domingo, 24 de febrero de 2008
Dodecafónica
martes, 12 de febrero de 2008
Tom McCarthy: Mind the gap
En un mundo como el tuyo y como el mío, hay un tipo como tú o como yo, al que le cae algo en la cabeza. Su regreso al mundo no es, empero, trivial: contiene ocho millones y medio de libras que le impiden hablar del “accidente” por siempre jamás, pero le permitirán hacer otras cosas. Y, ¿qué hace? Re-crear una y otra vez los momentos de su vida que le devuelven la sensación de realidad perdida.
¿De dónde te viene el hábito de escribir? Crecí en una familia literaria, y siempre asumí que debía ser escritor. Con siete años, escribí ‘Macbeth, por Tom McCarthy’. No me importaba que alguien lo hubiese escrito antes –pero tampoco le importaba a Shakespeare. Creo que abandoné a medio camino y salí a jugar al fútbol.
Y ¿por qué una novela? ¿Cómo nació el argumento? La novela es un formato convencional, pero permite exploración infinita dentro de sí. “Ulises” es una novela... El argumento de “Residuos” nació por accidente: estaba en una fiesta, mirando fijamente una grieta en la pared, y tuve un momento de intenso déjà-vu, como el protagonista. Pensé: “¿No sería precioso poder reconstruir este instante? Y después, ¿dónde te detendrías?..”
¿Cómo describirías la “búsqueda” que emprende el narrador? Él reconstruye obsesivamente ciertos momentos, de tal forma que puede habitar su tiempo y su “modo”; y re-crea situaciones más extremas cada vez. Esas re-creaciones son para él como modulaciones y escalas alrededor de una idea fija.
¿Por qué sin nombre? Él es Cualquier Hombre: tú, yo, todo el mundo y ninguno. Para los Cíclopes, Odiseo tampoco tiene nombre.
Esa “búsqueda de realidad” está muy alejada de la metafísica, ¿por qué? El héroe siente al principio un ansia de trascendencia metafísica, pero termina comprendiendo que la materia y el caos son las cosas más reales que existen. En términos filosóficos, es una novela muy anti-metafísica: es como si pusiésemos a Hegel y Bataille en combate de boxeo, y Bataille noquea a Hegel y esparce su sangre por todas las primeras filas del público.
La exploración del protagonista, se diría, es del intervalo entre la conciencia y la realidad, tanto en el tiempo como en el espacio, ¿es así? Sí: el héroe experimenta la materia en el espacio, cuando se tumba a mirar el polvo moverse en el aire sobre su escalera; y la experimenta en el tiempo, observándolo flotar por horas, y preguntándose cuánto tiempo tardará en caer –y, por extensión, cuánto falta para que el universo y toda la materia colapse.
Re-crear para aproximarse a la realidad, ¿no es mentiroso? Cuanto más se aproxima a ella (una verdadera muerte), más cerca del éxito se siente… La paradoja que pone en juego el héroe de “Residuos” es la misma de Don Quijote: para ser más “auténtico”, tiene que ir hasta los últimos extremos de la artificialidad. En última instancia, accede a lo “real”, no mediante una “buena” simulación, sino más bien a través de una ruptura dentro de su violencia estilizada: su “re-creación” del atraco sale fallida y empieza a ver morir gente –y, para él, eso es fantástico.
¿Qué estás escribiendo ahora? Una novela llena de la materia versus el ideal, historia y recuerdos y trauma. Se llama ‘C’ y trata del duelo y la tecnología. Vintage lo publicará en los Estados Unidos en 2009 o 2010, pero ¡aún tengo que acabarlo!
//Publicado en Go Magazine, febrero 2008. Residuos está publicado en Lengua de Trapo. El título, Mind the gap, es una pequeña broma personal//
sábado, 26 de enero de 2008
Quizá sí, quizá no
Hace dos días dije: "aquí está, terminado, El problema de la vivienda", pero sé que aún me queda un redondeo o dos. No es afán perfeccionista. No, es simple y llanamente lo que las madres no sabemos hacer: separarnos de nuestros hijos.
Este es uno de mis fragmentos favoritos de un relato que, quizá sí, quizá no, debería ser una novela corta y quedarse conmigo otros dos años:
Se libra por fin de la ahumada chaqueta verde de Mariola, del anorak campestre de Francisco, y se dice que hacen un conjunto espantoso con el cardigán azul de Belén y la americana informal, de saldo, que ha traído ese novio que se ha echado. Roja, americana roja. Azafato de congresos, hay que ser propios. Se mira en el espejo vestidor. Laura Armando lo ha logrado. Otras equivocan sus elecciones, trastabillan en las esquinas de la vida. Tiene treinta y siete años que nadie le echaría, las comisuras de los labios aún no se le curvan, apenas, la falda de corte evasé se adapta sin esfuerzo alguno a sus formas y la blusa blanca realza ese blush del que nunca se separa. Meditó mucho su atuendo. Y el menú, y hasta la composición que harían las personas invitadas (a última hora, dos menos, qué importa) a su fiesta. No tuvo más remedio que dar en el gusto a José Antonio: esa muchacha y su novio le parecen extraños, estrafalarios. Belén tiene algo bobo en la mirada pero sabe que no es ninguna tonta, y eso le desconcierta del todo. Eso es un matrimonio, se dice, conceder. Y ella está a la altura. Mucho más que a la altura.
lunes, 21 de enero de 2008
Carta abierta a Iban Zaldua
Quiero seguir contando historias, Iban, pero ahora no acepto influencias, no sigo doctrinas ni converso con el estilo. Ahora sólo sé que pasó el tiempo de la auto-indulgencia y que escribir, como decían los surrealistas, no puede ser distinto de vivir. Se vive como se escribe, y viceversa. ¿Verdad, Iban? He aprendido muy pocas cosas y la mayoría no sirven para nada, pero ésa, esa sola enseñanza, es una especie de faro eternamente luminoso para el poco tiempo, el poco lugar que le puedo destinar a la escritura. Llevo la escritura dentro como un tatuaje en las entrañas, como la lleva mi madre, que hace un tiempo que no puede escribir desde que adquirió su añorada libertad de hija dependiente. Yo soy una madre de familia sin habitación propia. Yo quiero escribir cuentos y por eso te escribo.
Cartas no son cuentos, pero el epistolar es, de todos los géneros, el que me ha ayudado a ser lo que soy. Las cartas me dieron la vida y las cartas me la han devuelto. ¿Por qué te tomo de destinatario? Tú eres escritor y sabrás darle a este gesto su justa interpretación. Escribes relatos. Y tienes uno que empieza "Mi vida es un desastre" y te lo envidio; y tienes otro que se titula "La solución al problema de la vivienda" y yo intento dar forma, hace dos años, a mi propio "El problema de la vivienda" (te has adelantado un buen montón de pasos); y juegas con el tiempo y el espacio como a mí me gustaría poder hacer; y sitúas a tus personajes en épicas encrucijadas morales sobre el porvenir, el destino, y la destinación (y hace siglos tuve un cuento, ni idea de si tendré una copia por ahí, que titulé "Destinación", como aquel gran tema de The Church). Y escribes sobre letras ("La fábrica o a, e, i, o, u" es, quizá, mi favorito) e introduces (sin temor a que te cuelguen el "pop" tag) a Everything But The Girl como personaje (y yo escribí "La abducción de Jean Seberg" porque Jean es un mito, pero es una persona y es cualquiera de nosotras y es todas nosotras y ninguna, y es un símbolo de la melancolía inherente a nosotras); y escribes "Adulterio"; y pones a dos en "Viaje de verano" a discutir sobre Bryan Adams o Ryan Adams. Las cosas comunes y corrientes están detrás de todo lo que resulta narrable y maravilloso, ¿no es así, Iban?
Y no quiero extenderme más porque las cartas largas invitan al bostezo. Pero admiro y copio tu posicionamiento: escritura es tomar opciones, tomar opciones es política, la vida es política, la escritura es vida. Y yo quiero escribir. A todas horas.
