jueves, 7 de mayo de 2009

El Miedo, Gabriel Chevallier y el miedo

Aparece este mes (número 143, mayo 2009) en la revista Qué Leer, la crítica que hice del libro El Miedo, de Gabriel Chevallier, editado por Acantilado el pasado abril, un escalofriante libro-documento, ficción que es apenas ficción, muy cercano al documento, sobre la experiencia de un soldado raso en el infierno de la Primera Guerra Mundial. Del libro tengo que escribir mucho más, pero aprovechen, mientras que yo saco el tiempo necesario, para ir por la novela a su librería favorita. No dejen de comprar el libro, para que Acantilado continúe editando novelas y ensayos tan maravillosos, no dejen de comprar la revista, para que otros plumillas y yo misma podamos seguir colaborando por mucho tiempo en esta cabecera, miren que nos amenazan, nos recortan, nos depuran, todo está malo, todos andan lloriqueando por doquier, y aquí una servidora, autónoma de la construcción del conocimiento, necesita que le encarguen edificios ideológicos, ficcionales, ensayísticos, miren que un obrero necesita ladrillos que poner, en mi caso es otra cosa, pero cada día valoran menos esa otra cosa, mis ladrillos valían 3 y ahora me pagan uno, el consumo se afina, se adelgaza, se especializa, y los plumillas-obreros-intelectuales somos completamente prescindibles, lo entendemos, sólo que también tenemos que aportar nuestro granito de llanto al quejido general, El Miedo es grandioso y demasiados libros sobre la guerra y la barbarie he leído estos días, la barbarie que no llega, la que no nos atrevemos a acometer, la demora-paciencia-ausencia de cosquillas-pasividad-cara de cartón que caracteriza a estos tiempos y a sus protagonistas, que nos tienen ninguneados, todos los que mamamos, mamamos pero bien, como exclama C. Bértolo en el prólogo del libro Huelgas, revueltas y revoluciones, y ya es hora de acometer lo que sea, quizá se trate de derribar algún gran grupo editorial por las malas, o de despabilar a los gansófilos que no compran diarios ni revistas ni publicaciones de ningún tipo, qué sé yo si hay que comprar o robarse de los quioscos, como me contaba mi compañera P. ayer mismo, que vio cómo un chico pasó toda su compra por la caja, más de cincuenta euros, la guardó pacientemente, y luego arrancó presuroso y despavorido de los grilletes del tpv porque ni quería ni podía pagar.

Todo es así y es de otra manera. A mí me encantó poder hacer esta crítica en Qué Leer.

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