sábado, 2 de julio de 2011

Este cuento tiene dedicatoria

Bastantes años ha que remuevo la melancolía y los cafés con leche en los bares. En esto de no usar tacones hay una verdad al descubierto. Recuerdo los cócteles de marisco por todo almuerzo en un lugar en una plaza sevillana que queda muy atrás en la memoria. Era tan pobre como ahora. Hace poco me han dicho que soy poco femenina y por toda respuesta fumé dos cigarrillos más de lo habitual, sintiéndome Alejandra. Pero sin palabras.

No dispongo de barcos, aunque sí de una pizarra: en ella no escribo. Aparecen los nombres de mis fantasmas y obsesiones. Robert Burton, Madame Bovary, Mario Levrero, Pizarnik, Katherine Mansfield y una triste malfollada que no existe desde que no sueño con ella.

Era por junio. Flamaba. No, no flameaba.

Anduve casi a gatas las escaleras de los treinta y cinco pisos que llevaban a tu guarida. Quizá esté exagerando. Me gustaba hacerte esperar e imaginarte tomando una cerveza tras otra al lado de mujeres y hombres a los que despreciabas por su falta de compromiso.

Si no tenemos sueños... me dijiste una noche. Pero yo olvidaba los míos tan pronto despertaba y el otro lado de la cama siempre estaba frío y seco. ¿Sabes aquí? ¿Ese hueco?

Hubo una vez un hombre muy cruel con las personas con las que vivía, a los que maltrataba en sus diarios mientras eran ellas las que le permitían, al hombre, el tiempo y el espacio para escribirlos. Yo no quiero ser así, te dije, por ese dejé de verte.

Y más adelante alguien dijo quererme.

Pero entre un tiempo y el otro nada puede ser contado, salvo de esta forma: no eran trasgos, demonios, monstruos, freaks, pero todos ellos eran feos en extremo y allí encajaba bien. Era una jet set desarraigada que no se vanagloriaba de nada y sabía vivir la vida a concho. Fueron tiempos felices, entregados al puro sibaritismo sensorial: los más hermosos libros, y no otros, eran discutidos hasta la madrugada por la mujer de piel translúcida, parecida a un gusano, y por el jorobado cuyo apéndice servía para asentar las copas de vino. El oso de pelo marrón con manos callosas, humanas, la estrafalaria bailarina bigotuda, los gemelos con sonrisa reventada de dientes negros, el señor que no tenía ninguna tacha salvo negarse a salir de la casa, nunca, jamás. Y yo misma.

Vaciamos varias botellas, una noche, en el agua de la piscina, y bebimos y nadamos desnudos sin tocarnos, las paredes de roble nos hacían sentir larvas del vino. Nos intoxicamos.

Bebía una cerveza, una tarde, buscando el caleidoscopio que me permitiera reflejar el sinsentido coherente de la vida, con el cual pudiéramos acribillar en masa a aquel hombre cruel que detestaba en secreto a su familia. Sabíamos que, llegado el momento, sabríamos cómo encontrarlo. Pero entonces el hombre sin tacha me besó en la mejilla muy cerca de la boca y todo explotó.

No podíamos permitir que lo normal se introdujera. Tampoco yo podía y me fui.

Me he ido tantas veces, de tantos sitios, unas veces más tambaleante, otras menos. Corrígeme si me equivoco: eras tú quien decía que siempre estaría sola porque era demasiado mujer. Para celebrarlo, otro trago.

Mientras, yo, no quería ser nada, salvo un canal de Youtube en el que se introdujeran innumerables piezas remezcladas con mis obsesiones, con las esquirlas, con el mal de Montano y el aliento infatigable de las mujeres y hombres que escriben atendiendo a sus sueños. Cómo odio caminar con tacones.

3 comentarios:

Mundicia dijo...

Cómo me gusta tu texto, intenso, hermético, misterioso, críptico. lleno de símbolos y sugerencias, que dice y no dice, vela y revela...

Blumm dijo...

inunda el blog con este tipo de textos, joder.
¡Ups, perdón!

dijo...

Me encanta.
Pienso lo mismo que Blumm.

:)

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