martes, 7 de abril de 2009

Reencuentros


Tan pequeña, de apariencia tan frágil, tan mordaz, tan romántica, tan persona.

Tan vivaracha, tan controladora, tan enérgica, tan creativa, tan especial, tan feliz, tan hermosa, tan pía, tan amorosa, tan sensible, tan besucona.

Mi abuela AM falleció hace poco más de una semana. Una muerte siempre es inesperada. Siempre cae como chorros de ácido sobre las personas que conocieron y quisieron al que se va. Pero mi abuela era mucho más que una abuela. Miguel Ángel, mi primo, uno de sus diecinueve nietos -todos menos dos que fueron prisioneros de las circunstancias estábamos allí el viernes 27- ha publicado su colección de recuerdos que, hasta en pequeñas pinceladas, coincide con la de muchos de nosotros. La abuela se nos ha ido, y llevaba años yéndose en silencio, perdiendo la facultad de comunicarse con el mundo, pero sus ojos, cuando no se nos dormía porque la vida ya le estaba pesando, eran el agujero abierto de su alma por el cual todas las veces veíamos su impotencia y su frustración, tanto como su amor inmenso por todos y cada uno de nosotros.

Todas las veces que se nos va alguien, la pena que sentimos tiene mucho que ver con nosotros mismos, con la culpa por no haber dicho y hecho tantas cosas a tiempo. Santo cielo, qué tiene que ver la eternidad en todo esto. La vida es aquí y ahora, y es ineludible, el beso, el abrazo, el gesto, la mano que se tiende, la mirada que busca, el temblor de un orgasmo, la pasión enajenada, la lluvia, las risas de mis hijas, la insolencia de las palabras, la verdad, escribir como lo hago, practicar los errores a diario, querer, expresarlo, mojarme con mis acciones, con mi forma de ser, el fondo de mis ojos que quiere dejar de ser turbio, el final de un cigarrillo, el olor adamascado de un vino fuerte, las estrellas que apenas podemos encontrar en las noches urbanas, los viajes que hicimos, que haremos, el aroma de ese cuello tuyo y esas axilas que jamás guardan un mal recuerdo, la primavera, lo que me gusta al despertarme, el silencio, y las canciones.

La vida, querida abuela mía. Los bocadillos de jamón que me preparaste a todas horas cuando pasaba los sábados en tu casa y llenábamos de gritos aquellas inmensidades de habitaciones semi cerradas veladas por santitos.

Sé que mi primo Miguel Ángel tiene mucho que contar y ojalá algún día lo haga. Las historias que llevamos dentro han de surgir, estamos abriéndonos los cogotes para que emanen, a fuerza de juntar letras. En él, en Migue, brotan con naturalidad, con una expresiva falta de estilo y una absoluta elegancia. Las historias más verdaderas las llevamos calladitos, como mi abuela, a quien ya no vamos a poder preguntarle, llevaba la de una vida de creación.

Y, por esos mismos días, regresó Polly. Polly con John. Hace más de diez años (trece, exactamente), firmaron un disco juntos, uno que es todavía de mis favoritos de la inglesa. Que colaboren no es ninguna novedad. Que el ego de Polly haga un sitio a las canciones de John lo es. Ahí vino su single, su vídeo. Urgente, truncada, de riff maniático, desarrollo obvio y construcción clásica, con letra tontona despachada en dos estrofas y media, me enamora su estribillo que funciona como la suculenta explosión de energía que toda buena canción rock debe tener. Ahí se metieron dentro mío, en dos pasadas, su ritmo cuatro por siete roto, sus extrañas armonías -reto para el tarareo más desafinado-, correspondiéndose al grano con mi estado de ánimo extravagante de estos días, con esta pulsión por sentir todas las cosas amplia y hondamente, mis ganas de pasearme en barca por los parques más concurridos del mundo, mi intención de declarar mi amor constantemente, la certeza de que sólo mi Black Hearted Love me conoce y descomprime la sinrazón que a veces me ahoga.

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