miércoles, 31 de diciembre de 2008

Leer, obsesiones, escribir, cerrar

Qué bien. Puedo cerrar aquí el año de lecturas. Y lo que voy a a hacer a continuación -no un asado, no una fondue, no un flan de tiernos brotes de apio, no más que lo que quiero hacer- es sentarme a seguir leyendo.

Fiel a mis obsesiones, elijo los libros que quisiera comentar bajo criterios poco fiables y muy discutibles. Si son libros de relatos, si son clásicos del siglo XIX (y un poco del XX), si son autoras, si son autores o autoras contemporáneas (tan contemporáneas como que ronden los treinta y pocos), si son libros de Stanislaw Lem, si son ensayos sobre las mentiras y la melancolía humanas... tendrán un sitio en mis lecturas. Fiel a mis despropósitos, cierro el año sin haber leído ni una sola de las obras que los tipos listos consideran "libros del año".

No me gusta hacer listas, pero me obligan. Por eso ahora tengo una lista hecha y la pongo aquí.

1. Melancolía. Lászlo Földényi (Gutenberg)
2. El hospital de la transfiguración, Stanislaw Lem (Impedimenta)
3. El marqués y el sodomita, Merlin Holland (Papel de Liar)
4. Las aventuras de Barbaverde, César Aira (Mondadori)
5. Soy una caja, Natalia Carrero (Caballo de Troya)
6. Milagros de vida, J. G. Ballard (Mondadori)
7. Últimas dos horas y 58 minutos, Miguel Ángel Maya (Lengua de Trapo)

A esto tengo que añadir otro que leí para otro medio (no precisamente de literatura):
8. Erik Satie. M. Davies. (Turner)

Y lo que me he terminado estos días:
9. Vacío perfecto. Stanislaw Lem (Impedimenta)
10. La dulce envenenadora. Arto Paasilinna (Anagrama). Tengo que decir que Delicioso suicidio en grupo, publicado no sé qué año anterior, es delicioso y mucho mejor novela que la de la abuelita.

Quisiera poder poner veinticinco títulos. Mi ritmo es éste. Si leyera más, no escribiría nada. Si leyera menos, no escribiría nada. Y sigo por norma otras lecturas que no son del año en curso. La novedad, en literatura, debería no existir.

Melancolía es mi libro del 2008 porque llena los espacios que otros sólo pretenden taponar, ofuscar como cuando ventilamos mal una chimenena y el humo nos come la cara. También hay vanos no del todo bien hechos en el libro Melancolía. Lo que importa de él es la luz que derrama sobre los vacíos, mientras estos siguen siendo no más que un ciego intervalo.

Y, para mí, contar que esta misma mañana he comprado en el quiosco el número 139 de Qué Leer, y que en la página 30 de la revista aparece mi reseña de El marqués y el sodomita de Merlin Holland (Papel de Liar) -felizmente superados algunos contratiempos y baches tanto para la reseña como para la revista-, es la mejor manera de cerrar este maldito año de publicaciones del que no me quejaré. Pero siempre será poco.

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