Escribir más y largo sobre la situación actual de las acampadas y sobre todo acerca del relato exterior, omnímodo, de lo que está pasando. Eso quisiera pero no alcanzo.
Ésta es mi cama en estos días en que paso unas quince horas al día sentada al ordenador (mi cuarto propio conectado, visto por uno de sus flancos).
Y ésta es una selección de las octavillas diseñadas por mi hija Arancha (10 años), horas después de nuestra visita a la #acampadasol (poco antes de las elecciones 22M)
Tenía algunas más y no los encuentro ahora.
Tengo una colección de cuarenta o sesenta enlaces por leer con respecto al tema de las acampadas.
No me gusta usar la etiqueta #indignados. He pasado al siguiente nivel. Mi indignación ha dado paso, en las últimas dos semanas, a mi hambre de futuro.
Tendría que contar con días de setenta y dos horas para dar cuenta de la manipulación tan bestial a la que está siendo sometida la revolución tranquila desde el día posterior a las elecciones.
Nuestras ambiciones, nuestro hambre (hablo en una primera persona del plural sin haber pasado ni un solo día en las acampadas) no se acaba con una visita a las urnas. Eso es lo que ellos se creen.
Después, el viernes 27, vino el intento de desalojo (o desalojo completo) de la #acampadabcn. La indignación también dio paso a la vergüenza.
Y veo brotar a mi alrededor a seres tibios, gente de mi edad y aún más jóvenes que, tan cagados en el alma y en el futuro como yo misma, miran al movimiento con escepticismo. Creyéndose lo que ha contado la Ser, el ABC o La Vanguardia (que no me da de comer, me paga un artículo cada tanto).
Ellos hablan, en verdad gritan, más alto y más fuerte. Nosotros somos menos. Pero resistentes. La única estrategia posible es hacerse omnipresente.
Y escribí hace pocos días:
Y las acampadas prendieron... en los niños de 10 años que las visitaron y se empoderaron #microrelatos12
El miércoles quería ir a Sol con mis hijas y, finalmente, gracias a la "prohibición" delirante de la Junta Electoral, me rajé por miedo a si surgían problemas. Supe luego que todo había discurrido en la más absoluta normalidad, que toda la presencia policial se resumió en algunas solicitudes de documentación.
Ayer en la tarde del jueves estuve en la Nueva Plaza de Sol. Y vaya por delante que hay muchos informando y viviendo en primera persona aquello, que no soy más que una turista que siente la necesidad de dejar aquí lo que vio.
Hay una pequeña ciudad dentro de la ciudad.
Hay apropiación del espacio público. Es un nuevo lugar donde no se te exige ser consumidor y sí ciudadana.
Hay gente interesada, gente emocionada, gente participando y ayudando en cada espacio: enfermería, comida, sociedad, infraestructura, debates. Hay gente curiosa. Hay gente firmando. Hay quienes no se atreven a hacer un cartel, pero están felices leyendo los carteles ajenos. Y sacando fotos con las que inundan el espacio público digital.
Hay conversaciones y diálogos en casi cada metro cuadrado. Por supuesto las asambleas -escuché algunos trozos-, y también encuentras corrillos improvisados de adultos conscientes y responsables, de todas las edades, debatiendo temas, cada vez que tomas una dirección. Hay gente mayor, que para a los jóvenes para decirles: "Que esto no se acabe el lunes, que esto tiene que seguir, hacedlo por todos".
Hay lonas y toldos colgados en el centro y una ciudad de arquitectura efímera que se debe apuntalar cada vez que viene un golpe de viento. Todos echan una mano.
Hay muchas cámaras y móviles y es, esto sí, realidad aumentada: leer y escuchar, tener el twitter y las orejas a la vez para dar forma a un discurso en construcción.
Hay un laboratorio constante de ideas. Apropiación, autogestión, acción pacífica, reivindicativa y ciudadana que nos devuelve a todos a la vez -aunque no seas más que un turista como yo- la dignidad de los foros públicos.
Hay empoderamiento. Joder, si hay.
Hay, una cosa que me impresionó, hambre y mendicidad. Cuando entraba bajo las lonas, me adelantaron al menos una docena de personas vestidos en harapos; se dirigieron al mostrador de "comidas" de los acampados y pidieron. Salieron cada uno con una botella de agua y una naranja.
Hay sueños colgados de cada muro y dicen algunas, muchas cosas que he pensado en los últimos tiempos, desde que me vengo dando cuenta de que regresar a España fue continuar en un exilio. Si no tenemos sueños seremos pesadillas.
Hay muchas más cosas, pero no es un parque temático, es un espacio de acción. Levántate de tu silla y ve.
Él nos mira complacido de nuestra desobediencia civil. Hay muchas imágenes impresionantes circulando por la red, un botón de muestra en la galería de Julio Albarrán.
Como dije en la entrada anterior, no nos pueden quitar nuestro derecho a estar indignados. Ni el derecho al ideal.
He llorado al ver este vídeo -demasiado spot publicitario, pero bien que un spot por fin consista en vender algo real-. Esa cosa real se llama esperanza, creo.
Esta mañana no he podido trabajar, esto es, atender a las labores que me dan, a duras penas, de comer. La agenda está repleta de tareas por hacer y la lista me reclama para que me ponga a hacer "ticks" sobre ellas. Hoy no.
Hay veces en que esta silla es tan acogedora como una tumba.
No estuve el domingo en la manifestación del 15 de mayo. Y me arrepiento mucho. Me acosté varias horas más tarde de lo razonable por simultanear el trabajo con el seguimiento de las concetraciones civiles, ciudadanas, humanas, que se desarrollaron en más de 50 ciudades españolas.
Cuando no tengo nada que decir, suelo callarme, y eso hago también en las redes sociales. Hasta que en el curso de estas casi cuarenta y ocho horas he seguido recibiendo y leyendo noticias, aproximaciones y análisis sobre qué han querido decir estas personas alrededor del lema Democracia Real Ya.
No esperéis un acercamiento frío y serio, porque estoy absolutamente enrabietada. No solamente por la desfachatez del poder político, también y sobre todo por el enfoque que se ha dado a las manifestaciones desde los medios. No son cuatro gatos y no son jóvenes "anti-sistema". Hubo en todas las ciudades muchos y muchas de todas las generaciones posibles, con historias personales de todo tipo y cero agresividad.
No hay nada blanco ni negro, que llevo ya casi cuatro décadas en el mundo. Lo que no puedo asimilar es que alguien que esté mínimamente en mi situación -cinco millones de parados y muchos millones de precarios, es decir, somos muchos-, que necesite expresar su frustración en la calle, sea llamado "radical". Radical de "raíz", vale. Radical de "basta", vale. Radical de "queremos pensar por nuestra cuenta", vale.
Y el movimiento que se expresó el domingo dijo esas cosas y más: Basta de mangoneos, de recortes de derechos y de políticas a espaldas del ciudadano. Basta de mentiras, de EREs multitudinarios y balances anuales sanos y gordos de las grandes corporaciones. Basta de desviar los recursos del país al banquero y a la sociedad anónima. Basta de hacernos pagar la crisis y no escucharnos. Basta.
Mi padre, de 63 años, se pregunta por qué ninguno de sus tres hijos, con estudios, carreras y experiencia laboral de sobra puede hoy vivir autónomamente, con más de treinta años cada uno.
Yo me pregunto qué clase de mundo le voy a dejar a mis hijas en el que un buen montón de jóvenes indignados no pueden realizar una protesta pacífica y pasiva, en la Puerta del Sol, sí, porque es el lugar más visible de toda la ciudad de Madrid y porque así lo han decidido. Y se les desaloja de madrugada, monos de uniforme y porras contra hombres y mujeres sentados, con nocturnidad y alevosía.
Claro que podría estar allí: de hecho estoy deseando levantarme de esta silla e irme a Sol, a la concentración de las 20 h. Tengo dos hijas. Tengo responsabilidades. Y no tengo futuro. Esta mañana me la he pasado tarareando con mucha rabia "Volver a los 17", porque su mensaje encaja de perlas en el tipo de sentimiento de impotencia y asco que me tiene paralizada. Violeta, en principio, habla del amor, pero hoy leo su letra como un resumen de la furia y la lealtad al ideal (ideal, sí, digo la palabra con todas sus consecuencias, debemos volver a responsabilizarnos por las palabras, debemos dejar de permitir que nos mangoneen, también, las palabras) que tuvimos, que sentimos, que hoy deberíamos estar actualizando en su potencia.
Quisiera ser "frágil como un segundo" pero roja y violenta como una amapola de mayo, y pasarme la noche allí con esxs muchachxs indignadxs. Volver a los 17, pero con mi conciencia política de hoy.
Todavía más, hoy también me aferro a otra canción de Violeta Parra, "Qué vamos a hacer": "Qué vamos a hacer con tantos y tantos predicadores"... Cambiemos por un momento el verso para que encaje "ladrones" o "políticos". Están intentando beneficiarse de un movimiento civil, autónomo, independiente, espontáneo e inmanejable de indignación y hartazgo. Qué vamos a hacer con todos esos "medios de comunicación" que nos niegan la esencia, el relato y la narrativa desde el lado de los que no tenemos ni donde caernos muertos. O como dice mi madre en uno de sus Versos clandestinos, "donde caerme viva".
"Qué vamos a hacer con tanta mentira desparramada..."
Nada hay más tonto que un pobre de derechas; pero nada hay más tonto también que uno de izquierdas que se llena el bolsillo mientras masculla mierda contra el sistema que lo alimenta. Este movimiento no es de un signo ni de otro: es de personas que, como yo misma, ya no pueden más.
La sangre de horchata de este país es absolutamente demencial, lo vimos el #29S. Y estos hombres y mujeres que pasaron del 15 al 17 de mayo de 2011 en la calle (no sólo en Madrid, en muchos otros lugares) están sentando precedentes para algo muy gordo.
Se puede no tener/sentir militancia, pero no se puede no tener/sentir conciencia.
Actualizo 18/05/2011: Esta mujer, Cristina, 46 años, llama a la tertulia de RNE y pone las cosas en su sitio. Por teléfono, de viva voz, dice mucho más de lo que yo he sabido decir en estos párrafos. Por favor, escúchenlo.
//Si enlazo a los artículos de Periodismo Humano es porque, primero, respeto mucho su línea de trabajo habitual; segundo, son de los pocos que han hecho un seguimiento in situ de estas movilizaciones//
Hace mucho tiempo que no pego por aquí las reseñas que voy publicando en diversos medios (notodo.com, Go Magazine, Qué Leer). Y el motivo de reabrir este blog hace ahora cuatro años (sí, tuvo una primera vida, ya inexistente) fue el de "mostrar" el trabajo. Si ese trabajo de reseñar en medios es subterráneo, aún tengo otra capa más escondida, más underground, que es la que dejo ver por aquí últimamente. Precisamente, la capa que no tiene existencia en ningún otro lugar, más que mis carpetas privadas.
Sigo reseñando, a trompicones, en Estado Crítico. Pego esta reseña porque me gusta especialmente cómo quedó.
Sara Mesa El trepanador de cerebros Tropo Editores, 2011
La idea de una mujer que vive rodeada de seres extravagantes e inadaptados que le hacen de familia. La idea de tener una familia de seres exageradamente normales, ausentes por completo. La idea de montar una orgía-fílmica hecha de puras palabras en torno a una “nalga”, con un enano por protagonista. La idea de no encontrar acomodo en este mundo, ni en los alerones periféricos ni en las catacumbas de los locales céntricos; ni comportándose como un asimilado al sistema ni extrayendo sin pasar por caja objetos de lujos de los grandes almacenes. La idea de una ficción que se desarrolla aquí al lado, con elementos reconocibles pero, eso sí, extraídos de los contenedores de desechos de nuestra sociedad. La idea de que la melancolía se arraiga y no permite pasar a la acción ni deja resquicio para la ternura o la más remota salvación. Sara Mesa ha jugado con estas ideas, y otras más, para componer una novela sin pretensiones, bien resuelta, narrativa y definitivamente sepia: no se decantó por un relato de signo rosa, por un argumento negro o por el análisis social amarillista; de esto, análisis o denuncia, también hay en El trepanador de cerebros, pero agradecemos que lo transmita a través de una gran confianza en la literatura. Y digo que sus tonalidades son sepia porque esta narradora sabe bien que no hay certezas tangibles ni verdades absolutas. Con algunos pasajes menos interesantes que otros, sin embargo llegar hasta el final reporta un buen balance de momentos lectores.
Trabajo. Todo es trabajo.
"Como si me esperara una tarea casi infinita. Así mi relación temporal con la gente y con mis trabajos. ¿Qué trabajos? En cierto modo no hago nada y por otra parte trabajo más que ningún condenado a trabajos forzados. Es siempre una cuestión filológica. Llamo "trabajo" a todo: aun a los paseos, a las lecturas, a los encuentros con amigos y conocidos..."
"En cuanto al escribir, sé que escribo bien, y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran."
Alejandra Pizarnik. Diario.