martes, 14 de abril de 2009

Los guardianes durmientes (antirreseña, o por qué me hacen esto mis descubrimientos)

Los guardianes durmientes
Luis Rodríguez Rivera
451 editores

Íñigo de Amescua me ha dicho en un par de ocasiones -nos veíamos una vez al año, antes de que el FIB prescindiera del Fiber, periódico oficial-: “Ése que lee con un lápiz en la mano, ése es un intelectual”. A mí me hacía mucha gracia tal afirmación. Yo, por mi lado, copio: “Ese libro que no quedó anotado a lápiz en todos sus márgenes con signos de exclamación, ese libro no me ha gustado”.


Leo con un lápiz en la mano, no me acuerdo desde cuándo, desde mucho antes del minuto en que empecé a comentar libros en la prensa. Dejo muy pocos libros a medias y, desde que leer es lo que hago, no me dejo ninguno. Al conocer la existencia de un nuevo libro de Luis Rodríguez Rivera -y no es el segundo de su lista, como creí, sino el tercero- salté de contento. Tengo a su novela debut, Memorias del hombre buitre (Lengua de Trapo, 2005), por uno de mis descubrimientos más salados. Lo conté hace cuatro años en Go Mag.


Ahora pienso que, quizá, yo era una lectora más hambrienta o más ingenua o más proclive a la idealización. Pero no. Entre ese primer libro y este tercero hay una diferencia: la cantidad de párrafos subrayados. El segundo, Serás vapor antes que lluvia (451 editores, 2007), que también empecé estos días, lo habría seguido de no ser porque se lo llevó mi madre, en un acto de traición.


Y tomé Los guardianes durmientes, que una vez concluido me estoy pensando si comentar en Go o dedicar el espacio que mensualmente me guarda Philipp en la última página de su sección a otra cosa. No porque no merezca un comentario, sino porque no podré guardarme la decepción en mi crítica. La letra impresa deja una huella no correspondida jamás con las tarifas que llegan a los colaboradores. Y sí, mi trabajo puede ser criticar los libros, pero prefiero tomármelo como una guía de lectura para otros, y tiendo a reseñar aquellos libros que sí quiero recomendar. La reseña mensual de Go no es algo tan serio. Como tampoco lo es una antirreseña, que es donde yo me enseño a leer.


A decir primero, no es un libro para tirar. Se lee con gracia, con velocidad y hasta con diversión a ratos, aunque está lejos de la delectación que yo le pido a un libro. Que yo le pedía a otra novela de Rodríguez Rivera.


A decir también, meterse en un libro de fantasía ciencia-ficcional, al estilo distópico ya bastante transitado, es un empeño hermoso por sí mismo, un gesto de arrojo aplaudible. Pero hay que dar mucho más para estar en esa liga. Se apoya, dada su escasa longitud, demasiado en los imaginarios de otros, en las herencias, a través de la novelería que vaticina mundos enfermos, desastres ecológicos, planificación demográfica enfermiza o corporaciones empresariales al frente de los gobiernos. Da demasiadas cosas “por sabidas”, como si la ciencia-ficción no fuese un corpus de mitos modernos sino historia del pasado cuyas lagunas podemos ir a consultar a la enciclopedia.


Se pueden enarbolar otras cosas a su favor: habilidad para la trama, resabios del thriller que animaba su primer libro, urdimbre episódica bien atada. Pero esa trama y esos personajes, ya puestos a danzar, creo yo que daban para más. Porque tienen fuerza: Neus, Hadam, Protos. Sin embargo, en las cortas 200 páginas, cediéndose el protagonismo de capítulo en capítulo, quedan vagos, algo amorfos. Mi único empeño de construir una novela pecaba en mil otras cosas, y también en ésa.


Pero, al final de todas las cosas, vista buena parte de la literatura del siglo XX y la trituración de estructuras y desarrollos, lo que siempre me queda como diamante final es la prosa. El micro-nivel, la célula de la palabra. Para algunos, bastan cuatro frases, a mí me gusta ensanchar el cernidor hasta las veinte primeras páginas. Y, sin ser mala en ningún caso -Rodríguez Rivera es solvente de sobra-, ésta es prosa utilitaria, que hace avanzar los sucesos pero recorta mal las situaciones, a la que le falta impronta, imaginación y ambición para los momentos de mayor tensión y con la que, a la vista de una primera novela cargada de buenas ideas, podría decirse que ha cesado de buscar la perfecta mordida: la prosa ha de hincar los dientes en la literatura -que no en la realidad- buscando el ángulo que no encontró ningún otro narrador anteriormente.


No soy cáustica por serlo. Habrá lectores a los que le parezca buena. Se lee bien, entretiene, pero no me hace abrir la boca y enseñar las tripas, en ninguno de sus párrafos, como ante una epifanía de ésas que da la buena prosa.


Pequeños desperfectos acaban por hacérmela casi intolerable. Neus, la mujer, vive en plena nostalgia por un siglo XX que no ha conocido, sobre todo por las artes y el cine. Se espanta de lo que llama “Arte Actual” -el del futuro-: “Estoy convencida de que la Corporación también está detrás de las vanguardias artísticas”. Si son vanguardias y son artísticas, eso no se puede escribir. Argumento de apocalíptico. En otro punto, Neus, nostálgica otra vez, se queda en éxtasis escuchando “el revoloteo sabio y pausado del saxo de Miles Davis” (SIC). Por no mencionar las autocitas. Dos, exactamente. Mis hornos no están para estos bollos.


Un lunes de noviembre se levantó de la cama con la sensación de que durante el sueño se le había roto el hueso de la identidad. El tipo que le devolvía el espejo era un desconocido con una expresión de desamparo tan crítica que parecía suplicar que alguien lo viviera. Martín sintió que aquel lunes se había despertado al final de su primer cuarto de existencia, y que todo era mentira. Ni él ni el tipo del espejo fueron capaces de recordar la última vez que habían sido felices.


No he podido resistirme. Releeré su primer libro. Soñaré que Rodríguez Rivera recupera en alguna cantina su amor por destripar realidades a fuerza de prosa, más que por montar bonitos escenarios para personajes que, perdónenme, lo más fácil del mundo es ponerlos a follar en la página 140.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

A mí no me parece tan mala. Otra cosa es que a Rodríguez Rivera le exijas que mantenga el nivel de Memorias del hombre buitre, o de Serás vapor antes que lluvia. Por cierto, ¿para cuándo una reseña de Serás vapor..., me gustaría mucho conocer tú opinión.

Carolink dijo...

Por eso he dicho que no es un libro para tirar, y hasta cierto punto lo disfruté bastante. Esto no es una reseña, sino una antirreseña. Ahora, creo que como lectora le debo exigir a RR no que mantenga el nivel de su debut, sino que me sorprenda más y mejor. El libro tiene algunos aciertos y son los que he tratado de reseñar en el texto que aparece en Go Magazine (dentro de un rato aquí). La reseña de Serás vapor... cuando mi madre me devuelva el libro, que sé que le ha gustado mucho. Supongo que está esperando que yo le devuelva Mrs Dalloway, los Pessoa y los Rimbaud. Pobre madre.

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