lunes, 13 de julio de 2009

John Cheever, colega


Supe de un taller que dirigía Rodrigo Fresán y me apunté. Contaba con selección de candidatos, basada en un curriculum y una "carta de motivación" que, al parecer, me habrá salido muy motivada, pues hace pocos días me confirmaron la plaza. Confieso aquí y ahora que, cuando me apunté, no había leído una sola línea del autor-eje del taller: John Cheever. JC, como Julio Cortázar, pero posiblemente sin haberse leído mutuamente, y harto tarde que rompo el maleficio de no haber mordido su prosa.

En fin, bibliotecas municipales mediante, me agarré primero al volumen llamado La geometría del amor. Con ese tiítulo y esa foto de portada -desaparecida en la edición de tapas duras- no tenía más remedio que gustarme. Pero no sería lo mismo -no lo es, en las colecciones de Relatos-, sin el trabajo editorial de Fresán, un par de párrafos para situar temporal y temáticamente el cuento que hacen entender la construcción paulatina del estilo y las marcas identitarias de Cheever.

Es en ese volumen donde se puede acceder de una manera ordenada a la "teoría del expulsado" que tan sucintamente plantea Fresán -pero donde se echa de menos su fundación, a decir de él, el cuento que da inicio a su carrera literaria cuando tiene 17 años, 'Expelled'. Cuando se accede a las colecciones "completas" hay muchos otros cuentos donde esa "teoría" se difumina, entre otras cosas porque sus protagonistas-voces parecen llegar a algún tipo de acuerdo con su medio para continuar en él, afianzados si cabe: eso es 'El superintendente' o 'Los chicos'. Más que expulsados, en sus páginas los personajes encuentran un modo de llevar sus contradicciones a cuestas. Me he quedado a punto de empezar -no sé si esta noche me lleguen las fuerzas- uno que lleva por título 'Las amarguras de la ginebra'. Póngase en su lugar lo que ustedes quieran.

La noche avanza, agigantando su calor en torno mío. Me he hecho amiga de John Cheever, a raíz de la lectura de unos treinta cuentos, por varias razones que nadie me invita a exponer, pero eso haré a continuación con el fin de quedarme en paz con el medio y, de paso, allanarme un poco el camino hacia ese taller intensivo que me abre sus puertas.

John Cheever escribía a máquina. Yo me lo pongo todo en papeles, a rotulador. Su edad es la de fiarse de las máquinas, la mía es la de buscar los caminos que me liberen de éstas. En su gesto -foto de portada, busquen la primera edición- leo demasiados surcos, un pensamiento complejo, tan invertebrado (falto de asideros académicos, es decir) como el mío, pero cuajado de profundidad, penetración, dureza y ternura en la mirada, la poca ternura que se permiten los hombres contrahechos desde que el mundo es mundo. En la foto de portada hay un hombre que acusa a su sociedad y a su tiempo sin dejar de enjuciarse a sí mismo. Veo ese doppelganger en la curvatura de las bolsas de los ojos, y hasta en el ángulo que forman las orejas respecto al óvalo de la cara.

Sus cuentos recrean a desheredados de todo tipo. Puede uno engarzar lectura tras lectura y quedar por completo noqueado bajo ese vaivén de "compasión" y "distanciamiento" que se da prácticamente en cada relato. ¿Está John Cheever haciendo ética? ¿Es una literatura moralista la suya?

En los textos introductorios, Fresán lo llama "sentido religioso", una especie de hermanamiento entre ética y estética en sus relatos. Si yo pudiera asir el sentido de la religión de estos cuentos -el interior, el carente de ornamentos y artificios- a lo mejor podría asentir. Sin embargo, con o sin religión, leerle ha supuesto un enorme placer: como en McCullers y en pocos más, he encontrado cercanía con mi propia visión, terriblemente moralista, de los cuentos, ésa que voy construyendo muy despacio.

Sé que hay muchos -escritores y lectores- que disentirán, para mí la literatura no es forma, y su forma es y será siempre fondo, y su fondo es compromiso con una posición de y para el mundo. Aunque yo no tenga ni idea de qué es ese mundo.

Hay un patrón repetido -en muchos cuentos, afortunadamente no siempre- y está marcado por el extrañamiento. El personaje principal -hombre- es expulsado de un medio construido artificiosamente para su felicidad (he ahí 'Un marido rural'). Ellos no entran, se encogen, o se desmadran ('La cura'), pero el medio lo hace todo. El suburbio en estos cuentos me habla de mi propio suburbio, el que yo llevo en la sangre, el barrio donde me crié, y muchos otros barrios donde he vivido, que son hostiles en su apariencia amable y que están llenos de criaturas horrendas.

Y, en sus cuentos, las más horrendas son las criaturas femeninas. Alguien deberá decir algún día cuánta misoginia se lee en sus cuentos, pero yo le entiendo. El personaje femenino -ejemplos a montones: 'Tiempo de divorcio' me viene ahora a la cabeza- encarna la brutal expulsión, el desgarro y la podredumbre del mundo.

Y, en el mundo de las criaturas femeninas horrendas -en mi corto deambular reciente ya tengo unas cuantas, en 'La infame' o 'El club de los inocentes'- se lleva la palma la co-protagonista de 'Canción de amor no correspondido'.

1 comentario:

Miguel Ángel Maya dijo...

...Vuelvo a ponerte el link aquí por si no has leído el anterior comentario:
http://video.google.es/videoplay?docid=8741130362458662732&ei=8nlgSvCNNpHq-Qaa95Qi&hl=es
...Te decía que este es mi tesoro cortazariano...
...Un beso...

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