viernes, 13 de julio de 2007

La cagada (2)

Un intento de poética en tres partes. Y las que están al caer.

Parte 2. Afila tu guadaña

Dije demasiadas tonterías en mi vida y no venían al caso. No había pensamiento detrás. Ahora, ya sé lo que no sé y también sé unas cuantas cosas que sí sé. Tengo por donde empezar.

Sé que he de empezar por la NECESIDAD. Abrir la boca cuando es necesario. Decir lo que se debe decir. Cuando se produzca el milagro: la carta, la bomba, la flor, el mensaje, el poema, la historia, el libro o el invento; tendrá que ser necesario. Es una forma de decir que tiene que valer. Ser útil, producir un efecto, dotar al conjunto de unidad. Es una forma de decir que cuando emita por esta boca cualquier cosa, estaré respondiendo a su necesidad de existir.

He de empezar por la OSADÍA. Mojarme de todo lo que moja, mancharme de todo lo que mancha. Sí sí. Ya estoy mayorcita para jugar. Por eso mismo, reivindico mi derecho. Porque busco un lenguaje y no pienso repetir cual papagayo. Sin pringarme no hay encuentro. No hay hallazgo. No hay emoción. No hay vestido de colores. Sin cuestionamiento no hay nada. La osadía para levantar las tapas de todas las ollas, abrir las puertas de todas las habitaciones, meter las manos en todos los guisos y debajo de todas las faldas. La osadía es fundamental. Un día fui minusválida creativa. Pero ahora me he levantado, como Locke. Y voy a dar por culo.

También he de empezar por la LIBERTAD, esa devaluada nuestra, esa mitómana. Parece algo obvio, ¿no? Inténtalo, intenta practicarla como artista, intenta traerla aquí y hacerla quedarse. Verás cómo no es tan sencillo. Verás cómo aparecen segadores voluntarios que utilizan su propia guadaña, no para desbrozar la maleza de las patrañas, sino para segar tu libertad. Tu libertad para buscar un lenguaje.

Parece mentira que después de todas las revoluciones vividas, de haber tirado abajo todos los muros y empujado lejos todas las alambradas, estemos en este punto de insolente maniatado de las inteligencias, los discernimientos y las sensibilidades. No es que me haya caído de un guindo ayer (que también), sino que ayer quise aprender a utilizar mi libertad y mi osadía y mi molde de la necesidad. Y, ay, en ese punto es cuando hay roces. Incomprensiblemente. Almas sensibles que no saben jugar. Que se toman todo demasiado literalmente. Que se permiten juzgar o amañar una posible, una probable, un atisbo de... censura.

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