miércoles, 16 de mayo de 2007

Mi madre, mi mentor y yo (reseña)

Crítica aparecida en Go Mag (abril 2007).

Mi madre, mi mentor y yo
Paul Collins
Gamuza Azul

Unos pocos recordarán a The Nerves y The Beat, epígonos del power-pop de cierto calado, pero rara vez en listas nostálgicas. Más tarde, una carrera en solitario con más desapariciones que el río Guadiana… ¿Qué éxito ha alcanzado Paul Collins para imaginar que nos interesa su autobiografía? Precisamente, es su cualidad de “eterno aspirante”, de “casi famoso”, la que aporta a este pequeño libro un carisma único y un distintivo válido. Paul Collins, al borde de la cincuentena, cambia la guitarra por el bolígrafo y se enfrenta a sus recuerdos. No siendo escritor, se divierte haciéndose pasar por uno, pero nos recuerda constantemente que no debemos tomarle demasiado en serio –se permite interrumpir la narración, inopinadamente, para prepararse un plato de macarrones con queso, y tan pancho. Sin ortodoxia, sin pretensiones y con agallas, nos entrega el relato de una vida de “casis” y “quizases” permanentes. Persiguiendo su temprano sueño de convertirse en una “rock star”, le vemos “intentarlo”, retornar al punto de partida, lidiar con crisis creativas, hundirse en la desesperación, cometer errores monstruosos, desmontar el chiringuito y volver a empezar (hoy por hoy, viviendo en Madrid). El sueño americano siempre esquivo y él, roto, recompuesto, recosido. La lectura de estas “memorias” ofrece la sensación de estar espiando en una confesión muy profunda, y puede adivinarse la fuerza terapéutica para el autor, que se esfuerza en rescatar episodios que, muchos de ellos, deben de producir dolor o vergüenza. La urgente y atropellada narración comienza en su infancia, con su familia en Camboya y luego Grecia, y recorre sus años de aprendizaje, prematura adultez, las primeras y desastrosas aventuras musicales, la caricia del éxito que se hace esperar ad infinitum... Se atiene a dos recursos tan tramposos como efectivos: las vigilantes figuras de la madre y el mentor, que interrumpen el monólogo astutamente para marcar (o destrozar) el ritmo; y la insistencia, casi paródica, en ocultar nombres propios y datos, con el fin de evitar una supuesta demanda judicial. Al mismo tiempo que Collins batalla con la materia que conforma su vida, en busca de alguna certeza, te ríes, sufres y maldices la cualidad tóxica de estos recuerdos. Algunos se llevarán su verdadera historia a la tumba, pero Collins se ha sacudido la desgracia, el olvido y la pereza, y se lo agradecemos. Para leer, eso sí, en una sola noche, a ser posible enlazando uno con otro sus urgentes discos nuevaoleros.

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