más alla, se puede comparaaaaaaar".

Una vez me dio una entrevista, de esas por e-mail. Me costó dios y ayuda conseguir sus respuestas, a lo mejor mis preguntas eran muy tontas. Pero sigo teniendo unas ganas tremendas de escuchar el nuevo disco (¡ya van tres años!) de Javiera Mena. Sólo espero que las intuiciones de quien tenía cuatro nociones de música y un sentido innato de la melodía no se hayan marchitado en este tiempo. También sé, porque lo leo, que su sophomore tendrá ilustres invitados. Yo quiero a Javiera, la misma Javiera de "Al siguiente nivel":

jueves, 15 de octubre de 2009

En una plaza pública me senté -leí- y lloré

Me he venido a una plaza pública, como han de ser todas las plazas, a aprovechar este sol tardío y terminar el libro de Gabriela. Me planteaba entrar a la biblioteca pero me tienta más aquí. Me quedaban tres o cuatro capítulos cuando partí, y me quedaban poco más de dos cuando me senté en este banco duro como que es de piedra. Al sol, al de antes, que ahora se ha ocultado y me ha dejado envuelta en frío, me he puesto a leer. Siempre leo en lugares públicos, o a veces en mi habitación de cortinas blancas y luz dispersa, pero son los lugares públicos sitios ideales para leer y algún día escribiré/haré el programa de radio sobre los que leemos al fresco.


He pasado las páginas disfrutando, bebiéndolas en cuanto el asunto es demasiado familiar para mí, esforzándome con mandíbulas apretadas en mantener esa distancia crítica que, de todos los vestidos que he probado en mi vida, es el que mejor me sienta -o aquel en que menos artificios he de hacer para estar bien-. No podía quedarme desnuda frente a este texto. Demasiado peligroso.


Pero fue consumiéndose la tarde mientras avanzaba la lectura de estas páginas, y yo saboreaba esa forma de contar entre la histeria y el desapego, prosa tranquila y bien organizada, y al mismo tiempo cercana y plagada de giros orales. Tan pronto podía pasar por ensayo como se anegaba de anécdotas y lírica de andar por casa. Siempre atinada.


Recorrí, como recorre la autora, las fases, las lunas de su embarazo, y me fui acercando con ella al momento “x”. Que no por ser el mismo previsible final -o principio- que hemos tenido todos, iba a ser menos emocionante. Era como leer la peripecia de Samsagaz Gamyi y Frodo Bolsón por quinta vez. No deja de conmover.


Hacia el octavo mes, todavía conservaba yo mi traje puesto. Y la leemos ingresar al hospital con una falsa alarma, y volver a casa, y llenarse de miedos y dolor, dejarse invadir por la incertidumbre, perder la compostura; y seguía yo muy bien vestida; la vemos abrirse de piernas varias veces ante desconocidos, cada párrafo más hundida en la indefensión, y quebrarse; todo el tiempo conseguí leer con mi traje de amianto, pero éste por dentro se iba acidificando, pudriendo, porque la corrosión venía de dentro, y dentro las protecciones son de chiste por más que yo pase el día haciéndome la dura.


Y llega Gabriela y explica sin explicar; narra con infinita sequedad y mastodóntica ternura -al mismo tiempo- el segundo en que el bebé ya no es más parte de ella.


Y me sumí en llanto, allí donde ella, dice, no pudo llorar. Menos mal que estaba en una plaza pública y no en la biblioteca. Las distancias cortas.


Vi su infinita generosidad escribiendo este libro -uno que parece muy fácil a simple vista, uno que no lo es en absoluto- y vi mi gruesa mezquindad. La que gasté en todos estos años precedentes. Me entró frío en el alma. Al constatar cuán inmadura, egoísta, enferma, apocada y mentecata he sido conmigo misma y con los demás. No es algo que me haya dicho el libro de Gabriela, es algo que la lectura de este tipo de libros me grita en los oídos como grita un niño pidiendo merienda por octava vez a su mamá deprimida.


Soy rica en el alma por la fuerza de mi voluntad. Soy pobre en todo lo demás. Vi la pobreza de mis propias experiencias, por no haberlas sabido dar. No haberlas sabido recoger con perspicacia y distancia, por haberme dejado avasallar por los flujos hormonales, por haber atendido a un caos emocional de código propietario, hecho de espasmos, de huecos y odios, de saturación y bestialidad, tan dictatorial, tan subyugante que a ratos me maravillo de que mis hijas sean dos personas preciosas y parezcan preparadas para todo lo que se les viene.


He visto lo que ha hecho Gabriela y he visto lo que no he hecho yo. Objetivar desde la subjetividad por no verse sepultada por esa miasma de hechos rotundos, desconocimiento, intuición amedrantadora, atavismo, sangre palpitando, sexualidad a bocajarro, penas traídas por años y traspasadas por la placenta, como los nutrientes, animalismo feroz que es preciso corromper, exprimir y trascender. Para generar algo distinto.


Todo me lo podía haber ahorrado.


Pero ahora lloraba en una plaza pública y cerraba el libro sorbiéndome los mocos. He sentido su aliento de verdad. Las experiencias de primera mano junto al dibujo sólido de la escritora dando forma al caos, derribando falsos mitos y explicando sin explicar. Eso es la verdad.


Desnuda, llorosa, salí de la plaza.


//Esta antirreseña habla de libro Nueve lunas, de Gabriela Wiener//


martes, 13 de octubre de 2009

Dexter Gordon

Lo que se puede hacer.
Esta es una entrada sin pies ni cabeza.
Sigo el invisible hilo que desenredará la ilusión (nótese, r simple después de n o s, único caso en que la r dentro de una palabra no se desdobla en rr; no puede escribirse ni leerse, con riesgo de agudización de miopía y otras tragedias: "microrelato", "antireseña", "derame ocular").
Estudio para escribir unas preciosas piezas que serán servidas en papel dentro de pocas semanas, un maravilloso encargo.
Me exilio una tarde más y he recalado en un café cuyo nombre, Anticafé, es muy prometedor y se ajusta muy bien a la realidad, dos circunstancias que no suelen ir bien juntas. Llevo aquí casi dos horas que hubiesen sido la delicia de mi compañera de penas y alegrías, Elena Cabrera (y sí, sé que hablo de ella mucho, pero es uno de los agentes motores de mi estrenado modo de vida), escuchando exclusivamente música rankeada en su last.fm en los primeros puestos.
Tengo una impresionante entrevista que hacer -de la que ya daré buena cuenta aquí- y miro todos los alephs que internet me ofrece sobre dos peculiares artistas que, si no controlaba hasta hoy, es por esta nueva modalidad mía permanentemente on con la literatura y un poco off con todo lo demás.
He leído mucho hoy acerca de SEOs y SEMs y me doy cuenta de que trabajo exactamente haciendo eso, ingresando la décima parte de lo que ingresa uno de estos cojonudos consultores. Por eso, y por las trampas que dicen que los buscadores castigan, y porque me siento jocosa como un bufón medieval, lleva esta entrada el título que lleva.
Además, estoy aprendiendo a editar audio y vídeo para internet, pero doy mis pasos sola, sin guía ni perro pastor, me sumerjo en softwares gratuitos y no me leo ni los manuales -que para leer ya tengo dos docenas de libros recientes y no me da el cuero para más.
Escucho a Hanne Hukkelberg y dice su hoja de promoción: "el disco muestra la influencia de Sonic Youth, Cocteau Twins, Pixies, Einstüerzende Neubauten, P. J. Harvey y Siouxsie & The Banshees". Yo, que soy una noventera sin redención posible -puedo aceptar música noventera que no escuchase en esos años, música hindi o senegalesa o puertorriqueña, nótese la doble rr-, podría admitir desde ya que Hanne es la artista que estaba esperando encontrar. Lo haré, o no.
Espero que os haya gustado mucho el caótico programa del 12 de octubre, y la reseña que os mostré de Dissipatio humani generis, también muy del fin del mundo, y si no fuera por nuestra pésima gestión del tiempo igual habríamos hablado de este libro.
Mientras, cierro este post tramposo y me declaro: yo quiero ser un personaje de Yuri Herrera.

domingo, 11 de octubre de 2009

Dissipatio humani generis (reseña)


Dissipatio humani generis
Guido Morselli
Laetoli

La “desaparición del género humano”: admítelo, has fantaseado con ello muchas veces. Aunque posiblemente no se te ha ocurrido que pudiera quedar atrás una sola persona. El personaje narrador de “Dissipatio humani generis” ha decidido quitarse la vida antes de cumplir cuarenta años. Se interna en una cueva para arrojarse al lago pero en la madrugada se arrepiente. Cuando regresa, el mundo se ha vaciado de personas, los humanos se han evaporado y queda toda su industria atrás, exacerbada de sentido. Se enfrenta entonces a su nueva situación: esa soledad, soñada tantas veces, arrastra la grandeza de convertirlo en único portavoz del fin de la especie y la miseria de no tener a quien contárselo. En medio de las torpes estrategias de subsistencia, está el diálogo con una realidad bruta, la necesidad de adaptación, el miedo, la constatación de la ausencia de Historia, la desintegración progresiva de la individualidad -ahora que sólo hay un individuo- y un turbio descenso a las capas bajas de la conciencia. No es una narración cómoda, no está vertebrada, se engancha al género diario, con toda su fragmentación, al mismo tiempo que al ensayo, con la psicología y la sociología como ingredientes; la cultura acumulada durante años como gesto cada hora más absurdo. La fábula escatológica del italiano, apenas degustado en nuestro país, es, además de provechosa para cualquiera, una de esas perlas imperdibles para los que indagamos tenazmente en lecturas rellenas de intelectualidad y morbo.

//Publicada en Go Magazine Octubre 2009//

domingo, 4 de octubre de 2009

Del Palentino a Pram


Esa mañana entré en un bar. Necesitaba con urgencia un tugurio grasiento, con viejos desdentados y guapos muchachos malasañeros. Un hombre muy mayor se apostó a mi lado para comerse un bifté con patatas de bolsa y veía las noticias en el televisor allá lejos, sin volumen. Empezó a quejarse, y yo era la destinataria por estar a su lado, de que habían ganado "los chinos". Que las olimpiadas ya las teníamos ganadas, y se las llevaban "los chinos".

Yo lo miraba y le sonreía las barbaridades, sin darle conversación. Pero él tenía bastante consigo mismo.

"Los chinos" que todo lo que ganan lo mandan a China. "Los chinos" que no pagan impuestos. "Los chinos" que se llevan las oportunidades de los grandes almacenes para luego venderlas en sus tiendas. "Los chinos" que se están cargando la España que su generación hizo. Ya te digo.

Lo que es la prosperidad acodado en la barra de un bar. Con un bifté pringoso y papas de bolsa. Sin dientes y con vermú de grifo. Ya casi creía yo que realmente "los chinos" habían ganado algo. Su anacronismo y su ceguera eran la misma cosa, y el peligro está en que realmente él no está solo.

Somos los demás los que estamos solos.

El español maravilloso que regenta el bar me propinó salpicones de espuma de cerveza cuando el barril se estaba acabando. La mujer que lo acompaña quizá desde hace treinta años tenía la mañana mala y echaba a cada rato al borracho de ese día.

Ese mismo borracho me ha pedido ayuda. Yo le he preguntado "¿cómo?". Y él me ha dicho "No vale" y se ha dado la vuelta. Ahí empezó a ser despedido del bar hasta siete veces, con la mujer cada vez más enfadada. Pero el hombre, en cambio, se ha acordado de un chiste y me lo ha regalado. "Es como el del borracho aquel, que tenía que salir por una puerta giratoria y nunca salía; y después de entrar un montón de veces y de que le echaran otras tantas, dice ¡coño, ¿es que todos los bares son suyos?".

Todos los bares son el mismo. Eso sí.

En la noche, necesitaba glamour y misterio. Necesitaba otra cosa que no está en ningún bar del mundo. Baile, palabras y manos, sensualidad, sentirme abrazada por cosas bellas y los murmullos más cálidos del alma. El sitio y el momento eran propicios porque tenía una providencial entrada para el Experimentaclub de esa noche.

Había máscaras e identidades confusas. Y sentí desde el primer minuto que todo era mejor así. Que ninguna definición podría hacerme bien ni sanarme por dentro. Yo me arrojé en brazos de la confusión para hacer mía la noche, y tratar de sentir de la forma más intensa posible aquello que, sin máscara, nunca puedo. Normalmente soy esa sonrisa sin significado que le ponía al viejo del bar mientras parloteaba.

Por eso, feliz en mi máscara, me dejé llevar por las imágenes alteradas y los sonidos profundos, sabiendo que se me acabaría la lluvia de cariño en cuanto diese mi verdadera cara, y poniendo muy lejos de mí ese momento.

Una intensidad incómoda en cada una de las canciones que fue hilvanando Elena Cabrera en su sesión. Festival de las luces negras. Bestialidad que todo lo recorre por debajo. Sensación de no pertenecer a este mundo. Más y más avanzaba la noche, más me convencía: todo lo que ha de existir ha de hacerlo sin bordes, sin limitaciones ni conceptos. Así se vive mucho mejor.

Cuando llegó Pram al escenario, remataron para mí las sensaciones... si no felices, sí de satisfacción. Ellos, los viejos desdentados, no pueden entrar aquí. Sálvese quien pueda, que España es un pozo sin fondo donde acabamos muriendo de hambre interior los que deseamos vivir en este otro país imaginario, el reino de la indefinición y el juego constante, los que no creemos en olimpiadas ni en progreso ni en biftés con papas, porque nuestro mundo está donde haya abrazos y belleza y las categorías no dan de comer. Por eso me refugio, me pierdo, me desubico, a veces me da por llorar en los lugares públicos, pero ayer el lugar público -el patio de la Casa Encendida- era el mismísimo centro del universo de pasión.

Con la máscara -hasta que terminó por romperse el cordoncito- hincándome un poco las gafas sobre el puente de la nariz, sentí, bailé y bebí y la noche me iba comiendo. Es terrible cómo ese arrebato sensual se transforma en compulsión si se pudre dentro. Me cambié las ganas de caricias por muchos sorbos de cerveza. Y fui el borracho que no se marchaba nunca del bar, porque todos los bares son del mismo desatinado dueño.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Suite 101 vs Qué Leer 147

Me resisto a renunciar al verano. Mientras lloraba como una magdalena, también aprendí a disfrutar de mi llanto. En el trabajo, que es de lo que se habla aquí, se me iban las fuentes de ingresos de vacaciones, pero encontré un sitio donde, en vez de dormir, trabajaba a escondidas. Los chicos de Suite 101 desembarcaban en septiembre para la comunidad latinoamericana y me dejaron ser uno de sus colaboradores en la sombra de la web beta.

Éste el sitio original, canadiense. Aquí, desde hace pocos días (que ya estoy tardando en contarlo) puede verse la edición en español. Participamos con artículos originales, sobre todos los temas posibles, y mantenemos la autoría de ellos a cambio de cobrar, eventualmente, por los clicks que los usuarios realicen en los anuncios.

Un modelo extraño pero en el que me embarqué con ganas de: 1) escribir mucho. 2) retarme a mí misma en ese periodo oscuro. 3) utilizar las posibilidades que el medio me daba. 4) ganar mucho dinero.

Por lo que sé, mis artículos difícilmente me darán buenas retribuciones. Intento salirme de mis habituales ítems culturales, pero no me resulta fácil escribir sobre consejos de belleza o prácticas aberrantes de sexo. Los días se están poniendo más oscuros, en lo que a clima se refiere, y yo he tenido que parar las colaboraciones pero seguiré en ellas en la medida que el resto de cosas me lo permita. Todos los artículos que alcancé a escribir este verano están en este link.

Y apareció el otoño con su temporada voraz y algunas cosas han empezado a caer sobre mí en forma de encargo. Uno que, como todos, recibí e hice con mucho cariño es la crítica de Matar en Barcelona, que supone mi regreso después de varios meses a Qué Leer.

El libro se defiende solo. Pero me salió así de entusiasta porque: 1) soy una entusiasta, que en el siglo XVII quería decir fanático, es decir, el proto-fan. 2) lo disfruté, con las cuatro neuronas críticas que tengo, como una cochina. 3) los cuentos son en 80% muy recomendables y en un 20% altamente disfrutables. 4) la curiosa transparencia con la que el lector es enganchado en estas ficciones-basadas-en-hechos-reales, una como pregnancia de tela de araña que es muy, pero que muy deliciosa. Y por todas las cosas que cuento en la crítica.

Así que en la recientemente aparecida Qué Leer 147 -y subiendo desde la página 10 a la tercera de la sección críticas- se puede leer esto que enlazo aquí. Matar en Barcelona visto por Carolina León.

martes, 29 de septiembre de 2009

Postdatas desde el bar

Te he escrito una carta hoy en el bar, entregada por primera vez en la semana al tiempo para mí misma y, ya ves, te lo entrego a ti. Pero el tiempo se ha ido por los tubos de cerveza y la carta a la papelera. Sólo te dejo las postdatas.

Ps1. No alucines. Hasta este segundo, no he pensado en ti ni un solo minuto al día.

Ps2. Mi situación actual se llama ilusión y se llama precariedad. Incertidumbre. Una sañosa porfía entre lo que mi alma anhela y lo que puede tener aquí y ahora.

Ps3. Por mucho que te ame, este trabajo es ahora mucho más importante. Ya sabes lo que dice mi filósofa, ésa que tú desprecias tanto: "todo es trabajo".

Ps4. Nada parecía más importante en aquel momento. Mi vida estragada, el sol y el calor de julio, raciones de papas bravas que no toco, la compañía de la gente preciosa que me ayuda a dejar de sentirme un desecho o el resultado de un vómito de una comilona sin hambre. Entonces, ella pronuncia las palabras. "¿Quieres hacer un programa de radio conmigo? ¿Un programa sobre libros?" "Radio" ya me sonaba a anacronía. Y "radio de libros" a locura maniática. Dije "sí" sin dudar.

Ya llevamos tres programas y no me lo creo. No se trata de nervios, no es excitación básica, de ésa en la que un cuerpo se electriza de deseo sin saber qué desea realmente. Hablar, tú sabes cuánto me gusta hablar, pero no emitir palabras como hice en otros años, sin sintonía, sin complicidad. Hablar como Dios manda. Conversación mediante, y Zeus dando latigazos.

Ps5. He fantaseado con matar. Desde aquel día, una como corriente eléctrica invade mis manos en los momentos más inesperados. Todo el tiempo leo las páginas de sucesos, me informo, me interrogo acerca de los mejores métodos. Si otros pudieron... La infamia es alquimia. Es decir, lo que toca lo convierte en mierda.

Un libro cayó en mis manos estos días y me lo bebí. Mira la crítica que ha aparecido hoy mismo en la prensa especializada, ésa que tú detestas. Si te gusta o te interesa, no te molestes: no te lo voy a prestar.

Ps6. Siempre estabas diciéndome que ellos podían, pero que yo no. Ellos pueden, tú no. No tienes resolución, te falta energía, careces de disciplina y auténticas ganas. "¿Quieres hacerlo? ¡Hazlo!", como obligándome a dejarte en paz. Eso soy ahora.

No dejaré que nadie vuelva a poner en duda mi poder. Ya he terminado mi primer libro y es sólo mío. Justicia es justicia. Y nunca sabrás qué te escribí en la carta ésa, que se pudre de a poquito en la papelera del bar.

/Ficción basada en hechos, pero poquito./

domingo, 27 de septiembre de 2009

Ser niño, ser artista

Hace pocos días, hablé a una pequeña persona que vive conmigo de un artista llamado Jack Mircala, del cual había sabido investigando para el reportaje de la entrada anterior. Para quien no lo conozca: Jack realiza trabajos en cartulina, recorta y modela escenarios y personajes, y por último los fotografía como ilustraciones que se han publicado en sus dos libros (por el momento).

La pequeña persona persigue con todos sus pequeños sentidos todo aquello que tenga que ver con el trabajo manual y artístico (y me saca grandes cantidades de céntimos para cartulinas y rotuladores cada pocos días).

No podía ser de otra manera, o quizá sí: quedó prendada de las imágenes del señor Mircala en el libro Siniestras Amadas -porque los que viven con la hermosa persona pequeña no pierden el tiempo y hace años que la hicieron fan de Tim Burton, y porque pocas personas de su tamaño saben pronunciar correctamente Poe, y porque ella sola tiene la suficiente sensibilidad aún despierta y guerrillera a pesar de la avalancha de estímulos con la que pretenden succionarla al interior de la máquina.

El amigo Jack, del cual yo también me he hecho fan incondicional, resultó estar haciendo un taller entre la oferta infantil-juvenil de la muestra Animadrid, y allá que llevé a la persona, tan entusiasmada yo como ella (o quizá yo más que ella). Dos horas de trabajo frente a cartulinas de colores, tijeras y pegamento, a las cuales sólo me podía asomar de reojo, con esa curiosidad que siempre me asalta acerca de lo que hacen los niños cuando los dejan a su aire y con ese morbo que no podrá tener ya nunca más quien se dedique a la enseñanza.

Todos los que no estamos seis horas al día en un aula queremos saber cómo se vive dentro del aula.

Pero aquí fueron apenas dos horas. El resultado caminó hasta mí en forma de profe que me dijo: "El trabajo de esta pequeña persona es el mejor del taller, con diferencia". Y ahí estaba la imaginación y la habilidad de la pequeña persona en forma de personaje gótico-colorido, como el de un cuento aún no escrito ni filmado.


Y yo más ancha que unos pantalones de Bud Spencer.

martes, 22 de septiembre de 2009

Amores ilustrados


Con la resaca aún del programa de ayer, cuento otra breve novedad editorial. Hoy es portada en notodo.com este reportaje acerca de preciosos libros ilustrados que son, en su mayoría, novedades editoriales y también son actos de amor de un dibujante por un texto literario.

lunes, 21 de septiembre de 2009

No podía ser de otra manera

Por más que se confabulen contra mí todos los subángeles del infierno, esta noche hay radio. Igual la semana que viene no, quién sabe, podemos todos desaparecer, "angelizados en masa", como en el libro que me ha ocupado todo el fin de semana: Dissipatio humani generis (la desaparición del género humano), de Guido Morselli.

¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? estará en las ondas cibernéticas a las 23 h. Y lo podréis escuchar, si nada lo impide, en la web de www.radiocarcoma.com. Posteriormente, vamos, tan pronto como un rato después, en el blog del programa (quiereshacerelfavor.wordpress.com) y como podcast en iTunes.

Matar, los crímenes, la debacle humana en un lugar muy concreto, serán los protagonistas. Y hasta aquí puedo leer.

lunes, 14 de septiembre de 2009

¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?

Todo lo anterior (esto y esto) para contar que esta noche vuelvo a la radio. Y no es cualquier radio. Es Radio Carcoma, emisora libre con veinte años de existencia, donde yo no he puesto el pie nunca, pero mi compañera/tentadora sí, más de una vez.

Regreso a la radio, y me parece lo más natural del mundo, pero lo hago porque me lo pidió/propuso Elena Cabrera. Y porque me parece una idea fascinante hablar sobre lectura y literatura durante una hora, de noche, a los micrófonos de un estudio montado en un locutorio telefónico, en un barrio madrileño.

Como la experiencia no ha sucedido todavía, no sé qué va a salir de esta noche.

La cita es a las 23 h. Y sólo en la página de Radio Carcoma.

Ya que estoy puesta, también cuento que hoy salió mi reseña acerca de El otro lado, obra de teatro actualmente en cartel en Madrid, en la fantástica web notodo.com. Total, que sigo preparando el lío del montepío.

//Actualización del día después y con el subidón todavía calentito: ya hay blog del programa y archivo de audio para poder escuchar el primer ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? cuando os venga en gana. Todo merced a la celeridad y las horas de sueño de Elena Cabrera.//

domingo, 13 de septiembre de 2009

Radio-amistad (2)

Se llamaba Carolina. Se murió un día, pidiendo una y otra vez la canción que más feliz la hacía. “Palabras para Julia”, la canción de Paco Ibáñez sobre el poema de José Agustín Goytisolo. En ese sentido, los trabajos de Mariluz tenían más efecto sobre ella. Y algo llega hasta hoy, desde esta muchacha Carolina, que podía haber sido abogado, limpiadora de escaleras o artista multimedial, si el folklor y la ginebra fuerte de la zona, aparte de la tuberculosis, se lo hubieran permitido.

Llega hasta aquí, hasta este instante. Ella se emocionaba con la agridulzura de los poemas cabrones, y prefería los sentimientos fuertes -dentro de la esperanza tenebrosa de la que esas palabras eran acompañadas-, sentía que debía agarrarse a algo verdadero, por duro que fuese, para poder seguir respirando, para pedir un segundo más de resistencia a sus pulmones. Los pulmones y el alma están fuertemente conectados: “Te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido”.

Pero sí, tanto como dolía la vida, también era su contrario, su verdor, su belleza, su alegría, y el deseo de una mujer de veintipocos años de ser el centro y la esponja y el testigo de todo eso.

Cuando Carolina sentía que los días de la vida se le estaban descontando más rápidamente, les llamaba al estudio una y otra vez. Siempre tenía una nueva canción que sentir, que le transmitiría el mundo de detrás de las cortinas de organdí blanco.

Y Mariluz y Serafín hacían todo lo posible por complacerla. Incluso mosqueando a los otros enfermos del hospital que, si no conocían a Carolina, su candidez y su ardor, incluso llegaban a protestar por la repetición infinita de las palabras.

Agarrarse a las palabras, a los sonidos, repetir, aumentar la dosis, tomar de nuevo el poema, leer de nuevo el pasaje, escuchar otra vez la canción, para curar, para paliar la melancolía así como la salvaje certeza de que no tendríamos parte en la vida.

Serafín y Mariluz vieron perderse a varios de aquellos oyentes-pacientes, pero ninguno dolió tanto como Carolina. Ya tenían fecha para la boda (que sucedió un primero de mayo) y se dijeron, sin paliativos -y tampoco se acordará ninguno de ellos de quién tuvo la idea-, que si tenían una hija esta se llamaría Carolina.

Sólo para que el nombre le sonara, a la niña, algo grande y pesado, algo rococó y de demasiadas consonantes velares. Algo que sus tías ni sabían pronunciar -calorina, decía una-, y siempre prefirió la forma abreviada Caro. Sobre todo cuando supo que en italiano Caro es tan bonito como querido, amado.

También, y ella no sabía mucho de aquella muchacha Carolina, quiso cambiarse el nombre una vez. Convenció a todos sus profesores y compañeros de escuela de que, a partir de cierto día -el empeño duró aproximadamente dos años- debían llamarla Julia.

También, y siendo muy joven pero habiendo ya perdido aquel ímpetu de cambiarse el nombre -y quizá es que comenzó a entender que los nombres no son más que pegatinas, y que lo mismo daba uno que otro, y que su abuela jamás la iba a llamar Julia y Caro era tan corto y tan bonito- su primera experiencia en algo que los mayores llamaban “el mundo laboral” fue en una emisora de radio.

Pero de eso hace mucho, mucho tiempo. Han pasado veinte años. Pero Carolina, la del nombre de muerta, vuelve a la radio.

Radio-amistad (1)

Ellos se conocieron en una emisora de radio. Corría 1972 y en la ciudad se sentía cierto aroma de hippismo mezclado con el del buen jamón curado, así como el de esa cosa llamada libertad, ginebra fuerte y guitarra flamenca. No sé bien qué los llevó a esa emisora, que era libre, pero muy restringida, y no pagaba a los colaboradores, y casi tampoco a los limpiadores. Todos ellos sin excepción -Serafín Cantor era el primero- sabían que su tiempo era como el del voluntario del siglo XXI, limitado, puesto al servicio, agradecido sólo por unos cuantos que, personas sin esperanzas, se beneficiaban directamente de él. Del tiempo de Serafín -Jefe de Programas- y del de Mariluz, aguerrida locutora, que subían cada tarde al Hospital de tuberculosos conocido como el Sagrado Corazón.

Porque Sagrado es el corazón de generosa respuesta, eso me parece ver a mí en la distancia. Serafín disponía de una impresionante colección de lps y sencillos de 45 rpm que se llevó toda a la emisora. Mariluz obsequiaba a los enfermos (¿acaso no es todo oyente un paciente, y un enfermo?) con tímidas apuestas de canción de autor. Rebuscaba cada semana en las ofertas de Itálica Discos y siempre encontraba un “Quila” o un “Sosa” que llevarse.

Niguno de los dos sabía con certeza por qué pasaba el tiempo allí, salvo por el sentimiento de poder indoloro que da el abrir la boca cuando la luz roja del estudio se enciende. Él tenía ganas de hacer escuchar al mundo todo ese rock de cuero y pana del que le hablaban en la Discópolis. Ella, de entrenar los oídos para lo que se venía encima. Semana tras semana, regalaban esa música a sus amigos y amigas que, desde sus camas, les pedían más y más canciones. Haciendo eso, regalando, ofreciendo, brindando, se hicieron novios. Él estaba encantado –o simulaba estarlo- de que le hicieran escuchar esa arañante poesía de guitarras lloronas y quenas. Ella podía entender la fascinación de Serafín con un disco esteticista y barroco como Dark side of the moon. Nombres aquellos -White album, Electric ladyland, Ogden's Nut Gone Flake- que ninguno de los dos sabía pronunciar. Menos mal que estaban Led Zeppelin I, II y III.


Una imagen del antecesor de Serafín en la jefatura de programas.


Y, mientras ellos se hacían buenos amigos, también se hicieron excelentes amigos entre sus pacientes. Sabían que en cierto modo les tocaba hacer del hermano que estaba haciendo la mili, o de la amiga que apenas llegaba porque siempre estaba de exámenes finales. La tuberculosis suena como a plaga de otro tiempo. Pero es en 2009 todavía una epidemia mundial, “a punto de empezar a disminuir” de acuerdo con los documentos que maneja la OMS. A la sazón deja unos 8 muertos por cada 100000 personas en Europa, una cifra muy lejana de los 4 que provoca en “las Américas”.

En 1964, la tasa de mortalidad en España era de casi veinticinco. Y se infectaban, en la comunidad autónoma donde Serafín y Mariluz se hicieron amigos, novios, esposos, amantes y padres poco tiempo después, a más de 1500 personas por año. Una de esas personas era no más que una muchacha de veintitrés y, ni los precarios cuidados del hospital, ni la terapia musical dispensada por ellos dos y otros cuantos voluntarios del alma, la hicieron resistir lo suficiente.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Preposiciones

La penúltima luz de la tarde me está entrando en forma de rayo verde directamente a los ojos, desde la ventana que tengo frente a mi escritorio. Recupero mi espacio. Las bibliotecas me añorarán. Mi hija V juega a escribir palabras con números, sin saber que está escribiendo una nueva página de la semiótica. Una vieja canción suena en mis oídos, repitiendo su estribillo en francés y trayéndome antiguas imágenes de cuando mi juventud, la juventud de todos, no sabía lo que se le vendría encima. Mi hermana me manda mensajes cifrados de esperanza. Yo recojo mis bártulos intelectuales. Tengo dos docenas de libros recientes sobre la mesilla. Sé que hay amigos a los que no puedo importunar. Trabajar es lo único que sé hacer contra la melancolía. No contra, más bien sobre. Las preposiciones. El exilio forma parte de mí. Está dentro. Con. Vivir Madrid con consecuencia es vivir en exilio. No me pongo ante. Me pongo después. Yo siempre fui un después inconsecuente.

Pero sé que ahora todo es hacia.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La condesa sangrienta (reseña)


La condesa sangrienta
Alejandra Pizarnik
Libros del Zorro Rojo

El personaje es fascinante -e incluso el libro que inspiró este texto, de la francesa Valentine Penrose- pero no necesario. "La condesa sangrienta" de Alejandra Pizarnik -urdido como reseña y publicado en la revista Testigo de Buenos Aires, en 1966- es un texto sobresaliente por sí mismo, de factura tan definitiva que uno no puede sino dejarse atrapar por su prosa, tan pronto inicia la lectura. Esa prosa: afilada y precisa, descriptiva pero cargada de lujuriosas connotaciones, organizada en breves "cuadros" que van perfilando el cotidiano deambular/torturar del sujeto al que se adhiere, generando una reflexión sin trampa sobre el horror, el abismo, la libertad, la melancolía y la "belleza inaceptable", fragmento tras fragmento. Esos esbozos funcionan como representación hirsuta, tan vivaz y tan mentirosa como un cuadro barroco, tan irónica y autoconsciente como una novela postmoderna. "La condesa sangrienta" no es un libro fácil, sí envolvente. Y, a tenor de las ediciones que se podían encontrar hasta ahora, alguien tenía que venir pronto a darle al texto entidad de libro. Lo que hace de esta edición una experiencia nueva -disfrutable, también- es concluir uno cualquiera de los cuadros, pasar la página, y encontrar uno de esos demenciales dibujos -rojo, negro, blanco- del ilustrador argentino Santiago Caruso: entre el simbolismo y la representación, fraguados en la oscuridad, casi puede sentirse en ellos el dolor de las mujeres que sacrificó para sí misma la triste Condesa.

//Publicada en Go Magazine septiembre 2009//
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