domingo, 22 de abril de 2007

Representar lo irrepresentable

Pat Barker hace lidiar a sus personajes con la violencia y el problema de su representación en el arte.

Pat Barker
La Doble Mirada
Traducción de Ana María de la Fuente
Salamandra

La doble mirada parece pertenecer a ese tipo de narrativa actual de apariencia amable, con una historia sencilla y digerible, agradable ambiente extra-urbano, y personajes sensibles e inteligentes; dotados de complejidad, pero no raros. Anécdotas y tipos humanos que le sirvan al lector de fórmula de escapismo, que lo lleven a espacios alejados de las archisaturadas ciudades y aún así no pierda la facultad de reconocerse en ellos. Parece ser ese tipo de narrativa pero, afortunadamente, hay más. Se sobreentiende, en todo caso, de una autora que tiene entre otros el premio Booker. En la novela, acompañamos a una escultora, ya madura, que ha perdido a su marido; se recupera de un accidente automovilístico mientras tiene que acometer la creación de un Cristo desnudo de gran tamaño. Un hombre, periodista en corresponsalías de guerra hasta hace bien poco, abandona los campos de batalla mientras su matrimonio lo abandona a él; se refugia en la campiña del Norte de Inglaterra para escribir. Allí se conocen Stephen y Kate, en una trama de esas que no ponen sobre el tapete grandes acontecimientos, sino leves y sinuosos movimientos internos, vitales; el paralelismo de los dos protagonistas es una muletilla, una cortina de humo, que dejará las opciones obvias al margen. Nada es lo que parece, a simple vista, en esta novela.

Entre ambos, encallado, Ben, el marido de Kate y ex compañero de fatigas del periodista, fotógrafo que ha muerto víctima de la violencia que se obligaba a capturar en sus imágenes. Porque, en la presencia-ausencia de Ben y en su legado, que los dos alimentan a su manera, reside uno de los temas centrales. La apariencia versus lo que hay más allá, la cantidad de capas que se interpone entre lo real y nuestra percepción, la representación ocupando el sitio de lo real. Stephen encarna la cara “grandilocuente” del asunto, queriendo reflexionar en su libro acerca de cómo son representadas las guerras en los medios de comunicación (con la muerte de su amigo como sarcástico hilo argumental); pero el tema de fondo recorre cada pliegue de la trama: cuánto juzgamos a las personas por sus apariencias, cuánto de lugar común y formulismo hay en nuestras relaciones, cuánta responsabilidad llevamos en el fracaso de éstas, ofuscados por “lo aprendido”, “lo aceptable” o “lo cómodo”… La escasez de acontecimientos sólo esconde, a la vista directa, la capa subterránea de maldad, el avasallamiento de la crueldad; que está, parece decirnos Barker, tanto en lo que hacemos como en lo que dejamos de hacer.

El gran problema ético y estético que se encuentra en la cita de Goya (“No se puede mirar. Yo lo vi. Esto es lo verdadero.”) habla de la difusa línea divisoria aplicable a la representación de lo atroz, lo horrible o lo cruel; pero, del layer del arte, la autora nos conduce a otro nivel, a la siempre injustificada irrupción de la violencia en nuestras vidas, a la forma en que ésta borra de un plumazo lo que creíamos cierto y mancha en adelante las experiencias. Con un pulso narrativo firme y ágil, sin abusar del suspense innecesario o del golpe de efecto, sucede que, a ratos, la acción se recarga de una discursividad que hace escaso favor al avance, los razonamientos de cada personaje ralentizando la narración. Es así que los bordes entre las situaciones dispuestas y las tesis que nos quieren transmitir se difuminan. Junto al gran sustantivo, los pequeños detalles, y el contraste produce una sensación anómala. Pero aquí, otra vez, las apariencias poniéndose a la altura de lo real, y jugosos momentos de clímax y anticlímax para aplacar las iras. El lector vivirá en un perpetuo desplazamiento “moral”, pero en especial sufrirá esa confusión respecto al personaje de Peter Wingrave, un misterioso exconvicto del que nadie parece saberlo todo: de él se espera, por principio, que gatille cierta acción. Sin embargo, todo está en suspenso, y la media docena de brillantes secundarios nos llevan a lomos de la incertidumbre y el desamparo. En La doble mirada hay que mirar, ciertamente, dos veces, para obtener una impresión menos engañosa, aunque nunca verdadera.


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