jueves, 20 de diciembre de 2007

Mi Cámara de las Maravillas

No soy capaz de mantener un solo proyecto al tiempo y mi desorganización cobra factura. Cámara de las Maravillas nació como otra cosa, un repositorio de belleza y gracia, un lugar donde coleccionar todo lo que ayuda a olvidar la fealdad del mundo, a curar la melancolía. Después apareció el Coleccionista y sustrajo para sí todo el mérito (y el trabajo) de mantener la Cámara. Tuvo días buenos, y tuvo días malos. Es un inconstante, como yo. Ahí se han quedado, para otro día, los relatos en que el Coleccionista perseguirá el retrato de la Condesa Bathory, o el último texto escrito de la suicida Alejandra Pizarnik. Donde fundamentará la melancolía mecánica de las novelas de Gonzalo M. Tavares. O escribirá cartas con destinatarios abiertos, sobre su profundo sentir kierkegaardiano. No está muerto, el Coleccionista se guarda de morir. Sufrir, no sufre. Sabe que el sufrimiento es una quimera de la existencia. Que el perseguidor de belleza tiene una única meta. Es un esteta.

Lo que, como demiurga aquí detrás, no deja de sorprenderme, es que la Cámara reciba visitas (y comentarios, incluso) todos los días, y a veces más visitas que este otro blog, cuando no consigo juntar un rato de conciencia tranquila desde el pasado mes de mayo, para darle aliento al pobre, al bobo, al inseguro y triste Coleccionista.

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