martes, 8 de abril de 2008

Una de monstruos

Monstruos hay de muchos tipos. Están los monstruos pequeños, los ínfimos, aquellos que uno desdeña por su tamaño y no se molesta ni tan siquiera en aplastar. Hay que tener, sin embargo, mucho cuidado con ellos, porque algunos no son tan inofensivos como da para pensar su aspecto. Poseen una arrebatadora habilidad para destripar las cosas desde dentro: ya sean sentidos, coliflores o miembros viriles. Muy parecido, sé en lo que estás pensando, al monstruo hecho leyenda en aquella película de 1979. Dominan con su escuálida presencia los momentos más decisivos de la historia: léase, las lombrices que sufría Napoleón, y otras tantas leyendas. Pero no hace falta irse tan lejos para encontrarlos, para sufrirlos.

Están los monstruos grandotes, tipo montaña milenaria o tipo torre de apartamentos o tipo generador nuclear o tipo agujero de gusano. Como elijas. Soy un narrador muy condescendiente. Éstos son enormemente ubicuos y tranmigran de un universo al siguiente, de tal forma que pueden estar dejando dos cagadas (¡o más!) al mismo tiempo. Los lugares no son para estos monstruos realidades a respetar. Defecan por doquier, estropean nuestras cosechas, alienan civilizaciones, dan al traste con las leyes físicas. Son verdaderos monstruos. Cuando piensas en la palabra monstruo son éstos los que te vienen inmediatamente a la cabeza. Son los que coronaban la imaginación del desgraciado de Lovecraft, pero él sabía muy bien de lo que hablaba. Son los que esparcen las enfermedades epidémicas, son los que garantizan el hambre el en Tercer Mundo, son especies sin posibilidad de extinción, maduras para imberbes como nosotros. Infatigables. Poderosos. Monstruos de los que todo el mundo huiría, salvo esos monstruos pequeños, ínfimos, que se pegan a sus entretelas como ciertas damas a ciertos cabrones peludos.

Entre ambos tipos de monstruos hay una historia de amor y desamor que merece la pena desentrañar. Déjenme ahora decir unas cuantas cosas que parecerán carentes de sentido, a veces los narradores han de poner a un lado las más elementales leyes de la lógica y la causalidad, en aras de atenerse a algo más verdadero. Déjenme, les plazca o no, ser tan aventurado como uno de estos seres que dominan el mundo con su sinrazón. Hay otros tipos de monstruos, los más interesantes, que caminan entre nosotros sin hacerse notar. Ni mordisquean, ni eyaculan, ni fomentan el desprecio. Simplemente, hacen daño, pero cómo. Hoy me crucé con unos cuantos de estos (debería decir “con unas cuantas”) y, a diario, en nuestro deambular desbaratado, tenemos encontronazos casuales y decisivos con esta subespecie. Con las de esta subespecie. Los monstruos y monstruas de los que tengo que hablar aquí no parecen tales. Se parecen a ti y a mí. Son ordinarios.

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