miércoles, 22 de julio de 2009

John Cheever, colega (2)

Como supongo que me quedé dormida sobre el teclado escribiendo esto, y como he tenido días muy agitados, quizá pueda decir todavía dos cosas sobre las mujeres en los cuentos de John Cheever y sobre la mujer de Canción de amor no correspondido (o Torch Song como se llama en el original). No es uno de sus cuentos más famosos, según me han dicho, pero él lo incluyó en The Stories of John Cheever (1978), la selección de sus relatos más preciados que recibió el Premio Pulitzer entre otros. En la edición española (emecé, Relatos 1 y 2), hace el número 8 del tomo 1.

En Canción de amor no correspondido hay un narrador en tercera persona, un personaje-ancla, Jack Lorey, y otro que motiva el desarrollo de la historia, la mujer, Joan Harris. Jack hace de testigo-acompañante de su vida, y el narrador exterior al relato ya nos dice que Jack conocía a Joan, para sí mismo, como la “viuda”, en la segunda línea.

Son dos pobres exiliados de su Ohio natal que pululan, cada uno respondiendo a sus movimientos espirituales, por el Nueva York de los años 40. Jack ve a Joan a lo largo de los años, entremedias de dos matrimonios, como una amistad a la que ha de ser fiel a pesar de todo, y a lo largo de las páginas se nos narra el proceso de una chica de pueblo que llegó para ser modelo y se quedó en oficinista en unos grandes almacenes; se nos cuentan los esporádicos encuentros -solicitados o no, con invitaciones o por casualidad- en los que Joan tiene siempre una pareja diferente, y así transcurren décadas.

Un adicto a la morfina, un alemán huyendo de los nazis, un supuesto emprendedor con doble vida... Hasta siete hombres aparecen sucesivamente en sus páginas, descritos más o menos prolijamente con frases como: “Joan estaba con un hombre que, evidentemente, había perdido el conocimiento” o “se le notaba en la mirada que bebía mucho”, “su rostro estaba contraído por la amargura o la enfermedad”, “y su acompañante parecía una persona seria”.

De hombre en hombre -de esa encantadora manera, que arraiga a través de los cuentos de Cheever, de relatar lo mismo de diferentes formas-, Torch song va narrando dos historias paralelas -Jack y Joan- que confluyen en las últimas cuatro páginas.

Es en esas últimas páginas en las que el relato se torna oscuro y opresivo -con un Jack casi hundido en la miseria y enfermo- y adquiere las tonalidades, rebajando el realismo, de un cuento psicologista en la estela de Edgar Allan Poe. Sin embargo, creo que el final no da la clave. Y que los últimos párrafos de un contrahecho Jack acusando a Joan de ir en busca de la enfermedad y la muerte, de hombres en los que “huele” la desgracia, son en verdad un canto a otra cosa. El vínculo común, la tierra natal que los unía, ha desaparecido junto con el poco candor que la situación en Nueva York ha ido permitiendo en sus respectivas vidas. Y, mientras Jack se ha conducido como el hombre medio americano -casándose, teniendo hijos, pero fracasando dos veces en la relación-, en la vida de Joan no hay sino soledad y abandono.

Se nos cuenta desde el punto de vista del hombre y éste, en situación de inferioridad, no puede permitir que una mujer esté más entera o haya salido más indemne de los años en la gran ciudad. Pero, si John Cheever hubiese dejado entrar más frecuentemente a las mujeres en la conducción de sus relatos, creo que veríamos de forma patente -sin falsas simpatías- que el drama de Torch Song está en el deambular sentimental de toda mujer que, a medias entre la independencia económica y el desamparo del alma, se acerca a cualquier ser por poco que se sienta necesitada.

Hay algo a veces demasiado parecido a un patrón en sus cuentos -contaba en el artículo anterior- con respecto a los roles de hombres y mujeres. Sin embargo, aquí, no es ella la que convierte el “paraíso en la tierra” en una situación ambivalente o simplemente infernal. Es, a mi modo de ver, la que enseña otro camino al personaje masculino. Una suerte de salida -no exitosa, sin embargo- de los condicionamientos de la conducta impuestos desde fuera. Y aquí, el varón se asusta.

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